sábado 25 de agosto de 2007

JOSÉ KOZER: el oficio de furtivarse


José Kozer, uno de los poetas más prolíficos y singulares de la literatura judeolatinoamericana, estuvo en Venezuela como invitado especial de la XI Semana Internacional de la Poesía de Caracas, que organiza la Casa de la Poesía Juan Antonio Pérez Bonalde, este año en homenaje al extraordinario poeta venezolano Eugenio Montejo. Nacido en Cuba en 1940, residenciado en Nueva York desde 1960 y en Florida desde su jubilación de Queens College en 1997, Kozer revela una muy íntima relación con la cotidianidad de su mundo judío, donde las escrituras sagradas, la presencia cubana y los riscos de la memoria familiar se tensan en un verbo avasallante, abrasador, mestizo, alucinado, siempre empeñado en asomarse al mundo desde las más limítrofes cornisas del lenguaje. Autor de numerosos títulos, define su trabajo poético desde un judaísmo heredado y a la vez forjado en la palabra misma. Un mediodía de estos, con el verdor del Ávila seduciéndolo y el sonsonete de unos mangos cayendo sin prisa, brindó a NMI una muy especial conversa


El próximo 15 de septiembre, cuando el pueblo judío celebre Rosh HaShaná, la llegada del nuevo año 5765, José Kozer habrá escrito casi igual número de poemas que años se cuentan desde la creación del mundo. Pero a partir del momento en que el poeta cubano bocetee su texto número 5765 —lleva estricta cuenta— y hasta el día de su muerte, escribirá tan sólo un poema al año. Al menos eso prometió al crítico mexicano Jacobo Sefamí en un acto público celebrado en la Universidad de California. Pero Kozer, vicioso como es de las palabras, ha encontrado ya el ardid para revertir el compromiso: escribirá un único poema al año, pero fragmentado en 365 partes.
El reto impuesto por Sefamí —autor de De la imaginación poética, publicado por Monte Avila Editores en 1996—, lejos de ser el juego de un amigo perverso, constituye una severa crítica a la poesía de José Kozer, tantas veces tildada de supernumeraria, barroca, fulgurante, excesiva, heredera del verbo frondoso de José Lezama Lima.
Si bien es cierto que el trabajo poético de Kozer no es hueso fácil de roer, una vez se penetra en él las palabras suceden como una oralidad materna, cálida, milenaria; y se comprende que este poeta es, ante todo, un antropólogo del lenguaje, un maratonista verbal, un disidente de la parquedad y, sin lugar a dudas, uno de los más vigorosos escritores latinoamericanos contemporáneos.
Verlo leer sus propios poemas permite entender un poco más la necesidad de Kozer de derramarse en una palabra polifónica y danzarina. Mientras lee, sus manos son un auténtico espectáculo: su gesticulación inquieta es puntual ante cada sonido, cada pausa, cada giro de su seductora voz. Se toca el pecho, la cabeza, da golpes sobre la mesa, como si la palabra careciera de cuerpo y necesitara de sus enormes y ágiles dedos para forjar mundos en el aire. Kozer tiene una explicación muy sencilla a su necesidad de escribir al menos un poema por día: «Yo creo que el acto creador tiene dos vertientes: una del que va a escribir, otra la del que simplemente escribe. Y yo hace ya muchos años que no me propongo escribir, escribo. De joven tuve una voluntad de escribir, quería hacer un poema; desde hace más de veinticinco años me ocurre que escribo. Más que un oficio es una respiración y una naturaleza propia. Tal como el corazón late, el riñón purifica y el sistema digestivo necesita excretar, mi cuerpo poético —y es un cuerpo— de la forma más natural y constante excreta o regurgita poesía. Es así de sencillo».

Un decir judío

José Kozer recuerda haber dicho que es judío desde muy niño, sin zozobras: «Me han preguntado si lo digo a la defensiva, pero no: ser judío forma parte de mi ser y de mi identidad. Creo que esta ausencia de dificultad en decir que soy judío viene, en parte, porque Cuba es un país sin tradición antisemita y el pueblo cubano acogió con generosidad a la comunidad judía. Por otra parte, desde que empecé hace años a hacer practicas budistas, soy lo que en Estados Unidos llaman un jubu, un jewish budist. Y no tengo ninguna dificultad en la doble práctica. Me siento muy integrado interiormente a mi judaísmo, así como a mi nacionalidad cubana y a esta nueva vertiente en mi vida, que es la presencia budista. Sin embargo, confieso que en mi soledad, al hacer ciertas prácticas de introspección a través de una plegaria sánscrita, no me ocurre lo mismo que cuando digo la oración judía del Schemá Israel, que me toca tan profundamente y mucho más que cualquier otra cosa, hasta un extremo de que la utilizo menos porque me desgarra ante la muerte, ante la dificultad de la muerte. En ese sentido, creo que el substrato judío es el más hondo, el más primario, el que habita más a fondo en mí».
Hijo de inmigrantes checoslovacos y polacos que llegaron a La Habana huyendo del antisemitismo que arrasaba Europa, Kozer se crió en una atmósfera muy particular, entre un padre sastre profundamente ateo y un abuelo religioso —fundador de la primera sinagoga ashkenazí cubana—; en un hogar muy asimilado, donde no había práctica judía pero estaba muy claro de que los Kozer eran judíos. Aprendió yiddish, hebreo, hizo su Bar Mitzvah, rezó y se colocó todas las mañanas, entre los 13 y los 16 años, sus filacterias: «En casa oí decir muchas veces que papá era el más judío de la familia y, sin embargo, era ateo. Y aquello que parecía una contradicción en el fondo no lo era, porque en última instancia el judío, cuando no es fanático, es sumamente abierto. Pero fue mi abuelo materno, que está enterrado en Cuba, quien me marcó profundamente por su espiritualidad y pese a ser un judío ortodoxo, por su modo abierto de ver las cosas, nunca impuso, siempre expuso, como diría Paul Celan de la poesía. A mi eso me tranquilizó muchísimo y pude participar de una forma muy natural de toda la tradición judía. Fue ese abuelo quien me guió en la lectura de la Torá durante mi Bar Mitzvá, pues mi padre no entraba a una sinagoga. Eso fue muy doloroso. Y el día que falleció mi abuelo, cuando yo tenía 16 años, ese día no necesité más ponerme las filacterias. Cuando salí de Cuba en 1960 me llevé muy pocas cosas: unos doce o catorce libros y mi bolsa con las filacterias. Siempre dije a mi mujer, Guadalupe: si yo muero antes que tú, quiero ser cremado junto a mis filacterias y enterrado en Cuba. Sé que la cremación es lo menos judío que puedo hacer en mi muerte, pero soy un pecador».
El poeta confiesa que su profundo judaísmo de hoy no es el de otrora. En su adolescencia, la rebeldía lo encauzó por otros derroteros: «En casa se hablaba siempre de los campos de concentración y llegó un momento en que aquello fue tan retórico por parte de mi madre, que me molestaba, aunque sabía que mi padre había perdido parte de su familia en el Holocausto. En algún momento manifesté esa molestia y eso me marginó mucho de mi madre y un poco de la comunidad. Además, desde niño he sido un voraz lector —hoy leo ocho horas al día— y la comunidad no era lectora y me fui distanciando de mis amigos. Y cuando salí de Cuba me ocurrió que me volqué al mundo norteamericano, me casé en primeras nupcias con una judía, que fue un desastre, y me alejé mucho del judaísmo en ese punto de mi vida».
Kozer había empezado a escribir en Cuba, pero al salir abandonó la poesía por ocho años. Y fue el poeta chileno Nicanor Parra quien contribuyó a que recuperara su lengua, su poesía y parte de su judaísmo: «Tenía unos 28 años de edad. Vivía en inglés, solo leía inglés. Era profesor de Lengua y Literatura en Queen College en Nueva York. Y fui perdiendo el castellano. Y con 28 años me hice amigo de Nicanor Parra y conversábamos mucho y un día me dice: qué cosa curiosa que siendo judío nunca tocas el tema judío. Me quedé un poco consternado ante su comentario y le dije que nunca lo había pensado. En ese punto, porque soy una persona muy reactiva, empecé a escribir poemas judíos, fue una cosa instantánea. Durante años, entre otras cosas, porque soy un poeta de muchos registros y movimientos laterales, empecé a hacer una poesía muy judía. Me volví un lector muy asiduo del Viejo y del Nuevo Testamento y esa lectura cada vez me conmovía más. Mis primeros libros fueron entonces muy judíos: Un judío de números y Letras y Tomaron posesión en las ciudades. Este último título, que siempre pretenden corregirme cambiándome la preposición en por de, lo titulé así porque los judíos no toman posesión de las ciudades sino en las ciudades, no somos invasores sino que estando dentro de la ciudad, amorosamente, tomamos posesión en las cosas, que es muy distinto y ahí la preposición es fundamental».

Un recurso del alma
Kozer no busca excusas para confesar que lo judío, además de una presencia fundamental en su vida espiritual es ya un recurso literario que utiliza a conciencia: «Claro que es un estilo, un recurso literario, pero es una verdad profunda, una ceguera más, un no saber más. De modo que cuando el poema toma en mí esa vertiente o entra en una referencialidad judía siempre me noto la conmoción interior, siempre me noto que en ese punto el hábito de hacer poesía, que en mí ya es tan largo, se conmociona de nuevo. Hay algo ahí, que me pasa también con lo cubano y quizá me pase menos con otras cosas, porque soy un poeta a veces muy irónico, muy de burla, jacarandoso, muy rabelesiano. Pero con la cosa judía y con el trauma de lo cubano siempre la conmoción es muy profunda, y algo me ocurre en ese momento del acto poético en que todo se vuelve arduo, y a veces físicamente lloro en el momento de la escritura. Y para una persona que ha escrito miles y miles de poemas como yo, llorar ya es raro… En realidad no tengo mayor conciencia de estar utilizando un punto de vista judío, pero de lo que sí tengo conciencia es de que me conmueve poéticamente la figura de Moisés, de la vieja Sara pariendo en su ancianidad, Jacob luchando con el ángel. Son imágenes muy profundas que luego han pasado al registro poético y no sé exactamente si lo que me mueve es lo judío o lo poético. Me parece que es una simbiosis de ambas cosas y que lo judío se encausa por lo poético y lo poético por lo judío al mismo tiempo. No veo otra manera de expresarlo o tratar de entenderlo. Es confuso, es misterioso.
»En mis últimos poemas, por ejemplo, varias veces he notado que hablo de la religión judía, la cristiana y la budista; y aparecen las figuras de Jehová, Cristo y Buda, y cada una está perfectamente delineada en el poema. Esta mañana escribí un poema sobre el valle de Caracas, que me ha impresionado muchísimo, y se convirtió en el valle de Josafat, que es la muerte. En un momento dado, los cuatro evangelistas del Nuevo Testamento entran en el poema. Y fui al Nuevo Testamento, lo abrí al azar y tomé un versículo y lo fui integrando al poema. Y todo aquello se iba conjugando con la mayor naturalidad, forjando la propia respiración del texto, sin mayor contratiempo.
»Tengo una dificultad con toda la poesía actual y es que me es muy difícil ver con claridad una cierta poesía que me parece muy trillada, muy banal y a veces cuando es buena cae en momentos muy falaces, flojos. Y esto me molesta mucho. En la poesía de muchos poetas latinoamericanos de origen judío veo esto bastante. La poesía es un rigor, una disciplina y una rigidez abierta. Esto hay que llevarlo desde una dificultad. No se puede vender barato este asunto. Uno no está buscando el aplauso sino la verdad o una forma de la verdad. Uno está hurgando casi como un topo a ciegas en un soterrado mundo de desconocimiento, donde las raíces son muy extrañas. Y no es posible estar haciendo poemitas baratos al Estado de Israel, o a la religión, o a mi mamá que cocinaba latkes. La cosa es mucho mas compleja».

Escabullirse, una forma de ser
Marina Tsvetáieva dijo alguna vez que “todos los poetas son judíos” y José Kozer mencionó hace algunos años en un encuentro de cubanos en el exilio celebrado en Madrid, que “todos los cubanos ahora son judíos”. Esa bifurcación dolorosa, que habla de la condición milenaria de los hijos de Abraham como seres trasvasados, desterrados, no está ausente en Kozer, quien la sufre por partida doble: como judío y como cubano: «Exiliarse siempre es dolor, pero hay la capacidad camaleónica, más no hipócrita, de readaptarse constantemente. El exilio para mí no es doloroso sino lo natural, casi como que me lo esperaba. Llegué a Estados Unidos con veinte años, no sabía inglés y al otro día ya estaba trabajando.
»En mi poesía última, uno de los elementos que recurren es el tema del escabullirse, que es el tema de furtivarse, un hermoso cubanismo. Y lo entendí muy bien desde niño. El judío está siempre escabulléndose, un poco temeroso de la realidad. Lo furtivo, que además está en San Juan de la Cruz que era de origen judío, tiene que ver con integrar fuerzas contrarias para entrar en una neutralidad que te permita ser un ser indeterminado e insignificante. Y yo que tengo un ego grande y que vengo de una tradición muy prepotente, machista, de primogénito de la familia, he tenido que luchar mucho con mi interioridad para ir reduciendo ese ego y entrar en una especie de zona furtiva, donde no quiero ser nadie especial, sino uno más, un miembro de la comunidad.»Nací en Cuba y me siento muy cubano; mis padres vinieron a Cuba no siendo cubanos; me fui de Cuba con veinte años; mis hijas nacieron en Estados Unidos, no son cubanas y no tienen nada que ver con Cuba. Yo soy primera y última generación de cubanos. Y esto le ocurre a muy pocas personas en el mundo. Ser primera y última generación de algo sólo le ocurre a un judío.
»En la tienda de mi padre había una trastienda mágica, muy compleja, donde se cocinaba su pequeña industria de sastre y donde yo veía esa cosa tan extraña que era la convivencia de mi padre judío, que hablaba un castellano muy macarrónico, muy malo y sus empleados que eran unos cubanazos típicos. Era un diálogo de dos idiomas, pero muy amoroso, se entendían perfectamente bien. A mí como que me iluminaba mucho toda esa vida de trastienda, que es esa vida segunda que lleva el judío, de escabullido».Lo diaspórico también se traduce, inevitablemente, en marginación, pero en el caso de Kozer no por judío, sino por cubano disidente: «Yo espero no ser sólo un poeta judío o sólo un poeta cubano. Porque si no soy un poeta provinciano. Mandelstaham es un poeta judiísimo y es un poeta ruso, pero lo que Mandelstam es, ante todo, es un poeta universal. Claro, hay unos estamentos y a medida que uno va subiendo el aire se enrarece más, la dificultad es mayor. En broma dijo un critico cubano sobre mi poesía que el problema con Kozer es que no es nuestro poeta nacional: Kozer es nuestro poeta internacional.»A estas alturas pienso que el problema es de quien me discrimina, no mío. Hay que saber separar la poesía de la política. Ezra Pound y T.S. Elliot fueron grandes antisemitas, y son poetas seminales del siglo XX. Yo distingo la grandeza de su poesía de su antisemitismo. Asimismo, creo que si mi poesía tiene un valor —no soy quien para decirlo— y si alguien no está de acuerdo con mi visión política, eso no debe ser razón para que no haya diálogo. A veces me sorprende tanto la invitación como la no invitación a eventos literarios. A veces se invita a gente tan deleznable como poeta cuando hay otros valores tan importantes en este momento de Latinoamérica a quienes no se invita. Todo esto son juegos políticos, de interés, de rastacueros».
Tras años renuente a volver a Cuba, Kozer estuvo en la isla por primera vez desde su exilio entre el 7 y el 14 de febrero del año 2002 para presentar No buscan reflejarse, una antología de su poesía. En ese momento, el poeta tenía la esperanza de aportar un grano de arena a la reconciliación política con tantos artistas exilados. Incluso al regresar a Florida instó a varios poetas compatriotas a publicar en Cuba, pensando que se trataba de un momento esperanzador: «Pero pasó el tiempo y esa esperanza se frustró en el momento en que el gobierno cubano optó por fusilar a esos tres jóvenes que trataron de escapar de la isla. Con una pena carcelaria era más que suficiente; esa decisión me pareció excesiva e inhumana. Para mí era la gota que rebasaba el vaso y otra vez el proceso cubano se interrumpía. No creo que se haya abortado de todos modos, la historia es larga, las cosas cambiarán».
Ese retorno a Cuba fue también el regreso a las raíces, a los lugares de la infancia y el dolor: «Desde que regresé de La Habana, hasta el día de hoy, todas las mañanas, todas, he escrito un poema. Y no lo entiendo. ¿Qué ocurrió? ¿Qué cable se me cruzó en aquel momento? No sé. En ese regreso padecí mucho al ver el país, su desgarramiento; padecí mucho al ver la casa donde me crié, la casa de donde me marché, los sitios donde anduve. Todo eso me hizo sufrir, pero lo único que me hizo llorar fue ver la casa de mi abuelo Isaac Katz, el judío ortodoxo. Cuando entré a esa casa —y ahora se me vuelven a saltar las lágrimas— no me pude contener. Fue el único momento en que sentí una conmoción que es milenaria».En la entrada de la biblioteca del Patronato de La Habana hay un poema de Kozer en homenaje al intelectual Marcus Matterin, traductor de José Martí al yiddish, quien fue una suerte de Lezama Lima judío. El propio Marcus Matterín pidió que colocaran ese poema. Y ahí está como pequeña —y quizá, por lo pronto, inocua— muestra de cuán judío y latinoamericano es Kozer, más allá de los regimenes del horror, el tiempo y la memoria.


©Jacqueline Goldberg
Publicado en Nuevo Mundo Israelita, 2004.

ELISA LERNER: una entrevista de prensa o La Bella de Inteligencia

(Ensayo para una conversación a las 10 am)
El título de esta conversa —irresoluta como el teatro y la poesía— corresponde a la primera obra teatral de Elisa Lerner, publicada en la revista Sardio No. 7 en abril de 1960 y estrenada ese mismo año en el marco de la inauguración del teatro La Quimera con un elenco integrado por Carmina Morón, Carlos Franchi y Guillermo Montiel. Esa inicial e iniciática pieza de Lerner —Premio Nacional de Literatura— abrió un arco del que formarían parte otros cinco exitosos montajes: El país odontológico (1966), La envidia o la añoranza de los mesoneros (1974), La mujer del periódico de la tarde (1976), En el vasto silencio de Manhattan (1963-1964) y la muy aplaudida Vida con mamá (1975). Hoy esas piezas, con prólogo de Rodolfo Izaguirre, pueden volverse a leer en un mismo volumen, que será presentado en los próximos días gracias a Angria Ediciones. Se trata de un libro caleidoscópico que nos lleva a la Venezuela de varios tiempos, pero sobre todo al tiempo teatral de una de las escritores más exquisitas de la actual literatura venezolana


Un apartamento. Un salón. Muebles de madera. Simples. Muy simples. No hay libros, ni artificios de escritor. Una terraza. Dos sillas. Mucho sol. La conversación se inicia allí. Pero la calle se espesa, sus ruidos hieren. Vamos entonces a la cocina, también muy diáfana, sin reveses. La mesa es pequeña, apenas cabe el grabador y un vaso de agua. El Ávila es una pared avasallante. Los ruidos de la calle nos acechan, pero desde una distancia amortajada. Seguimos conversando. Vamos del teatro a la vida. Van y vienen nombres, instantes de la literatura venezolana, cadencias de una vida actuada a sorbos. Antes de la despedida pido ver su habitación de escritora. Lerner la muestra sin recelo. Se disculpa ante el imperceptible desorden. Es la habitación de una Virginia Woolf complacida. Una habitación propia. Con una computadora enorme y enigmática, muchos libros, cuadros y unas postales de Colette pegadas en la pared. Esa sí es Elisa Lerner, digo. Aunque también es la del salón sobrio y la cocina despejada. La misma de las crónicas, los relatos y las seis obras de teatro que se reeditan por justicia y sed de quienes la admiramos.


ESCENA 1

GOLDBERG: Un nuevo libro. Todo su teatro reunido. ¿Cómo se ve desde ahí?

LERNER: Más que verme a mí misma, es como ver una parte de la biografía teatral del país. He escrito con coherencia quizá en el tiempo, pero no con una fidelidad continua de años. Me he dado cuenta de que me acompañaban sobresaltos vitales en los momentos en que escribía teatro, que han sido resultados de alguna pasión, algún dolor, alguna época. Correspondían a momentos tersos personales, que pude haberlos tenido hacia otros géneros.

GOLDBERG: ¿Y por qué el teatro?

LERNER: El teatro se ha dado como cuando una mujer cuenta de sus pasiones amorosas. Yo podría hablar de flirts largos o breves. Y pude reunir las obras que he escrito gracias al empeño de unas jóvenes mujeres maravillosas, Verónica y Angelina Jaffé, de Angria Ediciones.

GOLDBERG: ¿Corrigió antes de entregar de nuevo estas obras a la imprenta?

LERNER: En realidad no. Todas las piezas están tal cual salieron en su momento. Quizá de Vida con Mamá eliminé una pequeña línea que hablaba del Código Civil. Son las mismas piezas.

GOLDBERG: ¿Respeto hacia sí misma?

LERNER: Una vez me dijo Emir Rodríguez Monegal que el lenguaje de la escritura corresponde al momento en que se hizo. El error de la gente es creer que siempre somos los mismos. Las personas estamos montadas en diversos caballos de un tíovivo que es la vida. La que escribió esas piezas era una mujer muy joven. Y yo fui cambiando. Y la de hoy, la que echó una ojeada a esas piezas para publicarlas es completamente distinta.

GOLDBERG: ¿Distinta?

LERNER: Tan distinta soy que no he vuelto a escribir teatro.

GOLDBERG: ¿Volverá el teatro a su comarca escritural?

LERNER: El teatro puede ir y volver. Pero en mi caso quizá no vuelva. Quizá me he quedado con lo que fue mi primera y para muchos oculta vocación: la narrativa. Escribí un libro muy joven, que llamé La ciudad del lucro y de evidente ironía hacia la gente interesada en los negocios y no en la ética. Pero ese libro se quedó allí.

GOLDBERG: ¿El teatro lo arropó?

LERNER: El teatro se me dio, no sé porqué. Creo que en un momento dado en Venezuela las mejores sensibilidades estaban volcadas hacia el teatro. Había una gran ebullición del género. Yo venía del Liceo Fermín Toro, donde desde los doce años hablé con Alberto de Paz y Mateo, un republicano español, encantador y simpático. Claro, yo nunca entré en el teatro experimental: para actriz no sirvo y no sabía entonces lo que era ser dramaturgo. Ni se me ocurría. Yo pensaba que iba a ser periodista. Luego, pasó que admiraba mucho a Ida Gramcko como periodista y poeta. Y la vi que empezó a escribir teatro. A Elizabeth Shön también la admiraba muchísimo y ella me leyó su pieza Intervalo. Creo que sin darme cuenta empecé a escribir teatro.

GOLDBERG: ¿Cómo?

LERNER: Mi primera pieza fue accidental. Estaba buscando un trabajo con la idea de que todos mis amigos estaban en el gobierno. Claro, yo no sabía de normas, vengo de la inmigración. Pensaba que eran mis amigos y que eso bastaba para que me dieran un trabajo como abogada. Por eso me puse a leer el periódico de pe a pa a ver si aprendía más del país. De ahí salió esa primera pieza, que pensé que sería una sátira. Se la mostré a los muchachos de Sardio y me dijeron que eso era teatro, que la querían publicar. La pieza se llevó a escena y hasta gustó.

GOLDBERG: ¿Fue violento el encuentro entre la escritura íntima, la de la habitación propia, y el mundo convulso y multitudinario del teatro?

LERNER: Yo creo que no escribí más teatro por eso. Después de Vida con mamá me empezaron a hacer muchas entrevistas. Fue un gran éxito crítico, cosa que no sucede aquí con el teatro. Sin darme cuenta me convertí en un personaje. Y eso está muy reñido conmigo misma, que nunca he dejado de ser una buena hija de mamá que escribe en su cuarto. Una amiga de adolescencia lo llamaba el cuarto proustiano de Elisa.

GOLDBERG: Pero, ¿fue violento ese encuentro entre la escritura y las tablas?

LERNER: Ah… No eso no. Es que nunca vi sino unos ensayos de La Bella de Inteligencia que hizo Guillermo Montiel. Después me fui a Estados Unidos. No vi las otras piezas. Y el montaje por antonomasia, el primogénito —el de Antonio Constante en 1975— de Vida con mamá respondía mucho a mis sueños de escritora de teatro.

GOLDBERG: ¿Entonces giró el timón?

LERNER: Eso fue inconsciente. Fue buscar otras voces. El escritor encuentra cierta felicidad, o la vida se le hace más sustentable, a través de ese espejo opaco que sólo se limpia con la propia escritura, con la cuartilla. Por eso me fui a la crónica, al relato. Pero el proceso de uno es muy interno, lento, no se muestra sino mucho tiempo después.

GOLDBERG: ¿Qué dejo el teatro en la narrativa que vino después?

LERNER: No dejó nada.

GOLDBERG: ¿Nada?

LERNER: Uno siempre tiene que estar empezando. Uno no acumula puntos como un deportista. No acumula horas de vuelo. Uno se vuelve, tal vez, un nadador de más brazadas, la pluma se vuelve ligeramente más atlética en la tinta de la vida. Lo que tengo es oficio, muchas heridas de tinta.

GOLDBERG: ¿Y los diálogos, el manejo del espacio en el relato? ¿Eso no es teatro?

LERNER: Todos saben que he sido bastante solitaria, por eso mis personajes de ficción tienen soliloquios, no sé si oyen mucho a los demás. Pero la vida es así. Todos andamos muy apresurados. En el fondo mis personajes son todos muy desolados.


ESCENA 2

GOLDBERG: Leer teatro, ¿no es fastidioso?

LERNER: En mi adolescencia leí mucho teatro. Uno leía a Camus, a Oscar Wilde, Tennessee Wiliams y algo de Ibsen. Cuando uno es muy joven leer teatro puede ser un acto muy vital. Fui una de las primeras en leer Esperando a Godot de Samuel Beckett. Hoy para mí leer teatro es como leer álgebra.

GOLDBERG: ¿Se leía teatro en grupo?

LERNER: ¡Claro! Recuerdo que nos reunimos una vez para hacer una puesta en escena de La cantante calva en una traducción de Rodolfo Izaguirre y Gonzalo Castellanos. Actuamos Perán Erminy, Gonzalo Castellanos, Elenita Feil y yo. Eso fue apoteósico. La gente me vino a saludar, a decirme que era como una Greta Garbo. Creo que Esperando a Godot y La cantante calva nos hizo más soportable esa cosa tan terrible que fue para nosotros la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

GOLDBERG: ¿Será que la premura cotidiana nos quitó la paciencia para leer teatro?

LERNER: También pasa que yo tengo que racionar mucho la luz de mis ojos. Además, las editoriales no tienen la efusión de publicar teatro. O será que no hay grandes autores de teatro. Todo lo dicta el estilo editorial del momento. Hoy a España no le interesa publicar dramaturgia porque allá lo que hay es teatro clásico. Cuando venían grandes ediciones en los años cincuenta, venían de Buenos Aires, porque en Argentina siempre hubo un gran teatro. Yo lo vi. Estuve allá. Había euforia de teatro. El teatro era una vida.

GOLDBERG: ¿Y en Venezuela?

LERNER: Espérate… Te decía que como en Argentina si había una gran teatro se traían grandes traducciones. Entonces estábamos plenos de libros de teatro. Esa pérdida ha sido uno de los dramas del siglo XX, porque el teatro es una de las grandes pasiones de la inteligencia. A veces es más apasionante leer teatro que verlo. Pienso que quizá he dejado de leer teatro porque muchas de las personas cercanas que me impulsaban ya no están.

GOLDBERG: ¿Y en Venezuela?

LERNER: En Venezuela ha habido otro drama. En un país caótico como el nuestro, la gente tiende a obedecer a la mayoría que tiene más a mano. Este ha sido un país de narradores y de poetas, en el que yo he sido poco clasificable. Además, el teatro lo han considerado como no literatura. Es verdad que entre los escritores de teatro hay personas que tienen el oficio y son muy respetables, pero no necesariamente son dominadores de un lenguaje literario. Creo que eso influyó en Juan Liscano para que en su Panorama de la Literatura Venezolana expurgara a los autores de teatro.

GOLDBERG: ¿Pero quién dice que el teatro no es literatura?

LERNER: Es que nuestra tradición ha impedido la literatura teatral. Aquí hay personas con mucho talento en la poesía que bien pudieron haber escrito teatro.

GOLDBERG: Su teatro tiene imágenes, instantes poéticos…

LERNER: No soy quien para decirlo, pero mi teatro se acerca más al lenguaje de un poeta que al de un dramaturgo propiamente. De todas maneras, no soy poeta.

GOLDBERG: Pero hoy los géneros están abolidos.

LERNER: Eso ha costado mucho y precisamente la promiscuidad de los géneros en los últimos años me ha facilitado las cosas. Por eso puedo decir que soy, simplemente, escritora. Lo que dice Vargas Llosa, una escribidora. Una mujer amante de las letras. Soy como Drácula, en lugar de tragar sangre me trago toda la tinta de la que soy capaz.

GOLDBERG: ¿Ha escrito poesía?

LERNER: Escribí dos poemas a los catorce años, uno a los dieciséis —que salió en El Heraldo— y dos a los dieciocho. Nunca más. La poesía no se me da. La poesía es un don. Aquí todo el mundo quiere ser poeta. Lo que si es verdad es que me doy cuenta de que cada vez me interesa más leer poesía.


ESCENA 3

GOLDBERG: ¿Podemos hablar de ese libro de narrativa que está escribiendo ahora?

LERNER: Es un libro que sale después de muchos fracasos… Pero es mejor no hablar porque lo que se habla no se escribe.

GOLDBERG: Aunque dice haber clausurado la etapa del teatro, ¿sigue esperando montajes, relecturas, revisiones, una nueva crítica?

LERNER: Me gustaría mucho que en Venezuela se montara La mujer del periódico de la tarde.

GOLDBERG: En el prólogo del libro de teatro, el crítico y compañero generacional suyo, Rodolfo Izaguirre, dice que siendo usted adolescente gustaba «de mirar hacia el Sur porque allí encontraba un lujoso resplandor que entonces le era difícil vislumbrar en ninguna otra región del espíritu literario, ya que era en la zona austral del continente donde reinaban la imagen y la palabra de las hermanas Silvina y Victoria Ocampo, y la revista Sur, en Buenos Aires, se erigía como emblema del pensar denso y del escribir con elegancia». ¿Está cómoda con esa visión?

LERNER: Sí, porque es cierto. Aunque nunca lo había visto así. Yo compraba siempre la revista Sur de Victoria Ocampo. De muy joven leía a Jorge Luis Borges. De niña me compraban Billiken y veía las películas argentinas. La verdad es que Argentina fue una gran pasión para mi generación.

GOLDBERG: ¿Y lo judío….?

LERNER: Yo tengo una cosa que es muy judía y es la necesidad de escribir. Para no interrumpirnos en el mundo. Para no quedarnos desolados. ¿Qué es el escritor? Pues alguien que no quiere ser expulsado, que necesita a los lectores. Eso me viene, sin querer, de un inconsciente de educación sentimental judía. Lo demás son sofismas de las edición, de lo que no me preocupo. Uno es madre de todos sus hijos y de todos sus libros. No puedo hacer diferencia entre mis libros, lo único es que uno se parece más a lo que está escribiendo ahorita. Lo demás son pasiones locas, producto de noches locas.

GOLDBERG: ¿No hay un único y verdadero libro, como en el amor?

LERNER: Eso no lo puedo decir yo. Pienso que mi pieza más importante es Vida con mamá, pero de pronto a alguien le gusta más otra.

GOLDBERG: ¿Se ha colado ese mundo judío en el teatro?

LERNER: No, en el teatro no. Quizá la ironía de mis personajes es judía. Y el humor.

GOLDBERG: ¿El humor?

LERNER: El humor es una distancia, con una crítica y una sonrisa. Es una manera más bien sonriente de asomarse a algo que no se conoce del todo o que se puede tener.

GOLDBERG: ¿Y el cine?

LERNER: Ah… Antes iba mucho al cine

GOLDBERG: Escribía sobre cine.

LERNER: Durante años mi trabajo en la revista Imagen fue escribir crónicas sobre cine, que por cierto no están reunidas en libro. Y en todo lo que yo escribo está siempre el cine. Una de las primeras cosas que hizo mi familia fue llevarme al cine, tendría cinco o seis años. Recuerdo unas escenas de María Estuardo. Mi mamá me mostraba las actrices, los actores, los productores, los directores judíos. ¿Qué me quería decir con eso? Que los judíos no eran sólo aquellos que yo veía detrás de los mostradores de las tiendas del centro y que hablaban el alemán de preguerra con ella. Me quería decir que los judíos estaban en el mundo y hacían cine. No me explicó más nada. Yo entendí que tenía una familia allí. No teníamos a nadie en Caracas y mi familia los domingos fueron entonces los personajes del cine. Esos eran mis amores. Y a ellos tenía que llegar. ¿Cómo? A través de la escritura…Y hay otra cosa que me dijo mi mamá: tú nunca verás a un judío en un acto de violencia. No me tuvo que explicar por qué éramos la gente del libro. A través del cultivo de la inteligencia se evita aparecer en hechos de sangre. Eso entendí. Por eso nos perturban tanto los gobiernos que traen violencia: nos producen un dolor que está más allá de la ración que a cada uno nos toca.

©Jacqueline Goldberg
Publicado en Nuevo Mundo Israelita, 2004.

ALFREDO SILVA ESTRADA:"La poesía no facilita nada…"

(Foto: Enio Perdomo/ El Universal)

Traductor impecable de la mejor lírica francesa y dueño de una poesía escampada en la abstracción y la sensualidad, Alfredo Silva Estrada ha levantado una obra paradigmática dentro del panorama literario venezolano y ahora legitimada al más alto nivel, con el Gran Premio Internacional de la Bienal de Lieja. Mas, siente el poeta que "la poesía enriquece y atormenta a la vez, es una perenne indagación. Lo que va cambiando es la vida. La verdad es que no sabría decir si con el tiempo la vida se me ha dificultado. En todo caso se me ha hecho cada vez más intensa

Hace unas semanas, el poeta y traductor Alfredo Silva Estrada estaba preparándose para recibir su habitual terapia corporal "y viendo un programa estúpido de televisión" —dice él—, cuando una llamada del escritor y artista plástico Phillipe Jones le anunció que se había hecho merecedor del Gran Premio Internacional de Poesía de la Bienal de Lieja, en Bélgica. "Seguí con la terapia y el estúpido programa. Y sólo al día siguiente reaccioné. Entonces llamé a Jones para agradecer el honor". ¡Y qué honor! Silva Estrada se incorpora, muy merecidamente, a una lista tan sólo integrada por grandes voces de la poesía contemporánea: Giuseppe Ungaretti, Saint-John Perse, Jorge Guillén, Octavio Paz, Gyula Illyés, Yannis Ritsos, Vladimir Holan, Miguel Torga, Zbigniew Herbert, Antonio Ramos Rosa, André Dubouchet, Roberto Juarroz, John Ashbery, entre otros. Afredo Silva Estrada es el decimonoveno laureado de este premio y el único venezolano que lo ha recibido. "Otorgado a un poeta vivo —reza el veredicto— este Premio está destinado a coronar una obra cuyas cualidades intrínsecas y la influencia que ejerce o está llamada a ejercer sobre la poesía internacional, constituyen elementos de apreciación que retuvieron la atención del jurado. Nacido en 1933, Alfredo Silva Estrada se da a conocer muy temprano como un poeta de alta exigencia intelectual y moral. Su obra lírica profundiza en la realidad de lo cotidiano, dando sentido, a la vez, a nuestros gestos y a nuestras palabras. Esta obra abarca un importante conjunto de poemarios que han sido traducidos a varias lenguas. Silva Estrada es también ensayista y traductor de reconocida reputación. Ha dado a conocer en lengua española a renombrados poetas de lengua francesa. Por lo demás, debemos a las notables traducciones de Fernand Verhesen el conocimiento en lengua francesa de la obra de Silva Estrada (…) Gracias a estas traducciones la poesía de Silva Estrada ha sido conocida por varios editores en Francia y otros países".
—La vida, con los años ¿se ha vuelto más sencilla o más difícil?
—La poesía no facilita nada. La poesía enriquece y atormenta a la vez, es una perenne indagación. Lo que va cambiando es la vida. La verdad es que no sabría decir si con el tiempo la vida se me ha dificultado. En todo caso, se ha hecho cada vez más intensa. En mi poesía, aunque siempre hay una entonación semejante de poema a poema, hay cambios, y ese mundo en permanente transformación que propone el poema, aunque no me satisface, es al que respondo.
—¿Cuándo y por qué decidió hacer una carrera como poeta?
—Nunca he sentido el hacer poético como una carrera. Me da miedo la palabra. Creo en la poesía como oficio, como existencia. Yo empecé a escribir desde muy joven con hambre de indagación, de disfrutar el mundo que me rodea. Y eso sigue siendo así, de cierta forma. Creo que a lo largo de mi escritura siempre ha habido esa búsqueda de lo desconocido. Pienso, con Reverdy, que en poesía nada vale ser dicho sino lo indecible. Y eso indecible se nutre de lo decible, se matiza. Pero uno siempre busca lo que no se puede formular fácilmente.
—¿Cuándo comenzó a pensar con seriedad en la opción de publicar?
— Yo había escrito mucho antes de publicar mi primer libro, De la casa arraigada, en 1953. Ese libro lo comencé en Roma, estremecido por los rastros que perduraban de la Segunda Guerra Mundial. A ese estremecimiento se unió la lectura de las Iluminaciones de Rimbaud, que bien recuerdo haber leído por primera vez en una edición bilingüe, sentado en una placita. De allí partió también mi gusto por la traducción. En ese momento no tenía la inquietud de publicar. Yo estaba trabajando en silencio hasta que llegué al final de esa primera experiencia y amigos cercanos me animaron. Yo nunca he sido un poeta libresco, que ambiciona tener muchos libros publicados. He ido publicando, y mucho, pero mi inquietud continua ha sido volver al poema, exigirle cosas a la palabra.
—¿Existe una edad en la cual el poeta alcanza la plenitud de sus facultades?
—En mi caso no creo que haya llegado a una plenitud absoluta. Uno puede llegar a momentos de plenitud, a estados de plenitud, pero uno está a menudo en una situación precaria, de abandono, de soledad.
—¿Es un solitario…?
—No, no puedo decir que lo soy, de ninguna manera. Tengo mucha gente a mi alrededor. Pero en el quehacer poético hay, indudablemente, una buena dosis de soledad. Y no es que uno se regodee en esa soledad, sino que la soledad viene a buscarlo a uno.
—¿Ha sentido miedo a dejar de escribir?
—Ha sido un miedo intermitente. Cuando me ocurre trato de serenarme pensando que nadie espera mi poema. Puedo pasar por etapas de gran aridez, de impotencia de decir cuando acabo de decir algo. Pero en medio de esa sequía puede surgir un poema. Este texto, llamado "Aridez", del libro Al través, lo escribí precisamente en uno de esos instantes: "Es el momento dilatado de aridez / Son los días de extrema sequedad bajo la lluvia torpe / ¡Qué escándalo de puertas! / ¡Cuánto deslumbramiento de salidas falsas / Bajo los pies relumbran arenas negras / y el pavimento se desliza sin regreso / Esperamos de nuevo / con un cúmulo de días atropellados sobre el pecho".
—¿Qué puede decir acerca de la génesis de un poema?
—Ese momento está cargado de imponderables. Más que un instante son todos los instantes. En ese surgir uno no puede determinar nada, uno está en el asombro. Es la entrega de identificarse con el poema e identificar el poema con la interioridad de uno. Porque uno no es un ego.
—¿Cuál ha sido el mayor elogio que ha recibido como poeta?
—No quiero parecer petulante, pero desde mis comienzos he recibido muchos, tantos que si los enumero de seguro sería injusto con quienes se han ocupado mucho o poquito de mí. Recuerdo que Robert Ganzó dijo de mi primer poemario que yo había desbloqueado el lenguaje. Eso me pareció muy bello. Luego, Enriqueta Arvelo Larriva, que me influyó mucho más de lo que los lectores han visto, dijo de mi libro Traspaso que yo estaba creando una obra que, sin salirse de la poesía, podría llamarse científica. Eso también me pareció hermoso, era un gran elogio, me estaba dando un rango que yo no pensé tener jamás.
—¿Cuál ha sido el comentario más decepcionante que le han hecho?
—Hasta ahora no lo ha habido…
—¿Se gana o pierde en la traducción?
— Bueno, yo no gano nada. Yo espero que gane el lector. Y que yo no haya estropeado al poeta, vivo o muerto. André Chedid dice que la poesía es el lago de su segunda sed y yo diría, junto a ella, que la traducción es el agua de mi tercera sed. Trato de ser muy exigente con el poeta que traduzco.
—¿Cómo se siente al ver su propio trabajo traducido?
—Yo he tenido muy buenos traductores, como Verhesen. Mis traducciones han sido muy dialogadas y en ellas no ha cabido el equívoco, la infidelidad. De todas maneras, esas son experiencias excepcionales porque son poetas que para mí son muy cercanos.
—Alguna vez dijo que el Premio Nacional de Literatura le llegaba a tiempo. ¿También el Premio de la Bienal de Lieja?
—Un premio siempre llega a tiempo cuando está bien dado y cuando ha sido otorgado con respeto y cariño. En 1998 no esperaba el Premio Nacional, como tampoco ahora éste.
—¿Qué significa este galardón?
—Para mí, que he estado tan cerca de las bienales de Lieja y que he sido hasta jurado en algunas de ellas, este premio es un símbolo de la fraternidad universal de la poesía, por la amplitud del premio, su seriedad. Además está dado por un jurado internacional que valoró la totalidad de una obra.
—La poesía venezolana difícilmente traspasa las fronteras del país, eso parece asunto de privilegiados.
—Lo sé, pero el mío es un privilegio que no busqué, sino que se me dio muy naturalmente por encuentros muy fraternos con poetas que han apreciado mi obra. A menudo estuve cerca de ellos y ellos estuvieron cerca de mí. Entonces no se puede decir que yo planifiqué ser un poeta internacional ni ganarme un premio. Eso no, Dios me libre.
—¿Qué ha cambiado con ese premio?
—En mi vida nada, salvo la alegría que sigo compartiendo con los amigos.
—¿Qué se siente estar en una encumbrada lista de poetas ganadores en Lieja?
—¡Ay, yo me siento en buena compañía…!
—¿La trascendencia es una aspiración o un resultado?
—No sé si uno, como poeta, busca trascender. La poesía sí que es trascendente por sí misma.
—¿Hacia dónde camina en este momento su poesía?
—Eso quisiera saber yo…
—¿Qué le toca hacer a un poeta frente al mundo en crisis de hoy, frente a la guerra, el terrorismo?
—Nos toca sufrir. Y también desear que el sufrimiento de los otros sea menor, lo cual es muy difícil: esta es una época muy difícil. Uno vive en vilo frente al televisor para ver qué está sucediendo y para ver cómo, irremediablemente, se agravan las cosas.

©Jacqueline Goldberg
Publicado en Verbigracia, El Universal, 2001.

LILIANA LARA: una escritora marginal en el centro del mundo


Liliana Lara, caraqueña residenciada en Israel desde el 2002, resultó ganadora de la mención Cuento de la XVI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre por su libro Los jardines de Salomón, escogido entre 28 obras por un jurado integrado por el ecuatoriano Raúl Pérez Torres y los venezolanos Milton Quero Arévalo y Luís Barrera Linares


El pasado 13 de junio Liliana Lara aguardaba noticias del veredicto de la XVI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre. Lo hacía impaciente frente a la pantalla de su computadora, cerca del teléfono, artefactos que la conectan con la vida más allá del Kibbutz Bror Hail, donde reside en el sur de Israel. “Primero pensé que había perdido porque no encontré ningún mensaje en mi correo electrónico, pero no tomé en cuenta el cambio de horario”, cuenta a través de una conversación vía Messenger. “Cuando llamaron desde Cumaná, yo no estaba en la casa y me dejaron un mensaje con un hebreo parlante que sólo entendió "Venezuela" y "universidad", es decir, nada. Pero supuse que podía ser una llamada de la Bienal y esperé, esperé, esperé al lado del teléfono, hasta que finalmente volvió a sonar. ¡No lo podía creer! Aunque algunas veces me pareció que mis cuenticos no estaban tan mal, la mayor parte del tiempo pensaba que no ganaría porque me imaginaba concursando solo con autores "éditos".... Fue una emoción escuchar que gané. No pude dormir en toda esa semana. No paraba de decir: ¡qué increíble, qué increíble!”.
Nada tiene de increíble que Liliana Lara haya obtenido el preciado galardón literario, pues desde hace mucho es escritora de oficio y conciencia. Nacida en Caracas en 1971, se mudó a los seis años a Maturín y luego a Cumaná para estudiar Educación mención Castellano y Literatura en la Universidad de Oriente. Fue tallerista en varias oportunidades de la Casa Ramos Sucre. Más tarde hizo la maestría en Literatura Latinoamericana de la Universidad Simón Bolívar.
En mayo del 2001 los péndulos del amor la hicieron conocer a un argentino israelí con el que un año después se casó y se mudó a Tierra Santa. Hoy tiene dos hijos, Emiliana, de tres años y medio y Sebastián de ocho meses, hermosas y rubias razones por las que su escritura se acopla a las intermitencias, sus correos son anhelos de media noche y sus conversas cibernéticas se ven interrumpidas por un “ya vengo, despertó el bebé, debo darle pecho”. Esa calistenia maternal la hace alimentar su blog, hasta hace poco anónimo, Memorias y avatares de una madre intelectual: http://memoriasdelamamacita.blogspot.com/.

—¿Cómo escribe una venezolana en el Medio Oriente?
—Podría decir que una venezolana que escribe en el Medio Oriente escribe igual a una venezolana que escribe en cualquier otra parte del mundo. Creo que escribir cuentos en su mayoría venezolanos desde acá debe ser como Jorge Volpi escribiendo su novela alemana, En busca de Klingsor, desde México o Rodrigo Fresán escribiendo su novela inglesa, Jardines de Kensington, desde Barcelona o Buenos Aires. O más aún, Juan José Saer escribiendo novelas argentinas desde París, con la debida distancia, claro, ya quisiera yo... Nombro a estos tres escritores —aunque seguro hay y habrá muchos otros en la misma situación— porque para mi significaron un gran hallazgo: gente que escribe sobre geografías distantes o sobre geografías propias estando distantes. Cuando llegué a Israel me dije a mi misma: “bueno, ya no escribo más, si en Venezuela era inédita sin esperanzas, desde aquí ni hablar... además, estando tan lejos, ¿sobre qué voy a escribir?”. Entonces abandoné la escritura, con toda la tristeza que eso acarrea, también porque estaba más ocupada en sobrevivir a las diferencias culturales. En esa época entré en contacto con el semanario venezolano Nuevo Mundo Israelita, comencé a escribir crónicas para ellos y esa fue una especie de salvación a la completa anulación de la escritura que me había auto impuesto. Disfruté muchísimo esas crónicas y comencé a ver la realidad que me rodeaba con nuevos ojos: ojos literarios. Lo cierto es que tras leer a Saer, Volpi y Fresán me di cuenta de que, en líneas generales, no importa el lugar dónde se encuentre el escritor. Para escribir hay que escribir. Puede que esto se note o no en lo escrito, pero ese es otro asunto. Por supuesto, no es lo mismo estar en París que en el Medio Oriente y si eso ha afectado mi escritura diría que ha sido en el sentido de estar más sola, más alejada de cualquier centro, siendo más extranjera. Podría decirse que soy una “escritora marginal”, aunque Jerusalén sea el centro del mundo —y vivo a una hora de ese centro.
—¿Todo escritor no es, de alguna manera, un marginal?
—No todos los escritores son tan marginales. Hay quienes se las pasan en cuanto evento, presentación de libro, conferencia existe. Se reúnen y se leen los unos a los otros, hacen grupos, se pelean... Marginales son los que escriben desde la soledad, desde lejos de Caracas, por ejemplo o de las ciudades grandes. Eso creo que es ser marginal (marginal dentro de lo marginal). También se puede hablar de marginalidad lingüística: alguien que vive en otro idioma que no es el oficial...
—Su marginalidad es, en todo caso, escogida…
—Por un lado escogida (porque es muy chic ser marginal....jajajaja!) por otro, no tengo otra opción viviendo lejos de mi idioma y de mi país. Aunque si viviera en Venezuela también estaría lejos de los centros, creo, porque viviría en el oriente venezolano.
—Siempre Oriente.... el del mundo, el del país…
—Si, me encantan los orientes, aunque soy un poco desorientada.
—¿Cómo surgió el libro Los jardines de Salomón?
—Retomé la escritura con las crónicas que hice para Nuevo Mundo Israelita, con algunos poemas chillones y larguísimas cartas a mis amigos. Pensé que no escribiría más cuentos (que era lo que más me gustaba) hasta que una historia me llegó de pronto. Una historia venezolana-israelí que se me ocurría como una película de producción binacional (imposible de filmar en estos días). “Los jardines de Salomón” se llama ese cuento y es el que da título al libro. No lo escribí de un tirón, lo abandoné varias veces y comencé a escribir otras cosas, pero siempre pensé que si algún día lo terminaba iba a ser parte de un libro que llevaría el mismo nombre por una razón muy personal: fue el primer cuento luego de una larga sequía. Después, cuando escribí otros cuentos, me di cuenta que había un cierto espíritu “salomonesco” —por no decir salomónico— que podía dar unidad a todo un libro. De pronto tuve un proyecto de libro (ya no se trataba de escribir cosas sueltas, como había hecho siempre). Entonces por primera vez me senté frente a mi computadora a terminar ese libro. Fue un trabajo arduo: todas las mañanas me sentaba a escribir, a veces no salía nada, otras veces miles de historias fluían. Se puede decir que terminé el libro en un mes y medio de trabajo intensivo, hace justo un año. Además, estaba apurada porque tenía fecha de parto de mi segundo hijo y sabía que con un bebé recién nacido no iba a poder escribir. Fue un verano muy fecundo, se podría decir.
—Fue el verano de la guerra con Líbano…
—Nunca antes me había encontrado en una situación bélica y a pesar de que vivo lejos de la frontera —donde caían cohetes, sonaban alarmas y la gente vivía metida en los refugios— la sensación de muerte y fin de mundo estaba en todas partes. Los israelíes tienen una capacidad especial para soportar situaciones extremas aferrándose al día a día, cosa de la que carecemos los venezolanos. Lo cierto es que pensé que el mundo se acababa y yo no había escrito mis historias, así que con la urgencia que da esa terrible sensación de que en cualquier momento suena una alarma antiaérea y nos tenemos que meter debajo de la cama a esperar el final, me puse a escribir. Podría haber escrito un blog de guerra (hubo muchos) pero lo que menos quería era pensar en lo que pasaba. Si en algo ha influido en mi escritura la situación geográfica en la que me encuentro es en ese sentido apocalíptico de que hay que escribir más y hay que terminar los proyectos de escritura que uno tenga, independientemente de si luego quedan engavetados o ganan premios: escribir con la urgencia de quien no sabe qué le depara el futuro, por decirlo de una forma dramática. Hay quienes tienen la teoría de que en las dictaduras los escritores escriben más, bueno, pasa otro tanto con las guerras.
—El jurado de la Bienal acotó un cierto parentesco del libro con la escritura de José Antonio Ramos Sucre.
—¡Jajaja! ¿En qué sentido lo habrán dicho? Yo ni soy tan culta, ni tan elegante, ni tan poeta, ni tan insomne (si no duermo en este periodo de mi vida es porque tengo un bebé comelón).
—¿Qué significa ser profeta en tu tierra, viviendo lejos, justamente en tierra de profetas?
—Ojalá yo fuese profeta en mi tierra y ojalá ésta fuese todavía la tierra de los profetas. Hoy en día no hay profetas en Israel. Amos Oz dijo en una entrevista reciente, a propósito del premio Príncipe de Asturias, que era difícil ser profeta en la tierra de los profetas porque había mucha competencia. Seguramente hablaba de profetas muertos o presos... Y allá, en Venezuela, ojalá yo fuese profeta, qué no haría…
—¿La escritura se ve afectada por el hecho de que hables una lengua a diario y escribas en otra?
—Probablemente si, porque aparte de todo soy profesora de español y he terminado hablando un español muy neutro. Aunque los modismos siempre salen a flote.
—Y los paisajes tan ajenos, ¿cómo influyen?
—No sé, creo que han influido más en mi poesía, que también escribo, aunque es muy mala... pero seguro también en los cuentos... el desierto es muy impresionante!!!
—¿Qué viene en lo inmediato?
—De momento me dedico a disfrutar de este minuto de fama, no todos los días se gana uno un premio y es entrevistado. ¿Planes? Escribir una novela. Cuando terminé el libro me di cuenta de que mis cuentos eran cada vez más largos y pensé que lo que viene es escribir una novela. Me gustan mucho las narraciones largas y, la verdad, soy más lectora de novelas que de cuentos. Tengo las ganas, el gusto, las lecturas, algunas historias: ¡habrá que ver si eso es todo lo que se necesita para escribir una novela!

©Jacqueline Goldberg
Publicado en Papel Literario, El Nacional, 2007.

LUIS MORENO: de espaldas al infierno


A mediodía el teléfono es un bicho imprudente. Sea quien sea fastidia. Luis Moreno almorzaba cuando un inoportuno ring exigió el esfuerzo de abandonar un promisorio paraíso de pasta. Sin embargo, el nombre del interlocutor permutó hastío por nervios, hambre por dolor de estómago. «Es el señor Santos López de la Casa de la Poesía». De inmediato el poeta de 30 años recordó que un libro suyo se hallaba en las garras de la suerte y aquella llamada auguraba algún coqueteo con el Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde. La palabra felicitaciones se coló por el auricular como un susurro ajeno y remoto. Todavía incrédulo, Moreno hablo con López, luego con Eugenio Montejo, quien se encargó de explicarle en nombre del jurado que el libro Manual para los días críticos se había hecho merecedor de uno de los premios más importantes del país. Suspicaz como es, Moreno no se da aún hoy por aludido. Está feliz pero calmado. Orgulloso pero humilde. Reconoce la magnitud del galardón pero no por ello siente que la vida habrá de cambiar demasiado: continuará dando clases en la Alianza Francesa, de semiología y de literatura y religión en la misma escuela de letras donde se graduó hace seis años; seguirá reuniéndose con amigos para tomar tody a las cinco de la tarde en la avenida Bella Vista.
También la poesía permanecerá ahí como un puñal severo y silencioso, lentamente espesada bajo los ardores de esa ciudad natal que no le es del todo grata. «Por quitarme cierto estigma digo que nací en Santa Cruz de Mara, que es un lugar sin mayor importancia en la geografía zuliana y por tanto no existe. Dado que critico tanto a los maracuchos, eso me otorgaría el derecho de seguir haciéndolo con dureza. No me siento perteneciente a la extraña raza nacida a orillas del lago, no comparto muchos de sus rituales, me enerva su comportamiento, su extraña moralidad». Aunque tentado a dar cuenta de un relato apócrifo, soba con picardía una recién estrenada barba y ahonda a regañadientes en los rigores del tema autobiográfico: «Nací bajo el signo virgo en 1966, tengo ascendente cáncer y la luna en aries. La astrología me interesa solo desde el año pasado, cuando me hice la carta natal y como resultó tan favorable solo puedo aceptar tácitamente sus augurios. Esa carta hablaba de éxito en mi labor creativa y decía que en los primeros días de octubre iba a recibir una importante cantidad de dinero.....ja,ja,ja...¿sería el premio?».

¿Maracaibo permite escribir?

«Si, porque es una ciudad que no existe. A pesar de lo que dicen los cartógrafos no es más que un grupo de lugares poblados. Por lo tanto no existe tampoco como obstáculo. Uno vive aquí, pero habita determinados espacios rodeado de alguna gente que uno quiere. Por ser Maracaibo tan forzosa trato de escabullirme a su camisa. Prefiero, como mecanismo de defensa, omitir todo lo que ella puede obligar. Escribo de espaldas, sin considerar cuáles son sus gustos o su reprimenda. Sólo interviene en mi vida y en mi poesía de manera irónica y como una ofensa. No la nombro, porque además su mote me parece feo, hablo de algún lugar caluroso e infernal que ofende a las buenas ánimas que penan por aquí».

Una magnífica excusa para la poesía
«Es cierto que en una ciudad perfecta no se podría escribir. Maracaibo ha sido un karma a favor porque aquí he escrito, pero espero liberarme de él pronto. Espero no morir en Maracaibo, aunque no he escogido todavía ese lugar final.... espero que no sea Lagunillas, ni Santa Cruz de Mara, que también son espantosas».

El otro origen
Luis Moreno Villamediana pensaba estudiar ingeniería química, pero al enfrentarse a la planilla de preinscripción universitaria la mano adquirió una suerte de voluntad propia que talló el abismo de las letras, quizás viendo con horror pasar el resto de la vida en un laboratorio, cuando lo que más le gustaba era leer y escribir unos poemas torpes –dice– plagiadores del dolor de Vallejo o del encantamiento de Sanit John Perse: «Ahora no me queda más que imitarme a mí mismo, esa especie de ectoplasma que somos y no conseguimos aprehender».

El espejo primordial
«Mis lecturas en la universidad se alejaban del pensa de estudios. Es lo bueno de escoger un maestro a temprana edad. Antes de entrar a la universidad yo había leido Rayuela y como me pareció tan fascinante su combinación de intelectualismo y sentimentalidad me quedé prendado de Cortazar, cuya cultura e información permea toda la novela. Inmediatamente sentí curiosidad por aquello que el autor argentino refería y traté de buscar algunas cosas. Otros libros llegaron a mi por intuición y azar, por un olfato ingenuo que me hacía comprar títulos que sonaban interesantes. Luego descubrí que muchas de las obras leídas eran catalogadas como maestras.

¿Y el interés por la traducción?
«No estudié otros idiomas –francés, portugués e inglés– por abominar el español sino por requerimientos de la propia lectura. Es otra lengua la que permite tener la experiencia de la materia poética. El monolingüismo es una tragedia. No se puede ser un gran lector con un sólo idioma. Además, la traducción es un acto de creación».

También el ensayo es una obsesión..
«Como buen virgo no puedo ni quiero liberarme de lo que llamamos la reflexión, que no es más que una modalidad de la poesía. La literatura no puede ser ingenua, a diferencia de la pintura y la gente que la valora. Requiero un grado de pensamiento lúdico visceral, necesito a la hora de leer verificar cómo el libro halla cobijo en mi propia vida. Me exijo esas simetrías y analogías, el abanico de las referencias. El ensayo es quizás el momento en que el autor del poema se convierte en lector; es el género en que uno irónicamente comienza a hacerse preguntas. El ensayo es la gran metáfora, en él debe hablar un simulacro de interlocutor, la máscara que es capaz de fustigar toda la sentimentalidad de la primera persona. En este género se explaya la parodia, la crueldad, una voz teatral.

Dar clases de semiología... ser semiólogo
«Soy profesor de semiología, se de qué se trata, me interesa, pero no está para nada presente en mi poesía. Se ha visto en ciertos escritores que practican esa ciencia que ella suele conducir al fracaso, porque acumula una gran cantidad de nociones, abstracciones y jergas que aniquila la escritura. No creo que Umberto Eco sea novelista, probablemente pase a cierta historia como semiólogo.

¿Literatura y la religión?
«Esa otra cátedra que dicto me interesa más para mi trabajo personal. He descubierto cosas maravillosas en la cultura musulmana, en San Juan de la Cruz. He estado pensando vagamente en algunos poemas para un futuro libro, quizás al margen del poeta español, aunque soy un escéptico en materia religiosa, no creo que sea posible ninguna comunicación con Dios, ni siquiera creo que exista. No soy nihilista, pero si un hombre que duda. A veces me pregunto si dios existe, pero me respondo que él tiene tanto poder que ha hecho que yo no me interese por él. Dios no me necesita para la alabanza, la economía del universo, la salvación del prójimo, por lo tanto mi vida acepta si acaso que Dios sobrevive teóricamente como un ente antropomórfico, y eso porque me interesa su preservación como iconografía en el arte.

Pero algo nos ata a la vida....
«Desde el año pasado creo que hay un proyecto de destino y que tal vez sea planetario. Me interesa que sea así porque la carta natal me es muy beneficiosa y me gustaría que se cumpliera. Aunque el éxito que ella supone es demasiado hollywodense. Solo pido que no me traiga miseria».

La duda maniatada
Luis Moreno dice ver todos sus libros como una antología, sin una imagen central desarrollada. En Manual para los días críticos hay poemas muy viejos, rescatados de una agenda de principios de esta década, aunque el cuerpo del poemario está compuesto por textos más recientes. A esos poemas se suman unas traducciones tan personales que se convirtieron en versiones que no exigen ya el nombre del autor original: «Lo que escribo puedo restringirlo a cuatro estancias: los poemas de la persona, del hombre Luis que vive en una ciudad miserable que tiene tal o cual opinión y necesita tal o cual exilio; la segunda es la detenida visión del mundo, que en mi caso es miope; la tercera es la voz del amor, de la mujer que se ama; y una cuarta que es la voz prestada, la de los poeta que admiro».
Moreno ha venido ejercitándose en la espasmódica discplicencia editorial y de los concursos desde hace un par de años, cuando ganara la Bienal Pocaterra y su primer libro, Cantares digestos apareciera en Mérida bajo el sello de ediciones Mucuglifo. Seguro como parece estar de su destino literario, Moreno había reservado su segundo libro para una gran oportunidad, un espacio de confrontación que reiterara la fuerza y eficacia de su lenguaje poético. En la última edición de la revista on-line La Mano junto al muro, unos poemas de Moreno fueron puestos a navegar tras una insistencia casi intuitiva de los editores.

La cotidianidad ideal para un poeta
«La de un aristócrata cultivado. Alguien que puede levantarse tarde sabiendo que tiene algo que desayunar. Alguien que pueda pasear por una ciudad donde es anónimo, donde haya arboledas y espacios abiertos y con un clima decente. Alguien que pueda tomarse un café con toda la morosidad del mundo y trabaje sólo a medio tiempo en cualquier cosa que no exija demasiado a su espíritu, una labor que termine cuando cierra la puerta. Alguien que vaya al cine y consiga piezas no sólo norteamericanas. Alguien que regrese a su casa y encuentre a una esposa extraordinaria con la que hacer el amor.

Nunca escribiría...
«Tal vez en la madrugada. Eso sería lo menos importante».

Nada parecido a nuestras vidas...
«Siempre que uno sea capaz de olvidar que hay una posible culpa, que uno sea capaz de saltar sobre la camisa vuelta polvo, la escritura es posible. En Maracaibo hemos leído ya muchos poemas de gente que paga recibos de luz y compra pantaletas a la esposa. La realidad no es lo terrible. Yo también pago cuentas. Eso es natural. La dificultad está en creer que semejante cúmulo de detalles sean suficientes para hacer una obra literaria, como si la poesía pudiera reducirse al tráfago de la vida cotidiana. La poesía es esa vida doméstica, pero con un punto de vista, una agudeza verbal sobre ella. Es una ridiculez considerar que en el papel, como en una fotografía, se va desarrollando el día de cada poeta y que el lector deba aceptarlo sin mas».

Se necesita una voluntad férrea para evadir la realidad...
«Se requiere la voluntad de vencer la cotidianidad y la arrogancia de confiar en un destino literario, pensando que cuanto nos pueda ocurrir tal vez sea una ordalía y que al final lo que uno crea superior terminará por salvarnos de la mediocridad. La vida de nadie es en sí poética, porque de serlo mi vida rutinaria y aburrida no habría merecido el premio. No fueron mis 30 años los que concursaron, sino el Manual para los días críticos.»

El mundo poetizable
«Me gustaría que el mundo visible, que es mucho más importante que el teológico, tuviera una abrumadora presencia dentro de mi cráneo. Quisiera poder ver como ven algunos grandes poetas norteamericanos. Quisiera poder sentir como Funes, el personaje de Borges, pero menos patológicamente. Quisiera ser sensible al hecho de que hay vibración en las hojas y en las nubes. Es simplemente una aspiración».

¿Dónde queda la poesía urbana?
«Para ejemplificarla me restrinjo a un solo nombre: Rafael Arráiz Lucca. Lo único que he sacado de su poesía es un dato pragmático. Por él supe que basta un mínimo de crema dental en el cepillo para lavarse los dientes. Aparte de ese detalle que agradezco, no creo que su obra tenga suficientes grados de conmoción para hacerlo un poeta perdurable. Insisto, no es la ciudad, ni la raza, ni la cola en el banco lo que escribirá el poema. Es la mano que ha copiado esa realidad la que se encargará de transmutar esa miseria en magia. Parecería que la poesía venezolana de estos últimos tiempos se conforma con inventariar el mundo. Eso no es suficiente para que el lector intuya la existencia de una sensibilidad. Se requiere mucho más que la modestia del catalogador».

Tanta ironía, tanto simulacro.
«A veces pienso en eso y recuerdo que alrededor de los 18 años quise ser budista, todo por culpa de Cortázar que tiene un piso de cultura orientalista. Una de las consecuencias de Rayuela fue comenzar a pensar en la posibilidad de aniquilar el yo, siquiera como juego.... pero con mis condiciones y gustos sibaritas no pude continuar considerando la idea de extinguirme en vida. Entonces decidí un movimiento contrario: mantendría el yo pero lo vería desde una distancia sonreída e irónica, tratando de no tomarme demasiado en cuenta. Me propuse que la vanidad mostrada a mis interlocutores fuera artificiosa, construida para el momento. No quiero tomarme casi nada en serio, aunque mis amigos me consideren distante y excesivamente racional. Esa distancia establecida como imposibilidad budista fue reforzada por lecturas a algunos grandes ironistas como Borges y Montaigne. La ironía es una gran virtud en la literatura, más que la piedad. Prefiero ser cruel y burlón. Me es imposible ser públicamente afectuoso.....Claro, algunos amigos han descubierto la artimaña y ven en mi ironía un parapeto que estimo y alimento».


©Jacqueline Goldberg
Publicado en Papel Literario, El Nacional, 1998.

KRINA BER o la conquista de una lengua


Como E.Cioran o Samuel Beckett, Krina Ber batalla con una lengua que no es la suya. Como ellos necesita domar los riscos de una escritura para sobrevivir. Como ellos y tantos otros pretende forjarse una identidad y a la vista está que no reposará hasta que crezcan raíces de sus manos.
Esa tarea, ardua por demás, ha sido emprendida por Ber con suma paciencia, asombro y, sobre todo, mucho goce. Krina Ber disfruta escribiendo, hurgando en el lenguaje, suponiendo que erige mundos alternos, fugaces, protectores. Pretende que nadie la espera más allá del filo de las palabras. Asume que la escritura es un camino que va trenzando a medida que se aleja de quien es, de quien fue, de lo que tal vez hubiese sido.
No gusta regodearse de su hazaña biográfica, pero sólo esta la explica: nació en la devastada Polonia de 1948; la transplantaron a Israel a los nueve años; cuando terminó el servicio militar se fue a estudiar arquitectura a la École Polytechnique Federal de Lausanne; en Suiza se casó con un portugués y en 1975 ancló sus desiertos en Venezuela.
Su primer libro, Cuentos con agujeros, pese al empeño de los vastos exilios del alma y al acento escarpado que rige su voz, es tan o hasta más venezolano que muchos otros, si es que semejante impertinencia tiene alguna importancia a la luz del actual debate sobre la narrativa de la comarca.
El libro fue galardonada con el Premio Monte Avila de Narrativa para Escritores Inéditos en el año 2003 y dos de sus cuentos resultaron a su vez finalistas en el 56 Concurso de Cuentos de El Nacional y en el III Concurso Nacional de Cuentos SACVEN.

La escritura como país
Krina Ber escribía de niña poemas. Sus padres creyeron que aprendería hebreo y que una simple calistenia la haría volver a la literatura. Pero no fue así. El polaco se convirtió en la lengua de sus secretos, hasta ser desechada y sustituida primero por el hebreo, luego por el francés y más tarde por el español. La escritura permaneció por muchos años extraviada en esa vorágine lingüística y fue hace cinco años cuando reapareció, forjando no solo un cuestionamiento estético sino también una identidad: “El castellano en principio fue la lengua que me servía para escribir memorandos de obras. En el año 2000 me di cuenta de que solo estaba leyendo diccionarios y los manuales escolares de mis hijos. Eso me impulsó a seguir hurgando en la lengua y a comenzar a leer mucho. En realidad ha sido una manera de combatir el aislamiento, una forma de sentirme mejor integrada. Uno necesita un idioma cuando escribe, no seis. Y yo no podía pensar en escribir en una lengua que dejé de usar a los nueve años. Era una lucha. Había dejado de escribir porque cambié de intereses, de país, porque me casé, porque estaba haciendo arquitectura. Simplemente me alejé de esa parte de mi. Reencontrarme con la escritura me ha hecho muy feliz. Digo, como Bryce Echenique, que quería escribir antes de ser escritora”.
Ese adentrarse en la lengua y en la escritura pasó por todo un proceso que, finalmente, no es muy distinto al que sucede a cualquier escritor en busca de su voz: “Fui a inscribir a mi hijo menor en Psicología y sentí que la universidad era un lugar donde había estado antes y donde debía quedarme. Y me quedé. Tomé un curso como oyente de Técnicas de investigación en la Escuela de Letras. Los días que iba a ese curso me sentía en paz, feliz. Al año siguiente, hice también en la UCAB el taller de narrativa con Eduardo Liendo, donde descubrí que podía escribir algo más que mi propio diario. Después tomé unos cursos en Icrea, el taller del Celarg con Eloy Yague y más tarde entré en la Maestría en Literatura Comparada de la UCV, que actualmente estoy culminando”.
Tras un poco de paciente lidia con la literatura —gusta leer mucha narrativa española contemporánea— cesó la angustia que produce conquistar otra lengua: “El español no es otra lengua, es ya mi lengua, por más que tenga un acento que sobresalte a la gente. Y escribo con un tono que dicen caraqueño porque toda mi vida adulta ha transcurrido en Caracas. Todo lo que sé del español lo sé de los libros y de mi habla diaria, del habla de mis hijos, de los amigos de mis hijos. La lengua permite entrar en un mundo propio. La lengua nos une a todos, pero es de cada uno. La lengua es una patria, un vínculo que me hacía mucha falta en la vida y no me daba cuenta”.

Agujeros que disienten
Para la autora agujeros es un “término multiuso que abarca toda clase de grietas y huecos en la superficie de la realidad, madrigueras virtuales, guaridas para esconderse y perderse; incluye también algunas rendijas de bordes inciertos, donde se cuelan a veces fugaces atisbos de otras realidades”.
De esa premisa parten cada uno de los relatos que conforman el libro publicado por Monte Avila Editores a fines del año pasado. Esos agujeros a veces son un parque, un automóvil, una habitación, sitios reales: “Al principio no tuve conciencia de que los agujeros serían el hilo conductor del libro. Uno no escribe con tal conciencia. Los agujeros traducen una relación conflictiva que quizá tengo con la realidad, con la manera de enfrentarme a lo real. Los agujeros son sitios donde uno encuentra un respiro, una protección contra la realidad que es demasiado real, demasiado cruda. Son una especie de antídoto. Es como la escritura misma: un exorcismo que nos limpia y protege de la realidad. Un agujero es entonces una distancia, sitio donde esconderse.
Ber señala que cuando comenzó a leer en español uno de los primeros libros con los que se topó fue con la novela La insoportable levedad del ser de Milan Kundera y el título la remitió de inmediato a la lucha del hombre contra la levedad que lo devora: “Uno escribe principalmente para crearse un balasto, un anclaje, porque es preferible hundirse con él que ser llevado como hoja por el viento. Yo pertenezco definitivamente a la raza de los pesados, los que no logran mudarse de un cuarto a otro después de haber cambiado de país tantas veces. Los pesados no soltamos experiencias ni vínculos, le damos importancia a todo lo que nos ocurre, miramos mucho hacia atrás, peleamos con el tiempo, buscamos el sentido, tratamos de recoger en una totalidad nuestros pedazos desparramados por los caminos del pasado. Mis personajes son también pesados, expresan mi afán de pesadez. Eso tiene que ver con mi doble condición de arquitecta y de judía, dos partes de mi cultura que implican un peso. Por más que no soy religiosa ni practicante del judaísmo, por más que no me he casado con un judío ni he buscado lazos profundos con la comunidad hebrea como tal aquí en Caracas, por más que mi historias no tratan de este tema sino muy tangencialmente, estoy convencida de que escribo como escribo porque soy judía”.
Dos de los relatos muestran el tema del Holocausto como una muy profunda preocupación de la escritora: “Pertenezco a una generación que nació inmediatamente después de la guerra. Y esa es una generación que jamás escuchó a sus padres hablar del Holocausto. Olvidar no se podía, sin embargo los sobrevivientes trataban de no transmitir su experiencia. Yo soy una inmigrante perpetua. Vengo de una familia truncada de la que solo quedaron con vida mis padres y un tío materno, quien logró la hazaña imposible de escapar de Treblinka y salvar a mis padres. Para mi la guerra y el Holocausto existen como una nube que me persigue. Sin embargo, mi condición de judía condiciona mi sentido del pasado, del no olvido, la ética de la condición humana, la visión del éxito y del fracaso”.

©Jacqueline Goldberg
Publicado en Nuevo Mundo Israelita en 2005.

Las desprevenidas lecturas del aire


Quien osa leer en los antárticos escampados de los aeropuertos o en el vientre de sísmicos aviones, lo hace con el despropósito de asumir una identidad provisional. Al menos así parece indicarlo una breve encuesta realizada vía Internet entre periodistas, escritores y artistas plásticos.
Los aeropuertos calzan a la perfección con lo que el antropólogo Marc Augé ha denominado los “no lugares”: espacios de soledad y desarraigo, donde la identidad se diluye sin dejar respiro al diálogo. Más aún, en estos espacios se mediatiza la comunicación con uno mismo, perplejizándose todo gesto.
Yolanda Pantin define los aeropuertos como desabridos espejos –iguales en todas partes del mundo–, una cosa pulida y anónima, donde las personas nadan como autistas.
La lectura, en esos “no lugares”, deja de ser un acto íntimo e irresponsable, para asumir las estrategias del discurso social. Quien lee provoca, protagoniza y alimenta retahilas arquetípicas. Pocas veces se lee lo mismo en un aeropuerto que en el mullido silencio de la habitación. En raras ocasiones nos permitimos comprar una revista femenina o un bestseller para ser almacenado entre los cultísimos volúmenes que se enraizan en la biblioteca.

Vértigo sobornado
Aeropuertos y aviones son el “no-lugar” idóneo para la lectura desprevenida, desechable y hasta medicinal. El miedo, en muchos casos, es el semillero de todas los argumentos.
Milagros Socorro traza la genealogía del espanto: “Ya sea que se admita o no, todos tenemos miedo a los aviones. Miedo de estar atrapados en ellos por horas; miedo de que despeguen sin nosotros; miedo de abordar la nave equivocada y terminar en Australia sin visa ni conocidos”.
Israel Centeno se asume como el mandamás en los predios del terror: “Yo, sencillamente, me paralizo en los aeropuertos. Como soy bibliófilo compro libros y llevo dos o tres debajo del brazo, aunque luego ni los recuerdo. Pero debo decir que tener al libro conmigo me da seguridad, es como manejar cierta cábala, es como creer que si uno empieza una novela en un viaje no debe terminarla, para así poder continuar leyendo en el lugar de destino”.

Ícaros escrutadores
No en todos los andarines erupciona el miedo a volar. Por eso a veces los “no lugares” adoptan las formas del desenfado, la lectura amena y bulliciosa.
Yolanda Pantin declara que por no padecer vértigos voladores disfruta al máximo: “La bandejita con la comida, la botellita de vino, la frazada, la película, tratar de dormir en el incomodo asiento, despertarme a medio vuelo y ver la penumbra azulada”.
Miguel Angel Campos, ensayista venezolano acidificado por no pocos itinerarios, comenta: “Cuando viajo, generalmente elijo un libro complicado, que he estado posponiendo. Lo coloco con esmero en mi maletín de mano. Me hago la solemne promesa de dedicarle esas horas vacías en las que no pasa nada aparte del fastidio de esperar por el avión retrasado –o que no llegará. De regreso a casa reparo en que ni siquiera abrí el libro, efectivamente, el tiempo lo dediqué a angustiarme por las novedades de la línea. Lo ideal sería llevarse una buena provisión de literatura de terror, incluir, por supuesto los instrumentos de la degollina, a mano, como el libro elegido, para ejercitarlas con los miserables empleadillos”.
Acostumbrada a andar de viaje en viaje, Melania Suárez se apertrecha con cautela: “Si voy a ver a amigos, llevo la prensa del día, los suplementos del fin de semana y la revista Exceso, que siempre son souvenirs que se agradecen. A veces también me lanzo con cosas como las Selecciones, la Vanity Fair y otras revistas de misceláneas, porque en los aeropuertos y en los aviones la fauna es tal que me impide concentrarme en la lectura. Me parece que el 90% de las veces que una persona decide comprarse un libro es porque se va de viaje, y si yo fuera escritora, escribiría una novela para viajeros”.
Miryam Salazar, periodista ocupada en los vaivenes de un altísimo cargo internacional en una empresa audiovisual es tajante: “Uso los aviones y los aeropuertos para terminar libros pendientes. Pero lo que más leo son reportes, informes y cosas que usualmente no me da chance de leer en la oficina”.
Saul Sosnowski, desde la Universidad de Maryland, señala que hay una literatura de aviones, trenes y omnibuses de larga distancia, que nos inmersa en su lectura y permite dejar el libro para el próximo pasajero sin culpa ni ausencia en la biblioteca.
Mientras Adriana Meneses (directora del Museo Jacobo Borges) lee revistas antes de embarcar y un libro en el avión, Luis Camnitzer lamenta no ser un encuestado de utilidad, asegurando ojear en los viajes lo mismo que en su casa. Por otra parte, el argentino Tomas Eloy Martínez no teme desandarse: “En los aeropuertos y aviones leo basuras envasadas en forma de libros, para distraerme de la ansiedad. La idea es que llevo tantos libros en la maleta y en el bolso de mano, que puedo botar en la basura los de viaje. A veces tropiezo con algunas policiales de calidad, como las de Patricia Highsmith y Jim Thompson, y entonces me las guardo”.
Israel Centeno jura llevar consigo crónicas de viaje: “Pero fundamentalmente leo los anuncios de no fumar y las caras de las aeromozas; en ella uno puede saber si todo va bien. Ah, me gusta leer en los baños de los aviones cuando existe mucha turbulencia, sentarme en la poceta y abrir el libro, ver las letritas que no me dicen nada y esperar el desastre”
Milagros Socorro explica que por lo general carga con lo que esté leyendo en el momento: “Pero como casi siempre leo más de un libro a la vez, elijo como acompañante aquellas lecturas que permiten un consumo fragmentado, como el relato corto o la crónica. Recuerdo muy especialmente mi trasiego aéreo por la Autobiografía de Alejandro Otero: lloré tanto en ciertos pasajes que la aeromoza vino a ofrecerme una servilleta para secarme”.

En brazos del dzestino
Harry Almela relata que una oportunidad, a finales del primer gobierno de Caldera: “venía de Bogotá y en el aeropuerto compré una espantosa biografÌa de Carlos Marx, cuyo autor ya ni recuerdo. Cuando llegué a Maiquetía, tuve serios inconvenientes con el personal, pues me acusaron de comunista”.
Joan Friedman, catedrática del departamento de lenguas modernas y literatura de Swarthmore College y estudiosa de la literatura judía venezolana, recuerda que le regalaron un ejemplar de Cliper, novela de Alicia Freilich: “Lei la obra entre Maiquetia y Philadelphia, con escala en Miami y cuando llegue a mi casa, llamé a la autora y le rogué me permitiera traducir el libro, que fue publicado el año pasado por la Universidad de Nuevo México”.
En la película El Turista Incidental o un Tropiezo llamado Amor, William Hurt afirma categórico: “Siempre lleva un libro contigo para que te refugies en el si te toca un compañero de vuelo fastidioso”. Y a pies juntillas –sólo por si acaso– siguió el consejo Milagros Socorro hace tres años exactamente: “Tomé un vuelo nocturno hacia Maracaibo. Llevaba conmigo una recopilación de crónicas de Monsiváis en la que no lograba avanzar ni una línea porque el aparato se remecía como si flotara en el vientre de una piñata. A mi derecha un desconocido repasaba tranquilamente un libro de Derecho Tributario. Cada tanto, a hurtadillas, deslizaba mi mirada hacia las páginas que aquel hombre leía como si no fueran sus últimos minutos de vida. En realidad fueron sus últimos minutos extrañado de mí, porque desde entonces no hemos vuelto a separarnos”.

La mirada en otra parte

Leer no es tan sólo el ejercicio solitario de deslizar los ojos por una página. También hay una lectura del espacio y la gente, sobre todo en aeropuertos, donde la concentración emprende férreas batallas.
Mara Morillo, periodista venezolana, se explaya en el tema del fisgoneo desde su apartamento en Berlín: “Si hay algo que disfruto especialmente en un aeropuerto es contemplar. La variedad de apariencias, los idiomas, los gestos, los pasaportes. Ah, sí, los pasaportes. La identificación con un origen, la diferenciación cultural más inmediata en medio de ese caos. Me encanta tratar de adivinar qué historia traerá cada quien consigo, qué deja tras de sí, y por qué va a dónde va. Las escenas siguen siendo las mismas en todas partes. Reencuentros, miedos, incertidumbre, despedidas. Sin embargo, no pierden su fuerza ante mis ojos. Cada viaje es un encuentro con la contradicción del mundo”.
Ernesto León, más atento a los contrastes visuales que al discurrir de las letras –aunque es lector voraz– disecciona los “no lugares”: “Las obras plásticas que me gustan en los aeropuertos son las que representan la vegetación, cerámicas de colores suaves y que incluyen agua. No me gustan las obras que representan el metal, el brillo, el poder y la dureza de los imperios, especialmente cuando vengo de estar montado en un avión. Recuerdo un vuelo de Air France en el que los menús eran reproducciones conocidas de pájaros, ilustraciones naturalistas muy hermosas que años después me inspiraron para realizar unas serie de Guacamayas africanas. No me interesa hablar con la gente en los aviones y de vez en cuando miro a las aeromozas con ingenua simpatía”.


©Jacqueline Goldberg
Publicado en Papel Literario, El Nacional, 1999.

FEDERICO FERNANDEZ: Aladdin y sus hoteles maravillosos


Mayerling Urdaneta, Miss Playboy TV Venezuela 2003, se sienta derechita en la orilla de la cama. El aireado vestido blanco que reposa sobre sus 64 kilos y los 96 centímetro de su bronceado pecho, no le permite mayores acrobacias. Federico Fernández se desliza a su lado, apenas orientado por la tibieza algo húmeda del aire. Desde el filo del mullido edredón de plumas, bajo tules escarlata y una cúpula que se abre a la noche casi terminada, echan un vistazo a la piscina, sobre cuya mansedumbre flotan velas y pétalos de rosas. A ratos son estremecidos por intensas ráfagas de aceites aromáticos, esencias, pero sobre todo, por los misteriosos efluvios que perpetúa el sexo. Tras ellos hay un baño de vapor y una ducha con puertas transparentes. El decorado es árabe, las lámparas y los tapetes suntuosos como los de un palacio lejano. Están en la habitación bautizada como Aladdin, la presidencial, de dos niveles, la que cuesta trescientos mil bolívares las primeras seis horas.
De pronto, la sensualidad del fantasioso paraje es aderezada por un par de morenas que emprenden la danza del vientre al ritmo de una música a estruendoso volumen. Mayerling y Federico, sentados aún en las comisuras del tibio tálamo, se miran, susurran unas pocas frases y sonríen. Una docena de flashes les disparan sin misericordia. Toda la prensa local y nacional está allí, la televisión, las revistas más fashion, incontables curiosos que han sido convidados a la gran inauguración del Hotel Aladdin en Maracaibo. Es el 31 de octubre del año 2003. Los periodistas, wiskey en mano, han hecho un recorrido por las suites más exquisitas del nuevo vástago de la cadena hotelera —la japonesa, la africana, la que tiene una copa de champagne por jacuzzi— y han terminado con la boca hecha agua en el aposento VIP. Allí, el plato fuerte es el guapísimo y joven director de los hoteles y la Miss Playboy, con su 173 centímetros de estatura.
La gala entusiasma a los invitados con todo un repertorio de seducción: sushi, platillos árabes, música, pipas de agua, obsequios, una noche de estreno y personajillos de aquiladata farándula como Luis Chataing. Pero la Miss Playboy de 27 años acapara la atención envidiosa de todas las féminas y las obscenas miradas de cada uno de los machos presentes. Federico Fernández no se despega ni un segundo de ella, musa y gancho publicitario de la ocasión. Por casualidad —aunque su nombre intraducible y su apellido de prócer lo anticipen— Mayerling Urdaneta es maracucha. Fue contratada especialmente para emperifollar el evento luego de que el canal de televisión Playboy hiciera un programa sobre los Hoteles Aladdin que saldrá al aire el próximo verano. La Miss Playboy TV Venezuela 2003 hizo un resquicio en la agenda que la había llevado a Roma y tras un enrevesado itinerario —jet lag incluido— consiguió llegar a Maiquetía ese mismo día en la tarde. Una de las avionetas de Fernández la trasladó al terruño. Luego, terminada la faena inaugural, trabajó durante un mes para Aladdin, lo que incluyó una sesión fotográfica en Los Roques. El chisme del ardiente escarceo amoroso entre ambos, sin duda, estaba servido.
Pero Federico Fernández lo niega todo y hasta se sonroja como un párvulo cuando le sugieren que a sus 44 años, con porte y fortuna, ha de ser un soltero muy codiciado. “Con el diez por ciento de las fantasías que las personas se hacen sobre mí, yo tendría el día bastante ocupado. Se parte de que siempre la vida de los demás es mucho mejor que la de uno. Mayerling estaba en su trabajo y yo en el mío. Su tarea era ser una especie de Publicity Stand y la mía accionar aquel hotel. Pero la gente piensa que porque esta niña se quedó en nuestro hotel y fuimos a Los Roques pasó de todo, que vivíamos en una sola rumba. La imaginación de la gente es algo que me hace gracia porque, por supuesto, tú les dices lo que quieren oír, pero si les dices que es mentira, no te creen. Es preferible callar y dejar que se lo imaginen todo”.

Hay indicios de que Federico José Fernández Machado es lo que él dice y no lo que los demás creen. Pero ser uno de los inventores y amos de la cadena de hoteles de alta rotación más famosa del país —Aladdin es la empresa hotelera con mayor crecimiento en Venezuela en los últimos 10 años, atienden a 1,5 millones de personas anualmente en siete hoteles ubicados en Caracas, Maracaibo, Valencia, Puerto la Cruz, San Diego y Barquisimeto— sin duda no permite adivinar su voz bajísima, sus gestos acompasados, sus anhelos sofisticados. Tampoco sus atuendos de última moda, su figura atlética y una cierta actitud de vencedor, dejan vislumbrar el soñador empedernido que hay en él.
La idea de que Fernández vive de propiciar el amancebamiento ajeno en lugares medio clandestinos y afrodisíacos —algunas de las habitaciones incluyen champaña, bombones, rosas, velas y fresas con chocolates, con la precisa promesa de “magia, sensualidad y misterio”—, le infunde una imagen perturbadora entre mujeres, colegas y amigos. Pero él ha sabido esquivar los comentarios que considera discriminatorios —sobre todo en el pacato ambiente valenciano, donde tiene su centro de operaciones— con el argumento de que lo suyo es un negocio rentable, con los mismos problemas financieros de cualquier empresa. “Sobre todo en Venezuela las personas toman el tema de Aladdin, de los moteles, como el eje central o el chiste de la conversación. Por lo menos al principio. Pero yo he aprendido a maniobrar y poner el tema en su lugar. Eso, sin duda, tiene que ver con el enfoque que antes se le daba a este tipo de hoteles, por lo general creados por inmigrantes que se mantenían a muy bajo perfil y no tenían necesidad de defenderse socialmente. Yo, desde el comienzo, vi el asunto como una empresa que iba a crecer, a tener sucursales, un nombre, mercadeo. La gente me caía encima con la parte del bonche de fin de semana y yo manejaba mis cosas corporativamente. No me da ninguna vergüenza decir en qué trabajo. Recuerdo que un día estaba en un matrimonio en Valencia y empezaron a jugar con el tema. Alguien trató de menospreciar el negocio, de hacer un comentario peyorativo. Solo respondí que yo vendía un servicio, que alquilo habitaciones y que no es problema mío lo que se haga dentro de ellas. Para colmo el hermano de la novia me preguntó, delante de un grupo de personas conocidas, si le iba a regalar una habitación a la novia. Tuve que responder que le iba a dar la misma donde él iba con su pareja todos los jueves en la noche. ¿Me imagino que si es buena para ti, es buena para tu hermana?, le asesté”.
Cree en los controles de calidad, por eso a veces duerme en sus propios hoteles.“Tengo que ver si todo está bien, si las instalaciones funcionan. Si no pruebas el producto que vendes, no sabes a qué sabe. Pero mucha gente piensa que vivo en un solo bonche dentro del hotel. No entienden que tengo cuatrocientos empleados con cuatro ojos, ochenta por ciento de los cuales son mujeres. Claro, también voy por gusto y bonche. Todo en la vida no puede ser trabajo”.

De todas maneras Federico Fernández es un acertijo. No en vano lo llaman por ahí Aladino, como el del cuento de Las Mil y una noches, que halló una lámpara mágica y pidió deseos. Su vida parece una aventura narrada por una Sherezade postmoderna incapaz de seguirle el trote a un infatigable personaje. Y es que Fernández, cosmopolita hasta los tuétanos, suerte de James Bond del nuevo milenio, es un hombre hiperquinético, que duerme poco, juega fútbol todos los fines de semana, no fuma, maneja sus propios aviones, carros, lanchas y motos ultimísimo modelo y le apetecen los deportes extremos, sobre todo el novedoso kitesurf, que al fusionar la adrenalina del wakeboard y del windsurf permite alcanzar una velocidad de hasta 80 kilómetros por hora y dar saltos de diez metros de alto. Lo suyo es la tecnología de punta, lo más in. Es capaz de dar la vuelta al mundo para buscar aquello que se le ha metido en la cabeza. No se detiene ante las negativas. En el trabajo es obseso y hasta delirante. Su lema pareciera ser “todo se puede”.
Nació en marzo de 1960 en San Juan de los Cayos, estado Falcón, un diminuto pueblo pesquero ubicado a cuarenta minutos de Chichiriviche. Su madre, Bety Machado, oriunda de Mene de la Costa, trabajó algunos años con los ingleses atraídos a la zona por el hallazgo petrolero. Luego, cuando el capital gringo espantó a los ingleses, se mudó a San Juan de los Cayos, donde conoció al padre, José Fernández, un prestamista que compraba cosechas de coca —como se le llama a la parte suave dentro del coco— de la que, al secarse, se produce aceite. Los Fernández adquirían la producción de la zona y la vendían a través de una pequeña flotilla de camiones de su propiedad. El abuelo materno, mientras trabajó en la empresa petrolera, fue asistente de médico, después tuvo una farmacia, y llegó a ser presidente del Concejo Municipal en los primeros suspiros de la democracia. Por su parte, el abuelo paterno fue Registrador del pueblo.
El padre nunca hubiera querido abandonar la tranquila vastedad marina que arropaba a la familia. Pero la madre, que por su roce con forasteros se había asomado a la anchura del mundo, quiso emigrar a la ciudad. En 1970 se mudaron a Valencia, donde el futuro galán siguió ostentando una vida a la intemperie, llena de deporte y hazañas callejeras, como en el lar natal. Estudió en un colegio de curas españoles y en 1977, con apenas 16 primaveras, partió hacia la ciudad estadounidense de Pittsburg. Su hermano mayor —son tres varones y una hembra— se había ido al norte gracias a un intercambio estudiantil y la familia adoptiva de este invitó a Federico a concluir allá el High School, acogiéndolo como un hijo. Luego, aupado por la visionaria y pujante parentela, ingresó a la Universidad de Pittsburg, donde estudió Administración y Mercadeo e hizo un master en Ingeniería Industrial y Finanzas.
Ocho años después, ya echo un musiú, con acento y todo, volvió al país. Su familia, que había saltado al ramo de la construcción, lo envío a San Juan de los Cayos a administrar una ferretería. “La transición en los primeros meses fue muy fuerte. Salir de Pittsburg a San Juan de los Cayos era como retroceder cien años. Tuve una vida tan progresiva, tan estresante y acelerada de Pittsburg, que me fue muy complicado retomar la vida de provincia. Me acostumbré porque ya desde entonces viajaba mucho al interior. Sin embargo, muchas veces quise regresarme a Pittsburg. Todavía a veces pienso en Estados Unidos como una posibilidad”.
Tras separarse del negocio familiar por unos cuatro años y trabajar por su cuenta en vialidad agrícola, volvió con mas ímpetu al regazo e impuso su sabihondez. “No se estilaba en esa época, pero empezamos a meterle tecnología a la empresa de distribución de cemento, que ya era el Grupo Fernández. La empresa creció diez veces en cuatro años, abrimos otras empresas, hicimos contratos con el gobierno”.
El negocio hotelero arrancó en 1985 cuando el Grupo Fernández fue invitado por otros tres socios a construir y administrar en Valencia el hotel El Castillito —también de alta rotación—. “No conocíamos el negocio. Mi hermano y yo no creíamos en los números que nos prometían. Por eso hicimos nuestro propio estudio de mercadeo: nos parábamos frente a uno de esos hoteles a medianoche, contábamos, y nos sorprendíamos. Fuimos viendo entonces la rentabilidad y decidimos asociarnos para El Castillito, diseñado por el mismo arquitecto del Big Low Center. Ese hotel fue el más exitoso del grupo en toda la historia, porque por primera vez se ofrecieron supuestos ‘lujos’ dentro de las habitaciones: televisor a color, aire acondicionado y secadores de pelo”.
A fines de la década de los ochenta el Grupo —su bitacora sumaba ya media docena de hoteles— con la participación siempre glamorosa y ambiciosa de Federico —los hermanos y el padre prefieren el bajo perfil—, comenzó a asistir a ferias hoteleras alrededor del mundo, donde se empapaban de distintas influencias, entendiendo que la competencia se hacía más fuerte y la diferenciación necesaria. Brasil, siempre a la vanguardia en materia erótica, aportó por esa época ideas fundamentales como el baño de vapor y la noche de bodas, cuando la usanza conducía a los novios a suites ejecutivas de hoteles cinco estrellas.
Alrededor de 1993, con la idea de que fuera uno más del lucrativo rosario, construyen el primer Hotel Aladdin. Pero la introducción de arquitectura y decoración árabe —con fantasías inspiradas en el frenesí de Las Vegas— propinó un éxito tal que decidieron dar continuidad al nombre y experimentar con mayor desenfado en las próximas sucursales.
Al erigir el segundo hotel Aladdin en Barquisimeto, el arquitecto quiso introducir en todas las habitaciones el llamado “burrito” o “silla”, un artefacto alfombrado de origen romano que incentiva a la variedad de maromas sexuales. El socio francés de los Fernández prohibió el artilugio, pero el arquitecto, descorazonado —y adorador empedernido de lo exótico—, dejó uno en la Suite Este del hotel. “Poco después de abierto el hotel recibí una llamada del gerente para explicarme que había gente esperando por la Suite Este. Yo no entendía, decía que todas eran iguales. No me acordaba de que el bendito aparato estaba ahí. Eso hizo que instaláramos ‘burritos’ en todas las habitaciones de los otros hoteles”.
La sofisticación de los hoteles Aladdin comenzó hace unos cinco años con la construcción de la sucursal de Caracas, situada en la avenida Guaicaipuro de El Rosal. Sin embargo, fue el proyecto del Aladdin Maracaibo el que desentrampó la imaginación de Fernández y lo condujo a tomar ideas de las empresas hoteleras más sofisticadas del mundo como son el Grupo Aman (Amanjena) en África, Design Hotels (Europa), Península (Asia) y W Hotels (Estados Unidos). La sed de innovación acabó llevando a Fernández a África y Oriente. “No teníamos porqué seguir adquiriendo imitaciones. Nuestro proveedor de Miami —un judío venezolano casado con una correligionaria de Casablanca— me acompañó a Marruecos, me llevó al mercado, a los proveedores. Luego yo solo fui a China e India”.
Para el nido maracucho adquirió maravillas. Las habitaciones, todas diferentes, muestran ambientaciones temáticas propias de China, Japón, África, Tailandia y Marruecos, decoradas con objetos, lámparas artesanales, alfombras pintadas con hena y accesorios importados directamente de esos países. Asimismo, hacen gala de lencería importada, pisos de mármol, productos de tocador de marca, equipos de sonido y televisión de alta tecnología.
Pero más exótico que adquirir afeites de lejanas tierras fue para el proveedor marroquí embarcar su mercancía rumbo al fin del mundo. De hecho, cuando el container de cuarenta pies de largo salió de Marruecos vía marítima, Fernández recibió una llamada desde Marrakech: no sabían dónde estaba Maracaibo. Debió pedir al capitán que buscara un mapa y explicarle la ubicación de la ciudad y del lago que hasta el pirata Sir Henry Morgan halló en 1669.
Los planes inmediatos de los Hoteles Aladdin —además de adueñarse de cinco estrellas para sus refugios— son internacionales. Abrirán sucursales en Madrid y la más inmediata en Miami —ubicada en South Royal Poinciana Boulevard, cerca del aeropuerto—, un hotel tipo boutique de ocho mil metros cuadrados y 53 suites, con una inversión de nueve millones de dólares.

La apertura de un Hotel Aladdin nunca ha sido un deseo cumplido con instantaneidad como los del genio de la lámpara. Mil y un vericuetos burocráticos deben ser superados. En Caracas, por ejemplo, la permisología aprobada durante la gestión de Irene Saéz, alcaldesa de Chacao, fue echada por la borda apenas llegó su sucesor, Leopoldo López. Fernández admite que el asunto tiene que ver con el enredijo moral que genera su negocio. Incluso cuando el hotel comenzó su osada campaña publicitaria —la que decía “Matador” y “¿Papaya?”— y quiso colocar una gran valla en su fachada, la Alcaldía de Chacao, atendiendo el pedido de una cofradía de pudorosas damas del municipio, se negó y el propio Leopoldo López la arrancó con sus manos. “En esa época él era medio Rambo”, acota Fernández con picardía, recordando que en el cine también se armó un lío cuando el circuito de Cines Unidos se equivocó y proyectó la propaganda antes de una cinta de Disney.
Fernández acota: “Le ganamos a la Alcaldía de Chacao los dos juicios que abrimos. Pero la valla tenía un amparo y cuando se venció la quitaron. De ahí seguimos adelante, llegamos a un acuerdo porque estamos haciendo otro hotel en El Rosal, que será más tipo boutique — sin patrones de repetición y atención individual— y que abrirá en un par de meses. Solicitamos el uso de la calle y como contraprestación pidieron que les construyéramos y donáramos una plaza igualita a una que la arquitecto de la Alcaldía había visto en New York, en la 53, entre la Quinta y Madisson, entre dos grandes moles de concreto. Incluso en un viaje a New York le tomamos fotos a la plaza”.
Acostumbrado al suplicio mítico de Sísifo, reconoce que sus proyectos hoteleros son polémicos, pero hace énfasis en que no le gusta hacer cosas a escondidas. La erección del hotel de Maracaibo también encontró tropezones. Hace diez años quisieron hacer un Aladdin en la avenida Milagro Norte —muy cerca de donde pronto será inaugurado el Centro Comercial Sambil— pero los vecinos, sacerdotes italianos del colegio Rosmini, se opusieron y el alcalde Fernando Chumaceiro no aprobó los trámites. “También ganamos el juicio, pero no pudimos construir el hotel. Perdimos la inversión y nos tocó hacer unos apartamentos en el terreno. La obra entonces fue posible años después porque el propio alcalde Gian Carlo Di Martino, cuando vio el proyecto de Caracas, nos llamó y nos pidió que invirtiéramos en Maracaibo. Él quería que fuera menos motel e hicimos los cambios necesarios. Puedo decir que la alcaldía que más apoyo nos ha dado en la historia de los hoteles Aladdin, ha sido la de Maracaibo, sin pedir mucho a cambio. En el momento en que compramos los terrenos nos solicitó dos canchas múltiples para los colegios cercanos al hotel”.
No pocas lenguas viperinas asoman que el padre del alcalde Di Martino sería uno de los socios del Aladdin y que una protesta que recientemente se diera en las adyacencias del hotel obedecería no al rechazo de los vecinos, sino al clarísimo enfrentamiento que existe entre el gobernador del Estado, Manuel Rosales, y el alcalde neochavista Di Martino. Fernández, curtido en materia de chismes, admite que dado que los dos políticos ya no pertenecen al mismo bando, el hotel ha quedado atravesado en medio de la polvareda, dando la impresión de ser un proyecto del alcalde.
El embrollo que generan los Aladdin no concluye con el inicio de las operaciones. Estos hoteles —como tantos otros de oscuras carreteras— son blanco de la suspicacia. Allí confluye lo mas encumbrado y soterrado del país. Uno se pregunta cuántos políticos, cuantos militares, cuánto personaje de cuello blanco van a parar con sus amantes de turno a los hechiceros camastrones del Aladdin. Y cuántas esposas de ocupados protagonistas del jet set criollo se asomarán allí con lentes oscuros. De nuevo la sonrisa de Fernández intenta disimular lo que es obvio, pero en esto, sobre todo, es tajante: “La confidencialidad es nuestro fundamental principio. No nos importa, no nos preocupa el nombre del usuario. Eso es vida privada, que es sagrado”.

El penth house de Federico Fernández en las cumbres valencianas —el dique de Guataparo parece, a lo lejos, un oasis suizo— es un muestrario elegante y bien puesto de casi todo lo que hay en sus hoteles. Muchos rudimentos eróticos fueron probados allí antes de llevarse a las edificaciones, como el jacuzzi para ocho personas y el baño de vapor. La decoración es tan movediza como los antojos de su dueño. Tras cada viaje el escenario muda de piel.
En la sala, además de tres piezas de Jesús Soto y un par de sillas Le Corbusier, hay una cama china —en vez de sofá—, flores por doquier, unas máscaras asiáticas y un penetrante olor a sándalo. El comedor es de la firma italiana Cassina, pero él —en contra de su asesor decorativo— sustituyó las sillas de las cabeceras por unos inmensos tronos marroquíes. En el piso superior, su habitación —en una esquina relumbra un chaisse long Le Corbusier— gira en torno a una inmensa cama marroquí, tallada a mano, en cuyo centro, acomodado con sumo cuidado, está un muñeco de peluche. “Ese lo puso mi novia”, aclara antes de cualquier comentario, sin añadir mayores pistas sobre la fémina que le ataja el corazón por estos días.
Pero lo que más habla de Federico Fernández es su estudio, aunque a todas luces se ve que tiene poco trajín. Frente al escritorio, de pared a pared, hay un mapamundi. Él lo muestra con ansiedad, sus dedos se detienen en Oriente, como si fuera un juego de ouija. Señala los muchos lugares donde ha estado, aquellos a los que le gustaría ir, y Camboya, su próximo destino, donde ya tiene reservaciones en el exclusivo hotel Amansar del grupo Aman Resorts.
“Mi vida ha mejorado y evolucionado durante los años en los que he estado en este negocio. Siempre soñé con cosas que ahora estoy pudiendo hacer realidad, como caminar por les Champs Eliseé tomando vino con mi novia o conocer Asia. Siempre soñé con visitar Japón. Ahora que el negocio ha evolucionado al punto de que mis excentricidades son necesidades o fantasías de mis clientes, aprovecho la oportunidad de conocer esos sitios y viajar en plan de negocios”.
Fernández no cree en vidas anteriores —es católico, va a misa al menos una vez al mes—, pero dice que su atracción por las culturas orientales es algo inexplicable. “Probablemente, muchas de esas influencias vienen de haber vivido tanto tiempo afuera. Me encantaría conocer un poco más a profundidad Vietnam, China. Lo que más me atrae son las diferencias culturales. Estuve hace poco en Beirut, me impresionó la convivencia que se da allí entre católicos y musulmanes, muchachas en minifalda y mujeres con burka. Oriente ha contribuido a bajar mi enorme nivel de ansiedad, me ha dado un poco más de seguridad, me ha enseñado que si quieres hacer cosas nuevas, tienes que tener un poco de flexibilidad en parámetros de tiempo. Mi estilo de trabajo anterior iba a hacer que mi desgaste fuese mucho mayor, y para lograr los mismos objetivos que obtengo ahora”.
La fascinación por Oriente se deja sentir también en su cocina. Le encanta la comida japonesa, china y por estos días la thai. Y no va muy lejos para degustarla. No cocina, pero Ana —colombiana de pura cepa que ha trabajado con su familia desde siempre— la zurce en su propios fogones gracias a que él la envía con frecuencia a Caracas a tomar cursos con los mejores chefs. En cada uno de los entrenamientos ofrecidos a los cocineros de los hoteles, ella participa como una más del clan.
Fernández se reconoce rara avis, y aunque lo disfruta no se pavonea demasiado de ello. Intuye los caminos que conducen con garbo de la frivolidad a la espesura emocional. Le gustaría, dice, envejecer en alguno de esos sitios de Oriente que aún no conoce, pero, por ahora, no piensa sino en vivir en la comarca. “Me gusta la intensidad con la que vivo. Quiero vivir a lo máximo. Aunque me cuesta mucho quedarme en un solo sitio por mucho tiempo, mientras tenga la posibilidad de vivir en Venezuela lo haré, por las condiciones que tengo, por mi familia, mis amigos. Pienso que las raíces son las que me dan la fortaleza. Venir de San Juan de los Cayos, haber evolucionado, haberme educado, me da una gama muy amplia de herramientas. Sé lo que son los principios, sé lo que es la humildad de un pueblo pesquero. Eso me hace un poco menos prepotente. A pesar de lo que digan. A pesar de que mis negocios sean hoteles de estancias cortas”.


©Jacqueline Goldberg
Publicado en la revista Exceso en 2003.

PYNCHAS BRENER: el confesor



Pynchas Brener, polaco de nacimiento, rabino de profesión y venezolano por adopción, es una de las voces que más se escuchan en Venezuela. Amigo de los políticos, de los intelectuales y del establecimiento, es admirado tanto por Chávez como por la oposición, y no falta quien le pida que se involucre más en el gobierno. Brener, sin embargo, prefiere dedicarse a oficios más divinos como escribir columnas de opinión, publicar libros y presidir el Comité de Relaciones entre Iglesias y Sinagogas de Venezuela


LOS SÁBADOS, apenas clarea, las calles de San Bernardino, en Caracas, abandonan su vocación caribeña para dar la ilusión de un villorrio judío en la antigua Besarabia o un barrio de Jerusalén. Familias con impecables atavíos caminan rumbo a las sinagogas salpicadas en la urbanización que desde los años cuarenta se orilla al cerro El Ávila y que a tan tempranera hora muestra como nunca su semblante de gueto cosmopolita del nuevo siglo.
Algunos de los hombres que recorren cabizbajos el caprichoso trazado de la zona parecen rabinos: largas barbas, sombreros negros de ala ancha, bordes de su manto para el culto asomado bajo el gabán y la mirada extraviada en los riscos de una milenaria tradición. Y uno de ellos, de porte atlético, gafas transparentes y barba de un solo día; el que no parece un religioso y a sus 71 años tiene una cierta semejanza con Sean Connery, es el rabino principal de la Unión Israelita de Caracas, institución que congrega a la feligresía de origen ashkenazí, llegada a Venezuela de la Europa Centro-Oriental desde mediados de los años veinte y sobre todo antes y después de los desoladores avatares de la Segunda Guerra Mundial.
Pero no sólo por su poco convencional apariencia Pynchas Brener resulta una rara avis entre sus homólogos. Este globalizado rabí de origen polaco, personalidad magnética, refinado humor y particular sensibilidad, además de contar con el respeto de la colectividad a la que sirve desde hace 35 años, escribe libros sobre judaísmo, es uno de los fundadores de las cátedras de Matemática de la Universidad Simón Bolívar en Caracas —de las más prestigiosas y exigentes del país— y presidente desde 1980 del Comité de Relaciones entre Iglesias y Sinagogas Establecidas en Venezuela (Crisev). Para más señas, dirige una casa editorial; alimenta su propia página web (http://www.editorialboker.com); es articulista de opinión de El Nacional y El Universal, los diarios venezolanos de mayor circulación; acostumbra beber un sorbo de whisky después del almuerzo; hace gimnasia todas las mañanas; cuenta chistes subidos de tono y tiene una notable actuación en la vida política —subterránea y advertible— del país.
Hasta el 14 de agosto del año pasado Brener dirigió junto al periodista Eleazar Díaz Rangel la Mesa de Equilibrio Internacional, que formó parte de la Comisión Presidencial para el Diálogo, designada a dedo por el gobierno nacional para dilucidar los sangrientos sucesos del 11 de abril de 2002, cuando una enorme protesta popular fue disuelta a tiros por adeptos al gobierno y el presidente Hugo Chávez Frías temporalmente removido de su cargo.
La presencia del rabino en los intríngulis políticos del país no obedece, sin embargo, a mundanales antojos de poder. Brener es, ante todo, un lúcido intelectual que bracea por puro gusto en tercas aguas. “La política concierne y tiene sus efectos sobre cada uno de nosotros”, confiesa en una indescifrable amalgama de acentos que no empañan la sintaxis de su correctísimo español. El religioso se ha sabido deslizar, con suspicacia e inteligencia, más allá del bien y del mal, en cada uno de los gobiernos de turno. Tanto es así que antes de la supuesta transición política del país —que duró dos brevísimos días—, se le vio muy apegado a las correrías de la contrarrevolución, como los adeptos al oficialismo gustan llamar a la oposición. Cuando las protestas sociales y laborales arreciaron y los empleados de la hoy desangrada empresa Petróleos de Venezuela (Pdvsa) amenazaban con paralizar la principal industria del país —cosa que por fin hicieron entre el 2 de diciembre y mediados de febrero pasado, a lo que siguió el despido de más de 15 mil empleados—, sindicalistas, empresarios y eclesiásticos firmaron públicamente un pacto democrático de emergencia, cuyo objetivo fue convocar a la unidad de todos los sectores del país para rescatar el diálogo social y adoptar medidas para progresar en paz y democracia, todo ello en el regazo de un Gobierno sin el teniente coronel Hugo Chávez. Y ahí estaba Brener. En las transmisiones televisivas de ese masivo evento era inevitable fijarse en él, sentado en primera fila, acomodándose con patológica frecuencia su kipá o solideo negro de rigor.
Tras la fugaz ausencia de Chávez, el empresario Pedro Carmona, entonces presidente de Fedecámaras, fue convocado a asumir el poder. La mañana del 12 de abril de 2002 numerosas personalidades del variopinto panorama nacional se enfilaron hacia Miraflores —el Palacio de Gobierno— para dar su espaldarazo a quien esa noche asumiría la magistratura del país. Las lentes de los noticieros enfocaron una vez mas a Pynchas Brener. La periodista Eleonora Bruzual recuerda que el rabino veía con el entrecejo fruncido la marabunta que circulaba nerviosa por los pasillos y se preguntaba en voz baja quién juramentaría a Carmona. Y lo suyo más que presagio fue sabiduría de zorro viejo. Efectivamente Carmona se autojuramentó, desarticuló sin reservas todo el sistema democrático y con ello desmoronó la ilusión de un país sin Chávez.
También el 12 de abril, pero en la tarde, tuvo lugar el acto más sensato de toda la jornada: una misa ecuménica al aire libre por los 17 asesinados conocidos del día anterior. Allí las palabras del rabino fueron escuchadas en absoluto silencio por más de diez mil personas. Antes de la salida de la primera estrella —como indican los preceptos judíos— el rabino debió retirarse para cumplir con los deberes del shabat. Muchos aseguran que de no haber sido día sagrado, hubiera firmado esa noche el documento de proclamación de Carmona —como lo hiciera un representante de la Iglesia Católica— y quién sabe si de no haber ocurrido la inmediata y sorpresiva traición del presidente de la patronal, hasta le hubieran solicitado integrar el gobierno.
La demencia cernida sobre Venezuela en aquellos días hizo que muchos nombres se barajaran para conformar una posible junta de gobierno. Una idea —descabellada a todas luces si se recuerda que la constitución venezolana exige un presidente de estado seglar— fue que esa junta estuviera comandada por un trío providencial: el cardenal Ignacio Velazco, monseñor Baltasar Porras y el rabino Pynchas Brener. “Eso fue cuento de camino, pero en el supuesto de que me hubieran pedido ser parte del gobierno habría tenido un dilema esquizofrénico”, sentencia. “Por un lado, mi ego me hubiera dicho que quizá yo podría ser un factor de balance para evitar desmanes, basado en la experiencia que la edad me otorga, en lo que he visto, las leyes y normas morales del judaísmo, mi compromiso ineludible con Venezuela y su democracia. Por otro lado, creo que hubiera sido sumamente peligroso para la comunidad judía porque se hubiera visto involucrada en un proceso que no era del todo legítimo. De todas maneras, yo lo que soy es un rabino y, aunque tengo intereses que están más allá de mi actuación religiosa, ser rabino significa no tener vida privada, ni amigos íntimos y mucho menos participar en la política. Cualquier cosa que hago es como rabino y nunca como individuo”.

PYNCHAS BRENER —su nombre viene de Pinjás, personaje bíblico que demuestra su fidelidad a Moisés al matar a Zimrí ben Salú— nació en 1931 en Tyszowce, una aldea polaca que no aparece en los mapas. Es la octava generación de rabinos jasídicos. A los cuatro años lo llevaron a Perú, donde su padre —experto en circuncisiones y sacrificio de animales— fue contratado como rabino. “Lima era una ciudad preciosa, de reyes. Para nosotros fue un descubrimiento, en mi aldea nunca falló la luz porque no la había. Nunca antes supimos lo que era el agua potable”.
En la capital peruana, a falta de centros educativos judíos, asistió al Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe, el más grande e importante. Ya la kipá formaba parte de su atuendo cotidiano, pero se la quitaba media cuadra antes de llegar al colegio para evitar las bromas de sus compañeros y no hacer demasiado evidente que era “diferente”.
A los 16 años, para dar continuidad a la tradición religiosa familiar, fue enviado a la Yeshiva University en Nueva York, donde a la vez que recibió su ordenación rabínica (1955), obtuvo el título de profesor de hebreo (1951), un Bachellor of Arts (1951) y un Master of Arts en la Universidad de Columbia (1955). “No fue mi elección, pero consentí. Yo realmente quería ser actuario, trabajar en una compañía de seguros, pero cuando intenté conseguir un puesto de aprendiz, después de tener mi master, me encontré con que por ser judío no podía hallar trabajo”.
Brener —que se casó con la judeoalemana Henny Bernstein un año después de graduarse de rabino— ejerció durante doce años en el Holliswood Jewish Center de Nueva York. En 1962 pudo echarle un primer vistazo a Venezuela como representante del Rabbinical Council of America, organización mundial que reúne a rabinos ortodoxos, aunque ya antes, en 1955, había rechazado una invitación a Caracas para oficiar una boda y el cargo que doce años después tomaría. “Como no tenía trabajo, pensé, por qué no ir a Venezuela. Le escribí a mi padre contándole, pero él me respondió: no te puedo enviar una bofetada a través del océano, tú vas a decidir lo que quieras, pero yo en tu lugar no iría a Venezuela, porque allí hay un rabino que aparentemente es muy capaz y un poquito beligerante y hay cierta división en la comunidad, para qué vas a empezar tu carrera de rabino en un lugar donde hay dificultades, vete mejor a donde tú seas el rabino, aprende, relaciónate con la gente y cuando ya te sientas más maduro verás lo que haces. Y como yo tenía temor escénico no faltaba más que alguien me dijera que no fuera. Probablemente fue lo más acertado para mí en aquel momento”.
A principios de 1967 fue de nuevo llamado a Caracas para discutir su posible mudanza, hecho que ocurrió definitivamente en septiembre de ese mismo año. Brener llegó con la idea de permanecer tan sólo un lustro en el país, pero el destino ha hecho de Venezuela el epicentro de sus errantes pasiones. “Por haber pasado mis años formativos más importantes en Perú hablaba un buen español y tenía profundos conocimientos de la idiosincrasia de una comunidad judía latinoamericana. No había un gran mercado de rabinos de habla española. Pensé que Venezuela era un lugar donde podía tener ventajas: yo era una simbiosis entre el know-how yankee y el calorcito latinoamericano”.
“Vine a Venezuela con tres hijos, el mayor con diez años, el segundo nueve y el tercero dos, todavía estaba en pañales. La comunidad judía no sabía qué hacer conmigo, no había nadie responsable de mi bienestar, era una colectividad muy virgen, aunque estaba muy bien organizada y hasta tenía un colegio. Cuando llegué no había oficina para un rabino, pensaban que no hacía falta, que él oficiaba bodas y ya, y no necesitaba un lugar de trabajo. Había un concepto completamente diferente de cuál debería ser la función de un rabino. Las personas que conformaron la comunidad judía trajeron consigo los recuerdos que tenían de cómo se comportaba un rabino en el Viejo Continente. Siempre he pensado que no fui el promotor de muchas cosas, pero tampoco un estorbo”.

APENAS DESHIZO LAS MALETAS EN CARACAS, Brener se zambulló en un remolino político que lo ha llevado a ser una presencia ineludible en los pequeños y grandes acontecimientos del país y un rostro discernible en no pocas páginas sociales. En un principio lo suyo fueron las relaciones interreligiosas: pensaba que la comunidad judía, por ser una minoría, debía conocer a los líderes de otros credos y estrechar vínculos más allá de lo teológico para hallar alianzas estratégicas. El primero de enero de 1970 fue invitado por la Comisión de Justicia y Paz de la Iglesia Católica en Venezuela a participar en una misa por la paz en la Catedral de Caracas. “La verdad es que no sabía qué hacer, un rabino no debe ir a una iglesia. Pero pensé que si no iba era como si le dijera no a la paz. Más importante era decir estoy con la paz que decir yo no piso una recinto católico. Después de ese culto el secretario general de la Comisión, Carlos Acevedo Mendoza, convocó a representantes de diferentes credos religiosos a una reunión, porque quedó sorprendido con la respuesta positiva que habíamos tenido. Y desde aquel momento empezamos a reunirnos como una comisión interreligiosa y después de seis meses, por sugerencia de varios de nosotros, decidimos conformarnos en una institución aparte de la iglesia y se creó el Crisev, del cual hoy soy presidente”.
Tras aquel primerizo y tímido vínculo con el poder religioso, Brener iniciaría un irrefrenable repertorio de contactos con las altas cúpulas. No deja de ser irónico que dirigentes de COPEI, el casi extinto Partido Social Cristiano, pasen por su despacho solicitándole consejo espiritual y personal, al tiempo que líderes de todos los recodos de la oposición —y hasta del rancio oficialismo— se reúnen con él en privados almuerzos en los que se descose la realidad del país. Uno de los primeros convidados a las reuniones que vienen realizando desde hace meses los miembros del partido Acción Democrática fue Brener: “Nosotros analizamos la crítica situación actual del país y el rabino es una voz lúcida y autorizada como pocas”, señala Paulina Gamus, excongresante y una de las asiduas a los convites de esa tolda. Cuentan que Gustavo Cisneros, notable empresario de la televisión venezolana, ante la sordera gubernamental acudió a Brener para pedirle que lo incluyera en la delegación que se reuniría con el Papa en su visita a Venezuela en febrero de 1996, en la cual, por cierto, el rabino le sugirió al Santo Padre que rescatara su relación con el Estado de Israel. El Papa no le ofreció respuesta, pero tiempo después en Roma citó en varias oportunidades su conversación con el judío en Caracas.
También se corre la especie de que Brener ha tenido puerta franca en Miraflores durante todos los gobiernos, pero muy especialmente en los periodos presidenciales de los acciondemocratistas Carlos Andrés Pérez y Jaime Lusinchi y del socialcristiano Rafael Caldera. Con este último sostiene una muy estrecha amistad. “A veces me reúno con gente de la política para saber lo que está pasando en Venezuela. Estos son observadores muy agudos, que tienen fuentes de información privilegiadas y cuyo juicio es importante. En ese sentido, el expresidente Caldera es un muy certero observador de la realidad venezolana y uno de sus protagonistas más importantes. Es un hombre controversial, pero sin duda su juicio debe tomarse en cuenta”.
En 1997, cuando Brener cumplió treinta años en el país, la comunidad judía celebró con bombos y platillos y al agasajo asistió lo más granado de la cartografía económica, social, política y cultural del país, incluido el presidente de la República, Rafael Caldera, quien impuso al rabino la Orden del Libertador en su grado de Gran Oficial. José Vicente Rangel, sagaz periodista que para la época renegaba con furia de los lodazales en los que él mismo chapotearía y que tal vez no se imaginaba varias veces ministro y hasta Vicepresidente de la República en un gobierno tan siniestro como el de Hugo Chávez, se disculpó por no haber asistido al evento en su muy leída columna Los hechos y los días: “Lamenté no acompañar al amigo, el rabino Pynchas Brener, en el homenaje que se le hizo con motivo de cumplir treinta años en Venezuela. Se trata de un hombre sabio y de un líder de la comunidad —no sólo la judía. De alguien que siente profundamente a este país...”. Es vox populi que el actual vicepresidente forma parte de la cuadrilla de afectos del rabino, entre los que también se cuenta a Luis Miquilena, excoordinador nacional del Movimiento Quinta República y hoy enemigo acérrimo del presidente.
En el año 2000 Carmen Montilla de Tinoco, en ese momento Agregada Cultural de Venezuela en la Habana y viuda de Pedro Tinoco —Ministro de Hacienda en el primer gobierno de Rafael Caldera y Presidente del Banco Central de Venezuela durante el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez— ofreció un agasajo a Brener en honor a sus 45 años de ordenación rabínica, reseñado a ocho columnas en varios periódicos. Agradecido y conciente del significado de la reciprocidad, Brener también suele ofrecer en su propio penthouse lustrosos agasajos. Hace dos años el centro de uno de esos festines fue el mismísimo José Vicente Rangel, para agradecer sus atenciones con la comunidad judía. En tal oportunidad el discurso del rabino no hizo concesiones al rol de anfitrión, fue corto pero afilado: señaló que hubiera querido regalarle un pulóver a Rangel —prenda que el periodista no abandonaba otrora en su programa televisivo— “pero no sé su actual talla, puesto que el poder engorda”, dijo entre risas. A cambio le obsequió una Biblia.

PERO NO TODO BRILLA EN EL TRAMADO PÚBLICO DE PYNCHAS BRENER. En breves pero intensas oportunidades su nombre ha saltado a la palestra vinculado a situaciones poco “divinas”. En 1996 estalló un escándalo sobre presuntas irregularidades en las finanzas de Petróleos de Venezuela (Pdvsa). Bajo grandes titulares que pregonaban el sueldo de Luis Giusti, entonces presidente del consorcio, aparecían también señalamientos sobre el uso indebido de los aviones de Pdvsa. Se decía que Franck Alcock, exvicepresidente de esa industria, había pagado con dineros del gobierno parte de los gastos del fastuoso matrimonio de su hija Clarissa con el industrial estadounidense Edgar Bronfman Jr —heredero del emporio Seagram e hijo del presidente del Congreso Judío Mundial— y cedió los aviones de Pdvsa para transportar a los aquilatados invitados, uno de ellos el actor Michael Douglas.
Entre dimes y diretes salió a relucir que la flotilla de aeronaves había ofrecido discretos aventones a otros personajes como la ex-Miss Universo Irene Sáez y el rabino Pynchas Brener. Los motivos de los viajeros fueron tan variados como sus destinos. En el caso del religioso judío —en un Gulfstream de más de diez asientos y acompañado de una delegación que incluía a su esposa, representantes de la iglesia y de la comunidad judía— fue para realizar en 1988 “gestiones humanitarias” en Cuba, donde, además de relacionarse con sectores religiosos de la isla y constatar el deterioro del judaísmo cubano, intercedió ante Fidel Castro para que permitiera la salida del cuñado y los suegros de Rafael Quiroz, en el momento secretario del Congreso venezolano. Brener era experto ya en materia de salvamento de víctimas de las garras cubanas: en 1987 había conseguido, tras una reunión de una hora con Fidel Castro, la salida de cinco judíos que tenían familiares en Caracas. Pero aquel viaje de 1988, que tanta polvareda levantó, quedó hábilmente justificado —la prensa hizo énfasis en las susodichas “gestiones humanitarias”— y sin consecuencias que empañaran el presente y futuro de las relaciones del rabino con la pléyade gubernamental.
Cuenta el propio Brener que pasada la medianoche del 12 de abril de 1988, él y la comisión que lo acompañaba se dirigieron al Palacio de la Revolución en La Habana, donde sostuvieron una reunión de cuatro horas y veinticinco minutos con un Fidel Castro amable y conversador. Los temas se pasearon por la política norteamericana, la medicina familiar, Israel, la perseverancia del pueblo judío y, por supuesto, la posible liberación de los familiares del congresante venezolano. “Nuestra conversación incluyó ron y café”, recuerda Brener. “Le enseñamos la palabra hebrea Lejayim, utilizada para brindar, y que se había convertido en nuestro saludo, casi oficial, en todos nuestros encuentros. Deben regresar, nos dijo Castro mientras nos acompañaba al ascensor en señal de amistad. Cuando le hablé de la familia de Quiroz se hizo el desentendido, no sabía de qué se trataba, pero yo insistí. Le hablé de libertad y me dijo que en Cuba había libertad completa. Yo le repliqué que había tres personas que querían salir. Dijo que estudiaría el caso. Horas más tarde, justo antes de nuestra partida hacia el aeropuerto, sonó el teléfono. El doctor Miyar — secretario personal de Castro y del Comité Central del Partido Comunista— me informó que el Comandante le había encomendado comunicarme personalmente que su decisión con referencia a la salida de la familia Sánchez era positiva, pero que era físicamente imposible cumplir con los requisitos burocráticos indispensables en tan corto lapso. Prometió que la familia Sánchez saldría rumbo a Caracas en el vuelo del sábado siguiente. Y efectivamente los Quiroz y los Sánchez se reunieron pocos días después”.
Durante aquella visita, Castro le preguntó al rabino en tono confidencial quién creía que ganaría las próximas elecciones en Venezuela: “Le dije, Comandante, los analistas aseguran que será Carlos Andrés Pérez. Entonces me dijo que pensaba lo mismo y me pidió que cuando viera a Pérez le comunicara que si lo invitaba iría a la toma de posesión. Un mes después vi a Pérez en una reunión y le conté. Él no respondió, pero mostró una gran sonrisa y efectivamente lo invitó para sus criticados festejos de 1989, en los que Castro terminó opacándolo”.
La relación de Brener con el presidente cubano no ha sido íntima pero sí constante. En 1995 visitó de nuevo la isla —esta vez en un avión comercial—, junto a sesenta miembros de la comunidad judía venezolana en una misión de solidaridad e intercambio. Luego se volverían a ver en febrero de 1999 en una cena privada en La Casona, residencia presidencial, durante la romería que siguió a la toma de posesión de Hugo Chávez. “Tengo pensada una nueva visita a La Habana pero la realidad política en Venezuela me lo está impidiendo, creo que se interpretaría mal, como un acto político. Mi interés es la comunidad judía de La Habana, que está muy solitaria. Quisiera reforzar nuestros lazos de comunicación. Pero en este momento sería imprudente”.
El propio Brener se pregunta qué interés puede tener Fidel Castro en recibirlo y tratarlo con simpatía: “Y la única respuesta que se me ocurre —intuye— es que él tiene un corral con gallos, pintores, escritores y quiere allí a un rabino. El es amigo de personas muy diferentes para demostrar la amplitud de su personalidad, una compensación quizá ante otras carencias suyas”. Como Chávez, podríamos tal vez añadir.

EL RABINO PYNCHAS BRENER sabe que no es moneda de oro ni siquiera en su propia congregación, que a ratos, ante su contoneo público, duda de su estricto acato a la normativa judía. Pero él cumple a pies juntillas todo a cuanto obliga su rol de máxima figura religiosa —personas cercanas a él así la aseguran. Cuando se atreve a un frívolo pecadillo, como comerse un hot dog, lo hace en Mr. Brodway, un tradicional restaurante kasher de Manhattan, isla por la que anda a sus anchas, en camisa de manga corta, gorra de paisano, zapatos de goma y rostro de libertad.
“Dentro de la comunidad judía de Caracas siento que hay dos visiones que no puedo calificar cuantitativamente”, explica. “En la generación de mayores hay la tendencia a mantener un perfil bajo, porque sienten que en Europa había mucho antisemitismo y lo más importante es pasar desapercibido: también tienen miedo del mundo político, de las fuerzas sociales y temen que si empiezas a participar puedes ser señalado. Ellos prefieren que uno no se manifieste públicamente, que no escriba en la prensa, que no salga fotografiado, que participe lo menos posible. Mientras hay otros, sobre todo jóvenes, nacidos en Venezuela, que sienten que si vives en un país tienes que participar en él”.
Como muchas cosas en el trazado biográfico del rabino, también sus artículos han sido asunto de discordia. Ajustados a temas como la Biblia, la fe, la justicia social y las tendencias del pensamiento contemporáneo, muy de vez en cuando sus textos han surcado, con astutas metáforas y parábolas, los vericuetos nacionales. El primero de diciembre de 1999, catorce días antes del referéndum que aprobó la instauración de una Asamblea Constituyente en Venezuela, Brener publicó un artículo titulado El rey está desnudo, que fue entendido con gran escándalo por Norberto Ceresole —neofascista argentino que asesoró a Chávez en sus primeros tiempos— como un atentado contra el presidente: “La interpretación correcta del texto”, respondió Ceresole, “es entonces que toda esa comunidad señala al presidente Chávez como la reencarnación del ‘mal absoluto’ (Hitler y Stalin), y al pueblo venezolano como cómplice (del mal) y cobarde (ante su propia malvada creación)”. Ceresole concluía que Brener era un “profeta del odio sionista”, de lo que hoy el rabino se ríe admitiendo que “la interpretación es libre”.
Brener asegura no tener una agenda política y que todo cuanto hace es por el bienestar, la salud social y espiritual de la comunidad judía. Muchos no lo creen e incluso se atreven a suponer de soslayo que algunas de sus actuaciones son parte de una cautelosa estrategia que podría llevarlo algún día a la presidencia del Congreso Judío Mundial: “Sé que soy tema de conversación generalmente para decir algo negativo, con eso también cumplo una necesidad de mi comunidad, porque creo que siempre debe haber un pequeño satanás a quien culpar de algunas cosas. Creo que esa función la desempeño muy bien”.
La actuación de Brener, sobre todo fuera de la comunidad judía, suena a ponderación, respeto, tradición y solidez. No es casual que la propaganda televisiva que intentaba resaltar el rol —inútil por demás, según el consenso— de la Comisión Presidencial para el Diálogo mostrara en primer plano al rabino como una suerte de aval providencial. Parece claro que también el presidente Chávez apuesta a esa imagen del rabino y si se hace de la vista gorda ante sus coqueteos con la oposición —no demasiado abiertos pero a estas alturas más que obvios— es porque, a todas luces, Brener resulta un individuo conveniente. De hecho, el presidente venezolano se expresa amistosamente del rabino ante terceros, no duda en enviarle saludos efusivos y cuando las circunstancias los ha puesto de frente se han dado vigorosas palmadas en la espalda como viejos compadres.
Por otra parte, la opinión de Brener, ante álgidos temas de política nacional o internacional, es consultada con frecuencia por los medios de comunicación, llegando a señalársele como representante de la colectividad judía venezolana, hecho que engrincha a más de uno de sus detractores y confunde a quienes desconocen que en el país vive más de una docena de religiosos judíos, algunos con la misma jerarquía de Brener.
Por puro “azar” Brener estuvo ausente de las tarimas, las ruedas de prensa, las marchas y la tolvanera política que sacude a Venezuela desde el 2 de diciembre de 2002, cuando se inició un paro cívico y petrolero en respuesta a la ingobernabilidad que reina en el país y a la negativa del presidente de permitir una salida electoral —que sigue sin admitir. El devastador periodo de la bitácora venezolana coincidió con las vacaciones anuales del rabino, atrincherado hasta fines de enero en su apartamento de Nueva York. “Nunca estuve lejos. No perdí contacto con lo que ocurría en el país. Pasaba todo el día escuchando la radio a través de Internet. Llamaba dos o tres veces al día a Caracas. Estaba como loco, quería saber todo lo que pasaba”.
Apenas aterrizó de nuevo en Venezuela, Brener se las ingenió para volver a las andadas. Mientras el país está sumido en el agobio económico, la escasez y largas colas para surtirse de gasolina, el rabino calienta con desbordado optimismo los motores de una fundación sin fines de lucro, Conciencia Activa, idea que anima desde el año pasado junto a Su Eminencia Cardenal Rosalio Castillo Lara —ex administrador de la Ciudad de El Vaticano— y en cuyo Consejo Consultivo hay expresidentes del país, cabecillas de corporaciones financieras y de canales de televisión, empresarios, rectores y ex rectores de las más importantes universidades, académicos, intelectuales, promotores culturales y artistas. La fundación, que oficialmente se instalará el próximo mes de mayo, persigue fomentar una toma de conciencia acerca de los valores éticos que deben conformar a la sociedad para que se conviertan en un factor significativo en la disminución de la pobreza, tanto material como espiritual. “Quizá en estos tiempos turbulentos es cuando resulta más oportuno hacer llamados a la solidaridad, al respeto mutuo, a la justicia, a la tolerancia y a la ética”, explica el rabino.

SE SUPONE QUE UN RABINO DEBE SER ANTE TODO UN ESTUDIOSO, un buen consejero, un conciliador, un perpetuo rezandero y un modelo de cómo vivir en comunidad. Brener es todo eso, pero rechaza sin pudor los esquemas, los estereotipos, las imposiciones: “Un rabino que es medio santo puede ser una referencia ideal, pero en el fondo no sirve de modelo para los hombres y mujeres de carne y hueso. Yo creo que el rabino debe ser como tú, pero un poquito mejor; que no se vista totalmente diferente, que no viva totalmente diferente, que no tenga una vida demasiado austera, que pueda ser un marco de referencia real. Quienes creen que mi actuación es peligrosa no saben que vivir es, de por sí, peligroso y arriesgado, porque sólo los vivos mueren. Yo quiero una vida con algo de adrenalina, quiero dejar una huella, aportar algo a Venezuela, que desde hace mucho es mi país”.


© Jacqueline Goldberg
Publicado en la revista Gatopardo en 2003.

HANNAH MIGLIAVACCA: ellas, sus propias mujeres


HAY DOS MUJERES ante las callejuelas azotadas de mis ojos. Una está de pié en una fotografía, con largo vestido negro, zapatos bajos y collar de perlas; la otra sentada en el sofá de mi apartamento, ataviada con una blusa de flores, empinadas sandalias y joyas de ámbar. Sus rostros se deslizan por esos riscos indescifrables que son las hijas de Eva después de los cincuenta años: equinocciales, míticas, desprovistas de edad y sexo.
La mujer de la fotografía es Charlotte von Mahlsdorf, nacida en Berlín en 1928 y fallecida en Austria en el 2002. La otra, con ojos de encandilado cobalto, es Hanna Lilith Migliavacca, oriunda del Buenos Aires de 1945, residenciada en Caracas desde hace doce años. A la primera la conozco por su autobiografía, editada en 1992, y porque me atreví a franquear esa lastimera alcabala que imponen las palabras impresas: le envié una brevísima carta en español que ella respondió con otra, igualmente apresurada, en alemán, acompañada de su retrato autografiado. De Hanna supe por primera vez hace unos meses, cuando la escuché leer sus poemas en un recital en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.
Charlotte y Hanna no son lo que el común entiende monolíticamente por mujer y ni siquiera esos son sus nombres de pila. Ambas habitan el recién nombrado recodo del “transgénero”, que por desconocimiento suele echarse en el mismo saco de la transexualidad prequirúrgica y postquirúrgica, el travestismo o la homosexualidad. Ellas se asumen como mujeres, visten como mujeres, piensan como mujeres, pero entre sus muslos se balancean genitales masculinos de los que no desean apartarse, aunque no formen parte indispensable de su artillería erótica. Ellas son, cada una desde su desasosegado flanco, un resquicio de libertad, un triunfo sobre el oscurantismo homofóbico del siglo pasado —y ya de éste— y un discurso político andante que abofetea sin restricciones.

CHARLOTTE VON MAHLSDORF en realidad se llamaba Lothar Berfelde. A los dieciséis años asesinó a su padre, un déspota con ideas nacionalistas que maltrataba a la madre y que jamás aceptó la metamorfosis que se hilvanaba en el cuerpo y las emociones del delicado rubio.
Ya de niño, Lothar admiraba los vestidos de la madre. En soledad se probaba aquellos guardados desde la Primera Guerra Mundial en unos baúles del desván: “Me encantaba mirarme y remirarme con ellos puestos, y dar vueltas ante el espejo. Pero a quien, desde luego, no le encantaba en absoluto era a mi padre. Cuando me veía, con la fusta en ristre, me arrancaba el vestido de encima y se ponía a gritar”, cuenta en su autobiografía, titulada en español Yo soy mi propia mujer (Tusquets, Barcelona, 1994).
En 1945 Lothar confesó a su madre que era “su hija mayor”, luego comenzó a vestir sin miramientos ropas femeninas. Los vestidos de los años veinte eran sus preferidos, sólo en invierno llegó a lucir pantalones. “Sencillamente es que la ropa de corte varonil no me va, me hace sentir insegura. Con un vestido o un abrigo entallado de señora todo va como una seda. La gente se da cuenta perfectamente de cuándo una persona está en consonancia consigo misma”, escribió.
Con la decisión de asumir todos los ribetes de su feminidad —a los cuarenta años, para explicar a la madre que no se casaría, sentenció “soy mi propia mujer”— llegó también la segregación y la lucha, primero contra el nazismo y luego contra el comunismo, regímenes que persiguieron sin escrúpulos la homosexualidad. Pese a sucesivos infiernos —encarcelamiento, palizas, persecución y represión— se asumió como Charlotte Von Mahlsdorf, al tiempo que hizo de su intuición para el coleccionismo un oficio, una obsesión, un acto de trascendencia que diluyó su extraña presencia.
Durante la adolescencia se despertó en Charlotte una honda pasión por conservar muebles y objetos de la llamada Grunderzeit, corriente alemana de diseño industrial de fines del siglo XIX que ya pocos apreciaban y que con frecuencia arrojaban a la basura, sin imaginar que Charlotte los recogía para ordenarlos en función de un discurso histórico y estético que más tarde sería admirado por el mundillo cultural y museológico berlinés. Con su prominente colección personal —las más importante de fonógrafos y gramófonos de Europa— creó un museo privado en un edificio de doscientos años de antigüedad situado en Köpenick, en la Berlín Oriental, que el Estado de la RDA le concedió en usufructo gratuito en 1959 y que ella restauró y reconstruyó con sus propios medios. La RDA nunca reconoció oficialmente su esfuerzo, pero le permitió comprar el edificio en 1990. En 1992, el Presidente de la recién unificada RFA le entregó la Cruz Federal del Mérito por su apertura y su inmensa humanidad.
Ironías de la vida, el Estado de Berlín adquirió la colección del Museo Grunderzeit en 1997, el mismo año en que Charlotte —habiendo sido un emblema de la lucha contra la marginación— se mudó a Suecia para huir de una nueva hostilidad homofóbica, emprendida esta vez por los skinheads. “Mi sueño sería que nunca más se te preguntase cuál es tu religión, el color de tu piel, tu ideología, tu orientación sexual, tu adscripción política, tu fortuna o tu posición social. Judíos y cristianos, heteros y homos, negros y blancos, sentados todos a la misma mesa, una preciosa mesa redonda, al aire libre, contándose viejas historias. Y que nadie sepa lo que es la vanidad y se acabe eso de ir repitiendo las paparruchas escuchadas en el bar de la esquina. Sin que nadie se extrañe de los demás”.

PERO CHARLOTTE VON MAHLSDORF es ahora más que una bandera o un libro. El Teatro Lyceum, de Broadway la acogerá a partir del próximo 24 de noviembre en la obra I Am My Own Wife, escrita por Doug Wright, dirigida por el venezolano Moisés Kaufman y protagonizada por Jefferson Mays —actor formado en Ann Bogart's SITI Company—. Luego de arrasar ya en dos ocasiones con la taquilla en off-Broadway entre mayo y julio pasado, el aclamado montaje de la compañía Plawrights Horizons, constituye una pieza de contundente énfasis político, que refleja las circunstancias de una minoría y la historia de una mujer que defendió sus reveses hasta el fin de su vida.
La pieza tiene un prontuario de por sí exitoso. Doug Wright fue el escritor de la conocida película Quills, sobre el Marqués de Sade. Moisés Kaufman, por su parte, viene de dirigir Gross Indecency: The Three Trials of Oscar Wilde, con más de seiscientas funciones en la Gran Manzana y la tercera pieza más montada en la temporada norteamericana 1998-1999, sin contar las innumerables funciones en Londres, París, Budapest, Estocolmo, México y Frankfurt. Kaufman —el primer venezolano que dirige en Broadway— condujo también con su grupo Tectonic Theater Project The Laramie Project, la segunda obra teatral más escenificada en la historia de Estados Unidos, llevada al cine por HBO y nominada a cuatro premios Emmy en el 2002.
I am my own wife es el resultado de una serie de entrevistas que Doug Wright le hizo a Charlotte en 1990 en Berlín. El escritor comenzó a esbozar la pieza pero, en 1992, cuando se abrieron los archivos de la Stassi, descubrió que su personaje habría sido informante y colaboradora del servicio secreto alemán. Eso, lejos de propiciar nuevos recovecos creativos, supuso un severo bloqueo de su escritura, pues admiraba tanto a Charlotte que no quería anegar su imagen. Sin embargo, en el verano del 2000 Wright fue invitado al laboratorio teatral Sundance, en las montañas de Utah —que dirige el actor Robert Redford— para intentar dar forma al abandonado proyecto. Aunque renuente, aceptó, llevando consigo al director Moisés Kaufman y a un actor.
“En nuestro primer día de ensayos le dije a Doug: estamos aquí para no escribir una obra”, explica Kaufman desde su oficina en el Upper West de Manhattan. “Le dije que quería usar nuestro tiempo allí para explorar, para ver qué material tenía. Le pedí que nos usara al actor y a mí como público y nos presentara pequeños momentos de Charlotte. Entonces un día, Douglas trajo un vestido negro, al día siguiente un fonógrafo . Y así poco a poco fuimos creando, no una obra de teatro, sino una obra que habla de la imposibilidad de reconstruir a Charlotte. Una de las preguntas que más me interesan a mí en el teatro es ¿como podemos reconstruir la historia?, ¿a quién le toca ser el escritor o narrador de la historia?, ¿cómo cambia la historia dependiendo de quien la cuenta?”.
Kaufman apunta que la pieza tiene dos temas: “El de la vida de Charlotte y el de cómo podemos reconstruir y recontar una vida en el escenario. Charlotte es un personaje. Pero también lo es Douglas, el entrevistador. También lo son los otros 38 otros personajes que hablan sobre Charlotte en el escenario, que se contradicen y discuten. Unos la halagan. Otros la critican. Otros la aborrecen. Y es tarea del público la evaluación final, decidir quién era Charlotte von Mahlsdorf”.

¿CÓMO PUEDE UN HOMBRE deambular por las calles vestido de mujer con la absoluta convicción de que es una mujer? ¿Qué ímpetu íntimo arroja las señales precisas para que alguien decida desafiar la intemperie de los dogmas sociales? Charlotte von Mahlsdorf dejó claro que su voz interior era la de una mujer y que se sentía afín a todos aquellos que se encuentran al margen de la sociedad. Sin embargo, era una extranjera, una marginada, una paria sin respuestas.
Hanna Lilith Migliavacca también es una extranjera, una outsider, pero no en su cuerpo sino en la vastedad de una lucha política. Su feminidad, además de certeza, es la consigna que abre paso a tantos otros transgéneros que pasan a nuestro lado sin que nos percatemos —o queramos percatarnos— de ello.
Para empezar cabe la duda de qué vocablos convocar para referirse a ¿ella?, ¿él? Migliavacca es tajante al respecto: “Soy una mujer con pene”. En adelante el camino se aligera. Basta con mirarla para convencerse de que frente a nosotros gesticula una fémina. Quizá en este caso —y no en broma—, una mujer de pelo en pecho.
Hanna descubrió hace muy poco, por pura casualidad, que quizá no es una transgénero sino que más bien padece de lo que el médico J.M Morris llamó en los años sesenta Síndrome de Feminización Testicular y en fechas más recientes sustituido por el más apropiado y menos estigmatizante término SIA, Síndrome de Insensibilidad a los Andrógenos. Es decir, su cuerpo sería resistente a los andrógenos (hormonas masculinas) que producen sus testículos, por lo que tiene ciertas características físicas femeninas.
Esa asunción científica —que debe corroborarse con costosos estudios genéticos—, si bien le ha brindado una cierta tranquilidad y hasta orgullo, le fue muy cara en la adolescencia. En la Argentina de la infancia de Hanna imperaba un orden casi germánico, por lo que todos los niños iban a la escuela y una vez al año pasaban por la Sanidad Escolar, que expedía certificados de salud imprescindibles para continuar la escolaridad. “A los nueve años observaron que mis pechos y caderas se estaban desarrollando. Me enviaron a Endocrinología y determinaron que se trataba de un desarreglo hormonal, por lo que, en el mejor espíritu del cientificismo positivista, decidieron inyectarme hormonas masculinas los lunes, miércoles y viernes, sagradamente. A pesar de ese incesante goteo, mis pechos seguían creciendo de manera inexorable, para delicia de mis vecinitos mayores, quienes los disfrutaban a mansalva. Eran juegos inocentes, puedo asegurar de que no éramos concientes de lo que hacíamos. O al menos, tal era mi caso. Inventábamos todo lo que se podía a fuerza de puro instinto, como bichitos”.
Hanna tenía relaciones sexuales con muchachos mayores, pero no le gusta hablar de “abuso”, pues para ella se trató siempre de asunto muy divertido e inocente. Su familia, de origen inglés e italiano, se hacía de la vista gorda: “Mi familia lo único que hizo fue aceptar y ratificar clínicamente lo que todos sospechaban que serían rasgos en mi vida. Lo tan temido se hizo factual. Tengo fotografías de mi muy tempranísima infancia en las que se me ve muy amanerada. Mi abuela me regalaba potes vacíos de crema, le pedía que le dejara un poquito. O me obsequiaba labiales terminados, y yo los usaba. Muy pequeñito me hubiera gustado aprender a tejer, pero pusieron el grito al cielo. Las veces que me quedaba unas horas solo en casa, me probaba los sostenes de mi mamá”.
La abuela paterna, una institutriz inglesa que siempre trabajó en casas de diplomáticos coterráneos, era la única que aceptaba su condición. “No sé si ella sería consciente de cada instancia de mis cambios, pero parecía verlo como una cosa natural, como juegos a los que no había que darles tanta importancia”.
Al llegar la legendaria madrugada de la adolescencia, en la que todo se forja, todo se trastoca y transmuta, comenzó de manera incipiente la historia de Juan como “ella”. Admitió sus diferencias con el sexo masculino y sólo mantuvo relaciones homosexuales: todo intento con el otro sexo fue una desilusión.
Sin embargo, alrededor de los 21 años, el instinto de procrear fue más vigoroso que todas las batallas ganadas a la represión: “En aquel entonces tenía una desesperación por los chicos, me encantaban los chiquitos. Pensaba que no me iba a perdonar llegar a mi vejez sin hijos. Entonces inicié toda una campaña consciente, ridícula, muy patética, pero real. Experimenté el esfuerzo de querer ser hombre y me casé sólo para tener hijos”.
Aunque pesadillesco, el matrimonio duró dieciséis años: “Ocurre que tuve una gran prosperidad económica que creó vínculos de interés. Más que un matrimonio, aquello era una empresa. Hasta que, bueno, las cosas tienen un precio en esta vida. Desgraciadamente, en ese momento, había dos criaturas involucradas. Tuvimos, institucionalmente, dos hijos; en realidad, uno era mío y el otro no. Pero mi hijo más querido fue el que no era mío y tristemente murió a los quince años: una bella persona, me dio además muchas más satisfacciones que mi hijo carnal, que salió un desastre y con el que tuve una ruptura total. Mi sexualidad fue un tema del que no se habló pero que nunca fue un misterio. Hay proyectos que salen fallidos. Ese hijo lo fue”.
Mientras duró el matrimonio la fidelidad fue un bastión. No quería interferencias en su apuesta por la virilidad y no le interesaban las relaciones intrascendentes. “Las varias mujeres que ha habido en mi vida no son mujeres muy mujeres. Son en algún sentido, mayor o menor, mujeres masculinas. Mi esposa era infinitamente masculina en cuanto a mujer de empresa: emprendedora, ejecutiva. Recordando el pasado, diría que también era muy masculina en la cama. Pero era una persona, de las tantas que he conocido, que piensa que esas cosas se hacen, pero no se piensan ni se hablan. Sobre todo, no se hablan”.
Con el divorcio ocurrió también la reconquista de la vida. Volvió a la universidad —había abandonado la arquitectura— para estudiar filosofía; debió aprender de nuevo a manejar la ciudad, sobre todo esa subterránea urbe de pesquisas sexuales; montó una librería, y se incorporó a la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), en aquel entonces clandestina debido a la dictadura. “Esa época de mi vida tuvo lo patético y lo necesario, debo reconocerlo. Al poco tiempo cayeron los militares, vino un destape y una sociedad que había estado reprimida por los militares se largó a loquear de cualquier manera. Hubo una confusión de valores. Ese soltarse en mí pasó por la diversidad sexual. No solamente fue el destape por la desaparición de la dictadura, sino también por la otra dictadura que yo había padecido: la mía propia. Me quería poner al día con todo lo que no había vivido. Fue una etapa bastante sórdida, pero afortunadamente sin consecuencias”.

HANNA COMENZÓ A VESTIRSE DE MUJER muy progresivamente. Primero se zambulló en el glamour de la ropa interior femenina. Más tarde salió a la calle con blusas y accesorios. Hoy usa sandalias, se depila y se maquilla muy discretamente. Las faldas no le gustan, pero por su incomodidad.
De todas maneras, no le interesa llegar a una metamorfosis tal que se olvide —ella misma y los demás— que bajo sus ropas palpita algo del cuerpo de un hombre. Por eso no pretende cambiar quirúrgicamente de sexo y mucho menos “pasar”, es decir, subirse al metro y que nadie la mire por creerse que es, simplemente, una mujer. “Eso se considera en el mundo transgénero un logro: no tienes nada más que pedirle a la vida. Si la sociedad, la calle, no te paran, eres una mujer más”.
Lo de Hanna, lejos de neurosis o inconformidad, es una actitud política. Como dirigente de movimientos de diversidad sexual —es secretaria de Unión Afirmativa, que reúne a intelectuales, y participa en Amazonas de Venezuela, grupo de lesbianas—, renuncia al privilegio de “pasar” para hacer una denuncia y defender no sólo su propio derecho a ser diferente, sino el de tantas otras personas a quienes quizá se les dificulta cruzar las fronteras de sí mismos.
“No hay presencia, si soy meramente una mujer más. No estoy reclamando mis derechos. Si tengo que ir a un ministerio a presentar un documento, voy con todo el atuendo femenino, bien clara y con mucho orgullo, porque estoy mirando a los ojos. Los gays tienen precisamente el problema de que se dejan una barba y no van a una tasca sino a un bar gay. Eso es segregarse, excluirse. Salen de un clóset para meterse en otro. El homosexual machito no es menos homosexual. Ahí viene la parte de militancia: decir, yo soy homosexual, aunque no lo parezca, aunque no responda al prototipo”.
Hanna considera una aberración el cambio de nombre en su cédula de identidad, aunque alguna vez merodeó la idea. De todas maneras eso es trabajo de Sísifo, un imposible burocrático, sobre todo en Venezuela, donde las trabas sólo se solventan de manera fraudulenta.
“De cambiarme el nombre me gustaría ponerme Hanna Lilith. Hanna, porque si bien es un nombre hebreo, en árabe es Juan. Y Lilith, lo digo con un poquito de pudor, porque es la reina, la diablesa del folklore judío, la seductora. Tras muchas averiguaciones en los ministerios y en la Defensoría del Pueblo, me di cuenta de que sólo podría cambiar mi cédula yendo a un pueblo de provincia, en cuya jefatura civil haya ocurrido un incendio. Uno se presenta con dos borrachitos de la zona, se les da dos mil bolívares a cada uno para que digan que uno es conocido del lugar y se llamaba fulano de tal. Por supuesto, el jefe civil está arreglado también. No hay que tomar el nombre de una persona que murió, porque no hay un registro, se quemó todo. Digo que me llamo Hanna Lilith Migliavacca, que nací en Cumaná y listo. Pero eso es una porquería. Tendría que olvidarme de todo lo que fui”.
El nombre masculino en un documento de identidad en el que aparece la fotografía de una mujer no ha traído hasta ahora a Hanna inconvenientes civiles, pero si malos ratos. Hay personas que se burlan, otras se asustan, las más, bajan la mirada y se embolsillan la suspicacia. “Sino fuera trágico, sería cómico. Y la tragedia resulta de que quienes me tratan a diario y me consideran una mujer, cuando me piden la cédula de identidad, no entienden nada o entienden y se horrorizan, salpicándome con su caos, hasta cierto punto comprensible, porque esta sociedad subdesarrollada a la que pertenecemos ha sido estimulada a execrar todo lo diverso y, muy en particular, machismo mediante, toda alteridad en el ámbito sexual o genérico”.

CAMBIAR DE NOMBRE sería para Hanna denunciar que está encerrada en un cuerpo equivocado. Y eso es esquizoide. Ella asegura estar muy a gusto tanto con las topografías masculinas como con las femeninas que confluyen en su altísima y angulosa humanidad. “Soy una unidad psicosomática: no somos dos. Estoy en este cuerpo, que lo acomodo para que se parezca a como me siento por dentro. Análogamente, lo que reclamo a nivel político es que me den documentación, porque tengo avales clínicos y psicológicos que dicen que soy de sexo masculino pero de género femenino. Dado que el establishment nunca me va a brindar la documentación que yo pido, mi militancia, ese dar la cara vestida de mujer, es también una forma de protesta”.
Hanna no oculta el orgullo que le brindan sus senos: pequeños, sólidos, como los de una recién florecida quinceañera. Incluso cada 28 días se inflaman y le duelen, como si fuera a menstruar. Tras un sangramiento que sufrió hace unos meses, un estudio médico le sugirió que su cuerpo cumple una suerte de ciclo menstrual e incluso le ha sido recetado un tratamiento de reemplazo hormonal, como a cualquier menopausica de su edad. “Mi vida no tiene secretos: tiene pudores”.
La aceptación de Hanna no es, de todas maneras, totalmente espontánea. Ha pasado la mitad de sus días en un diván psiquiátrico, hurgando en sus meandros. También la poesía, esa escritura redentora de la fragilidad del alma, la ha socorrido. Escribe desde la adolescencia y, aunque no se ha atrevido a publicar, sus textos develan una madurez literaria en la que se evidencia un imaginario netamente femenino: “Meterse entre las sábanas y cerrar los ojos /y convocar el calor de un cuerpo junto a un cuerpo/ y sentir deslizarse una mano, percibir su delicado roce/ hasta que se posa en ti./ Y saber que un torso se vuelve y sobre ti se inclina,/ Pues se alza la sábana y tú te zambulles en la cálida cueva/ donde su pecho es el límite./ Y tu destino”, escribió Hanna. Y acota con su intacto acento porteño: “No creo que un hombre pueda escribir así”.
Hanna trabajaba hasta hace muy poco como fotógrafa, pero la exquisitez de sus trabajos y la rigurosidad de su técnica se han visto limitadas por la crisis económica que atraviesa Venezuela. Hoy subsiste vendiendo ropa íntima femenina y cosméticos de la línea Avon. Sus clientas, lejos de perturbarse, se sienten bien aconsejadas por esa proveedora de belleza que conoce las honduras de todos los sexos.
“Ahora tengo relaciones con lesbianas. Mi espontánea tendencia sería tener relaciones con un hombre heterosexual. Pero quien se siente atraído por una mujer como yo, generalmente está atraído por una peculiaridad homosexual. Entonces te encuentras con cierta conceptualización falocentrista. A la larga, si bien no es buscado ni deseado específicamente, mi relación con hombres se da generalmente con homosexuales porque los encuentro más femeninos, más sutiles, más delicados. Tienen otra sensibilidad”.

LA GÉNESIS DE HANNA LILITH MIGLIAVACCA —a expensas del primer Juan— estuvo enlutada por amenazas escatológicas, sufrimiento y desprecio. Lo que hubiera sido su valor como hombre se desintegró sistemáticamente frente a una percepción de sí misma como una “mujer de segunda clase”.
Hoy la madurez le brinda ciertas certezas redentoras, no exentas de otras dudas: “Hace ya muchos años que aprendí a erguirme de ese marasmo de sentimientos de inadaptación y desvalía. No obstante, soy conciente y debo abiertamente reconocer que el dolor que he experimentado hasta el momento y el que deberé seguir afrontando en el proceso de aceptarme y amarme tal cual soy, llegará a ser el logro mayor de mi vida”.

©Jacqueline Goldberg
Publicado en la revista Exceso en 2003.

SONIA CHOCRON: a disposición del libro de la vida


"Entendí que vivía mejor con la fe que sin ella", revela Sonia Chocrón en conversación con Jacqueline Goldberg, frente a la reciente publicación de La buena hora que asumiera Monte Avila Editores Latinoamericana. Y como en sus anteriores libros, Toledana y Púrpura, el último poema que incluye este título forcejea con las sombras, los temores y la lleva a esperar merecer "un final como una fiesta". Tal vez, agrega,"la esperanza ha sido más terca que yo"


La gaveta obra milagros y también pesares. La gaveta es ese espacio de consagración o repudio que transmuta las palabras. Siete años estuvo enclaustrado el libro La buena hora de Sonia Chocrón, en estos días publicado por el impredecible Ave Fénix de nuestras editoriales, Monte Avila Editores Latinoamericana.
Y bien podemos decir que esa jamás bien ponderada gaveta supo hacer lo suyo sin ajar en lo más mínimo el aroma de este libro que obtuvo una mención en el Premio Fundarte de 1995 y otra en la Bienal José Rafael Pocaterra de 1996.
Pequeña joya de encandilamientos y soledades, La buena hora es el segundo trabajo poético de Sonia Chocrón, aunque por esas terquedades del latir editorial criollo aparece después de Púrpura (La Liebre Libre, 1998) que lo sucede. Antes, en 1991 y también en Monte Avila, apareció Toledana.
Este nuevo y brevísimo poemario refracta una escritura concisa que surca temas muy aprensibles: la casa, la muerte, la maternidad y las llagas que van dejando los días en una mujer de extrema sensibilidad.
JG: "De todos modos iré sola / cuando llegue la buena hora de aniquilar / la atadura que aprisiona mi cuerpo".
SCh: Mi esperanza es que la muerte llegue de una forma feliz y en una buena hora.
—¿Es una concepción religiosa…?
—Tiene que ver con algunas frases que recuerdo decía mi papá: que había que tener suerte hasta para morir. Y yo, joven, o por lo menos emocionalmente muy joven, tuve por primera vez contacto con la muerte cuando mi padre murió. Lo vi morir en la casa, en tan sólo cinco minutos. A partir de ese momento la idea de la muerte no me abandona.
—El padre es la única presencia masculina absoluta en el libro: "Sólo falta de él / el sentimiento excomulgado a los sentidos / que se aferra a lo intangible del vacío / Mullido blando nos lo hemos repartido / entre nosotras las mujeres que velamos / en las cenas santas su memoria y sus residuos / hace ya un tiempo / que es mucho".
—Mi casa se vio obligada a ser un matriarcado. La figura masculina era la de mi papá y desapareció. También desaparecieron los abuelos, los tíos. Todos los hombres con los que alguna vez vivimos se fueron.
—Es este un libro de mujeres devastadas: "Soy de una casta de mujeres solas / que lloran hombres en los recodos / del claustro / y devanan en su desvelo sueños / fríos de antiguos irreparables dueños".
—Es un libro de mujeres solas no por voluntad propia. En mi familia no hay mujeres abandonadas, sino detenidas por la partida prematura del hombre.
—"Esas mujeres de la casa / comparten lecho con los espejos de hermanos, hijos, maridos yertos".
—En la religión judía cuando muere alguien de la familia, durante los primeros ocho días deben cubrirse los espejos, para evadir verse la tristeza, el duelo encima, para que el muerto no se contemple a sí mismo descubierto de carne humana.
—"Dame forma, Señor / enciende las pupilas que duermen en mi cuerpo / perfúmame los labios plenos con tu aliento / moldea estos contornos con música y ungüentos / Inventa una mujer de arcilla inmaculada / y hazme de tu médula".
—Ese poema se llama "Oración". Mucho tiempo después de escrito el libro me di cuenta de que el mismo está vertebrado por un conjunto de plegarias. En el momento en que muere mi papá tuve mucha rabia con Dios. Sentía que había sido muy injusto. Tuve mucho rencor con toda la fe que había aprendido en la infancia. Pasé un par de años renegando, hasta que un día decidí regresar y lo hice casi por salud. Entendí que vivía mejor con la fe que sin ella. La ausencia de Dios se convirtió en llamado.
—Hay en La buena hora un judaísmo que abandona la exterioridad histórica presente en Toledana. Aquí se sumerge en los ritos y en una visión muy íntima, casi sensual, de lo sagrado: "Danzo desnuda entre las columnas del santuario / a la vista de Dios / y luego me sumerjo en la ablución / mi cuerpo se pliega como un niño en el vientre / de agua de la madre esclarecida / y nazco de nuevo al mundo en la gracia / del Todopoderoso".
—No puedo decir que fui criada estrictamente dentro de la religión judía. En efecto, estudié en un colegio hebreo y aprendí todo acerca de los rituales milenarios de la fe de mi padre. Mi mamá es hija de un judío con una conversa, pero a la vez mi abuela materna es hija de un judío con una cristiana. Eso se remonta al siglo antepasado, cuando llegó a Venezuela, del Marruecos francés, el primer pariente materno. Por parte de mi padre soy primera generación en el país, él vino del Marruecos español en 1940. Mi cultura es, pues, un híbrido judeocristiano. Y sé que mi casa puede ser a veces muy confusa: en ella han convivido las mesusot en la puerta, el ayuno de la expiación y la pascua, con la Virgen, José Gregorio Hernández (el médico de mi bisabuela, por cierto) y San Judas Tadeo, por ejemplo. Pero la religión judía marca lo ritual, la norma que regula todo en la vida, desde algo tan cotidiano como el amor hasta la mística de una oración, de un rezo, del reposo. Y eso es imposible de obviar. Es mi condición asumida.
—La casa es un personaje siempre presente: "Un cuerpo es una casa es una isla desierta / de la tierra que todo lo junta prontamente / con el afán de la hechura del polvo".
—Nunca había pensado en eso. Pero ahora puedo concatenar hechos y pensar que el siguiente paso en mi vida después de este libro fue desear un hijo. Y para llegar a desear un hijo lo primero que tenía que hacer era poner orden y tejer nido. Reconciliarme.
—Pero hay también una casa derruida: "Es una casa deshabitada mi casa / donde siempre hubo gente".
—Presencié muchas muertes sucesivas en mi casa. Hubo un momento en que sentí que mi casa era como los muros de Jericó, que en algún momento no quedaría nadie, solamente escombros.
—"Estás allí, Sonia / con la vacua sensación de disiparte / como una piadosa deambulando por los corredores".
—Dudé mucho sobre dejar ese poema en tan contundente segunda persona… pero fue escrito para mí, como ningún otro. En él hubo una especie de desdoblaje, donde me veía desde afuera y desde allí interpretaba lo que me estaba pasando… y era miedo. Opté por dejarme —o dejar a la otra, no sé, allí.
—Un recurso del cine, que tanto ama y trabaja.
—Sí, para poder escribir sobre ese miedo, para identificarlo y hacerlo tangible, tenía que desprenderme de mí. Normalmente yo pienso en imágenes antes que en palabras. Debe ser una deformación de mi profesión de guionista de cine y televisión. En el cine siempre se parte de un pensamiento hecho imagen, luego vienen las palabras. Con la poesía me ocurre lo mismo. Lo primero que vienen a mí son imágenes.
—En sus otros dos libros hay una musicalidad proveniente de la métrica clásica. Aquí apenas se nota: "Hay que hacer orden en la casa / lavar la loza vestir la cama / hay que hacer orden en la casa / plantar las flores de calabaza".
—Ese poema, que se llama "Orden", lo escribí cuando terminaba La buena hora y empezaba Púrpura, por eso está en los dos libros. Púrpura es el resultado de un año de estudio de las leyes de la métrica. Quería hacer musicalidad con rigor. Cuando me siento a escribir necesito que en mi cabeza resuene un ritmo. No lo puedo evitar, aunque mis rimas no sean siempre académicamente correctas. Tiene que ver con la composición de las oraciones y las propias palabras, necesito que haya una armonía musical, algún tipo de cadencia. Cuando esto no ocurre, los poemas no me gustan, los míos y los ajenos.
—Pese a los vaivenes de la tristeza en este libro, el último poema se llama "Fiesta". ¿Un final feliz, cinematográfico acaso?
—Trato de que haya voluntad en el último poema de mis libros. Creo que tal vez en el último poema de cada libro la esperanza ha sido más terca que yo. En este, queda abierta la posibilidad de que el final de la vida pueda ser como una fiesta, una buena hora: "Para hacerme mujer nueva he aprendido a amar sin lacerarme / la mustia castidad de mis temores / a orar con las nubes en el pecho lleno de calma / encendida en fervores / y a esperar que el libro de la vida me disponga / un final como una fiesta".

©Jacqueline Goldberg
Publicado en Verbigracia, El Universal, 2002.

ISAAC CHOCRON: el ecuménico que alimenta los pájaros


Esta tarde de octubre Isaac Chocrón está feliz. Se le nota. Y todo por que su rito cotidiano se ha cumplido a cabalidad. Despertó temprano y estuvo sumergido en la escritura de su nueva novela entre las 9 am y la 1pm. Parece, sencillamente, un hombre bienaventurado: las palabras han acudido a su llamado con implacable tersura, con la misma constancia salvadora que lo acompaña desde que fraguara, en los años 50, una de las páginas más vitales del teatro venezolano contemporáneo.
Sin embargo, esa aventura de filigrana deberá sostener una pausa en estos días. El homenaje que le rinde la UCV, entrevistas periodísticas por doquier y los trajines de hombre público que celebra por lo alto medio siglo en las lides de la creación y 70 años en las de la vida, postergarán los fogajes de su pasión: “No importa, pues, a diferencia del teatro, la novela es un largo viaje que tiene paciencia, es como ir y venir de aquí a Tierra Santa en carro”, explica.
Pues decíamos que Chocrón está feliz. Se le nota. Y todo porque ha escrito enmantillado, Incluso su habitual festín de alimentar a cientos de pájaros venidos de las cumbres de El Avila, ha ocurrido como desde hace mucho. “Diez kilos de alpiste cada tres meses y cinco kilos diarios de cambur se compran en esta casa sólo para alimentar a esos pájaros que tienen la terraza por comedor popular. El señor Isaac desayuna con un montón de loros a su alrededor”, reporta Sara, la Gran Sara que desde hace 35 años alivia los atajos domésticos del dramaturgo.
Mientras Sara recala en los detalles de las orquídeas y las granadas que pueblan la personal floresta de Chocrón, el escritor echa un pícaro vistazo al edificio vecino —“esa mujer se la pasa todo el día viendo televisión”— dando cuenta de una curiosidad deliciosamente deslenguada que bien conocen sus lectores y espectadores.
Nada más fácil para Isaac Chocrón que el diálogo, real o imaginario, a solas o en compañía. Nada más fácil para quienes lo admiramos que escucharlo.
–¿Alguna vez imaginó cómo sería a los 70 años?
—Nunca. Uno nunca se imagina cómo será a ninguna edad. Uno se acostumbra a los años que va teniendo. La maravilla de vivir es que es un enigma. Lo que siempre supe es que escribiría, tal como lo hago desde niño, aunque estudié economía por complacer a papá.
–¿Ha sucumbido en estos días a la tentación de hacer un balance de su vida?
—No he tenido que hacerlo hasta ahora. No tengo tiempo para eso. Desde hace varios meses escribo una novela y al principio me costó mucho trabajo, pero ya está agarrando cuerpo. Estoy tan encantado con ella que trato de que el homenaje que ha aparecido en mi vida pública no interfiera mucho en mi escritura.
–¿Y de qué va la novela?
—No me gusta hablar de lo que escribo. Como hombre de teatro soy supersticioso. Además, me parece que con el habla la escritura se va.
–¿Escribir como sangre de cada día?
—Cada día escribir es más difícil, pero como es lo que más me gusta, no me queda otro remedio que hacerlo.
–¿Tiene miedo a la página en blanco?
—La verdad es que como nunca me ha pasado (toca madera, por si acaso), no sé lo que es eso. Antes, cuando podía tenerle un cierto temor a la susodicha página en blanco, le escribía cartas a mis amigos. La escritura es una ejercitación. Yo tengo que escribir todos los días aunque sea un poco para no trancarme. Me he acostumbrado tanto a eso que si no escribo el resto del día, me siento mal. Y si escribo, como hoy, el resto del día es glorioso. Eso se me nota.
–¿Y si le va mal?

—Empiezo a darme cabezazos.
–En uno de sus libros usted habla de…
—Ay, la verdad es que no sé de lo que me vas a hablar. Yo, a diferencia de otros escritores, jamás me releo. Me muero de la risa cuando quienes realizan tesis sobre mí me empiezan a hacer preguntas y yo tengo que decirles “cuéntame de qué trata”. Yo no me acuerdo. Nunca me releo porque cuando alguna vez lo hice con Pájaro de mar por tierra , no pude pasar de la primera página, ya no me gustaba. Escribir no es escribir. Escribir es corregir. Me gusta recordar que Borges decía que él escribía borradores. Y uno no sólo escribe frente al computador, a solas. Uno escribe también cuando no escribe, cuando anda en la calle, en el tráfico.
–Permítame recordarle lo que decía el libro. Se trataba de una carta dirigida a un tal señor Benchetrit.
—¿Y quién es el señor Benchetrit?
–Un amigo de su papá.
—Ajá… de mi papá no, del papá del personaje.
–…Y le cuenta todo sobre su Bar Mitzvá. ¿Hay algo de biografía en ello?
—No me acuerdo, pero seguramente, porque yo soy muy autobiográfico escribiendo.
–No creemos que no recuerde haber hablado de sus propios recuerdos.
—Una cosa es la memoria y otra la memoria convertida en descripción, de modo que si lo escribí como un fragmento autobiográfico, al haberlo escrito ya no pienso más en ello.
–¿Qué hay de judío en su obra?
—Si vemos la totalidad de mi trabajo, no hay mucho. En las novelas, aparte de Rómpase en caso de incendio, no hay nada que trate sobre eso. Y en el teatro hay cosas en la Trilogía. También está oblicuamente en Solimán el magnífico y en Escrito y sellado.
–¿Y los signos atávicos del discurso judío: el destierro, el exilio, etc.?
—Hay que recordar que nací en Maracay en un familia judía de tradiciones, pero eso era otro país y otra comunidad, al punto de que fui al colegio de monjas a aprender mis primeras letras. Todavía recuerdo el Padrenuestro y el Ave María. La religión judía era fundamentalmente hogareña y basada en la mesa. Sólo se celebraban en Maracay las grandes fiestas, para las que llevaban un Sefer Torá desde Caracas. Luego, cuando nos mudamos a Caracas, iba con mi papá a la sinagoga de El Conde. Hice mi Bar Mitzvá allí… Recuerdo que leí la Torá y luego mi discurso en hebreo y en español con voz vibrante…
–Pero eso es lo mismo que dice el texto que antes le mencionaba…
—Quizá. Mi papá siempre recordaba que ese día leí tan bien, que el presidente de la sinagoga y otra gente sugirieron que yo podría ser el primer rabino nacido en Venezuela. Creo que a papá no le gustó mucho la idea.
–¿Dónde estaba entonces apuntalada la religión?
—Siempre mi religión estuvo centrada en la casa de mi papá, en la cena de los viernes y en las veces que lo acompañaba a la sinagoga para las grandes fiestas. Pero más nada. Al punto de que cuando papá murió, hace 18 años, a mí me dio, no como una crisis, pero sí como un vacío. Me di cuenta de que lo que hasta entonces era mi religión era en realidad mi papá, que era mi religión.
–Hay ahora un retorno...
—En 1992 fui de profesor invitado a la Universidad de Nuevo Méjico, en Albuquerque. Daba materias de dramaturgia y tenía mucho tiempo libre. Le pregunté al jefe del departamento de teatro si no habría alguien que me ensañara a leer hebreo, pues después de aquella ceremonia de los 13 años más nunca volví a hacerlo. El mencionó a la señora Malka. Y los cinco meses y medios que estuve allá aprendí lo que quería. Fue maravilloso porque entendía lo que leía y escribía. Cuando llegué aquí tuve la suerte de toparme con Jafa Algon y empecé a repasar. Hoy en día, los viernes tomo una clase con ella.
–Regresar a la lengua, ¿regresar a qué?
—Creo que fue una combinación de cosas. Empecé a perder a seres muy queridos y comencé a sentir que… También fue una cuestión de escritor, me intrigaba esa cosa de escribir de derecha a izquierda… Pero también porque sentí el consuelo de retornar a otros tiempos. Pero eso no ha significado que me volví practicante y menos un fanático, todavía no lo soy. Los amigos dicen que me he vuelto místico, será una cosa de la edad. Me divierte mucho aprender hebreo, aunque hablo como indio de película norteamericana. Román Chalbaud se ríe y me dice que él comprende que yo quiera aprender a leer, pero a hablar para qué, si yo no conozco a nadie con quien dialogar en hebreo… Yo le digo que con quién más que con Dios, al que toda la vida le he hablado en español y ahora estamos hablando en su idioma.
–¿Será que el judaísmo es imposible de apartar?
—Hay misterios en la vida de cada quien. Un misterio para mí es por qué nací en el seno de una familia burguesa acomodada que no tenía ningún antecedente de un creador en ella y salí yo. Ese misterio, cuando alguna de mis obras han tenido resonancia, se ha convertido en milagro. En medio de todo esto, es lógico que yo escribiera, si soy del pueblo del libro.
–¿Se relaciona con el judaísmo comunitario?
—Cuando empecé mi carrera con el libro Pasaje, papá fue a la sinagoga de Maripérez y uno de sus amigos le preguntó si ese Chocrón que había publicado una novela por ahí era hijo suyo. Mi papá contestó que sí, pero que eso era sólo un hobby porque su hijo era economista. Después de muchos años, papá, con el que tuve una estupenda amistad tras una vida conflictiva, se presentaba como el papá de Isaac Chocrón. Evidentemente que cuando empecé a destacar y a tener éxito esa cautela que había tanto en la comunidad como en mí comenzó a disminuir. Yo estoy muy agradecido, pues de un tiempo para acá la comunidad ha comenzado a respetarme, a apreciarme, a ser público fiel de mi trabajo y a hacerme grandes deferencias. Cada vez que me llaman para cualquier cosa con mucho gusto lo hago.
–Usted escribió alguna vez que vivía como un venezolano corriente…
—Yo soy un venezolano judío y no un judío venezolano. Toda mi actividad la he hecho en el mundo y nunca he sentido discriminación ni antisemitismo. He tenido la enorme suerte de que desde que empecé a escribir tuve éxito y el éxito nunca me ha abandonado. Soy un escritor venezolano que es judío.
–¿Qué significa asumir eso?
—Que estoy consciente de mi raigambre y de mis responsabilidades como judío.
–¿Qué le pediría a la institucionalidad judía del país?
—Que se abriera un poco más a la ciudad, que hiciera partícipe a toda la cultura caraqueña de las magníficas actividades que hace el Centro Gonzalo Benaim Pinto de Hebraica o Dita Cohen. Me gustaría que el Nuevo Mundo Israelita incorporara firmas de gente joven y se distanciara un poco de los columnistas fijos. A mis correligionarios aquí en Venezuela les convendría mucho leer a Martin Buber, porque a través de él y sus ideas sobre el yo, podríamos entender mejor el mundo del diálogo: si tú me das preguntas, yo te daré preguntas; si tú me das respuestas, yo te doy respuestas. Y entre esas preguntas y respuestas, a veces diametralmente opuestas, quizás encontremos puntos en común.
–“Lo tuyo es puro teatro”…
—Para mí el teatro es gente en una situación tensa e irregular y esta gente cambia debido a una situación, que en el fondo es lo que nos ocurre desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.
–Puede el escritor llegar a ser el dios de sus personajes.
—Uno inventa gente que es mentira.
–¿Cree en la felicidad?
—La felicidad no es un estado constante, son momentos, suspiros. Ahora mismo, con esta entrevista, estoy feliz.
–¿Cuáles serían sus conclusiones de vida, a sus 70 años?
—Me hablas como si estuviera escribiendo mi epitafio.
–No, no se trata de eso. Hablo de aprendizajes.
—Lo más importante es que uno haga lo que le dé la gana y no lo que los demás tracen como camino; que uno nunca pierda la curiosidad por todo; y que jamás se pierda el sentido del humor.
–Se puede convivir con el éxito.
—Aprendí hace mucho tiempo que soy dos personas: una es Isaac Chocrón y otra es Isaac.
–¿A cuál entrevistamos ahora?
—Ahorita ahorita a Isaac. Porque Isaac Chocrón tiene que cuidar mucho a Isaac, que es el generador secreto de Isaac Chocrón. Pero yo sé cuándo me tengo que comportar como uno u otro. Sino se derrumba todo. Por eso yo cuido mucho mi vida privada.
–¿Uno escoge esa doble mirada?
—La vida te lo da. Un buen día me di cuenta de que yo era Isaac Chocrón y era Isaac. Desde ese instante, Isaac está muy bien porque lo protejo mucho. Una vez metí la pata y me comporté como Isaac cuando debía ser Isaac Chocrón. Y eso más nunca me volvió a ocurrir. Yo salgo de la puerta y soy Isaac Chocrón y lo hago perfecto, sé lo que esperan de mí. Pero dentro de mi casa está Isaac. Y también lo hago perfecto.


©Jacqueline Goldberg
Publicado en Nuevo Mundo Israelita en 2003.

MOISÉS KAUFMAN: un venezolano en busca de cuatro Emmy


En 1997 The New York Times catalogó al judeovenezolano Moisés Kaufman como uno de los diez personajes que transformaron el ámbito cultural en Estados Unidos durante ese año. Su obra Gross Indecency fue la tercera pieza más montada en la temporada norteamericana 1998-1999, sin contar las innumerables funciones en Londres, París, Budapest, Estocolmo, México y Frankfurt. The Laramie Project es la segunda obra teatral más escenificada en la historia de Estados Unidos y 15 millones de personas han visto la versión cinematográfica producida para televisión por HBO. Cuatro Emmy pudieran sumarse el próximo 22 de septiembre al ya extenso repertorio de premios y éxitos que a los 39 años Kaufman atesora como reconocimiento a una vida sumergida, con sensibilidad e inteligencia, en las más insondables interrogantes del teatro


EL SOL NO ACABABA DE DESPEREZARSE EL 7 DE OCTUBRE DE 1998 en las afueras de Laramie, pequeño poblado de Wyoming, cuando dos motociclistas hallaron el cuerpo amoratado y ensangrentado de Matthew Shepard. El estudiante universitario de 21 años había aceptado salir de un bar la noche anterior con dos tipos que, tras invitarlo bajo engaño a divertirse, lo ataron a una rústica cerca de madera y lo golpearon tan brutalmente que su rostro terminó siendo una masa tumefacta. Shepard sobrevivió cinco agónicos días, durante los cuales su homosexualidad salió a relucir como móvil del crimen, al tiempo que las palabras homofobia e intolerancia se tendían sin reservas sobre el hasta entonces anónimo y tranquilo pueblo de 27 mil habitantes del oeste norteamericano.
Cuando la prensa desplegó la noticia del asesinato de Matthew Shepard, Moisés Kaufman se encontraba en Londres, dirigiendo en el Gielgud Theatre su famosa pieza Gross Indecency: The Three Trials of Oscar Wilde. Como otras millones de personas en Estados Unidos, estaba profundamente conmovido: “En el país asesinan a veinte homosexuales al año. Uno no escucha mucho sobre ellos, pero por alguna razón este fue el crimen más sonado”, cuenta Kaufman en un español que teme dejar pasar demasiadas palabras del inglés que lleva años hablando. “No podías abrir un periódico sin ver la foto de Matthew, se convirtió en un evento inédito y nacional. Mi imagen inicial cuando vi lo que pasó fue la de un judío en un campo de concentración echado contra la cerca eléctrica. Mucha gente pensó en una crucifixión. Para mí resonó como una imagen judía. Entonces me impresionó mucho más. Shepard se ha convertido en un adjetivo, un símbolo, un evento histórico. Uno se pregunta por qué tanta información alrededor de él, por qué él. A mí como escritor me interesan mucho esos momentos históricos, míticos, en los que algo cambia”.
Cuatro semanas después de los acontecimientos de Wyoming, Kaufman y nueve integrantes del Tectonic Theater Project —grupo que fundara en 1992 y del cual es director artístico— viajaron a Laramie para recolectar testimonios que les permitieran escribir una obra colectiva. Durante un año y medio el equipo teatral realizó seis visitas en las que grabaron 200 entrevistas durante unas 400 horas, cuyo resultado fue la pieza dramática The Laramie Project, estrenada en el Denver Theater Center en marzo de 2000 y repuesta en mayo de ese mismo año en New York. El propio Kaufman hizo la versión cinematográfica para la cadena de televisión por cable HBO, que ha recibido las mejores críticas, varios premios y con la cual se abrió el pasado 10 de enero el legendario Sundance Film Festival 2002 en Utah, la más competitiva y prestigiosa vitrina fílmica independiente norteamericana de la que han salido grandes éxitos de taquilla como El proyecto de la bruja de Blair; Sexo, mentiras y video; Perros de la calle y Trainspotting
Y es precisamente con la película The Laramie Project con la que Kaufman puede convertirse el próximo 22 de septiembre en el primer venezolano en recibir un Emmy, el Oscar de la televisión estadounidense. La cinta recibió nominaciones en las categorías de Mejor Película para Televisión, Mejor Elenco, Mejor Direccióny Mejor Guión —en estos dos últimos rubros su único competidor es nada menos que Tom Hanks.

“¿QUÉ HA CAMBIADO CON LAS NOMINACIONES AL EMMY? Pues en realidad no mucho”, asegura Kaufman en una entrevista concedida a NMI el pasado 16 de agosto en su oficina del Upper West Side de Manhattan. “Quizá lo único que ha cambiado es que he estado haciendo mucha más prensa, HBO tiene una maquinaria fantástica a la que hay que seguirle el ritmo. Ellos, por ejemplo, alquilan una habitación en el Hotel Plaza y nos sientan a esperar a la prensa: cada media hora llega un periodista. Así pueden pasar horas y horas. También me han ocurrido cosas muy simpáticas. En este momento tengo el dilema de decidir entre trajes de Prada y Hugo Boss para ponerme la noche de los premios. Eso es tan farandulero, tan simpático y a la vez tan ridículo. No puedes tomar nada de eso muy en serio, eso no tiene nada que ver con el trabajo. Es muy importante mantener el foco en el trabajo. La vida sigue adelante, uno sigue creando, soñando”.
Como supersticioso hombre de teatro, Kaufman prefiere no ahondar en el tema de los Emmy. “Quiero vivir el presente”, dice tajante. De todas maneras el tiempo no le permite devaneos. En este momento estudia la posibilidad de dirigir un episodio de la serie Six Feet Under, prepara tres piezas nuevas y da los últimos toques a una exclusiva cena de recolección de fondos, para la que él mismo ha debido escoger hasta el menú: “He creado una compañía en la cual puedo realmente soñar. Pero esa compañía, como cualquier otra, requiere cuidado, trabajo empresarial”, asume con la esperanza de que tarde o temprano pueda dedicarse sólo a la creación.
Tal es el torbellino que agobia los días del escritor-director-productor, que a lo largo de nuestra conversa hace un par de llamadas, envía un correo electrónico, atiende las consultas de su asistente y pregunta a la secretaria acerca de los boletos del show que verá ese viernes por la noche. También mientras se desliza con amabilidad por los meandros de su biografía, pide una ensalada verde con queso azul: “Para la próxima quiero dos sobres de salsa”, indica a su asistente. Y enseguida nos advierte: “Si no les molesta puedo seguir hablando mientras como. Nunca me detengo a almorzar, así es la vida en New York”.

MOISÉS KAUFMAN AKERMAN NACIÓ EN CARACAS EL 21 DE NOVIEMBRE DE 1963. Hijo de sobrevivientes del Holocausto, creció en un hogar poblado de libros y una rigurosidad religiosa que lo llevó a estudiar en la Yeshivá Yavne, la sección más ortodoxa del Colegio Moral y Luces. En tiempos adolescentes su relación con el teatro se limitaba al rol de espectador: en Caracas no se perdía un Festival Internacional de Teatro y cuando viajaba a New York por asuntos familiares se daba una vuelta por Brodway. “No recuerdo el momento exacto en que decidí que iba a hacer teatro, pero había ya entonces un deseo, un algo que palpitaba en mí˝.
Al graduarse de bachiller ingresó en la Universidad Metropolitana para estudiar Administración de Empresas. Allí, más que las cátedras de contabilidad o estadística le interesó el teatro. Apenas pudo entró en el grupo Thespis, en el que permaneció durante cinco años bajo la dirección de Fernando Ivosky, un apasionado del trabajo de Tadeusz Kantor, Peter Brook, Jerzy Grotowski y Pina Bausch, entre otros autores contemporáneos. En aquellos años Kaufman se entregó visceralmente a la actuación, protagonizando, entre otras, La cantante calva de Eugene Ionesco y El pelícano de August Strindberg. “Era un Laurence Olivier criollo”, recuerda Ena Rotkopf, quien, muy impresionada por su actuación en El enfermo imaginario de Molière, bregó hasta conseguir que Thespis se presentara en la Unión Israelita de Caracas bajo el patrocinio de la Federación WIZO de Venezuela en ocasión de la clausura del Salón Bijoux.
Pese a su promisorio éxito en los escenarios nacionales, Kaufman miraba por encima de la balaustrada. “A medida que iba trabajando, más me emocionaba el proceso de creación del evento teatral que el de un solo personaje. Me salía de mi personaje y me ponía a mirar desde fuera y eso es algo que un actor no se puede permitir. Sólo los más brillantes actores tienen la posibilidad de hacer las dos cosas. Yo tenía mucha praxis y muy poca teoría, por venir de la actuación y porque estaba en una compañía en la que tomábamos un texto y lo montábamos y ya. Sabía mucho de los ejercicios de actuación, de qué hacer, cómo hacer, pero no tenía nada de la teoría que había creado las técnicas que yo estaba practicando. Creo que fue en ese momento cuando decidí que quería ser director”.
Esa decisión coincidió con la posibilidad de trasladarse a Estados Unidos para hacer un postgrado en la Universidad de New York. “Allí tenían el Ala de Teatro Experimental, en la que enseñaban la teoría de toda la gente que yo había hecho en Caracas. Entonces fue perfecto, vi que si me iba por dos años iba a aprender todas estas cosas”.
Kaufman venía de una educación teatral muy sofisticada y desde sus primeros asomos comenzó a hacerse preguntas de gran profundidad conceptual: ¿cómo funciona el teatro?, ¿cuáles son los nuevos modelos teatrales?, ¿qué mantiene al teatro vivo?, ¿cuáles son las formas y vocabularios del discurso teatral?, ¿qué hace del teatro un arte, un medio, un género?
Al entrar en la NYU todas esas interrogantes se articularon y pudo entregarse a hacer del teatro un proceso de investigación, un laboratorio de lo que ocurre en el propio teatro. “En la universidad dirigí varias piezas. Mi estética teatral es muy específica, pero poco a poco algunos estudiantes se fueron interesando en lo que yo estaba haciendo. Ya al final de mi estadía en la NYU fui donde el decano, Arthur Bartow —autor del conocido libro The Director´s Voice—, un hombre al que yo quiero muchísimo y que ha sido muy importante en mi vida porque me guió en muchos momentos en los que yo no sabía qué hacer. Yo le dije, usted conoce mi trabajo, sabe lo que he hecho, qué le parece. Y me respondió, te voy a decir algo que no te va a gustar: tienes que empezar tu propia compañía de teatro, porque nadie te va a dar trabajo, el tipo de cuestionamiento que estás planteando es algo que no es parte del mainstream americano y no es algo que un productor comercial va a respaldar, vas a tener que crear un espacio donde puedas desarrollar tus intereses. Gracias a Dios que me dijo eso, porque fue el mejor consejo que me dieron en mi vida”.
Así nació en octubre de 1992 Tectonic Theater Project: “Tectonic se refiere al arte y ciencia de las estructuras. El grupo se llama así porque es un proyecto sobre qué es el teatro, para qué sirve”, explica. El grupo —hoy conformado por 30 artistas, entre actores, diseñadores y escritores— se inició con el montaje de piezas de aquellos dramaturgos que rondaban las mismas preguntas que tanto intrigaban a Kaufman: Becket, Ionesco, Kroetz, Iizuka. Después de cinco años de experiencia como director, Kaufman vislumbró la posibilidad de crear él mismo obras en las que se expresaran a plenitud las teorías que estaba manejando: “No era suficiente montar textos preexistentes, yo quería crear nuestros propios textos”. Así comenzó otra escena de la historia del caleidoscópico Moisés Kaufman.
Las preguntas de otrora encarnaron nuevas dimensiones que, aunque irresolutas y en perpetua metamorfosis, son la conciencia que vertebra todo el Proyecto Kaufman. “Cuando entramos en un ensayo con la compañía, siempre tenemos dos objetivos: uno es examinar el sujeto que tenemos a mano (el contenido), y el otro es explorar los lenguajes teatrales (la forma). Esas preguntas, lejos de paralizarme, me inspiran”.
¿De dónde surge el interés de Kaufman por la teoría y la reflexión, materias poco frecuentadas por quienes han sido arropados por la praxis teatral? Ipso facto, él tiene una respuesta: “Eso me viene por haber estado toda mi vida en la yeshivá. La educación que yo recibí en el Colegio Moral y Luces fue espectacular, muy completa y rica. Nos daban muchas horas de clases de hebreo, estudiábamos Talmud, Torá, Guemará, el más profundo pensamiento judío. Eso, pienso en retrospectiva, sembró en mí pasión por la literatura, amor por los libros y la erudición. Me gustaba la idea mitológica de los judíos en la yeshivá, frente a mesas con muchos libros, siempre leyendo, analizando las diversas versiones de la Torá. La revolución teatral a la que aspiro está basada en un sustento teórico muy fuerte. Y creo que una de las razones por las que el trabajo ha tenido éxito es porque son buenas historias, historias importantes que necesitan ser contadas. Pero al mismo tiempo porque están haciendo preguntas sobre el arte teatral desde el punto de vista de lo que ocurre en el escenario”.

EN 1995, JUSTO CUANDO MOISÉS KAUFMAN ASUMIÓ LA ESCRITURA COMO RETO, cayó en sus manos el libro La picardía y sabiduría de Oscar Wilde, una recopilación de frases célebres del escritor inglés. Al final de la obra se hallaban unos fragmentos de los juicios en los que Wilde fue acusado en 1895 de actos indecentes y de una visión del arte que ofendía a la elite victoriana. “En esos juicios el abogado lee fragmentos de El retrato de Dorian Gray y le pregunta a Wilde: ¿Su arte es moral o inmoral? Wilde responde, el arte no es moral ni inmoral, el arte está mal hecho o está bien hecho. Ese es uno de los eventos más importantes de la historia del arte en el siglo XX. Era un artista en una sala de justicia obligado a decir para qué sirve su arte”, comenta Kaufman. Y continúa: “Recientemente en Estados Unidos hemos tenido muchos situaciones de ese tipo. Entre otros hechos, la derecha norteamericana se ha vuelto muy religiosa, ha habido muchos problemas vinculados a preguntarse para qué necesitamos la literatura y el arte. Dentro de este contexto leo los juicios de Wilde y me parece que él es genial. Pero lo más importante es que eso me lleva a leer otra serie de libros en los que descubro a un Oscar Wilde que yo no conocía, un Wilde que estaba pensando muy seriamente sobre el arte. Lo que me encantó de los juicios es que él tiene la oportunidad de hablar públicamente sobre estas cosas. Habla del efecto civilizador del arte en la sociedad, de que el mayor objetivo del arte es tocar en nosotros las notas musicales más profundas que nos van a hacer mejores seres humanos, de que los artistas son el alma de la comunidad, la conciencia, los responsables de llevar a la raza humana al próximo nivel de entendimiento. Wilde, que es un purista, habla acerca del arte como arte e intenta determinar qué es aquello que sólo el arte puede hacer. Es una visión muy profunda de lo que realmente puede hacer el arte y una pregunta muy válida para mí, que siempre estoy preguntándome sobre aquello que sólo puede hacer el teatro y no otro medio…”.
Mientras Kaufman se adentraba con voracidad en heterogéneas lecturas sobre el escritor inglés —todavía hoy se sienta devotamente en la terraza a releerlo—, iba siendo seducido por la idea de teatralizar a ese Wilde incógnito. “En el momento en que empiezo a hacer la investigación, veo que hay varias y muy distintas versiones de los hechos: la de Wilde, la de su amante y otras más. Yo, en mi ingenuidad, pensaba que cuando terminara de hacer toda mi investigación y me hubiera leído todos los libros, iba a saber quién estaba diciendo la verdad. Por supuesto, entre más libros revisaba, más versiones conflictivas ocurrían, añadiendo a ello mi propia versión. Lo interesante como cuestionamiento formal fue preguntarme, no cómo escribir una obra sobre Oscar Wilde, sino cómo escribir una obra que hable sobre la imposibilidad de reconstruir a Oscar. Es imposible reconstruir a Oscar, lo que queda de él son sus palabras y una malísima grabación de su voz y fotos y pinturas. Pero sus gestos, su vida, no existen. Mi trabajo es una obra sobre la imposibilidad del teatro de reconstruir la historia. Lo único que nos queda de la historia son una serie de historias que son versiones”.
Hasta entonces Kaufman había pensado que Oscar Wilde era el genio cómico de la época victoriana que hacía reír a la gente de sí misma. “Pero cuando empecé a escribir la obra me di cuenta de que Oscar Wilde era un hombre genial que tenía un proyecto artístico muy importante. Y lo que es muy interesante es que en ningún otro lugar en sus escritos se encuentra el Oscar Wilde que está en la corte”.
En el montaje de Gross Indecency cuatro actores que sirven como coro están sentados en la parte delantera del escenario leyendo citas de libros, periódicos y panfletos que reposan en una larga mesa frente a ellos. Los textos de este “documental dramático” aluden a la vida de Wilde en una polifonía o collage mediático de temática abiertamente gay que transparenta el proceso de investigación, interpretación y evaluación del material que tejió la obra. “Una de las cosas más importantes que hay para nosotros en Tectonic Project es cambiar la manera como se construye el evento teatral. En vez de tener a un escritor que se encierra en una habitación a escribir su obra y que después se la entrega a un director que también se encierra para pensar en la dirección, nosotros entramos todos juntos en la sala de ensayo, con todos los libros. De esa pelea surge la obra. Lo más importante es que el público se dé cuenta de que la historia es un acto de reconstrucción, que no es un evento real”, acota Kaufman.
Gross Indecency: The Three Trials of Oscar Wilde, tuvo más de 600 funciones en New York. Kaufman dirigió además esta pieza en Los Angeles (Mark Taper Forum), San Francisco (Theater on the Square), Toronto (Canadian Stage) y en el London's West End (Gielgud Theatre). Asimismo, la obra ha sido producida por otras compañías en más de 40 ciudades de Estados Unidos. Por este trabajo Kaufman ha sido reconocido con el Lucille Lortell Award por la mejor obra; el Outer Critics Circle Award por la mejor pieza de Off-Broadway; el Garland Award (Los Angeles); el Carbonell Award (Florida); el Bay Area Theater Critics Circle Award por la dirección, el GLAAD Media Award for New York Theater; y el prestigioso premio Joe A. Callaway Award for Direction otorgado por la Society of Stage Directors and Choreographers.
Asimismo, Tectonic Theater Project ganó el Outer Critics Circle Award como mejor producción original y la obra publicada obtuvo el Lambda Book Award. Vale recordar también que Kaufman se hizo merecedor este mismo año de la muy codiciada beca Guggenheim por su escritura dramática.
En este momento Kaufman sostiene conversaciones con la gerencia del Festival Internacional de Teatro de Caracas para traer esta obra al país el próximo año.

EN LOS SEIS AÑOS QUE TECTONIC THEATER PROJECT LLEVABA DE VIDA EN 1998, jamás tuvo un centavo en el banco. Sin embargo, el rotundo éxito de Gross Indecency brindó los recursos necesarios para que diez integrantes del grupo se instalaran ese año en el desolado Laramie con el propósito de reportear las circunstancias que rodearon el adiós de Matthew Shepard. “Fue un asunto de justicia y solidaridad poética. Es como si Oscar Wilde nos hubiera permitido escribir sobre Shepard”.
No es usual que un grupo de teatro —y su director— se inmiscuyan en los secretos caminos que funda la realidad. Pero de nuevo Kaufman impuso sus dudas: ¿qué diferencia a Laramie del resto del país?, ¿por qué es allí donde se desencadena un desmedido odio contra un joven gay? Poco después del asesinato de Shepard, Kaufman arrojó a su Tectonic Theater Project interrogantes sobre cuál es la responsabilidad de un artista en este incidente y, más concretamente, sobre si el teatro es un medio capaz de intervenir en un diálogo nacional ante eventos de este tipo. Y de nuevo las respuestas acudieron. El resultado fue un obra de conmovedora e innovadora estética, que pone en entredicho los estrechos patrones norteamericanos sobre la homosexualidad, la moral y la juventud y que ofrece una suerte de radiografía sobre las circunstancias psicosociales, éticas, morales y culturales que se tejían en Laramie en el momento en que Shepard fue ultrajado.
Moisés Kaufman detesta que se haga cualquier comparación entre el proceso que llevó a la escritura de The Laramie Project y los géneros periodísticos, aunque la entrevista haya sido su fundamental herramienta de trabajo y la obra arroje visos de magistral reportaje: “El periodismo está basado en la idea de que hay un evento que puede ser capturado y reportado. No creo en eso, mis trabajos más bien hablan sobre la imposibilidad de recrear un evento. Aquí tenemos muchas versiones de lo que pasó y de cómo se sentía la gente del pueblo. Si bien es verdad que mis dos obras están basadas en textos preexistentes, el interés del grupo no es la realidad ni el periodismo, sino en las preguntas sobre estéticas y lenguajes teatrales”.
Una vez concluida la investigación, Kaufman y su grupo tardaron tres semanas en producir el primer borrador. Poco después, el 26 de febrero de 2000, se estrenaba The Laramie Project en el Denver Center Theatre Company, el teatro regional más cercano a Laramie. “Necesitábamos distanciarnos un poco de New York. Esta pieza requería tiempo para crecer frente a la audiencia”, señaló en una entrevista hace dos años Leigh Fondakowski, director asistente. Algunos de los protagonistas estaban presentes esa noche que la prensa reseñó como emocionante. Ocho actores tomaban la escena representando docenas de caracteres, incluyendo a ellos mismos —cambiando de un personaje a otro en tan sólo 15 segundos–, al tiempo que cinco monitores ofrecían imágenes de la prensa nacional de ese momento, entre ellas las declaraciones de Bill Clinton y las manifestaciones que surgieron alrededor del país en apoyo a Matthew.
El 18 de mayo de ese mismo 2000, la pieza fue llevada por fin al Union Square Theatre de New York, donde las ovaciones no se hicieron esperar y se desató una nueva cadena de éxitos. La revista Time señaló que The Laramie Project era “una de las diez mejores obras del año” y fue nominada para el Drama Desk Award como Unica Experiencia de Teatro. El libro de la obra obtuvo el American Library Association's GLBT Literature Award, lo que reitera las honduras del oficio escritural de Kaufman.
Siendo The Laramie Project la segunda obra más montada en Estados Unidos, Tectonic Theater Project debió detener su actuación en las tablas para dedicarse a un nuevo proyecto: la versión cinematográfica, dirigida por el propio Kaufman: “La obra de teatro tenía su propia vida y numerosas producciones a lo largo y ancho de todo el país. Además, los actores de la película serían los mismos que los del teatro”.
Ya cuando dirigió Gross Indecency, Kaufman pensaba en la posibilidad de traducir su texto al celuloide: “Pero justo en esos días apareció la película Wilde, de Brian Gilbert, y el interés disminuyó”. Cuando la historia de Shepard saltó a la palestra, HBO se interesó de inmediato: “Tuve muchísima suerte. Pude escoger con quién quería hacer la película, elegí productores con los que yo sabía que me iba a entender muy bien y que tenían una sensibilidad y estética similar a la mía. En todo el proceso de la película me exigieron dos concesiones que quizá fueron graves. En una tuve que acceder y en la otra no. Hoy en día pienso que esa concesión bajo ninguna circunstancia destruyó el proyecto. La película costó siete millones de dólares y se trata de gente que confió en mí”, señala.
Para dar brillo y realce a la producción, el director incluyó en la lista de los 56 protagonistas a Peter Fonda, Christina Ricci, Laura Linney, Jeremy Davies, Steve Buscemi, Janeane Garofalo y Camryn Manheim, entre otros actores, tanto jóvenes como veteranos, de gran talento y prestigio.
La película fue estrenada mundialmente por HBO el sábado 9 de marzo de 2001 en horario estelar. Tras abrir el Sundance Film Festival —vástago consentido del actor y director Robert Redford, respaldo fundamental para el trabajo cinematográfico de Moisés Kaufman, además de su amigo personal— viajó al Festival de Berlín, donde ganó una Mención Especial del Oso de Oro por la Mejor Película. También recibió el "Humanitas Award" por la Mejor Película para Televisión y fue nominada para el prestigioso Open Palm Award que se otorga en New York a los cineastas independientes.

NO HAY UN SOLO DÍA EN QUE MOISÉS KAUFMAN NO NAVEGUE POR INTERNET para saber lo que sucede en su país natal. Venezuela le preocupa por encima de todas las cosas: “Yo crecí en una Venezuela donde, después de todo, había mucha estabilidad. Durante muchos años hubo injusticia social. No podemos ser avestruces y meter la cabeza bajo la tierra y decir que no había una gran diferencia de clases, que no había muchísimos robos. Tenía que venir una revolución social. Lo que es una desgracia es que haya sido de esta manera. Todo el tiempo oigo sobre el desastre económico, el miedo, la incertidumbre, la situación tan crítica que se vive en el país. Para mí el hecho de que nuestros padres huyeran durante la Segunda Guerra Mundial de un sitio a otro, el que tuvieran que transformar su capital en cubiertos de plata, siempre me fue muy ajeno, pensaba que eso había pasado en un horrible momento de Europa y nunca más volvería a ocurrir. Pero es horrible llegar a una situación así, de repente, en la que tanto en New York, como en Israel, como en Caracas veo que hay gente que está pensando en tomar lo que tenga e irse”.
Las cuitas venezolanas se suman en las emociones de Kaufman a lo ocurrido en New York el 11 de septiembre del año pasado y al terrorismo en Israel: “Esos son los tres puntos geográficos, espirituales y emocionales más importantes para mí. Yo terminé de editar The Laramie Project el 9 de septiembre de 2001 a seis cuadras de las Torres Gemelas. ¡Fue una cosa tan fuerte! Uno bajaba a las calles y veía que la gente caminaba como zombies, en shock, no lo podías creer. Al mismo tiempo me preocupa lo que está ocurriendo en Israel ahorita, los muertos, la guerra que pareciera no tener fin”.
Dicen que uno nunca es profeta en su tierra. Y Kaufman es prueba fehaciente de ello. “Quedarme en Venezuela hubiera sido muy difícil, porque el trabajo que yo hago tengo que hacerlo aquí en New York. El ambiente teatral venezolano pasa por tantos trajines, está tan poco financiado y tiene tan poco soporte estatal y de público, que es muy difícil. Una de las grandes virtudes de New York es que si uno logra cierto tipo de reconocimiento el trabajo se difunde por todo el mundo: el trabajo que uno hace aquí es parte de un diálogo cultural que no solo afecta a la ciudad o a Estados Unidos, sino que de cierta forma afecta al mundo occidental, aunque suena demagógico decirlo”.
Kaufman reconoce que lo afectivo se impone más allá de los triunfos: “Vivo con cierta tristeza y nostalgia de volver. Toda mi familia está en Venezuela y somos muy unidos. Aunque hablamos varias veces a la semana por teléfono, es muy difícil saber que están lejos. Mis sobrinos están creciendo y siempre tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo. Al mismo tiempo, tengo muy buenos amigos en Venezuela y esas amistades no se pierden nunca”.
Lejos de estar escindido, Kaufman pareciera vivir a plenitud su condición de autoexiliado, de extranjero, de paria. Un atávico desarraigo le ha tallado el rostro y ha hecho del arte su identidad, su patria: “Eso me viene por ser judío. Antes era un judío crecido en un país católico, hijo de inmigrantes y artista. Luego, cuando vine a Estados Unidos, me añadieron el adjetivo de latino. Dondequiera que vaya soy un outsider, un hombre de la Diáspora y un rebelde, como dice mi padre”.



©Jacqueline Goldberg /desde Nueva York
Publicado en El Nacional Y Nuevo Mundo Israelita en 2002.

JACQUES BRAUNSTEIN o el fervor por el jazz


El programa radial El idioma del jazz, conducido por Jacques Braunstein, arriba este primero de julio a los 47 años en el aire, tiempo récord en la historia de los medios audiovisuales en el país. Sensible, erudito, virtuoso de la palabra, este reconocido maestro de las ondas hertzianas ha sembrado entre músicos y oyentes comunes una pasión que no tiene ya vuelta atrás. El jazz y sus caleidoscópicos matices se muestran en tres emisoras, semana a semana, de la mano de quien ha hecho del jazz una forma de respirar, un recuerdo, una esperanza, una manera de atisbar el mundo


Bajo las cobijas los niños suelen imaginar infinitos mundos. Son ellas maravillosos pasadizos o temibles covachas a través de las que se cuelan los más descampados sueños y pesadillas. Jacques Braunstein sabía ya, a los siete años de edad, que sólo bajo el cálido abrazo de sus cobijas podía huir de su natal y entonces convulsa Bucarest. En 1938 la alianza de Rumania con Alemania prohibía escuchar emisoras del extranjero, sobre todo aquellas que solían dar los partes de la avanzada nazi. Poca gente tenía aparatos de radio, que debían ser registrados en el Ministerio de Asuntos Interiores y por los cuales se pagaba un impuesto. "Pero yo descubrí el mundo que estaba más allá de las fronteras de Rumania a través de una pequeña radio de onda corta que me regalaron en mi séptimo cumpleaños”, recuerda Braunstein. “Escuchaba todas las noches, escondido bajo la cobija. Ponía el dedito atrás para hacer antena, la BBC de Londres y muchas veces tuve la suerte de escuchar programas musicales. En medio de la oscuridad y en secreto, oí música muy buena y eso fomentó en mí el gusto por el jazz".
Para Jacques Braunstein los desvaríos de la preguerra eran noticia, pero no así la música, materia sobre la que se deslizaba con comodidad desde la más tierna edad: "Mi papá se ocupó de brindarme la gran felicidad de conocer la música, no sólo el jazz, pero también el jazz. Todos los domingos me llevaba a un concierto, a la ópera, incluso durante la guerra. Poco a poco fui escuchando música en la casa. Para nosotros, en ese entonces, la mayor felicidad era poder comprar discos. A mi papá le encantaba fundamentalmente las canciones, las operetas, Schubert, Strauss, óperas vienesas, porque él era vienés".
Braunstein se identificó con el jazz desde que lo escuchó por primera vez, interpretado por una orquesta rumana, cuyo baterista hacía alarde de muchas acrobacias y un estilo muy demostrativo. "Después tuve oportunidad de escuchar otros estilos de jazz. Pero nada podía entonces hacerme imaginar que tendría por tantos años un programa de radio al otro lado del océano".
Por una serie de incidentes familiares, tras la guerra, la familia Braunstein —de la que Jacques fue hijo único— tuvo la oportunidad de repatriarse a Austria: "Allí supe que había cierto movimiento jazzístico, aunque los conciertos me estaban vetados debido a nuestra situación económica. Cuando salimos de Rumania tuvimos que dejar atrás casi todas nuestras pertenencias y entre ellas mi pequeña colección de jazz y la vitrola en la que escuchaba mi música".
Después de casi un año de residencia en Viena el padre decidió emigrar a Río de Janeiro, en Brasil, donde ya vivía su hermano menor: "Allí me sorprendió muchísimo que no hubiera un movimiento jazzístico, pero encontré con que había un grupo de brasileños a los que les gustaba el jazz y se reunían para tocarlo de manera informal. En ese momento visitó Brasil Stan Kenton y se formó un club de admiradores, al que yo pertenecía. Ahí escuchábamos discos, charlas sobre el jazz y algunos se sorprendían del conocimiento que yo tenía de la materia".

Pinitos en serio

Los primeros pasos de Jacques Braunstein en la radio se dieron casi por casualidad: "Había un programa de jazz en Radio Globo, en Río, y su comentarista, que apenas me conocía, tuvo que salir de vacaciones y me pidió que hiciera su programa por dos semanas. Yo me sentí honradísimo. Además me puso a disposición la discoteca de la emisora. Yo tenía entonces 17 años".
A los 20 años, Braunstein trabajaba y estudiaba Economía por las noches. Y jugaba fútbol –su otra pasión de juventud– para el archifamoso equipo Bota Fogo. "Yo estaba loco por ver los partidos del Mundial de 1950, pero no tenía dinero para ello. Entonces se me ocurrió acercarme a la Federación Brasileña de Fútbol y les dije que yo era periodista y narrador deportivo. ¡Mentira, yo no era ninguna de las dos cosas! Les sugerí que si necesitaban a alguien estaba a la orden. Y, justamente, Radio Minas de Gerais necesitaba ayuda porque el locutor asignado había tenido un percance. Me dieron las credenciales de locutor de la emisora y trabajé en la transmisión de todos los partidos, incluso del famoso campeonato final en el Maracaná, cuando los brasileños perdimos —digo perdimos porque en materia de fútbol soy brasileño— en nuestro propio terreno y en el último minuto, frente a Uruguay. Aquello fue una final trágica, hubo muertos, infartados. Yo vi gente mayor llorar. Fue asunto de luto nacional˝.
Al año siguiente del Maracanazo, Braunstein llega a Venezuela: "La informalidad brasileña no terminaba de gustarme. El venezolano, en cambio, era muy educado y muy cumplido en aquel entonces. Mi primer trabajo fue en la aerolínea KLM como promotor de ventas, donde estuve ocho años. Luego me fui a trabajar con Alitalia, donde a los 28 años fui gerente de ventas para Venezuela y el Caribe. Después entré en el área de la publicidad, en la que sigo inmerso hasta el día de hoy".

El otro frente
Quienes conocen la particular voz de Jacques Braunstein –melodiosa, dulcemente extranjera, sosegada–, pocas veces imaginan su exitosa carrera publicitaria, que ha desarrollado a la par –en éxito y entusiasmo– que la de conductor radial. Braunstein ha sido director y socio de varias agencias publicitarias. Es cofundador de la Asociación Internacional de Publicidad, IAA, capítulo de Venezuela, así como ex director mundial y vicepresidente de la secretaría latinoamericana de esa organización, y fue director de la Fundación Artevisión de la Universidad Simón Bolívar, vicepresidente de la Federación Venezolana de Bridge, presidente fundador del Caracas Jazz Club y presidente del Rotary Club de Chacao. Su otra gran vocación, la gastronomía, lo ha llevado a ser director de relaciones públicas e información de la Chaine des Rotisseurs. Entre otras distinciones, ha recibido la de Hombre del Año de la Publicidad en Venezuela 1989, la Orden Francisco de Miranda en su Primera Clase, la Orden al Mérito al Trabajo en su Primera Clase y el Botón de Oro de la Federación Venezolana de Agencias Publicitarias. En su despacho cuelgan con orgullo placas y diplomas al mérito otorgados por la IAA, la Universidad Hebrea de Jerusalén, el Rotary Club Internacional, el Ministerio de Justicia y la Emisora Cultural de Caracas.
La faceta académica de Braunstein es poco conocida: economista y químico, ha sido catedrático de Mercadeo y Publicidad Internacional en las facultades de Ciencia Económicas y Sociales, y en los postgrados en Comercio Exterior de la Escuela de Estudios Internacionales y en Administración de la UCV.

Ante todo el jazz
La semana de Jacques Braunstein es agitada. Además de los múltiples compromisos impuestos por su agenda publicitaria graba sus programas en las emisoras Jazz 95.5 FM los jueves a las 3 pm; en Radio Nacional los viernes a las 3 pm; y en la Emisora Cultural de Caracas, un sábado sí y un sábado no, a las 9:30 am. Todo eso sin contar el tiempo que dedica a la travesura lúdica: el bridge, que practica de manera profesional y entre amigos.
La producción de El idioma del jazz no le quita ya mucho tiempo. "Más bien nada", dice él, con modestia. La totalidad de la música que se escucha en su programa sale de su discoteca personal, que a ojo de buen cubero tiene unos 27 mil ejemplares, entre discos de vinil y discos compactos. "Actualizarme es mi principal vicio. Yo no fumo, bebo socialmente, pero compro discos en exorbitante cantidad. Claro, también algunas disqueras norteamericanas, que me aprecian mucho, me regalan algunos discos".
El programa radial que ha hecho tan estimado a Braunstein se estrenó en el aire el 1º de de julio de 1955. "Yo conocía a un señor llamado Tomas Copell, de origen húngaro, a quien le gustaba también mucho el jazz”, recuerda. “Este señor me dijo una vez que con los conocimientos y los discos que yo tenía debería empezar un programa de radio. Yo le respondí que lo haría con mucho gusto pero que el tiempo de la radio costaba mucho y que necesitaría patrocinantes. El mencionó entonces que me patrocinaría el programa por tres meses. Y así fue. Comencé en Radio Libertador, que estaba en la esquina de Cipreses y pertenecía al Circuito Raidi. Después pasé a otras emisoras, como Radio Rumbos. En el tiempo de la moda del bossa nova hice un programa sobre la música popular brasileña en Radio Caracas Radio y en 97.7 FM".
Es una osadía y un milagro mantener un espacio radial por 47 años, no sólo aquí, en Venezuela: "Sé de un programa que tenía más años que el mío, el de Willys Connover en La Voz de los Estados Unidos de Norteamérica, cuya sintonía está calculada en 20 millones de oyentes diariamente. Yo, a través de los años, sé que he sembrado una semilla muy importante para el jazz, la cual ha dado sus frutos. Hoy hay mucha más gente interesada en el jazz. Han sido 47 años de una aventura maravillosa en la que he podido compartir mi gusto con mucha gente. Además, la música me da una gran felicidad".
En estos rítmicos 47 años Braunstein se ha codeado con las luminarias del pentagrama jazzístico mundial. Él mismo, como empresario del espectáculo, ha brindado a los venezolanos la dicha de escuchar en vivo a más de 300 de esos músicos, entre ellos Tito Puente, Chick Corea, Bill Evans, la Orquesta de Woody Herman, el guitarrista Charlie Byrd.

El fin de una carrera
La erudición de Braunstein está cargada de una impresionante vitalidad, de ahí su incomparable capacidad de explicar la música desde el alma: "El jazz ha cambiado desde 1955 y sigue cambiando cada día, porque el jazz es la música del intérprete y la improvisación. Yo he tenido el conocimiento prácticamente desde los inicios del jazz. Tuve la dicha de conocer personalmente a Louis Armstrong, Duke Ellington y Count Basie. Después de la Segunda Guerra Mundial se inició una revolución en el jazz con el advenimiento del be bop, creado por Charlie Parker y Dizzy Gillespie. A ese último lo traje yo a Venezuela junto a Paquito de Rivera".
Pese a las seducciones de la música clásica y los ritmos de moda, Braunstein siempre estuvo claro qué era lo suyo: "En mi infancia mi madre, como buena madre judía, me obligaba a estudiar violín, ella quería que fuera un gran violinista, cuando yo lo que quería era jugar fútbol. De la música clásica y académica me gustan algunos periodos, pero mi amor ha sido y sigue siendo el jazz".
De aquella incipiente carrera de violinista sólo quedan anécdotas y unos dedos ligeros que se deslizan con la misma destreza y gracia entre barajas y discos: "Yo era uno de las más jóvenes del conservatorio de Bucarest. Tenía un maestro extraordinario que amaba a los niños y que era feliz enseñando. Cuando el maestro falleció tuve clases en la casa, porque ya empezaban los brotes de antisemitismo y mamá no quería que fuera al conservatorio. Tuve incontables profesores hasta que en un concierto mi mamá convenció a la violinista de que me diera clase. Era una señora muy cariñosa, pero con una halitosis espantosa. Y esa señora, que no tenía hijos, quería besarme, apurruñarme. Yo odiaba que hiciera eso. Sin embargo, las clases siguieron y llegó el momento en que tuve que preparar un concierto para la ocasión de mi Bar Mitzva. Pero una semana antes llegaron los llamados bombardeos libertadores y se acabó todo y no tuve que tocar el concierto. Fue un gran alivio, el fin de la guerra y de mi carrera como violinista".

©Jacqueline Goldberg
Publicado en El Nacional en 2002.

ELIAHU TOKER: traductor del alma judía


A trasvasar la lengua de sus ancestros se ha dedicado Eliahu Toker (Buenos Aires, 1934), transformándose en "el más importante traductor del ídish al español", según refiere Jacqueline Goldberg, en medio del diálogo que sostuviese con él en torno a esta "lengua de entendimiento fraternal", y frente a la Antología de la poesía ídish contemporánea que le llevara "veinte años de trabajo y en la que están incluidos cerca de 70 poetas nacidos entre 1862 y 1935"


El ídish es la lengua afectiva de los judíos de la Europa Oriental. En ella se agitan los festines y horrores transitados por el pueblo judío desde hace un milenio. A partir de ella se bifurcan las tradiciones, la identidad, la casa, el dolor, la palabra como prolongación del cuerpo.
El ídish nace en el siglo X, a la vez que muchas otras lenguas europeas, en ciudades orilladas al curso medio del Rin. "Se forja -escribe el especialista Itzjok Niborski- en el seno de comunidades judías recientemente llegadas del norte de Italia y norte de Francia con su bagaje de hablas románticas, enriquecidas por el hebreo-arameo siempre viviente en los estudios talmúdicos y en la liturgia. De estos elementos, a los que se suman el medio-alto alemán hablado por la población circundante y -más tarde- las lenguas eslavas, surge el ídish".
Tratándose de una lengua que desarrolla su vertiente literaria homogénea en el siglo XV y que alcanza un notable apogeo y difusión un siglo antes de la Segunda Guerra Mundial -con una caudalosa producción de teatro, poesía, narrativa, periodismo, textos religiosos y folklóricos-, quienes emprenden el arduo oficio de la traducción se topan a menudo con encrucijadas que superan lo lingüístico para internarse en la polifonía espiritual, en la pasión por una lengua que representa una manera de ser judío en el mundo. Se calcula que en vísperas del Holocausto había once millones de hablantes. En la posguerra el ídish se dispersó por el mundo -fundamentalmente en Estados Unidos, Argentina e Israel- como una lengua de entendimiento fraternal y de profiláctica separación de la comunidad nacional.
Dice el Talmud -conjunto de explicaciones de la Torá, libro fundamental del judaísmo-que quien traduce literalmente es un falsificador. Y tanto es así que el poeta argentino Eliahu Toker (Buenos Aires, 1934) habla de "transustanciación poética" a la hora de explicar el proceso de traducción que lo llevó a tejer El resplandor de la palabra judía. Antología de la poesía ídish contemporánea (Ediciones Arte y Papel, Buenos Aires, 1996).
"Traducir poesía supone", señala Toker, "deshuesar cada palabra, pesar cada verbo, paladear larga, reiteradamente, con el oído y las manos, en ambos idiomas, cada verso primero, la poesía como una unidad después, hasta lograr -sin que se evaporen poeta ni poesía- que un mismo canto resulte transparente y cargado de sentido a personas de cultura diferente, que parten de experiencias distintas".
Eliahu Toker llegó al oficio de traductor de manera casual, aunque el ídish es su lengua materna y la habla con absoluta naturalidad. A finales de los años cincuenta el director del suplemento literario del diario Amanecer lo instó a hacer unas breves traducciones y ya jamás ha podido abandonar la obsesión de trasvasar la lengua de sus ancestros. "Ha sido muy placentero hacerlo, y tuvo mucha repercusión. Empecé entonces una tarea cuyo resultado ha sido esta antología que me llevó veinte años de trabajo y en la que están incluidos cerca de 70 poetas nacidos entre 1862 y 1935".
Pero el placer ha sido superado por el sentido de la responsabilidad. Y aunque Toker prefiere no vanagloriarse de ello, la crítica lo señala como el más importante traductor del ídish al español. "Al hacer la antología tuve una especie de sensación siniestra, no sé si de responsabilidad o placer. Es una sensación muy extraña, porque reunía el horror y la belleza, el placer y la angustia. No sabía dónde comenzaba una cosa y terminaba la otra".
A todos los traductores se les pregunta lo mismo: ¿hay recreación en ese oficio? Y casi todos suelen responder afirmativamente. Toker no es la excepción. "Tuve polémicas con la gente de la revista Idiomanía, con la cual colaboré. Había una persona, cuyo nombre no recuerdo, que escribió una nota denominada Las 10 reglas para traducir poesía. Le contesté que la primera regla es el poeta. No hay otra regla, aparte del sentido de la vergüenza para decirse 'esto no va, tíralo a la basura'".
Toker mismo es un sensible y reconocido poeta, por eso la traducción ha alcanzado en su propia creación límites que él prefiere no reconocer aún: "Uno está siempre 'inspirándose' en todo. Yo diría que a mí me pasa casi al revés de lo que a otros: mi relación con la poesía influyó indudablemente en el hecho de traducir y en el resultado, bueno o malo. Pero es mi concepción de lo que es poesía. Hay alguien que trabajó bastante alrededor de mi poesía, que dice que yo escribo en ídish. No me doy cuenta, creo que estoy escribiendo en castellano. Pero no tengo por qué no creerle".
Y agrega: "Al finalizar esta antología me queda la sensación de haber sido parte de una tarea colectiva; de haber dialogado con decenas y decenas de poetas -vivientes o no- a través de sus obras; de haber forcejeado con ellos palabra a palabra, golpeando y acariciando una y otra vez sus poemas con delicadeza y prepotencia, para adecuarlos a un idioma completamente diferente de aquel en el cual fueran concebidos".
El prólogo de El resplandor de la palabra judía -de Niborski- da cuenta de una evolución de la poesía ídish cuya prehistoria se sumerge en el siglo XIV, ejecutada entonces por recitadores ambulantes. Ya en el siglo XIX esta poesía toma las vertientes de la canción popular, por un lado, y de la escritura de "corte moderno" inspirada por el Iluminismo, por otro. En el siglo XX los convulsos movimientos políticos europeos -la Revolución Rusa, las Guerras Mundiales, la creación del Estado de Israel- conducen a la poesía ídish hacia muy diversos abrevaderos, en los que comienza a imperar el individualismo, la reconcentración en la temática nacional y una lírica más cercana a la producción poética universal.
Hoy en día hay numerosos narradores escribiendo en ídish y algunos poetas: "Aunque no son muchos, ni grandes, que yo sepa. En Israel, el Parlamento creó dos funciones o institutos de promoción, uno de la lengua ladina o judé, y otro, del ídish. En la comisión de promoción del ídish colocaron a un tipo, que no sé quién era, y no pasaba nada. Hace poco lo cambiaron por un tipo a quien además conozco, un ex director de un hospital argentino, enamorado del ídish. Para mi sorpresa, acaba de empezar a salir una revista literaria en Israel, Punto Medio, que es de primerísimo nivel".
Si bien escribir en ídish es una marca indeleble de judaísmo -más aún, de judaísmo ashkenazí-, cabe la pregunta de si tal condición lingüística imprime a los textos particularidades temáticas e ideológicas, de si existe una poesía que pueda llamarse judía: "Es la primera pregunta que uno se hace cuando encara una antología de este tipo. La manejo con criterio absolutamente subjetivo. No me interesa una poesía que sea judía porque habla todo el tiempo sobre los tópicos de la vida judía. Me interesa aquella que tenga una cosa más bien sutil, que hable de pronto sobre la extranjeridad, la otredad, de esa mirada que tiene, creo yo, el judío sobre el mundo de no dar las cosas por supuestas, la capacidad de discutirlo todo. En fin, ese tipo de cosas que se pueden encontrar en principio en no judíos. En esta antología incluí a una poetisa que, después, supe que no era judía: Sylvia Plath. Ella tiene una serie de poemas de los que, tras leerlos, ni dudé que fuera judía. Cuando me llamaron para decirme que ella no era judía, me fui a la Lincoln, agarré sus libros, empecé a leer su biografía, que además me fascinó. Me enteré de que ella tenía una relación horrible con el padre y se sentía la judía del padre nazi. Apareció toda una cosa del nazismo que me interesó mucho, me pareció elemental, aunque el judaísmo hubiera quedado lejos".

©Jacqueline Goldberg
Publicado en Verbigracia, El Universal, en 2001.

SAUL SOSNOWSKI: lo judío como dato adicional en la literatura latinoamericana


Judaísmo y cultura latinoamericana son una pareja de moda, al menos en los centros académicos norteamericanos. El dúo ha devenido ojo del huracán entre quienes prefieren concentrarse en las minorías y estimar las fisuras que germinan bajo los estratos dominantes. La literatura —tan desasistida bajo otras miradas— ha conseguido anclarse pródigamente en esta geografía, aportando datos de interés y, sobre todo, una perspectiva original que podría develar los nuevos rostros de la diáspora.
Saúl Sosnowski acepta gustoso la propuesta de abordar el tema, pero advierte que no se trata de hacer énfasis en una literatura «guética», pues lo judío es un dato adicional en el contexto de la literatura latinoamericana.
—¿Puede hablarse de una literatura judía latinoamericana?
— Sin duda en los últimos años se ha reconocido la existencia de un corpus creciente de una literatura producida por judíos en América Latina. Pero sus parámetros son diferenciables en la medida en que también es diferenciable una literatura que trabaja sobre otras minorías étnicas. Sin embargo, todo libro producido aún por judíos en América Latina es latinoamericano y su única diferencia con otros está en su interés por elementos judíos. Hay muchos escritores judíos en el continente que, simplemente, no tocan ese tema. Y tampoco se les puede exigir o recriminar por ello.
—¿Cuándo relacionar lo judío y lo latinoamericano?
—Sólo en la medida en que la literatura producida por judíos latinoamericanos vale la pena como tal, va a ser registrada a través de su inserción en el corpus latinoamericano general. Es decir, una obra literaria que sólo es reconocida por su identidad judía no ha entrado al circuito latinoamericano. Es ahí donde lo judío pasa a ser un dato adicional pero no necesariamente aquello que justifica la exclusión. Entonces no puede hablarse de una literatura judía, sino de una literatura latinoamericana que tiene elementos rescatados de la judería, pues tampoco es una literatura judía escrita en español. Hay un carácter cultural que confluye sobre esta literatura, eso puede verse en términos de contextos por literaturas nacionales.
—¿Una literatura sin fronteras culturales?
—Lo que no interesa es la literatura guética, aquella que está hecha para el consumo exclusivo de la comunidad o que habla muy ceñídamente en términos comunitarios. A quienes trabajamos en el estudio de la literatura lo que nos interesa es una escritura que se integra al corpus latinoamericano o a sus variantes nacionales, no necesariamente una literatura que sólo habla de varias cuadras a la redonda.
—Algunas vertientes pretenden decir que toda literatura escrita por un judío es ya literatura judía.
—Eso es discutible, pues una literatura que no tenga ningún tipo de referencia a contextos, elementos o motivos provenientes del judaísmo no puede ser una literatura judía latinoamericana. No creo que pueda hablarse de una literatura cristiana-latinoamericana. Es absurdo ese tipo de alianzas. Lo que si puede identificarse es la literatura escrita en los diversos países de América Latina por judíos nacidos en esos países que utilizan motivos tradicionales judíos, sea el uso de algunas palabras en hebreo o yidish, o lo que está relacionado directamente con una discusión de intereses minoritarios, comunitarios.
—¿Qué elementos podría establecer marcas «judías»?
—La marca del exilio ha llevado a algunos escritores a recuperar la marca de una historia judía. Hay cuestionamientos de identidad en el momento en que la identidad de esa misma persona es cuestionada por otros, es decir, ser judío o miembro de una minoría no es necesariamente sentirse como tal sino ser señalado por otros como tal. Muchos de ellos que se creían perfectamente integrados por ser legítimamente miembros de una nación, de pronto se dan cuenta que son ciudadanos de segunda. Al tomar conciencia de esa diferencia algunos de ellos han recuperado ese tema para elaborarlo un poco más. Pero también hay elementos dominantes que aparecen en la literatura de muchos judíos latinoamericanos y que tienen que ver con solidaridad, derechos humanos, respeto por la diferencia.
—¿Es una moda estudiar la literatura de judíos en el continente?
—Sin duda la moda nos ha afectado, pero al mismo tiempo está el hecho de que hay una conciencia clara de que la literatura no puede trabajar solamente sobre la producción de sectores dominantes. También puede trabajarse sorbe las fisuras y los márgenes, que es donde se instalan las minorías. El concepto de minoría está liado con relaciones de poder y la comunidad judía, al menos en Estados Unidos, no es vista como carente de poder. Sin embargo, la literatura tiene que ver con esos elementos cuando la leemos desde una perspectiva crítica. No soy partícipe de la lectura de textos literarios que prescindan del contexto en el cual han sido producidos.
—¿Hay elementos institucionales en esa supuesta moda?
—Se ha dado la confluencia de un corpus ya masivo, el reconocimiento de una veta diferenciada dentro de la literatura y el hecho de que se ha reconocido como algo que merece un estudio aparte. Eso lleva a que se publique más sobre ello. Y existen, como cosa fundamental el incentivo de la Asociación de Escritores Judíos de Habla Hispana y Portuguesa y del Latin American Jewish Studies Association, que tiene más de 300 miembros y se reúne cada 18 meses en los Estados Unidos.
—¿Hay nombres representativos?
—El continente está lleno de sur a norte de escritores judíos de magnífica calidad que muestran, consciente o inconscientemente esa presencia del judaísmo. Aquí mismo, en Venezuela, hay nombres de excepción, Isaac Chocrón, Alicia Segal, Elisa Lerner y de seguro tantos otros que no conozco.

Retazos vitales
Saúl Sosnowski nació en Buenos Aires en 1945. A los 18 el azar lo sorprendió cuando un señor que enseñaba yidish pasó por su ciudad y le dijo que en Estados Unidos había plazas vacantes para profesores. Sin temor al riesgo partió hacia el norte y todavía no ha vuelto. En Argentina e Israel había cursado estudios que lo facultaban para dar clases en escuelas hebreas primarias y secundarias, además del bachillerato, con especialidad en física y matemática. En Estados Unidos estudió historia y literatura e hizo cursos de cultura latinoamericana. Luego de doctorarse en la Universidad de Virginia llegó a la de Maryland en 1970: allí fundó el Centro de Estudios Latinoamericanos y la revista literaria Hispamérica. Ha publicado, entre otros títulos: La Cábala, la búsqueda del verbo; La orilla inminente, escritores judíos argentinos; y Lectura Crítica de la Literatura Latinoamericana, editado en Venezuela por la Biblioteca Ayacucho.


©Jacqueline Goldberg
Publicado en Nuevo Mundo Israelita en 1999.

ILAN STAVANS: escritor diaspórico


El escritor mexicano Ilan Stavans pasó por Caracas en volandas para presentar su último libro, La condición hispánica, sobre el splanglish en los Estados Unidos, país donde reside desde hace varios años. En una entrevista especial para Nuevo Mundo Israelita se detuvo en los filones de la diáspora latinoamericana, tejiendo su percepción crítica desde los parajes de la autobiografía


Dos días en Caracas bastaron a Ilan Stavans para ofrecer un puñado de entrevistas, almorzar con los amigos —que no son pocos por estos lares— y presentar su más reciente trabajo en el marco de la Feria del Libro.
El escritor nacido en México en 1961 es autor de una prolífica obra que incluye en español La pianista manca y otras historias y La condición Hispánica. Asimismo, en inglés pueden leerse Art and Anger: Essays on Politics and Imagination; Tropical Synagogues: Short Stories by Jewish Latin American Writers; The Hispanic Condition: Reflections on Culture and Identity in America, The Oxford Book of Latin American Essays.
Stavans obtuvo en 1992 el Premio Latino de Literatura, en 1994 fue nominado para el National Book Critics Award for Excellence in Reviewing, y en 1998 la beca Guggenheim. Actualmente es profesor del departamento de español de Amherst College en Massachusetts y editor de la prestigiosa serie Jewish Latin American de la Universidad de Nuevo México, enfocada hacia la traducción y promoción de escritores latinoamericanos judíos en los Estados Unidos.
Stavans, hijo de un actor del teatro yiddish y de telenovelas, comenzó a escribir en la adolescencia, cuando la vena artística del hogar lo estimulaba a expresarse más allá de las palabras cotidianas. Sus abuelos paternos y maternos, provenientes de Polonia y Ucrania, formaron parte de esa primera oleada migratoria que conformó a partir de los años 30 la comunidad ashkenazí mexicana. El destino lo llevó hace una década ya al país del norte, desde donde ha podido mirar con otra sensibilidad el gran laboratorio de metáforas que para él constituye América Latina.

—¿Es posible ser judío y mexicano a la vez?

—Nací en México por accidente. Estoy muy agradecido con mi país natal por haberle abierto las puertas a mis ancestros cuando huían de Europa, pero muchos de ellos sólo soñaban con asentarse en los Estados Unidos y terminaron quedándose en el país azteca porque les fue muy bien. México es un país increíblemente generoso, su gente es de corazón abierto y ha hecho sentir a los inmigrantes judíos como en su casa. Sin embargo, uno nunca termina de sentirse mexicano del todo. Esa dialéctica genera una sensación de ser y no ser. Crecí sintiéndome como una especie de huésped que rentó una casa que nunca llegaría a ser propia.
—¿Es un callejón sin salida?
—En mi caso eso se ha resuelto con mi emigración a los Estados Unidos, que ha creado una especie de triángulo, donde la tensión que había entre ser judío y mexicano quedó perfectamente balanceada por la presencia de una tercera identidad. Ahora no me siento forzado a decidir, a presentarme bajo ninguna nacionalidad. Siento que las tres identidades se ayudan.
—¿Porqué se fue de México?
—No me canso de decir que la razón de mi emigración fue el que yo quería ser un escritor judío y allá encontraba dos obstáculos. Por un lado, en México no hay todavía un lectorado interesado en el tema, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, donde el libro entra en el mercado automáticamente puesto que el tema interesa. Por otra parte, la comunidad judía mexicana no está dispuesta a la crítica. Cuando escribí mi libro La pianista manca, fue bien recibido, pero por ser una novela crítica sobre la comunidad no circuló adecuadamente.
—¿Cómo desenredar el asunto?
—La sensación de asfixia me llevó a pensar que quizá en Israel encontraría un balance y por una época me fui para allá. Amo a Israel pero nunca he sido sionista y no me sentí bien. Soy un judío diaspórico por excelencia, me siento bien entre una mayoría que no es judía. Pero no en un sitio donde la minoría judía se aísla y vive en un gueto.
—¿Ha trabajado en ello?
—Es un tema sobre el que he estado reflexionando y escribiendo últimamente. Escribí un libro que está a punto de salir en el que abordo el tema a través de varios textos. Uno de ellos es sobre mi abuela, que vino de Europa del este en la década de los 20. La tomo como excusa para hablar del proceso de emigración y asimilación en Ciudad de México, así como de la fundación de instituciones de infraestructura de la comunidad. Luego, hay otro capitulo sobre la relación de mi abuela con mi padre y esto como excusa para ver qué pasó con la segunda generación dentro de la cultura askenazi, pero siempre con un tono de ambigüedad entre lo mexicano y lo judío. Finalmente, los últimos capítulos son sobre la tercera generación y cómo cada quien busca su propia trayectoria.
—¿Se puede realmente ser un judío latinoamericano?
—Me siento más judío latinoamericano desde que vivo fuera de América Latina. Se puede más bien ser un intelectual judío latinoamericano, pero para ello hay que vivir al margen de la comunidad. Para ser escritor tienes que estar de alguna manera descontento. Eso no significa vivir en la miseria emocional. Pero si estuvieras contento no tendrías porque escribir. La escritura es un intento de arreglar el mundo, explicarlo y mejorarlo. En el contexto de los escritores judíos en cualquier parte del mundo, eso se da a partir de la tensión entre dos culturas que chocan: la rusa y la judía en el caso de Isaac Babel, la checa y la judía en Franz Kafka. En ese sentido los judíos latinoamericanos no somos una excepción.
—¿Funciona la autocrítica?
—Son pocas las comunidades judías urbanas que aceptan la autocrítica, pues por su propio metabolismo necesitan cerrarse para sobrevivir y ese es un mecanismo fundamental que nos hace estar donde estamos. Pero al mismo tiempo ese mecanismo aborta a ciertos elementos que cuando jóvenes son vistos como peligrosos porque critican, pero que en última instancia lo que necesita es simplemente quejarse.
—¿Para quien escribe un judío?
—Si se escribe una novela crítica sobre la comunidad ella misma no va a querer leerla y si se escribe para afuera se resulta un hereje. La población nacional quizá se interese si la novela tiene ciertos elementos laicos o locales. Pero la comunidad judía hará lo posible para que ese libro no llegue muy lejos. Hay casos en Argentina y Brasil donde se han publicado novelas muy duras y la familia o la comunidad han comprado la edición completa para que no se distribuya, convirtiéndola inmediatamente en una especie de best seller, pero sin lectores.
—¿Desde cuándo hay conciencia de literatura judía en Estados Unidos?
—Los libros judíos se distribuyen y leen muy bien en Estados Unidos desde 1950. Saul Bellow escribe una novela y la lee todo el mundo y no por ser precisamente un precursor. Antes de él estaban muchos otros que escribieron a finales del siglo pasado y en los años 20, cuando la transición del yiddish al inglés, momento en que la literatura no es ya intraétnica sino que cruza fronteras y es leída por una gran población.
—¿Y quién lee a los escritores judíos latinoamericanos?
—En el contexto norteamericano tienen un gran público y en ello ocurre un fenómeno muy particular. Los judíos latinoamericanos escribimos novelas o cuentos en español desde 1910, cuando se publica en Argentina el primer texto judío oficialmente reconocido, Los gauchos Judíos. Antes de él y después han existido textos en yidish que, sobre todo en Cuba, Brasil, Argentina y México, tratan de fungir como una especie de espejo del proceso de asimilación. Pero el libro de Los gauchos judíos inaugura la tradición que yo llamo cervantina, que es la de considerar al español como el idioma de comunicación y vehículo para narrar las aventuras de los judíos en el continente. Cervantes no es un accidente pues Berchurov era un amante del escritor español y quería cambiar del yiddish de Sholem Alejem al español de Cervantes para emular al Quijote. Aunque a mi gusto el Quijote no está tan bien escrito, pero eso es otra cosa…
—¿Ser judío es una ventaja?
—Claro que sí. Esa ambigüedad del escritor judío es materia prima para su trabajo. Sin ella no habrían escrito Kafka o Babel. El que vivamos consumidos por preguntas como quién soy, cuál es mi identidad, terminan forzándonos a tratar de escribir un libro que solucione o responda a esas preguntas. Esa ambigüedad es por tanto lo que define la Serie que dirijo en la Universidad de Nuevo México. El hecho de que Moacyr Scliar en Brasil describa lo que es ser brasileño y judío a través de personajes inventados, de alguna manera le sirve al argentino para verse reflejado.
—¿Porqué una colección en inglés?
—El inglés es hoy como el yiddish en el siglo XIX, una lengua franca. Es casi como traducir a los escritores judíos a una lengua judía que nos permite una comunicación mundial mucho más directa que en hebreo o en español.
—¿De que manera contribuye la serie que dirige?
—Por razones políticas e intelectuales, muchos de los escritores judíos no viven en América Latina sino en Israel o Estados Unidos. La idea de la Serie es crear una especie de isla artificial con un función doble. Por una parte, introducir en los Estados Unidos una literatura nueva, pues ese país está muy interesado en la cultura judía en general y sobre todo en disposición de ir más allá de las fronteras nacionales, interesándose en lo que ocurre con los judíos en distintos lugares del mundo. Por otro lado y he ahí la contradicción, la Serie trata de crear una tradición que no existe debido a que ni siquiera existe una tradición continental con la literatura en general. La serie no busca presentar a los autores como entidades locales sino continentales, sin proponer influencias. La idea es mostrar que, aún comunidades aisladas por razones históricas distintas, han producido textos muy interesantes. El norteamericano tiene el privilegio de leer estas obras en un tiempo en el que ni siquiera los latinoamericanos conocen lo que ocurre un otros países. Mi sueño es que la Serie tenga mucho éxito y que en Argentina, por ejemplo, se puedan publicar luego las novelas de los mexicanos, venezolanos, cubanos; que en el continente podamos leernos los unos a los otros en la lengua original.
—¿Es la literatura judía una rareza en los terrenos multiétnicos estadounidenses?
—El público norteamericano quiere leer literatura latinoamericana no porque sea algo exótico, sino porque existe y quieren profundizar en su conocimiento. En Estados Unidos se lee con una visión literaria pero también antropológica. Y estas novelas, hay que reconocerlo, son producto de una necesidad antropológica de explicar quiénes somos. No hemos llegado en nuestra tradición a producir novelas donde la antropología quede atrás. No ha habido una figura catártica que revalúe la tradición y la lleve un paso más allá.
—¿Hay madera para ello?
—Las comunidades judías de América Latina conforman el cuarto centro de población más importante del mundo judío. Hay más judíos aquí que Europa, África y Australia. Y sin embargo, sabemos tan poco de nosotros. Han pasado ya los años suficientes para dejar saber a otros quiénes somos y qué hemos hecho, así como para darnos el lujo de montar una infraestructura editorial. Entre los judíos latinos hay una creatividad fabulosa y se pueden escribir grandes obras.
—¿Porqué impulsar esa literatura desde tan lejos?
—Gabriel García Márquez decía en alguna ocasión que para tener éxito en América Latina alguien tenía que reconocerte en Estados Unidos y si un libro está en traducción tus colegas de Bogotá te leen en el original. Creo que hay algo de eso, un sentimiento de inferioridad que nos dice que si nos leen en el norte hemos llegado.

©Jacqueline Goldberg
Publicado en Nuevo Mundo Israelita en 2000.

SYLVIA PRESSNER: la escritura como salvación


Titulado originalmente en alemán Über den Bug y traducido al español por Atanasio Alegre, la crónica vital de Sylvia Pressner entre 1942 y 1944 resulta una revelación más allá de la literatura. La autora asume no tener afanes esteticistas, pero sí un gran dominio de la concisión y contención de la lengua germana, en la cual prefiere escribir a pesar de que habla idish, español, ruso y rumano. Su libro recientemente editado, De una a otra ribera del río Bug, es un desolador autorretrato, una mirada desnuda y valiente sobre los campos de concentración nazi y, sobre todo, un tributo a la sobrevivencia como oficio


La memoria sigue respirando con dificultad en el cuerpo de quienes consiguieron escapar de los campos de concentración nazi. Más aun, la sobrevivencia se les hizo un oficio, una condición que apellida cada una de las horas que se han desgranado desde la cruel primavera de 1945.
Los sobrevivientes de la Shoá recuerdan y lloran; hablan y lloran; explican y lloran. El dolor se les atraviesa en la garganta con un cuchillazo inmisericorde que revive a menudo todo el horror sufrido, el miedo, el hambre, la impotencia, el frío. Y arrojar tinta sobre ese pasado ha de ser aun más devastador. La escritura tiene la desgraciada virtud de hurgar en el alma y desollar sin escrúpulos los recuerdos, hacer sangrar de nuevo las heridas.
Quienes han optado por la escritura como testimonio de sus cautiverios en campos de concentración, saben de lo que hablo. Y quienes como desprevenidos lectores nos sumergimos en esos textos, no conseguimos entender con exactitud cómo se hallan fuerzas para huir de la muerte, cómo se jadea entre las garras del odio, cómo la realidad es capaz de superar la ficción.
"Puedo jurar por lo que tengo más santo en mis recuerdos que sobrevivir significaba para mí demostrar al mundo lo que hizo el nazismo", explica Sylvia Pressner. "Cuando escapé del campo de concentración en 1944 sabía que si alguien se salvaba iba a ser un testigo muy importante. Para los que sobrevivieron, la lucha ha sido tremenda toda la vida. Quedamos marcados, es como una sombra de la que no podemos desprendernos. Ser sobreviviente es tener algo que te da una palmadita recordándote, si es que te has olvidado, que estás vivo".

Sylvia Pressner, oriunda de Cernauti –capital de la provincia de Bucovina, parte del Imperio de los Habsburgo y luego de Rumania– escribió De una a otra ribera del río Bug en 1962, dos años después de haber llegado a Venezuela. Sin embargo, debieron transcurrir cuatro décadas para que decidiera dar a conocer los aciagos días que vivió entre 1942 y 1944, con apenas 17 años, junto con su esposo, su suegra y su cuñada en tres campos de concentración de Ucrania (Teplik, Krasnopolika e Ivangorod). "Hoy me pregunto cómo terminé de escribirlo, sufrí tanto, rebajé mucho de peso haciéndolo", recuerda. "Vertí tanto de mi amargura, de mi dolor. Lo escribí en un mes. Me sentaba y escribía y escribía, en cualquier momento del día, entre las faenas de la casa. Escribía como tratando de sacar algo de mí, para que a lo mejor después me sintiera mejor. No sé si me sentí mejor, pero tenía la satisfacción de que estaba escrito, de que ya nadie podía quitarme esa historia. Cuando mis nietos crecieron aumentó mi interés por dejar el libro en español. Yo lo escribí para mí, pero quería que quedara un testimonio".
El libro —pequeña joya de la literatura testimonial de la Diáspora— fue redactado en alemán y traducido al español por el filósofo y escritor Atanasio Alegre. "Nunca antes encontré una persona que hablara un buen alemán y español. Una vez me hicieron una traducción, pero salió muy mala y la dejé. Luego pedí otra traducción a alguien cuyos padres eran de Chernowitz y, como se sentía tan involucrada, nunca pudo concluirla. El año pasado le comenté a mi cuñada, Klara Ostfeld, que me gustaría de nuevo intentar una traducción. Ella a su vez le consultó a Gustavo Arnstein y él recomendó a Atanasio Alegre. Yo lo llamé aun sabiendo que es un hombre que no se ocupa de cualquier cosa. Un día vino a mi casa, se llevó el manuscrito, lo leyó y me dijo que él haría la traducción. Alegre me dio tanto ánimo, insistió en que publicara el libro, dijo que valía la pena porque hay gente que nunca ha leído un relato sobre campos de concentración".
Alegre, por su parte, acota en el Preámbulo del libro: "El manuscrito, escrito con una caligrafía elegante y armónica, apiñado en páginas compactas, no sólo me captó inmediatamente, sino que me conmovió".
A diferencia de muchas víctimas de Holocausto, que repudiaron para siempre la lengua del verdugo, Pressner se siente cómoda entre los adustos vocablos del alemán y ha sido capaz de tejer una filigrana de alto contenido poético, con descripciones minuciosas y párrafos de perturbadora emotividad. "El alemán es la lengua que mejor domino, no lo puedo remediar. Nunca la asocié a los alemanes. Mi padre tenía una gran admiración por la puntualidad, la eficacia, la honestidad del alemán. Claro, jamás se imaginó que pudieran llegar esos tiempos antisemitas. Con la llegada de Hitler mi padre perdió todo. Sin embargo, a él no le gustaban los rumanos. Eran como un padre adoptivo que nunca aceptó. Yo tengo un resentimiento, un odio feroz por lo que nos pasó, pero nunca dejé de hablar y escribir el alemán".

De una a otra ribera del río Bug se adentra en los sótanos de una experiencia trágica e insuperable: "Nos montaron en unos vagones utilizados por el transporte de ganado. Debido al agotamiento, éramos un grupo de gente convertido en seres apáticos, incapaces de elevar una protesta, ni atrevernos siquiera a formular pregunta alguna. Sin oponer la más mínima resistencia cumplimos la orden de abordar los vagones".
La asignación de un número de identificación marcó el inicio de la pesadilla: "Ya no volveríamos a utilizar nuestros nombres. A eso nos redujeron. Nuestros nombres quedaron borrados para el mundo desde el momento en que fuimos entregados a los alemanes para abordar el nuevo transporte. Ignorábamos que, a partir de ese día, habíamos sido condenados a muerte, aunque la ejecución de momento hubiera sido aplazada".
Largas caminatas, extenuativas jornadas de trabajo, hambre, frío y hacinamiento ensombrecieron los dos años de cautiverio que Pressner relata. "Dicen que Dios no le da a uno lo que no puede soportar. A veces pienso cómo pude yo estar acostada sabiendo que a mi lado estaban muertas mi suegra y mi cuñada. Pasamos toda la noche con ellas. Y no me volví loca. Todas las mañanas se abrían las puertas de la barraca para sacar a los muertos".
Escribe la autora: "El hielo nos quemaba en el rostro como si se tratara de finas agujas bien aguzadas, no teníamos fuerza en las manos para sostener la pala, pero el vigor de la voluntad para mantenernos con vida nos dominaba y el recuerdo de las últimas semanas en las instalaciones del campo nos otorgaba la fuerza necesaria para responder a las exigencias inhumanas con las que debíamos cumplir (…) Mientras mayores eran nuestro sufrimiento y las carencias que nos aquejaban, tanto más profundo era el deseo de sobrevivir".
"¿Estábamos, realmente, abandonados, tanto por los hombres como por Dios? ¿Ha cambiado acaso el mundo, son los hombres los mismos? ¿Ha perdido vigencia aquello de ama a tu prójimo? ¿Cómo podríamos ahogar el último grito, cuál sería la visión de la muerte que marcaría nuestros labios? ¿Cómo mantenerse con valentía cuando el miedo atenazara nuestra garganta y sofocara en ella nuestra voz?", se pregunta Pressner en su obra, sin que respuesta alguna acuda aún en su socorro.

Cinco mil personas fueron deportadas el 28 de junio de 1942 de Cernauti y, al concluir la Segunda Guerra Mundial, sólo regresaron veinte, entre ellas Sylvia Pressner y su esposo, que echaron a correr cuando presintieron que los esbirros de la SS los fusilarían. "En nuestros corazones no quedará espacio, fuera del dolor, más que para un odio exacerbado", escribe. "El miedo a la muerte que me había dominado durante tantos meses, había disminuido, ya nada podía aterrarme, mi alma había atravesado por el infierno, aunque mi cuerpo todavía se encontraba sobre la tierra. (…) En los años siguientes, cuando mi pequeña familia volvió a hallar contenido y dicha nuevamente, el tiempo se encargó de ir dejando caer un velo tras otro sobre el pasado pero bajo la costra de los años siempre permaneció la tristeza. No fue posible el olvido. Un trozo de mi ser ha regresado siempre a aquella aldea ucraniana a la búsqueda siempre, alterada por los trágicos acontecimientos de aquellos tiempos".
Pressner confiesa que son ya incontables las noches en las que el dolor y el llanto la han despertado. Sin embargo, a sus 77 años muestra una extraordinaria vitalidad que sazona con gracia, optimismo, humor y belleza física y espiritual. "Soy una eterna enamorada de ser judía. Nunca, ni en el peor momento, he negado que soy judía. En el campo vi a judíos que se convirtieron al catolicismo y, ¿sabe lo que pasó? Esos murieron primero. Sigo creyendo en Dios porque no quiero creer otra cosa. Tuve muchos momentos de duda. De todas maneras, soy una mujer con un espíritu muy fuerte, tengo que admitirlo. He pasado por muchas, muchas cosas en mi vida, pero siempre es sido una luchadora. Aun en los peores momentos he querido sobrevivir".


©Jacqueline Goldberg
Publicado en Verbigracia, El Universal, en 2002.

KLARA OSTFELD: la inconformidad de existir


Un nuevo libro se suma a la crecedera bibliografía de Klara Ostfeld, Existencia y temporalidad en Samuel Becket, que será presentado este miércoles 5 de mayo a las 7 pm en la Librería Alejandría II del Centro Comercial Paseo Las Mercedes. Lectora puntual y atenta, Ostfeld deletrea en este sensible ensayo las claves de la vasta obra del poeta, dramaturgo, ensayista y narrador Samuel Beckett, cuya concepción del tiempo bien podríamos denominar beckettiano: pleno de sinuosidades poéticas, conciente hasta la saciedad de los más urgentes riscos humanos


Una obsesión recorre sin atajos toda la obra de Klara Ostfeld: el tema del tiempo. Heredera de las rotundas dubitaciones de la cultura occidental, la autora ha hecho suya una metafísica temporalista para explicar el enmarañamiento de la existencia propia y ajena. Ya en su primer libro, Luz y sombra de mi vida (1986), el tiempo pasado actuaba como refugio en la huida de un presente lacerado por la temprana muerte del hijo. Luego publicó el conjunto de relatos La mujer del espejo (2002), en el que el tiempo resurge como trecho que interpreta las muchas mujeres que pueblan el imaginario de la escritora. En su próximo libro, Alejo Carpentier en busca del tiempo real (2003), la materia temporal se afianza en la búsqueda de identidad. Incluso en sus dos célebres obras de culinaria, La cocina de Klara y La repostería de Klara, subyace la idea de hacer trascender los sabores de la memoria.
Ahora sale de imprenta con resuelto vigor Existencia y temporalidad en Samuel Beckett, un ensayo de largo aliento que, recostado de la concepción filosófica de Henry Bergson, circunda el proceso escritural del irlandés Samuel Beckett a través de cinco obras fundamentales: Malone muere, Esperando a Godot, La última cinta de Krapp, Días felices e Imaginación muerte imagina. El tiempo es en este corpus entendido bajo tres premisas intuitivas fundamentales: “la conciencia de la duración interior del individuo, que viene a ser el tiempo subjetivo; el tiempo medible y externo que rodea al individuo, que es el tiempo objetivo; y la indivisibilidad del pasado y futuro que el presente no logra dividir, que viene a ser el instante del devenir en oposición con el être (estar)”.
El tiempo que interesa a Ostfeld —el subjetivo que transcurre siempre a expensas del objetivo— tiene una doble genealogía que emana por igual de su trazado biográfico que de la literatura : “La preocupación de Beckett por el tiempo coincide con mi propia preocupación. Mi afinidad con él se centra en la brevedad del ser, en el absurdo de nacer para morir. Cuando se descubrió que mi hijo padecía un melanoma, yo sabía que en cualquier momento podría acercarse el final. Percibí entonces el tiempo como enemigo del ser humano. Más tarde, cuando escribí mi autobiografía, Luz y sombra de mi vida, me encontraba ya de luto por ese hijo. Traté de sobrevivir escapando del presente. Para ello me adentré en el pasado: empecé a escribir sobre el pasado para olvidar el presente. Era como huir. Y a medida que la narración avanzaba en el tiempo cronológico me vi obligada a llegar al presente. Al final del libro tuve que describir lo mas doloroso. De ahí que entendiera que no puede escapar del presente sino enfrentarse con él. La escritura de ese libro me permitió elaborar el duelo y reflexionar sobre el tiempo”.
En La mujer del espejo coinciden sin ademanes de falsedad pasado y presente, biografía y ficción, por lo que no se dudaría en incluir estos relatos en lo que se ha llamado literatura sin ficción. Ostfeld cuenta que, estando en un avión, fue al baño y lavándose las manos se miró al espejo: “En ese instante tomé conciencia de que esa mujer que estaba viendo no era la que yo conocía, no era la imagen que tenía de mí. Vi a otra, no la que yo esperaba ver. Soy de esa gente que se mira al espejo y no se ve. Entonces tomé la decisión de escribir los cuentos, que comienzan siempre en el presente y van entretejiendo experiencias del pasado”.

Todos los caminos, todo Beckett

Klara Ostfeld leyó por primera vez una obra de Beckett de mano de la cátedra de Literatura Inglesa de la licenciatura en Idiomas que cursó en la Universidad Metropolitana —luego haría una maestría en Literatura de la Universidad Simón Bolívar—. Se trató de Días felices, una obra paradójica que da cuenta de la lucha de Winnie —una mujer de entre cuarenta y cincuenta años— por trascender su limitada existencia. Las pautas dramáticas para el montaje de esta pieza son de una sobrecogedora intensidad. La protagonista aparece enterrada hasta la cintura y a medida que toma conciencia del transcurrir del tiempo y de su carácter efímero —una vez más en Beckett el tiempo es enemigo de la temporalidad del individuo, señala Ostfeld— se va sumergiendo en la tierra, simbolizando el retorno a la esencia, a la semilla: “En el primer acto dispone de sus brazos para hacer el inventario de sus pertenencias terrenales, guardadas todas ellas en su bolso de mano, que contiene un espejo, un lápiz labial, una pasta dentrífica y su cepillo, un frasco de pastillas y sus anteojos. En el segundo acto, Winnie, ya casi tragada totalmente por la tierra, que le llega por encima de los hombros y priva el movimiento de sus brazos, mantiene en acción lo único disponible: su mente. Winnie recuerda el pasado creando, con su habilidad intelectual, una fantasía más llevadera que su realidad”.
Klara Ostfeld confiesa haberse conectado con la esencia de Winnie desde la primera lectura. Hoy lo sigue haciendo: “Me identifiqué con Winnie sin saber lo que me esperaba a los setenta años. Ella tiene una pistola, podría matarse, pero no lo hace. Mientras la tierra la cubre ella recuerda, su mente trabaja y por lo tanto tiene esperanzas. Me conmueve cómo el ser humano, a medida que avanza en el tiempo, se va uniendo a la tierra y lo que prevalece es el recuerdo. Winnie, a pesar de su estado, agradece cada día y el disfrutar otro día feliz. De alguna manera —no sé si es una forma de huir de la realidad— cuando yo perdí a mi hijo, quedé desolada, pero después aprendí a decir gracias por los 29 años que lo tuve cerca”.
Las otras piezas que la autora analiza en Existencia y temporalidad en Samuel Beckett son una muestra de cómo la percepción del tiempo sufrió rotundas transformaciones en el proceso creativo del escritor irlandés.
En la Trilogía de Beckett (Malloy, Malone muere y El innombrable) Ostfeld observa un “tiempo espacio” y un “tiempo duración”: el primero es el tiempo cronológico, un tiempo externo que viene a ser el tiempo objetivo; el segundo corresponde a un tiempo personal e íntimo, subjetivo. La autora pone especial atención en Malone muere, texto en el que el protagonista está confinado a un cuarto grisáceo, “sin otra compañía que su mente creadora, que se nutre mediante la memoria voluntaria e involuntaria de sus lejanos recuerdos. Yo fui testigo del deterioro físico de mi madre, que murió a los 98 años y vivió siempre con nosotros. Y supe, como Beckett, que había que apegarse a la vida con algo que lo comprometa a uno a vivir. Para mí ese compromiso es la escritura”.
En Esperando a Godot el análisis crítico indaga en lo paradójico de la ignorancia del tiempo y de los personajes que discurren en un tiempo infinito. “El autor muestra la actitud antagónica de sus protagonistas ante el tiempo cronológico. En esa obra el vagabundo Vladimir se pregunta ‘Ya que somos felices, ¿qué haremos ahora?’, y él mismo contesta ‘seguir esperando’. Cada persona espera algo que quizá no llegue y que es su Godot. Yo espero que vivamos en un mundo de paz, donde nuestros hijos y nietos puedan desarrollarse, y que jamás se repita lo que vivimos y sobrevivimos en la Shoá”.
Ante La última cinta de Krapp la autora observa cómo Beckett “divide físicamente el pasado del presente, y de esta manera la obra viene a ser una parodia de su libro sobre Proust. La protagonista tiene la esperanza de que el pasado aislado quedará borrado de su memoria, dejando el camino despejado para poder expresar su fuego creador literario”.
Al profundizar en Beckett, Ostfeld ha tomado para sí la premisa de que uno no puede deshacerse del pasado, pues ese pasado influye drásticamente en el presente. “Estuve en el campo de concentración poco menos de tres años, pero ese tiempo me marcó para toda la vida. Ese tiempo es un tiempo subjetivo. Quizá los otros tantos años que he vivido libre no los he sentido tanto como esos tres años de encierro y sufrimiento. El tiempo objetivo no podemos cambiarlo: nacemos en cierta fecha y en cierta fecha vamos a desaparecer. Lo que de nosotros depende es el tiempo subjetivo, en el que podemos vivir más intensamente, en el que podemos hacer las cosas significativas. El tiempo subjetivo es el que cuenta. El pasado no puede ser tachado, existe. El pasado sirve como punto de comparación para aceptar más el presente”.

El tiempo a sus anchas
Las obras de Becket han traído a Ostfeld respuestas puntuales a su vida: “Con Beckett he aprendido a aceptar la realidad, aprendí que el ser humano viene al mundo, vive y muere. Lo que importa es el presente, con su pasado que nos forma y deforma como seres humanos. Quienes pasamos la guerra apreciamos mucho mas el presente, sabemos valorar cada día que vivimos en libertad, en paz”.
Este entramado de vida y obra bien lo anuncia Atanasio Alegre en el prólogo: “Klara Ostfeld ha internalizado la obra de Beckett a partir de un principio fundamental sobre el que se sustenta la hermenéutica contemporánea: existir es interpretar. La vida de Klara Ostfeld, tal como lo ha testificado en dos de sus obras singulares, Luz y sombra de mi vida y La mujer frente al espejo, no fue fácil. A muy corta edad conoció las situaciones límite experimentadas por quienes fueron recluidos en un campo de exterminio. Que intuyera entonces cómo discurre el flujo de la conciencia y hasta qué punto el esfuerzo de haber ganado un día más de sobrevivencia —que venía a ser uno menos en los designios del enemigo que la habían condenado al exterminio— es una experiencia que coloca al ser humanos en una relación excepcional de temporalidad frente a la existencia. Un dato, por cierto, que ya nunca dejará de estar presente en el futuro, por mas que uno crea superada la peripecia que lo produjo. Se trata, por consiguiente, de una vivencia intransferible y en cuanto tal, inolvidable”.

La escritura de la inconformidad
En la página 49 aparece un poema fechado en 1977 y que, por no estar firmado, obliga a intuir de inmediato que se trata de un texto de la propia Ostfeld. Ella lo admite curveando un poco la mirada, pero no sin dejar claro que le pareció pretencioso firmarlo, que ella no hace poesía, sino rimas. Con todo respeto, toca desde estas páginas desmentirla y dejar constancia de que se traba de un certero poema, que dialoga con la plenitud del tiempo abrazado en las páginas del libro y, sobre todo, con el poema Itaca de Cavafis, que constituye el osado y sentencioso epílogo del libro:

“La vida es
un sin-sentido
Comienza en
la nada
Y conduce
a nada
Es un absurdo
Si encuentras
sentido
en un quehacer
disfrutarás
la travesía
Te burlarás
del absurdo”



Por qué escribe es una pregunta ineludible a la que Ostfeld sale al paso con el corazón. Dice que es lo que más le gusta en la vida, que si fuera por ella dejaría todo a un lado para quedarse el día entero frente a la computadora. A veces, cuando se desvela, lo primero que hace es deslizarse hasta a la pantalla. En días de redacción de un libro puede estar hasta catorce horas sin desconcentrarse: en el ínterin atiende asuntos cotidianos y compromisos sociales, pero sale a regañadientes. “Al avanzar en edad uno quiere, conciente o inconcientemente, trascender. Uno busca dejar algo a sus hijos y nietos. Y esas cosas que yo he pensado y escrito algún día mis nietos las van a apreciar. Lo que más me gusta hacer en la vida es investigar, escribir, corregir. En momentos en que siento que debo descansar, hago una torta o un dulce, eso me relaja y vuelvo al trabajo… Las obras de Beckett producen un murmullo del hombre que no se conforma con el mero hecho de existir. Y yo no me conformo con existir, trato de dejar algo para después. Escribo porque me gusta escribir, investigo porque me gusta investigar; pero en el fondo lo que subyace es que no me conformo simplemente con haber vivido: quiero dejar una huella que indique que he pasado por este mundo”.

©Jacqueline Goldberg
Publicada en el Nuevo Mundo Israelita en 2004

THEA SEGALL: ojo en mano



Una cincuentena de años en el oficio fotográfico le otorga licencia para disparar a quemarropa sobre los rostros y paisajes de una prodigiosa trastienda visual. Venezuela se ha hecho en su mirada a punta de revelaciones, exuberancias y piel. Tras su lente está siempre la búsqueda del asombro


Unas breves líneas del renombrado antropólogo Claude Lévi-Strauss dirigidas a J.M. Cruxen en 1965 hablaban de la maestría con la que Thea Segall conseguía unir el interés etnográfico y la belleza. Aquella trasatlántica aproximación al trabajo de la fotógrafa rumano-venezolana se convertiría en una certeza que hoy continua definiendo con exactitud el carácter investigativo de sus producciones. Ya entonces Segall había sido seducida por los misteriosos perfiles de los indígenas venezolanos, por la majestuosidad de las aguas, llanuras y montes del país que la acogiera al llegar de la Moldavia natal.
El interés antropológico de Segall por las culturas indígenas criollas nada tiene que ver con esnobismos o relámpagos de exotismo tercermundistas. También en Bucarest —donde ejercía como reportera gráfica para la Agencia Internacional de Noticias AgerPress— huía de las imágenes urbanas, prefiriendo el campo. «Disparar es lo más fácil y la ciudad está llena de lugares comunes. Uno tiene que dejar algo, crear, sino no tiene sentido».
De ahí que Caracas sea una eventualidad en su amplio repertorio de libros y exposiciones, en los que surgen como personajes fundamentales los cálidos meandros del Orinoco, los peñascos del Camino de los Españoles, los temperamentales cielos orientales, el verdor de Canaima, los pescadores de Paraguaná, los misterios del tambor, la curiara y el casabe. «Nunca me emocionó Caracas, prefiero la provincia. Esta es una ciudad que aplasta con el tráfico, la mentira, la informalidad de la gente. Sin embargo no me gustaría vivir en otro lugar, no soportaría la excesiva planificación de los europeos o norteamericanos. Sería pedirle demasiado a mi desorden».

Saber ver
Una fea con ángel, dijo de Thea Segall una periodista. Y con enorme sensibilidad debe añadirse. Tras una parquedad que se pasea casi perturbadora entre gestos y palabras, la pasión sobreviene como razón irrebatible, sin que ello desdibuje la amabilidad con que se apresta a develar las intimidades de su historia y aún más, su rostro poquísimas veces fotografiado por otros.
Rubia de ojos abismalmente oceánicos, sus manos tintinean al compás de unas pulseras que monitorean sus movimientos por el estudio, un amplio apartamento aderezado por recuerdos de sus múltiples viajes e imágenes de su propio cuño. Imposible no darse cuenta que es una mujer de armas tomar. A los 17 años se inició en la fotografía -aunque pensaba ser arquitecto- gracias a la solicitud de un amigo y no mucho después pertenecía a una de las más prestigiosas agencias internacionales que relataban los vaivenes de la guerra tras la cortina de hierro. Cubrió la Revolución de 1963, anduvo por cuanto rincón merecía ser mostrado, convivió con los indígenas del Alto Ventuari, atravesó las salinas de Araya, se introdujo en inundadas minas de oro y aún hoy se monta en helicópteros sin puertas, cosa que no hacen los más machos ni los más jóvenes. «Con la cámara en la mano soy un poco inconsciente y nunca tengo miedo. Cuando uno anda detrás de la imagen no ve peligros. Además, peligros hay en cualquier parte, aún fotografiando un parque infantil. El fotógrafo siempre quiere estar en la primera línea y no en la de atrás».
De la ciudad de Moldavia recuerda poco, si acaso un columpio y el intenso sabor de unas fresas. De niña la abuela la asomó a los museos, conciertos, el esquí y los libros de arte, mientras el padre fotografiaba los instantes familiares. No duda que todo aquello se conjugó a favor de su futura vocación, pero ha sido su pasión la clave de toda búsqueda. Por eso no cree en la inspiración ni en el azar: «No sueño con ninguna foto hipotética en particular, porque yo no la invento, sino que la encuentro. La foto no viene sola. Por eso me gusta viajar mucho. El Orinoco no vino a mi, tuve que ir a buscarlo al sur. Creo que mis fotos son honestas porque no cambio la realidad»
El problema, dice Segall, es que mucha gente no sabe ver: «Miro el trabajo de los demás para darme cuenta de lo que no debo hacer. Algunos piensan que soy demasiado exigente y hasta antipática, pero es que me gustan las cosas bien hechas, no soporto la mediocridad».

Venezuela, paraíso múltiple

La tan cuestionada fidelidad a lo real ha dejado de ser un problema para Segall, cuyo trabajo se desarrolla generalmente por encargo de grandes empresas o instituciones, además de creaciones propias hechas para efecto de exposiciones. Cuando le asignan un tema, su mirada se transforma y al enfrentarse al objeto apunta hacia aquellos ángulos menos vistos. Por ello muchas de sus fotos pueden ser tildadas de abstractas e irreverentes, lo cual hace de un simple amasijo de tubos un laberinto, o de una represa una cartografía de lo insólito. «La clientela nunca encarga una cosa clara. Ellos tienen un tópico, pero no lo limitan. Por eso tengo libertad total de escoger lo que voy a hacer. Dicen que fotografío torcido y que menos mal que no fui arquitecto porque si no se hubieran caído mis edificios. Pero esa es la manera en que veo las cosas y nunca un cliente disintió de esa mirada».
Una gran parte del trabajo fotográfico de Thea Segall apunta hacia un patrimonio nacional inédito a través de fotosecuencias. Los paisajes que captura —Guayana, Araya, El Avila, Macuro— cobran especial vitalidad, insistiendo en la memoria y la nostalgia mediante atmósferas conmovedoras en ocasiones pictóricas y poéticas. Y no menos elocuente resultan sus visiones de tendidos eléctricos e industrias ferromineras del sur del país, sin duda paisajes inseparables de la sociedad finisecular.
Venezuela es el abrazo fecundo de esta creadora que no se ha conformado con padecer los embates del desarraigo. «Tengo más años en Venezuela que en otra parte», dice. «Aquí me siento venezolana, pero son los demás quienes pretenden hacerme sentir extranjera cuando les conviene. No quiero volver a Bucarest porque la recuerdo muy hermosa y no acepto que el presente me cambie esa imagen».
No hay entonces opción. Esta Tierra de Gracia es el camino y la meta, aunque algunas fotos se le hayan quedado en las ganas como una imposibilidad todavía salvable: «No me arrepiento de ninguna foto que he tomado, aunque hay algunas que no me gustan ya. Alguna vez soñé con ir a Africa, pero nunca pude. No se si tendré tiempo ya. No pienso demasiado en el momento en que deba dejar de trabajar, sólo espero tener la integridad de saber cuándo retirarme».

©Jacqueline Goldberg
Publicado en Nuevo Mundo Israelita, Caracas, enero 1999