sábado, 25 de agosto de 2007

PYNCHAS BRENER: el confesor



Pynchas Brener, polaco de nacimiento, rabino de profesión y venezolano por adopción, es una de las voces que más se escuchan en Venezuela. Amigo de los políticos, de los intelectuales y del establecimiento, es admirado tanto por Chávez como por la oposición, y no falta quien le pida que se involucre más en el gobierno. Brener, sin embargo, prefiere dedicarse a oficios más divinos como escribir columnas de opinión, publicar libros y presidir el Comité de Relaciones entre Iglesias y Sinagogas de Venezuela


LOS SÁBADOS, apenas clarea, las calles de San Bernardino, en Caracas, abandonan su vocación caribeña para dar la ilusión de un villorrio judío en la antigua Besarabia o un barrio de Jerusalén. Familias con impecables atavíos caminan rumbo a las sinagogas salpicadas en la urbanización que desde los años cuarenta se orilla al cerro El Ávila y que a tan tempranera hora muestra como nunca su semblante de gueto cosmopolita del nuevo siglo.
Algunos de los hombres que recorren cabizbajos el caprichoso trazado de la zona parecen rabinos: largas barbas, sombreros negros de ala ancha, bordes de su manto para el culto asomado bajo el gabán y la mirada extraviada en los riscos de una milenaria tradición. Y uno de ellos, de porte atlético, gafas transparentes y barba de un solo día; el que no parece un religioso y a sus 71 años tiene una cierta semejanza con Sean Connery, es el rabino principal de la Unión Israelita de Caracas, institución que congrega a la feligresía de origen ashkenazí, llegada a Venezuela de la Europa Centro-Oriental desde mediados de los años veinte y sobre todo antes y después de los desoladores avatares de la Segunda Guerra Mundial.
Pero no sólo por su poco convencional apariencia Pynchas Brener resulta una rara avis entre sus homólogos. Este globalizado rabí de origen polaco, personalidad magnética, refinado humor y particular sensibilidad, además de contar con el respeto de la colectividad a la que sirve desde hace 35 años, escribe libros sobre judaísmo, es uno de los fundadores de las cátedras de Matemática de la Universidad Simón Bolívar en Caracas —de las más prestigiosas y exigentes del país— y presidente desde 1980 del Comité de Relaciones entre Iglesias y Sinagogas Establecidas en Venezuela (Crisev). Para más señas, dirige una casa editorial; alimenta su propia página web (http://www.editorialboker.com); es articulista de opinión de El Nacional y El Universal, los diarios venezolanos de mayor circulación; acostumbra beber un sorbo de whisky después del almuerzo; hace gimnasia todas las mañanas; cuenta chistes subidos de tono y tiene una notable actuación en la vida política —subterránea y advertible— del país.
Hasta el 14 de agosto del año pasado Brener dirigió junto al periodista Eleazar Díaz Rangel la Mesa de Equilibrio Internacional, que formó parte de la Comisión Presidencial para el Diálogo, designada a dedo por el gobierno nacional para dilucidar los sangrientos sucesos del 11 de abril de 2002, cuando una enorme protesta popular fue disuelta a tiros por adeptos al gobierno y el presidente Hugo Chávez Frías temporalmente removido de su cargo.
La presencia del rabino en los intríngulis políticos del país no obedece, sin embargo, a mundanales antojos de poder. Brener es, ante todo, un lúcido intelectual que bracea por puro gusto en tercas aguas. “La política concierne y tiene sus efectos sobre cada uno de nosotros”, confiesa en una indescifrable amalgama de acentos que no empañan la sintaxis de su correctísimo español. El religioso se ha sabido deslizar, con suspicacia e inteligencia, más allá del bien y del mal, en cada uno de los gobiernos de turno. Tanto es así que antes de la supuesta transición política del país —que duró dos brevísimos días—, se le vio muy apegado a las correrías de la contrarrevolución, como los adeptos al oficialismo gustan llamar a la oposición. Cuando las protestas sociales y laborales arreciaron y los empleados de la hoy desangrada empresa Petróleos de Venezuela (Pdvsa) amenazaban con paralizar la principal industria del país —cosa que por fin hicieron entre el 2 de diciembre y mediados de febrero pasado, a lo que siguió el despido de más de 15 mil empleados—, sindicalistas, empresarios y eclesiásticos firmaron públicamente un pacto democrático de emergencia, cuyo objetivo fue convocar a la unidad de todos los sectores del país para rescatar el diálogo social y adoptar medidas para progresar en paz y democracia, todo ello en el regazo de un Gobierno sin el teniente coronel Hugo Chávez. Y ahí estaba Brener. En las transmisiones televisivas de ese masivo evento era inevitable fijarse en él, sentado en primera fila, acomodándose con patológica frecuencia su kipá o solideo negro de rigor.
Tras la fugaz ausencia de Chávez, el empresario Pedro Carmona, entonces presidente de Fedecámaras, fue convocado a asumir el poder. La mañana del 12 de abril de 2002 numerosas personalidades del variopinto panorama nacional se enfilaron hacia Miraflores —el Palacio de Gobierno— para dar su espaldarazo a quien esa noche asumiría la magistratura del país. Las lentes de los noticieros enfocaron una vez mas a Pynchas Brener. La periodista Eleonora Bruzual recuerda que el rabino veía con el entrecejo fruncido la marabunta que circulaba nerviosa por los pasillos y se preguntaba en voz baja quién juramentaría a Carmona. Y lo suyo más que presagio fue sabiduría de zorro viejo. Efectivamente Carmona se autojuramentó, desarticuló sin reservas todo el sistema democrático y con ello desmoronó la ilusión de un país sin Chávez.
También el 12 de abril, pero en la tarde, tuvo lugar el acto más sensato de toda la jornada: una misa ecuménica al aire libre por los 17 asesinados conocidos del día anterior. Allí las palabras del rabino fueron escuchadas en absoluto silencio por más de diez mil personas. Antes de la salida de la primera estrella —como indican los preceptos judíos— el rabino debió retirarse para cumplir con los deberes del shabat. Muchos aseguran que de no haber sido día sagrado, hubiera firmado esa noche el documento de proclamación de Carmona —como lo hiciera un representante de la Iglesia Católica— y quién sabe si de no haber ocurrido la inmediata y sorpresiva traición del presidente de la patronal, hasta le hubieran solicitado integrar el gobierno.
La demencia cernida sobre Venezuela en aquellos días hizo que muchos nombres se barajaran para conformar una posible junta de gobierno. Una idea —descabellada a todas luces si se recuerda que la constitución venezolana exige un presidente de estado seglar— fue que esa junta estuviera comandada por un trío providencial: el cardenal Ignacio Velazco, monseñor Baltasar Porras y el rabino Pynchas Brener. “Eso fue cuento de camino, pero en el supuesto de que me hubieran pedido ser parte del gobierno habría tenido un dilema esquizofrénico”, sentencia. “Por un lado, mi ego me hubiera dicho que quizá yo podría ser un factor de balance para evitar desmanes, basado en la experiencia que la edad me otorga, en lo que he visto, las leyes y normas morales del judaísmo, mi compromiso ineludible con Venezuela y su democracia. Por otro lado, creo que hubiera sido sumamente peligroso para la comunidad judía porque se hubiera visto involucrada en un proceso que no era del todo legítimo. De todas maneras, yo lo que soy es un rabino y, aunque tengo intereses que están más allá de mi actuación religiosa, ser rabino significa no tener vida privada, ni amigos íntimos y mucho menos participar en la política. Cualquier cosa que hago es como rabino y nunca como individuo”.

PYNCHAS BRENER —su nombre viene de Pinjás, personaje bíblico que demuestra su fidelidad a Moisés al matar a Zimrí ben Salú— nació en 1931 en Tyszowce, una aldea polaca que no aparece en los mapas. Es la octava generación de rabinos jasídicos. A los cuatro años lo llevaron a Perú, donde su padre —experto en circuncisiones y sacrificio de animales— fue contratado como rabino. “Lima era una ciudad preciosa, de reyes. Para nosotros fue un descubrimiento, en mi aldea nunca falló la luz porque no la había. Nunca antes supimos lo que era el agua potable”.
En la capital peruana, a falta de centros educativos judíos, asistió al Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe, el más grande e importante. Ya la kipá formaba parte de su atuendo cotidiano, pero se la quitaba media cuadra antes de llegar al colegio para evitar las bromas de sus compañeros y no hacer demasiado evidente que era “diferente”.
A los 16 años, para dar continuidad a la tradición religiosa familiar, fue enviado a la Yeshiva University en Nueva York, donde a la vez que recibió su ordenación rabínica (1955), obtuvo el título de profesor de hebreo (1951), un Bachellor of Arts (1951) y un Master of Arts en la Universidad de Columbia (1955). “No fue mi elección, pero consentí. Yo realmente quería ser actuario, trabajar en una compañía de seguros, pero cuando intenté conseguir un puesto de aprendiz, después de tener mi master, me encontré con que por ser judío no podía hallar trabajo”.
Brener —que se casó con la judeoalemana Henny Bernstein un año después de graduarse de rabino— ejerció durante doce años en el Holliswood Jewish Center de Nueva York. En 1962 pudo echarle un primer vistazo a Venezuela como representante del Rabbinical Council of America, organización mundial que reúne a rabinos ortodoxos, aunque ya antes, en 1955, había rechazado una invitación a Caracas para oficiar una boda y el cargo que doce años después tomaría. “Como no tenía trabajo, pensé, por qué no ir a Venezuela. Le escribí a mi padre contándole, pero él me respondió: no te puedo enviar una bofetada a través del océano, tú vas a decidir lo que quieras, pero yo en tu lugar no iría a Venezuela, porque allí hay un rabino que aparentemente es muy capaz y un poquito beligerante y hay cierta división en la comunidad, para qué vas a empezar tu carrera de rabino en un lugar donde hay dificultades, vete mejor a donde tú seas el rabino, aprende, relaciónate con la gente y cuando ya te sientas más maduro verás lo que haces. Y como yo tenía temor escénico no faltaba más que alguien me dijera que no fuera. Probablemente fue lo más acertado para mí en aquel momento”.
A principios de 1967 fue de nuevo llamado a Caracas para discutir su posible mudanza, hecho que ocurrió definitivamente en septiembre de ese mismo año. Brener llegó con la idea de permanecer tan sólo un lustro en el país, pero el destino ha hecho de Venezuela el epicentro de sus errantes pasiones. “Por haber pasado mis años formativos más importantes en Perú hablaba un buen español y tenía profundos conocimientos de la idiosincrasia de una comunidad judía latinoamericana. No había un gran mercado de rabinos de habla española. Pensé que Venezuela era un lugar donde podía tener ventajas: yo era una simbiosis entre el know-how yankee y el calorcito latinoamericano”.
“Vine a Venezuela con tres hijos, el mayor con diez años, el segundo nueve y el tercero dos, todavía estaba en pañales. La comunidad judía no sabía qué hacer conmigo, no había nadie responsable de mi bienestar, era una colectividad muy virgen, aunque estaba muy bien organizada y hasta tenía un colegio. Cuando llegué no había oficina para un rabino, pensaban que no hacía falta, que él oficiaba bodas y ya, y no necesitaba un lugar de trabajo. Había un concepto completamente diferente de cuál debería ser la función de un rabino. Las personas que conformaron la comunidad judía trajeron consigo los recuerdos que tenían de cómo se comportaba un rabino en el Viejo Continente. Siempre he pensado que no fui el promotor de muchas cosas, pero tampoco un estorbo”.

APENAS DESHIZO LAS MALETAS EN CARACAS, Brener se zambulló en un remolino político que lo ha llevado a ser una presencia ineludible en los pequeños y grandes acontecimientos del país y un rostro discernible en no pocas páginas sociales. En un principio lo suyo fueron las relaciones interreligiosas: pensaba que la comunidad judía, por ser una minoría, debía conocer a los líderes de otros credos y estrechar vínculos más allá de lo teológico para hallar alianzas estratégicas. El primero de enero de 1970 fue invitado por la Comisión de Justicia y Paz de la Iglesia Católica en Venezuela a participar en una misa por la paz en la Catedral de Caracas. “La verdad es que no sabía qué hacer, un rabino no debe ir a una iglesia. Pero pensé que si no iba era como si le dijera no a la paz. Más importante era decir estoy con la paz que decir yo no piso una recinto católico. Después de ese culto el secretario general de la Comisión, Carlos Acevedo Mendoza, convocó a representantes de diferentes credos religiosos a una reunión, porque quedó sorprendido con la respuesta positiva que habíamos tenido. Y desde aquel momento empezamos a reunirnos como una comisión interreligiosa y después de seis meses, por sugerencia de varios de nosotros, decidimos conformarnos en una institución aparte de la iglesia y se creó el Crisev, del cual hoy soy presidente”.
Tras aquel primerizo y tímido vínculo con el poder religioso, Brener iniciaría un irrefrenable repertorio de contactos con las altas cúpulas. No deja de ser irónico que dirigentes de COPEI, el casi extinto Partido Social Cristiano, pasen por su despacho solicitándole consejo espiritual y personal, al tiempo que líderes de todos los recodos de la oposición —y hasta del rancio oficialismo— se reúnen con él en privados almuerzos en los que se descose la realidad del país. Uno de los primeros convidados a las reuniones que vienen realizando desde hace meses los miembros del partido Acción Democrática fue Brener: “Nosotros analizamos la crítica situación actual del país y el rabino es una voz lúcida y autorizada como pocas”, señala Paulina Gamus, excongresante y una de las asiduas a los convites de esa tolda. Cuentan que Gustavo Cisneros, notable empresario de la televisión venezolana, ante la sordera gubernamental acudió a Brener para pedirle que lo incluyera en la delegación que se reuniría con el Papa en su visita a Venezuela en febrero de 1996, en la cual, por cierto, el rabino le sugirió al Santo Padre que rescatara su relación con el Estado de Israel. El Papa no le ofreció respuesta, pero tiempo después en Roma citó en varias oportunidades su conversación con el judío en Caracas.
También se corre la especie de que Brener ha tenido puerta franca en Miraflores durante todos los gobiernos, pero muy especialmente en los periodos presidenciales de los acciondemocratistas Carlos Andrés Pérez y Jaime Lusinchi y del socialcristiano Rafael Caldera. Con este último sostiene una muy estrecha amistad. “A veces me reúno con gente de la política para saber lo que está pasando en Venezuela. Estos son observadores muy agudos, que tienen fuentes de información privilegiadas y cuyo juicio es importante. En ese sentido, el expresidente Caldera es un muy certero observador de la realidad venezolana y uno de sus protagonistas más importantes. Es un hombre controversial, pero sin duda su juicio debe tomarse en cuenta”.
En 1997, cuando Brener cumplió treinta años en el país, la comunidad judía celebró con bombos y platillos y al agasajo asistió lo más granado de la cartografía económica, social, política y cultural del país, incluido el presidente de la República, Rafael Caldera, quien impuso al rabino la Orden del Libertador en su grado de Gran Oficial. José Vicente Rangel, sagaz periodista que para la época renegaba con furia de los lodazales en los que él mismo chapotearía y que tal vez no se imaginaba varias veces ministro y hasta Vicepresidente de la República en un gobierno tan siniestro como el de Hugo Chávez, se disculpó por no haber asistido al evento en su muy leída columna Los hechos y los días: “Lamenté no acompañar al amigo, el rabino Pynchas Brener, en el homenaje que se le hizo con motivo de cumplir treinta años en Venezuela. Se trata de un hombre sabio y de un líder de la comunidad —no sólo la judía. De alguien que siente profundamente a este país...”. Es vox populi que el actual vicepresidente forma parte de la cuadrilla de afectos del rabino, entre los que también se cuenta a Luis Miquilena, excoordinador nacional del Movimiento Quinta República y hoy enemigo acérrimo del presidente.
En el año 2000 Carmen Montilla de Tinoco, en ese momento Agregada Cultural de Venezuela en la Habana y viuda de Pedro Tinoco —Ministro de Hacienda en el primer gobierno de Rafael Caldera y Presidente del Banco Central de Venezuela durante el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez— ofreció un agasajo a Brener en honor a sus 45 años de ordenación rabínica, reseñado a ocho columnas en varios periódicos. Agradecido y conciente del significado de la reciprocidad, Brener también suele ofrecer en su propio penthouse lustrosos agasajos. Hace dos años el centro de uno de esos festines fue el mismísimo José Vicente Rangel, para agradecer sus atenciones con la comunidad judía. En tal oportunidad el discurso del rabino no hizo concesiones al rol de anfitrión, fue corto pero afilado: señaló que hubiera querido regalarle un pulóver a Rangel —prenda que el periodista no abandonaba otrora en su programa televisivo— “pero no sé su actual talla, puesto que el poder engorda”, dijo entre risas. A cambio le obsequió una Biblia.

PERO NO TODO BRILLA EN EL TRAMADO PÚBLICO DE PYNCHAS BRENER. En breves pero intensas oportunidades su nombre ha saltado a la palestra vinculado a situaciones poco “divinas”. En 1996 estalló un escándalo sobre presuntas irregularidades en las finanzas de Petróleos de Venezuela (Pdvsa). Bajo grandes titulares que pregonaban el sueldo de Luis Giusti, entonces presidente del consorcio, aparecían también señalamientos sobre el uso indebido de los aviones de Pdvsa. Se decía que Franck Alcock, exvicepresidente de esa industria, había pagado con dineros del gobierno parte de los gastos del fastuoso matrimonio de su hija Clarissa con el industrial estadounidense Edgar Bronfman Jr —heredero del emporio Seagram e hijo del presidente del Congreso Judío Mundial— y cedió los aviones de Pdvsa para transportar a los aquilatados invitados, uno de ellos el actor Michael Douglas.
Entre dimes y diretes salió a relucir que la flotilla de aeronaves había ofrecido discretos aventones a otros personajes como la ex-Miss Universo Irene Sáez y el rabino Pynchas Brener. Los motivos de los viajeros fueron tan variados como sus destinos. En el caso del religioso judío —en un Gulfstream de más de diez asientos y acompañado de una delegación que incluía a su esposa, representantes de la iglesia y de la comunidad judía— fue para realizar en 1988 “gestiones humanitarias” en Cuba, donde, además de relacionarse con sectores religiosos de la isla y constatar el deterioro del judaísmo cubano, intercedió ante Fidel Castro para que permitiera la salida del cuñado y los suegros de Rafael Quiroz, en el momento secretario del Congreso venezolano. Brener era experto ya en materia de salvamento de víctimas de las garras cubanas: en 1987 había conseguido, tras una reunión de una hora con Fidel Castro, la salida de cinco judíos que tenían familiares en Caracas. Pero aquel viaje de 1988, que tanta polvareda levantó, quedó hábilmente justificado —la prensa hizo énfasis en las susodichas “gestiones humanitarias”— y sin consecuencias que empañaran el presente y futuro de las relaciones del rabino con la pléyade gubernamental.
Cuenta el propio Brener que pasada la medianoche del 12 de abril de 1988, él y la comisión que lo acompañaba se dirigieron al Palacio de la Revolución en La Habana, donde sostuvieron una reunión de cuatro horas y veinticinco minutos con un Fidel Castro amable y conversador. Los temas se pasearon por la política norteamericana, la medicina familiar, Israel, la perseverancia del pueblo judío y, por supuesto, la posible liberación de los familiares del congresante venezolano. “Nuestra conversación incluyó ron y café”, recuerda Brener. “Le enseñamos la palabra hebrea Lejayim, utilizada para brindar, y que se había convertido en nuestro saludo, casi oficial, en todos nuestros encuentros. Deben regresar, nos dijo Castro mientras nos acompañaba al ascensor en señal de amistad. Cuando le hablé de la familia de Quiroz se hizo el desentendido, no sabía de qué se trataba, pero yo insistí. Le hablé de libertad y me dijo que en Cuba había libertad completa. Yo le repliqué que había tres personas que querían salir. Dijo que estudiaría el caso. Horas más tarde, justo antes de nuestra partida hacia el aeropuerto, sonó el teléfono. El doctor Miyar — secretario personal de Castro y del Comité Central del Partido Comunista— me informó que el Comandante le había encomendado comunicarme personalmente que su decisión con referencia a la salida de la familia Sánchez era positiva, pero que era físicamente imposible cumplir con los requisitos burocráticos indispensables en tan corto lapso. Prometió que la familia Sánchez saldría rumbo a Caracas en el vuelo del sábado siguiente. Y efectivamente los Quiroz y los Sánchez se reunieron pocos días después”.
Durante aquella visita, Castro le preguntó al rabino en tono confidencial quién creía que ganaría las próximas elecciones en Venezuela: “Le dije, Comandante, los analistas aseguran que será Carlos Andrés Pérez. Entonces me dijo que pensaba lo mismo y me pidió que cuando viera a Pérez le comunicara que si lo invitaba iría a la toma de posesión. Un mes después vi a Pérez en una reunión y le conté. Él no respondió, pero mostró una gran sonrisa y efectivamente lo invitó para sus criticados festejos de 1989, en los que Castro terminó opacándolo”.
La relación de Brener con el presidente cubano no ha sido íntima pero sí constante. En 1995 visitó de nuevo la isla —esta vez en un avión comercial—, junto a sesenta miembros de la comunidad judía venezolana en una misión de solidaridad e intercambio. Luego se volverían a ver en febrero de 1999 en una cena privada en La Casona, residencia presidencial, durante la romería que siguió a la toma de posesión de Hugo Chávez. “Tengo pensada una nueva visita a La Habana pero la realidad política en Venezuela me lo está impidiendo, creo que se interpretaría mal, como un acto político. Mi interés es la comunidad judía de La Habana, que está muy solitaria. Quisiera reforzar nuestros lazos de comunicación. Pero en este momento sería imprudente”.
El propio Brener se pregunta qué interés puede tener Fidel Castro en recibirlo y tratarlo con simpatía: “Y la única respuesta que se me ocurre —intuye— es que él tiene un corral con gallos, pintores, escritores y quiere allí a un rabino. El es amigo de personas muy diferentes para demostrar la amplitud de su personalidad, una compensación quizá ante otras carencias suyas”. Como Chávez, podríamos tal vez añadir.

EL RABINO PYNCHAS BRENER sabe que no es moneda de oro ni siquiera en su propia congregación, que a ratos, ante su contoneo público, duda de su estricto acato a la normativa judía. Pero él cumple a pies juntillas todo a cuanto obliga su rol de máxima figura religiosa —personas cercanas a él así la aseguran. Cuando se atreve a un frívolo pecadillo, como comerse un hot dog, lo hace en Mr. Brodway, un tradicional restaurante kasher de Manhattan, isla por la que anda a sus anchas, en camisa de manga corta, gorra de paisano, zapatos de goma y rostro de libertad.
“Dentro de la comunidad judía de Caracas siento que hay dos visiones que no puedo calificar cuantitativamente”, explica. “En la generación de mayores hay la tendencia a mantener un perfil bajo, porque sienten que en Europa había mucho antisemitismo y lo más importante es pasar desapercibido: también tienen miedo del mundo político, de las fuerzas sociales y temen que si empiezas a participar puedes ser señalado. Ellos prefieren que uno no se manifieste públicamente, que no escriba en la prensa, que no salga fotografiado, que participe lo menos posible. Mientras hay otros, sobre todo jóvenes, nacidos en Venezuela, que sienten que si vives en un país tienes que participar en él”.
Como muchas cosas en el trazado biográfico del rabino, también sus artículos han sido asunto de discordia. Ajustados a temas como la Biblia, la fe, la justicia social y las tendencias del pensamiento contemporáneo, muy de vez en cuando sus textos han surcado, con astutas metáforas y parábolas, los vericuetos nacionales. El primero de diciembre de 1999, catorce días antes del referéndum que aprobó la instauración de una Asamblea Constituyente en Venezuela, Brener publicó un artículo titulado El rey está desnudo, que fue entendido con gran escándalo por Norberto Ceresole —neofascista argentino que asesoró a Chávez en sus primeros tiempos— como un atentado contra el presidente: “La interpretación correcta del texto”, respondió Ceresole, “es entonces que toda esa comunidad señala al presidente Chávez como la reencarnación del ‘mal absoluto’ (Hitler y Stalin), y al pueblo venezolano como cómplice (del mal) y cobarde (ante su propia malvada creación)”. Ceresole concluía que Brener era un “profeta del odio sionista”, de lo que hoy el rabino se ríe admitiendo que “la interpretación es libre”.
Brener asegura no tener una agenda política y que todo cuanto hace es por el bienestar, la salud social y espiritual de la comunidad judía. Muchos no lo creen e incluso se atreven a suponer de soslayo que algunas de sus actuaciones son parte de una cautelosa estrategia que podría llevarlo algún día a la presidencia del Congreso Judío Mundial: “Sé que soy tema de conversación generalmente para decir algo negativo, con eso también cumplo una necesidad de mi comunidad, porque creo que siempre debe haber un pequeño satanás a quien culpar de algunas cosas. Creo que esa función la desempeño muy bien”.
La actuación de Brener, sobre todo fuera de la comunidad judía, suena a ponderación, respeto, tradición y solidez. No es casual que la propaganda televisiva que intentaba resaltar el rol —inútil por demás, según el consenso— de la Comisión Presidencial para el Diálogo mostrara en primer plano al rabino como una suerte de aval providencial. Parece claro que también el presidente Chávez apuesta a esa imagen del rabino y si se hace de la vista gorda ante sus coqueteos con la oposición —no demasiado abiertos pero a estas alturas más que obvios— es porque, a todas luces, Brener resulta un individuo conveniente. De hecho, el presidente venezolano se expresa amistosamente del rabino ante terceros, no duda en enviarle saludos efusivos y cuando las circunstancias los ha puesto de frente se han dado vigorosas palmadas en la espalda como viejos compadres.
Por otra parte, la opinión de Brener, ante álgidos temas de política nacional o internacional, es consultada con frecuencia por los medios de comunicación, llegando a señalársele como representante de la colectividad judía venezolana, hecho que engrincha a más de uno de sus detractores y confunde a quienes desconocen que en el país vive más de una docena de religiosos judíos, algunos con la misma jerarquía de Brener.
Por puro “azar” Brener estuvo ausente de las tarimas, las ruedas de prensa, las marchas y la tolvanera política que sacude a Venezuela desde el 2 de diciembre de 2002, cuando se inició un paro cívico y petrolero en respuesta a la ingobernabilidad que reina en el país y a la negativa del presidente de permitir una salida electoral —que sigue sin admitir. El devastador periodo de la bitácora venezolana coincidió con las vacaciones anuales del rabino, atrincherado hasta fines de enero en su apartamento de Nueva York. “Nunca estuve lejos. No perdí contacto con lo que ocurría en el país. Pasaba todo el día escuchando la radio a través de Internet. Llamaba dos o tres veces al día a Caracas. Estaba como loco, quería saber todo lo que pasaba”.
Apenas aterrizó de nuevo en Venezuela, Brener se las ingenió para volver a las andadas. Mientras el país está sumido en el agobio económico, la escasez y largas colas para surtirse de gasolina, el rabino calienta con desbordado optimismo los motores de una fundación sin fines de lucro, Conciencia Activa, idea que anima desde el año pasado junto a Su Eminencia Cardenal Rosalio Castillo Lara —ex administrador de la Ciudad de El Vaticano— y en cuyo Consejo Consultivo hay expresidentes del país, cabecillas de corporaciones financieras y de canales de televisión, empresarios, rectores y ex rectores de las más importantes universidades, académicos, intelectuales, promotores culturales y artistas. La fundación, que oficialmente se instalará el próximo mes de mayo, persigue fomentar una toma de conciencia acerca de los valores éticos que deben conformar a la sociedad para que se conviertan en un factor significativo en la disminución de la pobreza, tanto material como espiritual. “Quizá en estos tiempos turbulentos es cuando resulta más oportuno hacer llamados a la solidaridad, al respeto mutuo, a la justicia, a la tolerancia y a la ética”, explica el rabino.

SE SUPONE QUE UN RABINO DEBE SER ANTE TODO UN ESTUDIOSO, un buen consejero, un conciliador, un perpetuo rezandero y un modelo de cómo vivir en comunidad. Brener es todo eso, pero rechaza sin pudor los esquemas, los estereotipos, las imposiciones: “Un rabino que es medio santo puede ser una referencia ideal, pero en el fondo no sirve de modelo para los hombres y mujeres de carne y hueso. Yo creo que el rabino debe ser como tú, pero un poquito mejor; que no se vista totalmente diferente, que no viva totalmente diferente, que no tenga una vida demasiado austera, que pueda ser un marco de referencia real. Quienes creen que mi actuación es peligrosa no saben que vivir es, de por sí, peligroso y arriesgado, porque sólo los vivos mueren. Yo quiero una vida con algo de adrenalina, quiero dejar una huella, aportar algo a Venezuela, que desde hace mucho es mi país”.


© Jacqueline Goldberg
Publicado en la revista Gatopardo en 2003.

HANNAH MIGLIAVACCA: ellas, sus propias mujeres


HAY DOS MUJERES ante las callejuelas azotadas de mis ojos. Una está de pié en una fotografía, con largo vestido negro, zapatos bajos y collar de perlas; la otra sentada en el sofá de mi apartamento, ataviada con una blusa de flores, empinadas sandalias y joyas de ámbar. Sus rostros se deslizan por esos riscos indescifrables que son las hijas de Eva después de los cincuenta años: equinocciales, míticas, desprovistas de edad y sexo.
La mujer de la fotografía es Charlotte von Mahlsdorf, nacida en Berlín en 1928 y fallecida en Austria en el 2002. La otra, con ojos de encandilado cobalto, es Hanna Lilith Migliavacca, oriunda del Buenos Aires de 1945, residenciada en Caracas desde hace doce años. A la primera la conozco por su autobiografía, editada en 1992, y porque me atreví a franquear esa lastimera alcabala que imponen las palabras impresas: le envié una brevísima carta en español que ella respondió con otra, igualmente apresurada, en alemán, acompañada de su retrato autografiado. De Hanna supe por primera vez hace unos meses, cuando la escuché leer sus poemas en un recital en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.
Charlotte y Hanna no son lo que el común entiende monolíticamente por mujer y ni siquiera esos son sus nombres de pila. Ambas habitan el recién nombrado recodo del “transgénero”, que por desconocimiento suele echarse en el mismo saco de la transexualidad prequirúrgica y postquirúrgica, el travestismo o la homosexualidad. Ellas se asumen como mujeres, visten como mujeres, piensan como mujeres, pero entre sus muslos se balancean genitales masculinos de los que no desean apartarse, aunque no formen parte indispensable de su artillería erótica. Ellas son, cada una desde su desasosegado flanco, un resquicio de libertad, un triunfo sobre el oscurantismo homofóbico del siglo pasado —y ya de éste— y un discurso político andante que abofetea sin restricciones.

CHARLOTTE VON MAHLSDORF en realidad se llamaba Lothar Berfelde. A los dieciséis años asesinó a su padre, un déspota con ideas nacionalistas que maltrataba a la madre y que jamás aceptó la metamorfosis que se hilvanaba en el cuerpo y las emociones del delicado rubio.
Ya de niño, Lothar admiraba los vestidos de la madre. En soledad se probaba aquellos guardados desde la Primera Guerra Mundial en unos baúles del desván: “Me encantaba mirarme y remirarme con ellos puestos, y dar vueltas ante el espejo. Pero a quien, desde luego, no le encantaba en absoluto era a mi padre. Cuando me veía, con la fusta en ristre, me arrancaba el vestido de encima y se ponía a gritar”, cuenta en su autobiografía, titulada en español Yo soy mi propia mujer (Tusquets, Barcelona, 1994).
En 1945 Lothar confesó a su madre que era “su hija mayor”, luego comenzó a vestir sin miramientos ropas femeninas. Los vestidos de los años veinte eran sus preferidos, sólo en invierno llegó a lucir pantalones. “Sencillamente es que la ropa de corte varonil no me va, me hace sentir insegura. Con un vestido o un abrigo entallado de señora todo va como una seda. La gente se da cuenta perfectamente de cuándo una persona está en consonancia consigo misma”, escribió.
Con la decisión de asumir todos los ribetes de su feminidad —a los cuarenta años, para explicar a la madre que no se casaría, sentenció “soy mi propia mujer”— llegó también la segregación y la lucha, primero contra el nazismo y luego contra el comunismo, regímenes que persiguieron sin escrúpulos la homosexualidad. Pese a sucesivos infiernos —encarcelamiento, palizas, persecución y represión— se asumió como Charlotte Von Mahlsdorf, al tiempo que hizo de su intuición para el coleccionismo un oficio, una obsesión, un acto de trascendencia que diluyó su extraña presencia.
Durante la adolescencia se despertó en Charlotte una honda pasión por conservar muebles y objetos de la llamada Grunderzeit, corriente alemana de diseño industrial de fines del siglo XIX que ya pocos apreciaban y que con frecuencia arrojaban a la basura, sin imaginar que Charlotte los recogía para ordenarlos en función de un discurso histórico y estético que más tarde sería admirado por el mundillo cultural y museológico berlinés. Con su prominente colección personal —las más importante de fonógrafos y gramófonos de Europa— creó un museo privado en un edificio de doscientos años de antigüedad situado en Köpenick, en la Berlín Oriental, que el Estado de la RDA le concedió en usufructo gratuito en 1959 y que ella restauró y reconstruyó con sus propios medios. La RDA nunca reconoció oficialmente su esfuerzo, pero le permitió comprar el edificio en 1990. En 1992, el Presidente de la recién unificada RFA le entregó la Cruz Federal del Mérito por su apertura y su inmensa humanidad.
Ironías de la vida, el Estado de Berlín adquirió la colección del Museo Grunderzeit en 1997, el mismo año en que Charlotte —habiendo sido un emblema de la lucha contra la marginación— se mudó a Suecia para huir de una nueva hostilidad homofóbica, emprendida esta vez por los skinheads. “Mi sueño sería que nunca más se te preguntase cuál es tu religión, el color de tu piel, tu ideología, tu orientación sexual, tu adscripción política, tu fortuna o tu posición social. Judíos y cristianos, heteros y homos, negros y blancos, sentados todos a la misma mesa, una preciosa mesa redonda, al aire libre, contándose viejas historias. Y que nadie sepa lo que es la vanidad y se acabe eso de ir repitiendo las paparruchas escuchadas en el bar de la esquina. Sin que nadie se extrañe de los demás”.

PERO CHARLOTTE VON MAHLSDORF es ahora más que una bandera o un libro. El Teatro Lyceum, de Broadway la acogerá a partir del próximo 24 de noviembre en la obra I Am My Own Wife, escrita por Doug Wright, dirigida por el venezolano Moisés Kaufman y protagonizada por Jefferson Mays —actor formado en Ann Bogart's SITI Company—. Luego de arrasar ya en dos ocasiones con la taquilla en off-Broadway entre mayo y julio pasado, el aclamado montaje de la compañía Plawrights Horizons, constituye una pieza de contundente énfasis político, que refleja las circunstancias de una minoría y la historia de una mujer que defendió sus reveses hasta el fin de su vida.
La pieza tiene un prontuario de por sí exitoso. Doug Wright fue el escritor de la conocida película Quills, sobre el Marqués de Sade. Moisés Kaufman, por su parte, viene de dirigir Gross Indecency: The Three Trials of Oscar Wilde, con más de seiscientas funciones en la Gran Manzana y la tercera pieza más montada en la temporada norteamericana 1998-1999, sin contar las innumerables funciones en Londres, París, Budapest, Estocolmo, México y Frankfurt. Kaufman —el primer venezolano que dirige en Broadway— condujo también con su grupo Tectonic Theater Project The Laramie Project, la segunda obra teatral más escenificada en la historia de Estados Unidos, llevada al cine por HBO y nominada a cuatro premios Emmy en el 2002.
I am my own wife es el resultado de una serie de entrevistas que Doug Wright le hizo a Charlotte en 1990 en Berlín. El escritor comenzó a esbozar la pieza pero, en 1992, cuando se abrieron los archivos de la Stassi, descubrió que su personaje habría sido informante y colaboradora del servicio secreto alemán. Eso, lejos de propiciar nuevos recovecos creativos, supuso un severo bloqueo de su escritura, pues admiraba tanto a Charlotte que no quería anegar su imagen. Sin embargo, en el verano del 2000 Wright fue invitado al laboratorio teatral Sundance, en las montañas de Utah —que dirige el actor Robert Redford— para intentar dar forma al abandonado proyecto. Aunque renuente, aceptó, llevando consigo al director Moisés Kaufman y a un actor.
“En nuestro primer día de ensayos le dije a Doug: estamos aquí para no escribir una obra”, explica Kaufman desde su oficina en el Upper West de Manhattan. “Le dije que quería usar nuestro tiempo allí para explorar, para ver qué material tenía. Le pedí que nos usara al actor y a mí como público y nos presentara pequeños momentos de Charlotte. Entonces un día, Douglas trajo un vestido negro, al día siguiente un fonógrafo . Y así poco a poco fuimos creando, no una obra de teatro, sino una obra que habla de la imposibilidad de reconstruir a Charlotte. Una de las preguntas que más me interesan a mí en el teatro es ¿como podemos reconstruir la historia?, ¿a quién le toca ser el escritor o narrador de la historia?, ¿cómo cambia la historia dependiendo de quien la cuenta?”.
Kaufman apunta que la pieza tiene dos temas: “El de la vida de Charlotte y el de cómo podemos reconstruir y recontar una vida en el escenario. Charlotte es un personaje. Pero también lo es Douglas, el entrevistador. También lo son los otros 38 otros personajes que hablan sobre Charlotte en el escenario, que se contradicen y discuten. Unos la halagan. Otros la critican. Otros la aborrecen. Y es tarea del público la evaluación final, decidir quién era Charlotte von Mahlsdorf”.

¿CÓMO PUEDE UN HOMBRE deambular por las calles vestido de mujer con la absoluta convicción de que es una mujer? ¿Qué ímpetu íntimo arroja las señales precisas para que alguien decida desafiar la intemperie de los dogmas sociales? Charlotte von Mahlsdorf dejó claro que su voz interior era la de una mujer y que se sentía afín a todos aquellos que se encuentran al margen de la sociedad. Sin embargo, era una extranjera, una marginada, una paria sin respuestas.
Hanna Lilith Migliavacca también es una extranjera, una outsider, pero no en su cuerpo sino en la vastedad de una lucha política. Su feminidad, además de certeza, es la consigna que abre paso a tantos otros transgéneros que pasan a nuestro lado sin que nos percatemos —o queramos percatarnos— de ello.
Para empezar cabe la duda de qué vocablos convocar para referirse a ¿ella?, ¿él? Migliavacca es tajante al respecto: “Soy una mujer con pene”. En adelante el camino se aligera. Basta con mirarla para convencerse de que frente a nosotros gesticula una fémina. Quizá en este caso —y no en broma—, una mujer de pelo en pecho.
Hanna descubrió hace muy poco, por pura casualidad, que quizá no es una transgénero sino que más bien padece de lo que el médico J.M Morris llamó en los años sesenta Síndrome de Feminización Testicular y en fechas más recientes sustituido por el más apropiado y menos estigmatizante término SIA, Síndrome de Insensibilidad a los Andrógenos. Es decir, su cuerpo sería resistente a los andrógenos (hormonas masculinas) que producen sus testículos, por lo que tiene ciertas características físicas femeninas.
Esa asunción científica —que debe corroborarse con costosos estudios genéticos—, si bien le ha brindado una cierta tranquilidad y hasta orgullo, le fue muy cara en la adolescencia. En la Argentina de la infancia de Hanna imperaba un orden casi germánico, por lo que todos los niños iban a la escuela y una vez al año pasaban por la Sanidad Escolar, que expedía certificados de salud imprescindibles para continuar la escolaridad. “A los nueve años observaron que mis pechos y caderas se estaban desarrollando. Me enviaron a Endocrinología y determinaron que se trataba de un desarreglo hormonal, por lo que, en el mejor espíritu del cientificismo positivista, decidieron inyectarme hormonas masculinas los lunes, miércoles y viernes, sagradamente. A pesar de ese incesante goteo, mis pechos seguían creciendo de manera inexorable, para delicia de mis vecinitos mayores, quienes los disfrutaban a mansalva. Eran juegos inocentes, puedo asegurar de que no éramos concientes de lo que hacíamos. O al menos, tal era mi caso. Inventábamos todo lo que se podía a fuerza de puro instinto, como bichitos”.
Hanna tenía relaciones sexuales con muchachos mayores, pero no le gusta hablar de “abuso”, pues para ella se trató siempre de asunto muy divertido e inocente. Su familia, de origen inglés e italiano, se hacía de la vista gorda: “Mi familia lo único que hizo fue aceptar y ratificar clínicamente lo que todos sospechaban que serían rasgos en mi vida. Lo tan temido se hizo factual. Tengo fotografías de mi muy tempranísima infancia en las que se me ve muy amanerada. Mi abuela me regalaba potes vacíos de crema, le pedía que le dejara un poquito. O me obsequiaba labiales terminados, y yo los usaba. Muy pequeñito me hubiera gustado aprender a tejer, pero pusieron el grito al cielo. Las veces que me quedaba unas horas solo en casa, me probaba los sostenes de mi mamá”.
La abuela paterna, una institutriz inglesa que siempre trabajó en casas de diplomáticos coterráneos, era la única que aceptaba su condición. “No sé si ella sería consciente de cada instancia de mis cambios, pero parecía verlo como una cosa natural, como juegos a los que no había que darles tanta importancia”.
Al llegar la legendaria madrugada de la adolescencia, en la que todo se forja, todo se trastoca y transmuta, comenzó de manera incipiente la historia de Juan como “ella”. Admitió sus diferencias con el sexo masculino y sólo mantuvo relaciones homosexuales: todo intento con el otro sexo fue una desilusión.
Sin embargo, alrededor de los 21 años, el instinto de procrear fue más vigoroso que todas las batallas ganadas a la represión: “En aquel entonces tenía una desesperación por los chicos, me encantaban los chiquitos. Pensaba que no me iba a perdonar llegar a mi vejez sin hijos. Entonces inicié toda una campaña consciente, ridícula, muy patética, pero real. Experimenté el esfuerzo de querer ser hombre y me casé sólo para tener hijos”.
Aunque pesadillesco, el matrimonio duró dieciséis años: “Ocurre que tuve una gran prosperidad económica que creó vínculos de interés. Más que un matrimonio, aquello era una empresa. Hasta que, bueno, las cosas tienen un precio en esta vida. Desgraciadamente, en ese momento, había dos criaturas involucradas. Tuvimos, institucionalmente, dos hijos; en realidad, uno era mío y el otro no. Pero mi hijo más querido fue el que no era mío y tristemente murió a los quince años: una bella persona, me dio además muchas más satisfacciones que mi hijo carnal, que salió un desastre y con el que tuve una ruptura total. Mi sexualidad fue un tema del que no se habló pero que nunca fue un misterio. Hay proyectos que salen fallidos. Ese hijo lo fue”.
Mientras duró el matrimonio la fidelidad fue un bastión. No quería interferencias en su apuesta por la virilidad y no le interesaban las relaciones intrascendentes. “Las varias mujeres que ha habido en mi vida no son mujeres muy mujeres. Son en algún sentido, mayor o menor, mujeres masculinas. Mi esposa era infinitamente masculina en cuanto a mujer de empresa: emprendedora, ejecutiva. Recordando el pasado, diría que también era muy masculina en la cama. Pero era una persona, de las tantas que he conocido, que piensa que esas cosas se hacen, pero no se piensan ni se hablan. Sobre todo, no se hablan”.
Con el divorcio ocurrió también la reconquista de la vida. Volvió a la universidad —había abandonado la arquitectura— para estudiar filosofía; debió aprender de nuevo a manejar la ciudad, sobre todo esa subterránea urbe de pesquisas sexuales; montó una librería, y se incorporó a la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), en aquel entonces clandestina debido a la dictadura. “Esa época de mi vida tuvo lo patético y lo necesario, debo reconocerlo. Al poco tiempo cayeron los militares, vino un destape y una sociedad que había estado reprimida por los militares se largó a loquear de cualquier manera. Hubo una confusión de valores. Ese soltarse en mí pasó por la diversidad sexual. No solamente fue el destape por la desaparición de la dictadura, sino también por la otra dictadura que yo había padecido: la mía propia. Me quería poner al día con todo lo que no había vivido. Fue una etapa bastante sórdida, pero afortunadamente sin consecuencias”.

HANNA COMENZÓ A VESTIRSE DE MUJER muy progresivamente. Primero se zambulló en el glamour de la ropa interior femenina. Más tarde salió a la calle con blusas y accesorios. Hoy usa sandalias, se depila y se maquilla muy discretamente. Las faldas no le gustan, pero por su incomodidad.
De todas maneras, no le interesa llegar a una metamorfosis tal que se olvide —ella misma y los demás— que bajo sus ropas palpita algo del cuerpo de un hombre. Por eso no pretende cambiar quirúrgicamente de sexo y mucho menos “pasar”, es decir, subirse al metro y que nadie la mire por creerse que es, simplemente, una mujer. “Eso se considera en el mundo transgénero un logro: no tienes nada más que pedirle a la vida. Si la sociedad, la calle, no te paran, eres una mujer más”.
Lo de Hanna, lejos de neurosis o inconformidad, es una actitud política. Como dirigente de movimientos de diversidad sexual —es secretaria de Unión Afirmativa, que reúne a intelectuales, y participa en Amazonas de Venezuela, grupo de lesbianas—, renuncia al privilegio de “pasar” para hacer una denuncia y defender no sólo su propio derecho a ser diferente, sino el de tantas otras personas a quienes quizá se les dificulta cruzar las fronteras de sí mismos.
“No hay presencia, si soy meramente una mujer más. No estoy reclamando mis derechos. Si tengo que ir a un ministerio a presentar un documento, voy con todo el atuendo femenino, bien clara y con mucho orgullo, porque estoy mirando a los ojos. Los gays tienen precisamente el problema de que se dejan una barba y no van a una tasca sino a un bar gay. Eso es segregarse, excluirse. Salen de un clóset para meterse en otro. El homosexual machito no es menos homosexual. Ahí viene la parte de militancia: decir, yo soy homosexual, aunque no lo parezca, aunque no responda al prototipo”.
Hanna considera una aberración el cambio de nombre en su cédula de identidad, aunque alguna vez merodeó la idea. De todas maneras eso es trabajo de Sísifo, un imposible burocrático, sobre todo en Venezuela, donde las trabas sólo se solventan de manera fraudulenta.
“De cambiarme el nombre me gustaría ponerme Hanna Lilith. Hanna, porque si bien es un nombre hebreo, en árabe es Juan. Y Lilith, lo digo con un poquito de pudor, porque es la reina, la diablesa del folklore judío, la seductora. Tras muchas averiguaciones en los ministerios y en la Defensoría del Pueblo, me di cuenta de que sólo podría cambiar mi cédula yendo a un pueblo de provincia, en cuya jefatura civil haya ocurrido un incendio. Uno se presenta con dos borrachitos de la zona, se les da dos mil bolívares a cada uno para que digan que uno es conocido del lugar y se llamaba fulano de tal. Por supuesto, el jefe civil está arreglado también. No hay que tomar el nombre de una persona que murió, porque no hay un registro, se quemó todo. Digo que me llamo Hanna Lilith Migliavacca, que nací en Cumaná y listo. Pero eso es una porquería. Tendría que olvidarme de todo lo que fui”.
El nombre masculino en un documento de identidad en el que aparece la fotografía de una mujer no ha traído hasta ahora a Hanna inconvenientes civiles, pero si malos ratos. Hay personas que se burlan, otras se asustan, las más, bajan la mirada y se embolsillan la suspicacia. “Sino fuera trágico, sería cómico. Y la tragedia resulta de que quienes me tratan a diario y me consideran una mujer, cuando me piden la cédula de identidad, no entienden nada o entienden y se horrorizan, salpicándome con su caos, hasta cierto punto comprensible, porque esta sociedad subdesarrollada a la que pertenecemos ha sido estimulada a execrar todo lo diverso y, muy en particular, machismo mediante, toda alteridad en el ámbito sexual o genérico”.

CAMBIAR DE NOMBRE sería para Hanna denunciar que está encerrada en un cuerpo equivocado. Y eso es esquizoide. Ella asegura estar muy a gusto tanto con las topografías masculinas como con las femeninas que confluyen en su altísima y angulosa humanidad. “Soy una unidad psicosomática: no somos dos. Estoy en este cuerpo, que lo acomodo para que se parezca a como me siento por dentro. Análogamente, lo que reclamo a nivel político es que me den documentación, porque tengo avales clínicos y psicológicos que dicen que soy de sexo masculino pero de género femenino. Dado que el establishment nunca me va a brindar la documentación que yo pido, mi militancia, ese dar la cara vestida de mujer, es también una forma de protesta”.
Hanna no oculta el orgullo que le brindan sus senos: pequeños, sólidos, como los de una recién florecida quinceañera. Incluso cada 28 días se inflaman y le duelen, como si fuera a menstruar. Tras un sangramiento que sufrió hace unos meses, un estudio médico le sugirió que su cuerpo cumple una suerte de ciclo menstrual e incluso le ha sido recetado un tratamiento de reemplazo hormonal, como a cualquier menopausica de su edad. “Mi vida no tiene secretos: tiene pudores”.
La aceptación de Hanna no es, de todas maneras, totalmente espontánea. Ha pasado la mitad de sus días en un diván psiquiátrico, hurgando en sus meandros. También la poesía, esa escritura redentora de la fragilidad del alma, la ha socorrido. Escribe desde la adolescencia y, aunque no se ha atrevido a publicar, sus textos develan una madurez literaria en la que se evidencia un imaginario netamente femenino: “Meterse entre las sábanas y cerrar los ojos /y convocar el calor de un cuerpo junto a un cuerpo/ y sentir deslizarse una mano, percibir su delicado roce/ hasta que se posa en ti./ Y saber que un torso se vuelve y sobre ti se inclina,/ Pues se alza la sábana y tú te zambulles en la cálida cueva/ donde su pecho es el límite./ Y tu destino”, escribió Hanna. Y acota con su intacto acento porteño: “No creo que un hombre pueda escribir así”.
Hanna trabajaba hasta hace muy poco como fotógrafa, pero la exquisitez de sus trabajos y la rigurosidad de su técnica se han visto limitadas por la crisis económica que atraviesa Venezuela. Hoy subsiste vendiendo ropa íntima femenina y cosméticos de la línea Avon. Sus clientas, lejos de perturbarse, se sienten bien aconsejadas por esa proveedora de belleza que conoce las honduras de todos los sexos.
“Ahora tengo relaciones con lesbianas. Mi espontánea tendencia sería tener relaciones con un hombre heterosexual. Pero quien se siente atraído por una mujer como yo, generalmente está atraído por una peculiaridad homosexual. Entonces te encuentras con cierta conceptualización falocentrista. A la larga, si bien no es buscado ni deseado específicamente, mi relación con hombres se da generalmente con homosexuales porque los encuentro más femeninos, más sutiles, más delicados. Tienen otra sensibilidad”.

LA GÉNESIS DE HANNA LILITH MIGLIAVACCA —a expensas del primer Juan— estuvo enlutada por amenazas escatológicas, sufrimiento y desprecio. Lo que hubiera sido su valor como hombre se desintegró sistemáticamente frente a una percepción de sí misma como una “mujer de segunda clase”.
Hoy la madurez le brinda ciertas certezas redentoras, no exentas de otras dudas: “Hace ya muchos años que aprendí a erguirme de ese marasmo de sentimientos de inadaptación y desvalía. No obstante, soy conciente y debo abiertamente reconocer que el dolor que he experimentado hasta el momento y el que deberé seguir afrontando en el proceso de aceptarme y amarme tal cual soy, llegará a ser el logro mayor de mi vida”.

©Jacqueline Goldberg
Publicado en la revista Exceso en 2003.

SONIA CHOCRON: a disposición del libro de la vida


"Entendí que vivía mejor con la fe que sin ella", revela Sonia Chocrón en conversación con Jacqueline Goldberg, frente a la reciente publicación de La buena hora que asumiera Monte Avila Editores Latinoamericana. Y como en sus anteriores libros, Toledana y Púrpura, el último poema que incluye este título forcejea con las sombras, los temores y la lleva a esperar merecer "un final como una fiesta". Tal vez, agrega,"la esperanza ha sido más terca que yo"


La gaveta obra milagros y también pesares. La gaveta es ese espacio de consagración o repudio que transmuta las palabras. Siete años estuvo enclaustrado el libro La buena hora de Sonia Chocrón, en estos días publicado por el impredecible Ave Fénix de nuestras editoriales, Monte Avila Editores Latinoamericana.
Y bien podemos decir que esa jamás bien ponderada gaveta supo hacer lo suyo sin ajar en lo más mínimo el aroma de este libro que obtuvo una mención en el Premio Fundarte de 1995 y otra en la Bienal José Rafael Pocaterra de 1996.
Pequeña joya de encandilamientos y soledades, La buena hora es el segundo trabajo poético de Sonia Chocrón, aunque por esas terquedades del latir editorial criollo aparece después de Púrpura (La Liebre Libre, 1998) que lo sucede. Antes, en 1991 y también en Monte Avila, apareció Toledana.
Este nuevo y brevísimo poemario refracta una escritura concisa que surca temas muy aprensibles: la casa, la muerte, la maternidad y las llagas que van dejando los días en una mujer de extrema sensibilidad.
JG: "De todos modos iré sola / cuando llegue la buena hora de aniquilar / la atadura que aprisiona mi cuerpo".
SCh: Mi esperanza es que la muerte llegue de una forma feliz y en una buena hora.
—¿Es una concepción religiosa…?
—Tiene que ver con algunas frases que recuerdo decía mi papá: que había que tener suerte hasta para morir. Y yo, joven, o por lo menos emocionalmente muy joven, tuve por primera vez contacto con la muerte cuando mi padre murió. Lo vi morir en la casa, en tan sólo cinco minutos. A partir de ese momento la idea de la muerte no me abandona.
—El padre es la única presencia masculina absoluta en el libro: "Sólo falta de él / el sentimiento excomulgado a los sentidos / que se aferra a lo intangible del vacío / Mullido blando nos lo hemos repartido / entre nosotras las mujeres que velamos / en las cenas santas su memoria y sus residuos / hace ya un tiempo / que es mucho".
—Mi casa se vio obligada a ser un matriarcado. La figura masculina era la de mi papá y desapareció. También desaparecieron los abuelos, los tíos. Todos los hombres con los que alguna vez vivimos se fueron.
—Es este un libro de mujeres devastadas: "Soy de una casta de mujeres solas / que lloran hombres en los recodos / del claustro / y devanan en su desvelo sueños / fríos de antiguos irreparables dueños".
—Es un libro de mujeres solas no por voluntad propia. En mi familia no hay mujeres abandonadas, sino detenidas por la partida prematura del hombre.
—"Esas mujeres de la casa / comparten lecho con los espejos de hermanos, hijos, maridos yertos".
—En la religión judía cuando muere alguien de la familia, durante los primeros ocho días deben cubrirse los espejos, para evadir verse la tristeza, el duelo encima, para que el muerto no se contemple a sí mismo descubierto de carne humana.
—"Dame forma, Señor / enciende las pupilas que duermen en mi cuerpo / perfúmame los labios plenos con tu aliento / moldea estos contornos con música y ungüentos / Inventa una mujer de arcilla inmaculada / y hazme de tu médula".
—Ese poema se llama "Oración". Mucho tiempo después de escrito el libro me di cuenta de que el mismo está vertebrado por un conjunto de plegarias. En el momento en que muere mi papá tuve mucha rabia con Dios. Sentía que había sido muy injusto. Tuve mucho rencor con toda la fe que había aprendido en la infancia. Pasé un par de años renegando, hasta que un día decidí regresar y lo hice casi por salud. Entendí que vivía mejor con la fe que sin ella. La ausencia de Dios se convirtió en llamado.
—Hay en La buena hora un judaísmo que abandona la exterioridad histórica presente en Toledana. Aquí se sumerge en los ritos y en una visión muy íntima, casi sensual, de lo sagrado: "Danzo desnuda entre las columnas del santuario / a la vista de Dios / y luego me sumerjo en la ablución / mi cuerpo se pliega como un niño en el vientre / de agua de la madre esclarecida / y nazco de nuevo al mundo en la gracia / del Todopoderoso".
—No puedo decir que fui criada estrictamente dentro de la religión judía. En efecto, estudié en un colegio hebreo y aprendí todo acerca de los rituales milenarios de la fe de mi padre. Mi mamá es hija de un judío con una conversa, pero a la vez mi abuela materna es hija de un judío con una cristiana. Eso se remonta al siglo antepasado, cuando llegó a Venezuela, del Marruecos francés, el primer pariente materno. Por parte de mi padre soy primera generación en el país, él vino del Marruecos español en 1940. Mi cultura es, pues, un híbrido judeocristiano. Y sé que mi casa puede ser a veces muy confusa: en ella han convivido las mesusot en la puerta, el ayuno de la expiación y la pascua, con la Virgen, José Gregorio Hernández (el médico de mi bisabuela, por cierto) y San Judas Tadeo, por ejemplo. Pero la religión judía marca lo ritual, la norma que regula todo en la vida, desde algo tan cotidiano como el amor hasta la mística de una oración, de un rezo, del reposo. Y eso es imposible de obviar. Es mi condición asumida.
—La casa es un personaje siempre presente: "Un cuerpo es una casa es una isla desierta / de la tierra que todo lo junta prontamente / con el afán de la hechura del polvo".
—Nunca había pensado en eso. Pero ahora puedo concatenar hechos y pensar que el siguiente paso en mi vida después de este libro fue desear un hijo. Y para llegar a desear un hijo lo primero que tenía que hacer era poner orden y tejer nido. Reconciliarme.
—Pero hay también una casa derruida: "Es una casa deshabitada mi casa / donde siempre hubo gente".
—Presencié muchas muertes sucesivas en mi casa. Hubo un momento en que sentí que mi casa era como los muros de Jericó, que en algún momento no quedaría nadie, solamente escombros.
—"Estás allí, Sonia / con la vacua sensación de disiparte / como una piadosa deambulando por los corredores".
—Dudé mucho sobre dejar ese poema en tan contundente segunda persona… pero fue escrito para mí, como ningún otro. En él hubo una especie de desdoblaje, donde me veía desde afuera y desde allí interpretaba lo que me estaba pasando… y era miedo. Opté por dejarme —o dejar a la otra, no sé, allí.
—Un recurso del cine, que tanto ama y trabaja.
—Sí, para poder escribir sobre ese miedo, para identificarlo y hacerlo tangible, tenía que desprenderme de mí. Normalmente yo pienso en imágenes antes que en palabras. Debe ser una deformación de mi profesión de guionista de cine y televisión. En el cine siempre se parte de un pensamiento hecho imagen, luego vienen las palabras. Con la poesía me ocurre lo mismo. Lo primero que vienen a mí son imágenes.
—En sus otros dos libros hay una musicalidad proveniente de la métrica clásica. Aquí apenas se nota: "Hay que hacer orden en la casa / lavar la loza vestir la cama / hay que hacer orden en la casa / plantar las flores de calabaza".
—Ese poema, que se llama "Orden", lo escribí cuando terminaba La buena hora y empezaba Púrpura, por eso está en los dos libros. Púrpura es el resultado de un año de estudio de las leyes de la métrica. Quería hacer musicalidad con rigor. Cuando me siento a escribir necesito que en mi cabeza resuene un ritmo. No lo puedo evitar, aunque mis rimas no sean siempre académicamente correctas. Tiene que ver con la composición de las oraciones y las propias palabras, necesito que haya una armonía musical, algún tipo de cadencia. Cuando esto no ocurre, los poemas no me gustan, los míos y los ajenos.
—Pese a los vaivenes de la tristeza en este libro, el último poema se llama "Fiesta". ¿Un final feliz, cinematográfico acaso?
—Trato de que haya voluntad en el último poema de mis libros. Creo que tal vez en el último poema de cada libro la esperanza ha sido más terca que yo. En este, queda abierta la posibilidad de que el final de la vida pueda ser como una fiesta, una buena hora: "Para hacerme mujer nueva he aprendido a amar sin lacerarme / la mustia castidad de mis temores / a orar con las nubes en el pecho lleno de calma / encendida en fervores / y a esperar que el libro de la vida me disponga / un final como una fiesta".

©Jacqueline Goldberg
Publicado en Verbigracia, El Universal, 2002.

ISAAC CHOCRON: el ecuménico que alimenta los pájaros


Esta tarde de octubre Isaac Chocrón está feliz. Se le nota. Y todo por que su rito cotidiano se ha cumplido a cabalidad. Despertó temprano y estuvo sumergido en la escritura de su nueva novela entre las 9 am y la 1pm. Parece, sencillamente, un hombre bienaventurado: las palabras han acudido a su llamado con implacable tersura, con la misma constancia salvadora que lo acompaña desde que fraguara, en los años 50, una de las páginas más vitales del teatro venezolano contemporáneo.
Sin embargo, esa aventura de filigrana deberá sostener una pausa en estos días. El homenaje que le rinde la UCV, entrevistas periodísticas por doquier y los trajines de hombre público que celebra por lo alto medio siglo en las lides de la creación y 70 años en las de la vida, postergarán los fogajes de su pasión: “No importa, pues, a diferencia del teatro, la novela es un largo viaje que tiene paciencia, es como ir y venir de aquí a Tierra Santa en carro”, explica.
Pues decíamos que Chocrón está feliz. Se le nota. Y todo porque ha escrito enmantillado, Incluso su habitual festín de alimentar a cientos de pájaros venidos de las cumbres de El Avila, ha ocurrido como desde hace mucho. “Diez kilos de alpiste cada tres meses y cinco kilos diarios de cambur se compran en esta casa sólo para alimentar a esos pájaros que tienen la terraza por comedor popular. El señor Isaac desayuna con un montón de loros a su alrededor”, reporta Sara, la Gran Sara que desde hace 35 años alivia los atajos domésticos del dramaturgo.
Mientras Sara recala en los detalles de las orquídeas y las granadas que pueblan la personal floresta de Chocrón, el escritor echa un pícaro vistazo al edificio vecino —“esa mujer se la pasa todo el día viendo televisión”— dando cuenta de una curiosidad deliciosamente deslenguada que bien conocen sus lectores y espectadores.
Nada más fácil para Isaac Chocrón que el diálogo, real o imaginario, a solas o en compañía. Nada más fácil para quienes lo admiramos que escucharlo.
–¿Alguna vez imaginó cómo sería a los 70 años?
—Nunca. Uno nunca se imagina cómo será a ninguna edad. Uno se acostumbra a los años que va teniendo. La maravilla de vivir es que es un enigma. Lo que siempre supe es que escribiría, tal como lo hago desde niño, aunque estudié economía por complacer a papá.
–¿Ha sucumbido en estos días a la tentación de hacer un balance de su vida?
—No he tenido que hacerlo hasta ahora. No tengo tiempo para eso. Desde hace varios meses escribo una novela y al principio me costó mucho trabajo, pero ya está agarrando cuerpo. Estoy tan encantado con ella que trato de que el homenaje que ha aparecido en mi vida pública no interfiera mucho en mi escritura.
–¿Y de qué va la novela?
—No me gusta hablar de lo que escribo. Como hombre de teatro soy supersticioso. Además, me parece que con el habla la escritura se va.
–¿Escribir como sangre de cada día?
—Cada día escribir es más difícil, pero como es lo que más me gusta, no me queda otro remedio que hacerlo.
–¿Tiene miedo a la página en blanco?
—La verdad es que como nunca me ha pasado (toca madera, por si acaso), no sé lo que es eso. Antes, cuando podía tenerle un cierto temor a la susodicha página en blanco, le escribía cartas a mis amigos. La escritura es una ejercitación. Yo tengo que escribir todos los días aunque sea un poco para no trancarme. Me he acostumbrado tanto a eso que si no escribo el resto del día, me siento mal. Y si escribo, como hoy, el resto del día es glorioso. Eso se me nota.
–¿Y si le va mal?

—Empiezo a darme cabezazos.
–En uno de sus libros usted habla de…
—Ay, la verdad es que no sé de lo que me vas a hablar. Yo, a diferencia de otros escritores, jamás me releo. Me muero de la risa cuando quienes realizan tesis sobre mí me empiezan a hacer preguntas y yo tengo que decirles “cuéntame de qué trata”. Yo no me acuerdo. Nunca me releo porque cuando alguna vez lo hice con Pájaro de mar por tierra , no pude pasar de la primera página, ya no me gustaba. Escribir no es escribir. Escribir es corregir. Me gusta recordar que Borges decía que él escribía borradores. Y uno no sólo escribe frente al computador, a solas. Uno escribe también cuando no escribe, cuando anda en la calle, en el tráfico.
–Permítame recordarle lo que decía el libro. Se trataba de una carta dirigida a un tal señor Benchetrit.
—¿Y quién es el señor Benchetrit?
–Un amigo de su papá.
—Ajá… de mi papá no, del papá del personaje.
–…Y le cuenta todo sobre su Bar Mitzvá. ¿Hay algo de biografía en ello?
—No me acuerdo, pero seguramente, porque yo soy muy autobiográfico escribiendo.
–No creemos que no recuerde haber hablado de sus propios recuerdos.
—Una cosa es la memoria y otra la memoria convertida en descripción, de modo que si lo escribí como un fragmento autobiográfico, al haberlo escrito ya no pienso más en ello.
–¿Qué hay de judío en su obra?
—Si vemos la totalidad de mi trabajo, no hay mucho. En las novelas, aparte de Rómpase en caso de incendio, no hay nada que trate sobre eso. Y en el teatro hay cosas en la Trilogía. También está oblicuamente en Solimán el magnífico y en Escrito y sellado.
–¿Y los signos atávicos del discurso judío: el destierro, el exilio, etc.?
—Hay que recordar que nací en Maracay en un familia judía de tradiciones, pero eso era otro país y otra comunidad, al punto de que fui al colegio de monjas a aprender mis primeras letras. Todavía recuerdo el Padrenuestro y el Ave María. La religión judía era fundamentalmente hogareña y basada en la mesa. Sólo se celebraban en Maracay las grandes fiestas, para las que llevaban un Sefer Torá desde Caracas. Luego, cuando nos mudamos a Caracas, iba con mi papá a la sinagoga de El Conde. Hice mi Bar Mitzvá allí… Recuerdo que leí la Torá y luego mi discurso en hebreo y en español con voz vibrante…
–Pero eso es lo mismo que dice el texto que antes le mencionaba…
—Quizá. Mi papá siempre recordaba que ese día leí tan bien, que el presidente de la sinagoga y otra gente sugirieron que yo podría ser el primer rabino nacido en Venezuela. Creo que a papá no le gustó mucho la idea.
–¿Dónde estaba entonces apuntalada la religión?
—Siempre mi religión estuvo centrada en la casa de mi papá, en la cena de los viernes y en las veces que lo acompañaba a la sinagoga para las grandes fiestas. Pero más nada. Al punto de que cuando papá murió, hace 18 años, a mí me dio, no como una crisis, pero sí como un vacío. Me di cuenta de que lo que hasta entonces era mi religión era en realidad mi papá, que era mi religión.
–Hay ahora un retorno...
—En 1992 fui de profesor invitado a la Universidad de Nuevo Méjico, en Albuquerque. Daba materias de dramaturgia y tenía mucho tiempo libre. Le pregunté al jefe del departamento de teatro si no habría alguien que me ensañara a leer hebreo, pues después de aquella ceremonia de los 13 años más nunca volví a hacerlo. El mencionó a la señora Malka. Y los cinco meses y medios que estuve allá aprendí lo que quería. Fue maravilloso porque entendía lo que leía y escribía. Cuando llegué aquí tuve la suerte de toparme con Jafa Algon y empecé a repasar. Hoy en día, los viernes tomo una clase con ella.
–Regresar a la lengua, ¿regresar a qué?
—Creo que fue una combinación de cosas. Empecé a perder a seres muy queridos y comencé a sentir que… También fue una cuestión de escritor, me intrigaba esa cosa de escribir de derecha a izquierda… Pero también porque sentí el consuelo de retornar a otros tiempos. Pero eso no ha significado que me volví practicante y menos un fanático, todavía no lo soy. Los amigos dicen que me he vuelto místico, será una cosa de la edad. Me divierte mucho aprender hebreo, aunque hablo como indio de película norteamericana. Román Chalbaud se ríe y me dice que él comprende que yo quiera aprender a leer, pero a hablar para qué, si yo no conozco a nadie con quien dialogar en hebreo… Yo le digo que con quién más que con Dios, al que toda la vida le he hablado en español y ahora estamos hablando en su idioma.
–¿Será que el judaísmo es imposible de apartar?
—Hay misterios en la vida de cada quien. Un misterio para mí es por qué nací en el seno de una familia burguesa acomodada que no tenía ningún antecedente de un creador en ella y salí yo. Ese misterio, cuando alguna de mis obras han tenido resonancia, se ha convertido en milagro. En medio de todo esto, es lógico que yo escribiera, si soy del pueblo del libro.
–¿Se relaciona con el judaísmo comunitario?
—Cuando empecé mi carrera con el libro Pasaje, papá fue a la sinagoga de Maripérez y uno de sus amigos le preguntó si ese Chocrón que había publicado una novela por ahí era hijo suyo. Mi papá contestó que sí, pero que eso era sólo un hobby porque su hijo era economista. Después de muchos años, papá, con el que tuve una estupenda amistad tras una vida conflictiva, se presentaba como el papá de Isaac Chocrón. Evidentemente que cuando empecé a destacar y a tener éxito esa cautela que había tanto en la comunidad como en mí comenzó a disminuir. Yo estoy muy agradecido, pues de un tiempo para acá la comunidad ha comenzado a respetarme, a apreciarme, a ser público fiel de mi trabajo y a hacerme grandes deferencias. Cada vez que me llaman para cualquier cosa con mucho gusto lo hago.
–Usted escribió alguna vez que vivía como un venezolano corriente…
—Yo soy un venezolano judío y no un judío venezolano. Toda mi actividad la he hecho en el mundo y nunca he sentido discriminación ni antisemitismo. He tenido la enorme suerte de que desde que empecé a escribir tuve éxito y el éxito nunca me ha abandonado. Soy un escritor venezolano que es judío.
–¿Qué significa asumir eso?
—Que estoy consciente de mi raigambre y de mis responsabilidades como judío.
–¿Qué le pediría a la institucionalidad judía del país?
—Que se abriera un poco más a la ciudad, que hiciera partícipe a toda la cultura caraqueña de las magníficas actividades que hace el Centro Gonzalo Benaim Pinto de Hebraica o Dita Cohen. Me gustaría que el Nuevo Mundo Israelita incorporara firmas de gente joven y se distanciara un poco de los columnistas fijos. A mis correligionarios aquí en Venezuela les convendría mucho leer a Martin Buber, porque a través de él y sus ideas sobre el yo, podríamos entender mejor el mundo del diálogo: si tú me das preguntas, yo te daré preguntas; si tú me das respuestas, yo te doy respuestas. Y entre esas preguntas y respuestas, a veces diametralmente opuestas, quizás encontremos puntos en común.
–“Lo tuyo es puro teatro”…
—Para mí el teatro es gente en una situación tensa e irregular y esta gente cambia debido a una situación, que en el fondo es lo que nos ocurre desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.
–Puede el escritor llegar a ser el dios de sus personajes.
—Uno inventa gente que es mentira.
–¿Cree en la felicidad?
—La felicidad no es un estado constante, son momentos, suspiros. Ahora mismo, con esta entrevista, estoy feliz.
–¿Cuáles serían sus conclusiones de vida, a sus 70 años?
—Me hablas como si estuviera escribiendo mi epitafio.
–No, no se trata de eso. Hablo de aprendizajes.
—Lo más importante es que uno haga lo que le dé la gana y no lo que los demás tracen como camino; que uno nunca pierda la curiosidad por todo; y que jamás se pierda el sentido del humor.
–Se puede convivir con el éxito.
—Aprendí hace mucho tiempo que soy dos personas: una es Isaac Chocrón y otra es Isaac.
–¿A cuál entrevistamos ahora?
—Ahorita ahorita a Isaac. Porque Isaac Chocrón tiene que cuidar mucho a Isaac, que es el generador secreto de Isaac Chocrón. Pero yo sé cuándo me tengo que comportar como uno u otro. Sino se derrumba todo. Por eso yo cuido mucho mi vida privada.
–¿Uno escoge esa doble mirada?
—La vida te lo da. Un buen día me di cuenta de que yo era Isaac Chocrón y era Isaac. Desde ese instante, Isaac está muy bien porque lo protejo mucho. Una vez metí la pata y me comporté como Isaac cuando debía ser Isaac Chocrón. Y eso más nunca me volvió a ocurrir. Yo salgo de la puerta y soy Isaac Chocrón y lo hago perfecto, sé lo que esperan de mí. Pero dentro de mi casa está Isaac. Y también lo hago perfecto.


©Jacqueline Goldberg
Publicado en Nuevo Mundo Israelita en 2003.

MOISÉS KAUFMAN: un venezolano en busca de cuatro Emmy


En 1997 The New York Times catalogó al judeovenezolano Moisés Kaufman como uno de los diez personajes que transformaron el ámbito cultural en Estados Unidos durante ese año. Su obra Gross Indecency fue la tercera pieza más montada en la temporada norteamericana 1998-1999, sin contar las innumerables funciones en Londres, París, Budapest, Estocolmo, México y Frankfurt. The Laramie Project es la segunda obra teatral más escenificada en la historia de Estados Unidos y 15 millones de personas han visto la versión cinematográfica producida para televisión por HBO. Cuatro Emmy pudieran sumarse el próximo 22 de septiembre al ya extenso repertorio de premios y éxitos que a los 39 años Kaufman atesora como reconocimiento a una vida sumergida, con sensibilidad e inteligencia, en las más insondables interrogantes del teatro


EL SOL NO ACABABA DE DESPEREZARSE EL 7 DE OCTUBRE DE 1998 en las afueras de Laramie, pequeño poblado de Wyoming, cuando dos motociclistas hallaron el cuerpo amoratado y ensangrentado de Matthew Shepard. El estudiante universitario de 21 años había aceptado salir de un bar la noche anterior con dos tipos que, tras invitarlo bajo engaño a divertirse, lo ataron a una rústica cerca de madera y lo golpearon tan brutalmente que su rostro terminó siendo una masa tumefacta. Shepard sobrevivió cinco agónicos días, durante los cuales su homosexualidad salió a relucir como móvil del crimen, al tiempo que las palabras homofobia e intolerancia se tendían sin reservas sobre el hasta entonces anónimo y tranquilo pueblo de 27 mil habitantes del oeste norteamericano.
Cuando la prensa desplegó la noticia del asesinato de Matthew Shepard, Moisés Kaufman se encontraba en Londres, dirigiendo en el Gielgud Theatre su famosa pieza Gross Indecency: The Three Trials of Oscar Wilde. Como otras millones de personas en Estados Unidos, estaba profundamente conmovido: “En el país asesinan a veinte homosexuales al año. Uno no escucha mucho sobre ellos, pero por alguna razón este fue el crimen más sonado”, cuenta Kaufman en un español que teme dejar pasar demasiadas palabras del inglés que lleva años hablando. “No podías abrir un periódico sin ver la foto de Matthew, se convirtió en un evento inédito y nacional. Mi imagen inicial cuando vi lo que pasó fue la de un judío en un campo de concentración echado contra la cerca eléctrica. Mucha gente pensó en una crucifixión. Para mí resonó como una imagen judía. Entonces me impresionó mucho más. Shepard se ha convertido en un adjetivo, un símbolo, un evento histórico. Uno se pregunta por qué tanta información alrededor de él, por qué él. A mí como escritor me interesan mucho esos momentos históricos, míticos, en los que algo cambia”.
Cuatro semanas después de los acontecimientos de Wyoming, Kaufman y nueve integrantes del Tectonic Theater Project —grupo que fundara en 1992 y del cual es director artístico— viajaron a Laramie para recolectar testimonios que les permitieran escribir una obra colectiva. Durante un año y medio el equipo teatral realizó seis visitas en las que grabaron 200 entrevistas durante unas 400 horas, cuyo resultado fue la pieza dramática The Laramie Project, estrenada en el Denver Theater Center en marzo de 2000 y repuesta en mayo de ese mismo año en New York. El propio Kaufman hizo la versión cinematográfica para la cadena de televisión por cable HBO, que ha recibido las mejores críticas, varios premios y con la cual se abrió el pasado 10 de enero el legendario Sundance Film Festival 2002 en Utah, la más competitiva y prestigiosa vitrina fílmica independiente norteamericana de la que han salido grandes éxitos de taquilla como El proyecto de la bruja de Blair; Sexo, mentiras y video; Perros de la calle y Trainspotting
Y es precisamente con la película The Laramie Project con la que Kaufman puede convertirse el próximo 22 de septiembre en el primer venezolano en recibir un Emmy, el Oscar de la televisión estadounidense. La cinta recibió nominaciones en las categorías de Mejor Película para Televisión, Mejor Elenco, Mejor Direccióny Mejor Guión —en estos dos últimos rubros su único competidor es nada menos que Tom Hanks.

“¿QUÉ HA CAMBIADO CON LAS NOMINACIONES AL EMMY? Pues en realidad no mucho”, asegura Kaufman en una entrevista concedida a NMI el pasado 16 de agosto en su oficina del Upper West Side de Manhattan. “Quizá lo único que ha cambiado es que he estado haciendo mucha más prensa, HBO tiene una maquinaria fantástica a la que hay que seguirle el ritmo. Ellos, por ejemplo, alquilan una habitación en el Hotel Plaza y nos sientan a esperar a la prensa: cada media hora llega un periodista. Así pueden pasar horas y horas. También me han ocurrido cosas muy simpáticas. En este momento tengo el dilema de decidir entre trajes de Prada y Hugo Boss para ponerme la noche de los premios. Eso es tan farandulero, tan simpático y a la vez tan ridículo. No puedes tomar nada de eso muy en serio, eso no tiene nada que ver con el trabajo. Es muy importante mantener el foco en el trabajo. La vida sigue adelante, uno sigue creando, soñando”.
Como supersticioso hombre de teatro, Kaufman prefiere no ahondar en el tema de los Emmy. “Quiero vivir el presente”, dice tajante. De todas maneras el tiempo no le permite devaneos. En este momento estudia la posibilidad de dirigir un episodio de la serie Six Feet Under, prepara tres piezas nuevas y da los últimos toques a una exclusiva cena de recolección de fondos, para la que él mismo ha debido escoger hasta el menú: “He creado una compañía en la cual puedo realmente soñar. Pero esa compañía, como cualquier otra, requiere cuidado, trabajo empresarial”, asume con la esperanza de que tarde o temprano pueda dedicarse sólo a la creación.
Tal es el torbellino que agobia los días del escritor-director-productor, que a lo largo de nuestra conversa hace un par de llamadas, envía un correo electrónico, atiende las consultas de su asistente y pregunta a la secretaria acerca de los boletos del show que verá ese viernes por la noche. También mientras se desliza con amabilidad por los meandros de su biografía, pide una ensalada verde con queso azul: “Para la próxima quiero dos sobres de salsa”, indica a su asistente. Y enseguida nos advierte: “Si no les molesta puedo seguir hablando mientras como. Nunca me detengo a almorzar, así es la vida en New York”.

MOISÉS KAUFMAN AKERMAN NACIÓ EN CARACAS EL 21 DE NOVIEMBRE DE 1963. Hijo de sobrevivientes del Holocausto, creció en un hogar poblado de libros y una rigurosidad religiosa que lo llevó a estudiar en la Yeshivá Yavne, la sección más ortodoxa del Colegio Moral y Luces. En tiempos adolescentes su relación con el teatro se limitaba al rol de espectador: en Caracas no se perdía un Festival Internacional de Teatro y cuando viajaba a New York por asuntos familiares se daba una vuelta por Brodway. “No recuerdo el momento exacto en que decidí que iba a hacer teatro, pero había ya entonces un deseo, un algo que palpitaba en mí˝.
Al graduarse de bachiller ingresó en la Universidad Metropolitana para estudiar Administración de Empresas. Allí, más que las cátedras de contabilidad o estadística le interesó el teatro. Apenas pudo entró en el grupo Thespis, en el que permaneció durante cinco años bajo la dirección de Fernando Ivosky, un apasionado del trabajo de Tadeusz Kantor, Peter Brook, Jerzy Grotowski y Pina Bausch, entre otros autores contemporáneos. En aquellos años Kaufman se entregó visceralmente a la actuación, protagonizando, entre otras, La cantante calva de Eugene Ionesco y El pelícano de August Strindberg. “Era un Laurence Olivier criollo”, recuerda Ena Rotkopf, quien, muy impresionada por su actuación en El enfermo imaginario de Molière, bregó hasta conseguir que Thespis se presentara en la Unión Israelita de Caracas bajo el patrocinio de la Federación WIZO de Venezuela en ocasión de la clausura del Salón Bijoux.
Pese a su promisorio éxito en los escenarios nacionales, Kaufman miraba por encima de la balaustrada. “A medida que iba trabajando, más me emocionaba el proceso de creación del evento teatral que el de un solo personaje. Me salía de mi personaje y me ponía a mirar desde fuera y eso es algo que un actor no se puede permitir. Sólo los más brillantes actores tienen la posibilidad de hacer las dos cosas. Yo tenía mucha praxis y muy poca teoría, por venir de la actuación y porque estaba en una compañía en la que tomábamos un texto y lo montábamos y ya. Sabía mucho de los ejercicios de actuación, de qué hacer, cómo hacer, pero no tenía nada de la teoría que había creado las técnicas que yo estaba practicando. Creo que fue en ese momento cuando decidí que quería ser director”.
Esa decisión coincidió con la posibilidad de trasladarse a Estados Unidos para hacer un postgrado en la Universidad de New York. “Allí tenían el Ala de Teatro Experimental, en la que enseñaban la teoría de toda la gente que yo había hecho en Caracas. Entonces fue perfecto, vi que si me iba por dos años iba a aprender todas estas cosas”.
Kaufman venía de una educación teatral muy sofisticada y desde sus primeros asomos comenzó a hacerse preguntas de gran profundidad conceptual: ¿cómo funciona el teatro?, ¿cuáles son los nuevos modelos teatrales?, ¿qué mantiene al teatro vivo?, ¿cuáles son las formas y vocabularios del discurso teatral?, ¿qué hace del teatro un arte, un medio, un género?
Al entrar en la NYU todas esas interrogantes se articularon y pudo entregarse a hacer del teatro un proceso de investigación, un laboratorio de lo que ocurre en el propio teatro. “En la universidad dirigí varias piezas. Mi estética teatral es muy específica, pero poco a poco algunos estudiantes se fueron interesando en lo que yo estaba haciendo. Ya al final de mi estadía en la NYU fui donde el decano, Arthur Bartow —autor del conocido libro The Director´s Voice—, un hombre al que yo quiero muchísimo y que ha sido muy importante en mi vida porque me guió en muchos momentos en los que yo no sabía qué hacer. Yo le dije, usted conoce mi trabajo, sabe lo que he hecho, qué le parece. Y me respondió, te voy a decir algo que no te va a gustar: tienes que empezar tu propia compañía de teatro, porque nadie te va a dar trabajo, el tipo de cuestionamiento que estás planteando es algo que no es parte del mainstream americano y no es algo que un productor comercial va a respaldar, vas a tener que crear un espacio donde puedas desarrollar tus intereses. Gracias a Dios que me dijo eso, porque fue el mejor consejo que me dieron en mi vida”.
Así nació en octubre de 1992 Tectonic Theater Project: “Tectonic se refiere al arte y ciencia de las estructuras. El grupo se llama así porque es un proyecto sobre qué es el teatro, para qué sirve”, explica. El grupo —hoy conformado por 30 artistas, entre actores, diseñadores y escritores— se inició con el montaje de piezas de aquellos dramaturgos que rondaban las mismas preguntas que tanto intrigaban a Kaufman: Becket, Ionesco, Kroetz, Iizuka. Después de cinco años de experiencia como director, Kaufman vislumbró la posibilidad de crear él mismo obras en las que se expresaran a plenitud las teorías que estaba manejando: “No era suficiente montar textos preexistentes, yo quería crear nuestros propios textos”. Así comenzó otra escena de la historia del caleidoscópico Moisés Kaufman.
Las preguntas de otrora encarnaron nuevas dimensiones que, aunque irresolutas y en perpetua metamorfosis, son la conciencia que vertebra todo el Proyecto Kaufman. “Cuando entramos en un ensayo con la compañía, siempre tenemos dos objetivos: uno es examinar el sujeto que tenemos a mano (el contenido), y el otro es explorar los lenguajes teatrales (la forma). Esas preguntas, lejos de paralizarme, me inspiran”.
¿De dónde surge el interés de Kaufman por la teoría y la reflexión, materias poco frecuentadas por quienes han sido arropados por la praxis teatral? Ipso facto, él tiene una respuesta: “Eso me viene por haber estado toda mi vida en la yeshivá. La educación que yo recibí en el Colegio Moral y Luces fue espectacular, muy completa y rica. Nos daban muchas horas de clases de hebreo, estudiábamos Talmud, Torá, Guemará, el más profundo pensamiento judío. Eso, pienso en retrospectiva, sembró en mí pasión por la literatura, amor por los libros y la erudición. Me gustaba la idea mitológica de los judíos en la yeshivá, frente a mesas con muchos libros, siempre leyendo, analizando las diversas versiones de la Torá. La revolución teatral a la que aspiro está basada en un sustento teórico muy fuerte. Y creo que una de las razones por las que el trabajo ha tenido éxito es porque son buenas historias, historias importantes que necesitan ser contadas. Pero al mismo tiempo porque están haciendo preguntas sobre el arte teatral desde el punto de vista de lo que ocurre en el escenario”.

EN 1995, JUSTO CUANDO MOISÉS KAUFMAN ASUMIÓ LA ESCRITURA COMO RETO, cayó en sus manos el libro La picardía y sabiduría de Oscar Wilde, una recopilación de frases célebres del escritor inglés. Al final de la obra se hallaban unos fragmentos de los juicios en los que Wilde fue acusado en 1895 de actos indecentes y de una visión del arte que ofendía a la elite victoriana. “En esos juicios el abogado lee fragmentos de El retrato de Dorian Gray y le pregunta a Wilde: ¿Su arte es moral o inmoral? Wilde responde, el arte no es moral ni inmoral, el arte está mal hecho o está bien hecho. Ese es uno de los eventos más importantes de la historia del arte en el siglo XX. Era un artista en una sala de justicia obligado a decir para qué sirve su arte”, comenta Kaufman. Y continúa: “Recientemente en Estados Unidos hemos tenido muchos situaciones de ese tipo. Entre otros hechos, la derecha norteamericana se ha vuelto muy religiosa, ha habido muchos problemas vinculados a preguntarse para qué necesitamos la literatura y el arte. Dentro de este contexto leo los juicios de Wilde y me parece que él es genial. Pero lo más importante es que eso me lleva a leer otra serie de libros en los que descubro a un Oscar Wilde que yo no conocía, un Wilde que estaba pensando muy seriamente sobre el arte. Lo que me encantó de los juicios es que él tiene la oportunidad de hablar públicamente sobre estas cosas. Habla del efecto civilizador del arte en la sociedad, de que el mayor objetivo del arte es tocar en nosotros las notas musicales más profundas que nos van a hacer mejores seres humanos, de que los artistas son el alma de la comunidad, la conciencia, los responsables de llevar a la raza humana al próximo nivel de entendimiento. Wilde, que es un purista, habla acerca del arte como arte e intenta determinar qué es aquello que sólo el arte puede hacer. Es una visión muy profunda de lo que realmente puede hacer el arte y una pregunta muy válida para mí, que siempre estoy preguntándome sobre aquello que sólo puede hacer el teatro y no otro medio…”.
Mientras Kaufman se adentraba con voracidad en heterogéneas lecturas sobre el escritor inglés —todavía hoy se sienta devotamente en la terraza a releerlo—, iba siendo seducido por la idea de teatralizar a ese Wilde incógnito. “En el momento en que empiezo a hacer la investigación, veo que hay varias y muy distintas versiones de los hechos: la de Wilde, la de su amante y otras más. Yo, en mi ingenuidad, pensaba que cuando terminara de hacer toda mi investigación y me hubiera leído todos los libros, iba a saber quién estaba diciendo la verdad. Por supuesto, entre más libros revisaba, más versiones conflictivas ocurrían, añadiendo a ello mi propia versión. Lo interesante como cuestionamiento formal fue preguntarme, no cómo escribir una obra sobre Oscar Wilde, sino cómo escribir una obra que hable sobre la imposibilidad de reconstruir a Oscar. Es imposible reconstruir a Oscar, lo que queda de él son sus palabras y una malísima grabación de su voz y fotos y pinturas. Pero sus gestos, su vida, no existen. Mi trabajo es una obra sobre la imposibilidad del teatro de reconstruir la historia. Lo único que nos queda de la historia son una serie de historias que son versiones”.
Hasta entonces Kaufman había pensado que Oscar Wilde era el genio cómico de la época victoriana que hacía reír a la gente de sí misma. “Pero cuando empecé a escribir la obra me di cuenta de que Oscar Wilde era un hombre genial que tenía un proyecto artístico muy importante. Y lo que es muy interesante es que en ningún otro lugar en sus escritos se encuentra el Oscar Wilde que está en la corte”.
En el montaje de Gross Indecency cuatro actores que sirven como coro están sentados en la parte delantera del escenario leyendo citas de libros, periódicos y panfletos que reposan en una larga mesa frente a ellos. Los textos de este “documental dramático” aluden a la vida de Wilde en una polifonía o collage mediático de temática abiertamente gay que transparenta el proceso de investigación, interpretación y evaluación del material que tejió la obra. “Una de las cosas más importantes que hay para nosotros en Tectonic Project es cambiar la manera como se construye el evento teatral. En vez de tener a un escritor que se encierra en una habitación a escribir su obra y que después se la entrega a un director que también se encierra para pensar en la dirección, nosotros entramos todos juntos en la sala de ensayo, con todos los libros. De esa pelea surge la obra. Lo más importante es que el público se dé cuenta de que la historia es un acto de reconstrucción, que no es un evento real”, acota Kaufman.
Gross Indecency: The Three Trials of Oscar Wilde, tuvo más de 600 funciones en New York. Kaufman dirigió además esta pieza en Los Angeles (Mark Taper Forum), San Francisco (Theater on the Square), Toronto (Canadian Stage) y en el London's West End (Gielgud Theatre). Asimismo, la obra ha sido producida por otras compañías en más de 40 ciudades de Estados Unidos. Por este trabajo Kaufman ha sido reconocido con el Lucille Lortell Award por la mejor obra; el Outer Critics Circle Award por la mejor pieza de Off-Broadway; el Garland Award (Los Angeles); el Carbonell Award (Florida); el Bay Area Theater Critics Circle Award por la dirección, el GLAAD Media Award for New York Theater; y el prestigioso premio Joe A. Callaway Award for Direction otorgado por la Society of Stage Directors and Choreographers.
Asimismo, Tectonic Theater Project ganó el Outer Critics Circle Award como mejor producción original y la obra publicada obtuvo el Lambda Book Award. Vale recordar también que Kaufman se hizo merecedor este mismo año de la muy codiciada beca Guggenheim por su escritura dramática.
En este momento Kaufman sostiene conversaciones con la gerencia del Festival Internacional de Teatro de Caracas para traer esta obra al país el próximo año.

EN LOS SEIS AÑOS QUE TECTONIC THEATER PROJECT LLEVABA DE VIDA EN 1998, jamás tuvo un centavo en el banco. Sin embargo, el rotundo éxito de Gross Indecency brindó los recursos necesarios para que diez integrantes del grupo se instalaran ese año en el desolado Laramie con el propósito de reportear las circunstancias que rodearon el adiós de Matthew Shepard. “Fue un asunto de justicia y solidaridad poética. Es como si Oscar Wilde nos hubiera permitido escribir sobre Shepard”.
No es usual que un grupo de teatro —y su director— se inmiscuyan en los secretos caminos que funda la realidad. Pero de nuevo Kaufman impuso sus dudas: ¿qué diferencia a Laramie del resto del país?, ¿por qué es allí donde se desencadena un desmedido odio contra un joven gay? Poco después del asesinato de Shepard, Kaufman arrojó a su Tectonic Theater Project interrogantes sobre cuál es la responsabilidad de un artista en este incidente y, más concretamente, sobre si el teatro es un medio capaz de intervenir en un diálogo nacional ante eventos de este tipo. Y de nuevo las respuestas acudieron. El resultado fue un obra de conmovedora e innovadora estética, que pone en entredicho los estrechos patrones norteamericanos sobre la homosexualidad, la moral y la juventud y que ofrece una suerte de radiografía sobre las circunstancias psicosociales, éticas, morales y culturales que se tejían en Laramie en el momento en que Shepard fue ultrajado.
Moisés Kaufman detesta que se haga cualquier comparación entre el proceso que llevó a la escritura de The Laramie Project y los géneros periodísticos, aunque la entrevista haya sido su fundamental herramienta de trabajo y la obra arroje visos de magistral reportaje: “El periodismo está basado en la idea de que hay un evento que puede ser capturado y reportado. No creo en eso, mis trabajos más bien hablan sobre la imposibilidad de recrear un evento. Aquí tenemos muchas versiones de lo que pasó y de cómo se sentía la gente del pueblo. Si bien es verdad que mis dos obras están basadas en textos preexistentes, el interés del grupo no es la realidad ni el periodismo, sino en las preguntas sobre estéticas y lenguajes teatrales”.
Una vez concluida la investigación, Kaufman y su grupo tardaron tres semanas en producir el primer borrador. Poco después, el 26 de febrero de 2000, se estrenaba The Laramie Project en el Denver Center Theatre Company, el teatro regional más cercano a Laramie. “Necesitábamos distanciarnos un poco de New York. Esta pieza requería tiempo para crecer frente a la audiencia”, señaló en una entrevista hace dos años Leigh Fondakowski, director asistente. Algunos de los protagonistas estaban presentes esa noche que la prensa reseñó como emocionante. Ocho actores tomaban la escena representando docenas de caracteres, incluyendo a ellos mismos —cambiando de un personaje a otro en tan sólo 15 segundos–, al tiempo que cinco monitores ofrecían imágenes de la prensa nacional de ese momento, entre ellas las declaraciones de Bill Clinton y las manifestaciones que surgieron alrededor del país en apoyo a Matthew.
El 18 de mayo de ese mismo 2000, la pieza fue llevada por fin al Union Square Theatre de New York, donde las ovaciones no se hicieron esperar y se desató una nueva cadena de éxitos. La revista Time señaló que The Laramie Project era “una de las diez mejores obras del año” y fue nominada para el Drama Desk Award como Unica Experiencia de Teatro. El libro de la obra obtuvo el American Library Association's GLBT Literature Award, lo que reitera las honduras del oficio escritural de Kaufman.
Siendo The Laramie Project la segunda obra más montada en Estados Unidos, Tectonic Theater Project debió detener su actuación en las tablas para dedicarse a un nuevo proyecto: la versión cinematográfica, dirigida por el propio Kaufman: “La obra de teatro tenía su propia vida y numerosas producciones a lo largo y ancho de todo el país. Además, los actores de la película serían los mismos que los del teatro”.
Ya cuando dirigió Gross Indecency, Kaufman pensaba en la posibilidad de traducir su texto al celuloide: “Pero justo en esos días apareció la película Wilde, de Brian Gilbert, y el interés disminuyó”. Cuando la historia de Shepard saltó a la palestra, HBO se interesó de inmediato: “Tuve muchísima suerte. Pude escoger con quién quería hacer la película, elegí productores con los que yo sabía que me iba a entender muy bien y que tenían una sensibilidad y estética similar a la mía. En todo el proceso de la película me exigieron dos concesiones que quizá fueron graves. En una tuve que acceder y en la otra no. Hoy en día pienso que esa concesión bajo ninguna circunstancia destruyó el proyecto. La película costó siete millones de dólares y se trata de gente que confió en mí”, señala.
Para dar brillo y realce a la producción, el director incluyó en la lista de los 56 protagonistas a Peter Fonda, Christina Ricci, Laura Linney, Jeremy Davies, Steve Buscemi, Janeane Garofalo y Camryn Manheim, entre otros actores, tanto jóvenes como veteranos, de gran talento y prestigio.
La película fue estrenada mundialmente por HBO el sábado 9 de marzo de 2001 en horario estelar. Tras abrir el Sundance Film Festival —vástago consentido del actor y director Robert Redford, respaldo fundamental para el trabajo cinematográfico de Moisés Kaufman, además de su amigo personal— viajó al Festival de Berlín, donde ganó una Mención Especial del Oso de Oro por la Mejor Película. También recibió el "Humanitas Award" por la Mejor Película para Televisión y fue nominada para el prestigioso Open Palm Award que se otorga en New York a los cineastas independientes.

NO HAY UN SOLO DÍA EN QUE MOISÉS KAUFMAN NO NAVEGUE POR INTERNET para saber lo que sucede en su país natal. Venezuela le preocupa por encima de todas las cosas: “Yo crecí en una Venezuela donde, después de todo, había mucha estabilidad. Durante muchos años hubo injusticia social. No podemos ser avestruces y meter la cabeza bajo la tierra y decir que no había una gran diferencia de clases, que no había muchísimos robos. Tenía que venir una revolución social. Lo que es una desgracia es que haya sido de esta manera. Todo el tiempo oigo sobre el desastre económico, el miedo, la incertidumbre, la situación tan crítica que se vive en el país. Para mí el hecho de que nuestros padres huyeran durante la Segunda Guerra Mundial de un sitio a otro, el que tuvieran que transformar su capital en cubiertos de plata, siempre me fue muy ajeno, pensaba que eso había pasado en un horrible momento de Europa y nunca más volvería a ocurrir. Pero es horrible llegar a una situación así, de repente, en la que tanto en New York, como en Israel, como en Caracas veo que hay gente que está pensando en tomar lo que tenga e irse”.
Las cuitas venezolanas se suman en las emociones de Kaufman a lo ocurrido en New York el 11 de septiembre del año pasado y al terrorismo en Israel: “Esos son los tres puntos geográficos, espirituales y emocionales más importantes para mí. Yo terminé de editar The Laramie Project el 9 de septiembre de 2001 a seis cuadras de las Torres Gemelas. ¡Fue una cosa tan fuerte! Uno bajaba a las calles y veía que la gente caminaba como zombies, en shock, no lo podías creer. Al mismo tiempo me preocupa lo que está ocurriendo en Israel ahorita, los muertos, la guerra que pareciera no tener fin”.
Dicen que uno nunca es profeta en su tierra. Y Kaufman es prueba fehaciente de ello. “Quedarme en Venezuela hubiera sido muy difícil, porque el trabajo que yo hago tengo que hacerlo aquí en New York. El ambiente teatral venezolano pasa por tantos trajines, está tan poco financiado y tiene tan poco soporte estatal y de público, que es muy difícil. Una de las grandes virtudes de New York es que si uno logra cierto tipo de reconocimiento el trabajo se difunde por todo el mundo: el trabajo que uno hace aquí es parte de un diálogo cultural que no solo afecta a la ciudad o a Estados Unidos, sino que de cierta forma afecta al mundo occidental, aunque suena demagógico decirlo”.
Kaufman reconoce que lo afectivo se impone más allá de los triunfos: “Vivo con cierta tristeza y nostalgia de volver. Toda mi familia está en Venezuela y somos muy unidos. Aunque hablamos varias veces a la semana por teléfono, es muy difícil saber que están lejos. Mis sobrinos están creciendo y siempre tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo. Al mismo tiempo, tengo muy buenos amigos en Venezuela y esas amistades no se pierden nunca”.
Lejos de estar escindido, Kaufman pareciera vivir a plenitud su condición de autoexiliado, de extranjero, de paria. Un atávico desarraigo le ha tallado el rostro y ha hecho del arte su identidad, su patria: “Eso me viene por ser judío. Antes era un judío crecido en un país católico, hijo de inmigrantes y artista. Luego, cuando vine a Estados Unidos, me añadieron el adjetivo de latino. Dondequiera que vaya soy un outsider, un hombre de la Diáspora y un rebelde, como dice mi padre”.



©Jacqueline Goldberg /desde Nueva York
Publicado en El Nacional Y Nuevo Mundo Israelita en 2002.