sábado, 25 de agosto de 2007

HANNAH MIGLIAVACCA: ellas, sus propias mujeres


HAY DOS MUJERES ante las callejuelas azotadas de mis ojos. Una está de pié en una fotografía, con largo vestido negro, zapatos bajos y collar de perlas; la otra sentada en el sofá de mi apartamento, ataviada con una blusa de flores, empinadas sandalias y joyas de ámbar. Sus rostros se deslizan por esos riscos indescifrables que son las hijas de Eva después de los cincuenta años: equinocciales, míticas, desprovistas de edad y sexo.
La mujer de la fotografía es Charlotte von Mahlsdorf, nacida en Berlín en 1928 y fallecida en Austria en el 2002. La otra, con ojos de encandilado cobalto, es Hanna Lilith Migliavacca, oriunda del Buenos Aires de 1945, residenciada en Caracas desde hace doce años. A la primera la conozco por su autobiografía, editada en 1992, y porque me atreví a franquear esa lastimera alcabala que imponen las palabras impresas: le envié una brevísima carta en español que ella respondió con otra, igualmente apresurada, en alemán, acompañada de su retrato autografiado. De Hanna supe por primera vez hace unos meses, cuando la escuché leer sus poemas en un recital en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.
Charlotte y Hanna no son lo que el común entiende monolíticamente por mujer y ni siquiera esos son sus nombres de pila. Ambas habitan el recién nombrado recodo del “transgénero”, que por desconocimiento suele echarse en el mismo saco de la transexualidad prequirúrgica y postquirúrgica, el travestismo o la homosexualidad. Ellas se asumen como mujeres, visten como mujeres, piensan como mujeres, pero entre sus muslos se balancean genitales masculinos de los que no desean apartarse, aunque no formen parte indispensable de su artillería erótica. Ellas son, cada una desde su desasosegado flanco, un resquicio de libertad, un triunfo sobre el oscurantismo homofóbico del siglo pasado —y ya de éste— y un discurso político andante que abofetea sin restricciones.

CHARLOTTE VON MAHLSDORF en realidad se llamaba Lothar Berfelde. A los dieciséis años asesinó a su padre, un déspota con ideas nacionalistas que maltrataba a la madre y que jamás aceptó la metamorfosis que se hilvanaba en el cuerpo y las emociones del delicado rubio.
Ya de niño, Lothar admiraba los vestidos de la madre. En soledad se probaba aquellos guardados desde la Primera Guerra Mundial en unos baúles del desván: “Me encantaba mirarme y remirarme con ellos puestos, y dar vueltas ante el espejo. Pero a quien, desde luego, no le encantaba en absoluto era a mi padre. Cuando me veía, con la fusta en ristre, me arrancaba el vestido de encima y se ponía a gritar”, cuenta en su autobiografía, titulada en español Yo soy mi propia mujer (Tusquets, Barcelona, 1994).
En 1945 Lothar confesó a su madre que era “su hija mayor”, luego comenzó a vestir sin miramientos ropas femeninas. Los vestidos de los años veinte eran sus preferidos, sólo en invierno llegó a lucir pantalones. “Sencillamente es que la ropa de corte varonil no me va, me hace sentir insegura. Con un vestido o un abrigo entallado de señora todo va como una seda. La gente se da cuenta perfectamente de cuándo una persona está en consonancia consigo misma”, escribió.
Con la decisión de asumir todos los ribetes de su feminidad —a los cuarenta años, para explicar a la madre que no se casaría, sentenció “soy mi propia mujer”— llegó también la segregación y la lucha, primero contra el nazismo y luego contra el comunismo, regímenes que persiguieron sin escrúpulos la homosexualidad. Pese a sucesivos infiernos —encarcelamiento, palizas, persecución y represión— se asumió como Charlotte Von Mahlsdorf, al tiempo que hizo de su intuición para el coleccionismo un oficio, una obsesión, un acto de trascendencia que diluyó su extraña presencia.
Durante la adolescencia se despertó en Charlotte una honda pasión por conservar muebles y objetos de la llamada Grunderzeit, corriente alemana de diseño industrial de fines del siglo XIX que ya pocos apreciaban y que con frecuencia arrojaban a la basura, sin imaginar que Charlotte los recogía para ordenarlos en función de un discurso histórico y estético que más tarde sería admirado por el mundillo cultural y museológico berlinés. Con su prominente colección personal —las más importante de fonógrafos y gramófonos de Europa— creó un museo privado en un edificio de doscientos años de antigüedad situado en Köpenick, en la Berlín Oriental, que el Estado de la RDA le concedió en usufructo gratuito en 1959 y que ella restauró y reconstruyó con sus propios medios. La RDA nunca reconoció oficialmente su esfuerzo, pero le permitió comprar el edificio en 1990. En 1992, el Presidente de la recién unificada RFA le entregó la Cruz Federal del Mérito por su apertura y su inmensa humanidad.
Ironías de la vida, el Estado de Berlín adquirió la colección del Museo Grunderzeit en 1997, el mismo año en que Charlotte —habiendo sido un emblema de la lucha contra la marginación— se mudó a Suecia para huir de una nueva hostilidad homofóbica, emprendida esta vez por los skinheads. “Mi sueño sería que nunca más se te preguntase cuál es tu religión, el color de tu piel, tu ideología, tu orientación sexual, tu adscripción política, tu fortuna o tu posición social. Judíos y cristianos, heteros y homos, negros y blancos, sentados todos a la misma mesa, una preciosa mesa redonda, al aire libre, contándose viejas historias. Y que nadie sepa lo que es la vanidad y se acabe eso de ir repitiendo las paparruchas escuchadas en el bar de la esquina. Sin que nadie se extrañe de los demás”.

PERO CHARLOTTE VON MAHLSDORF es ahora más que una bandera o un libro. El Teatro Lyceum, de Broadway la acogerá a partir del próximo 24 de noviembre en la obra I Am My Own Wife, escrita por Doug Wright, dirigida por el venezolano Moisés Kaufman y protagonizada por Jefferson Mays —actor formado en Ann Bogart's SITI Company—. Luego de arrasar ya en dos ocasiones con la taquilla en off-Broadway entre mayo y julio pasado, el aclamado montaje de la compañía Plawrights Horizons, constituye una pieza de contundente énfasis político, que refleja las circunstancias de una minoría y la historia de una mujer que defendió sus reveses hasta el fin de su vida.
La pieza tiene un prontuario de por sí exitoso. Doug Wright fue el escritor de la conocida película Quills, sobre el Marqués de Sade. Moisés Kaufman, por su parte, viene de dirigir Gross Indecency: The Three Trials of Oscar Wilde, con más de seiscientas funciones en la Gran Manzana y la tercera pieza más montada en la temporada norteamericana 1998-1999, sin contar las innumerables funciones en Londres, París, Budapest, Estocolmo, México y Frankfurt. Kaufman —el primer venezolano que dirige en Broadway— condujo también con su grupo Tectonic Theater Project The Laramie Project, la segunda obra teatral más escenificada en la historia de Estados Unidos, llevada al cine por HBO y nominada a cuatro premios Emmy en el 2002.
I am my own wife es el resultado de una serie de entrevistas que Doug Wright le hizo a Charlotte en 1990 en Berlín. El escritor comenzó a esbozar la pieza pero, en 1992, cuando se abrieron los archivos de la Stassi, descubrió que su personaje habría sido informante y colaboradora del servicio secreto alemán. Eso, lejos de propiciar nuevos recovecos creativos, supuso un severo bloqueo de su escritura, pues admiraba tanto a Charlotte que no quería anegar su imagen. Sin embargo, en el verano del 2000 Wright fue invitado al laboratorio teatral Sundance, en las montañas de Utah —que dirige el actor Robert Redford— para intentar dar forma al abandonado proyecto. Aunque renuente, aceptó, llevando consigo al director Moisés Kaufman y a un actor.
“En nuestro primer día de ensayos le dije a Doug: estamos aquí para no escribir una obra”, explica Kaufman desde su oficina en el Upper West de Manhattan. “Le dije que quería usar nuestro tiempo allí para explorar, para ver qué material tenía. Le pedí que nos usara al actor y a mí como público y nos presentara pequeños momentos de Charlotte. Entonces un día, Douglas trajo un vestido negro, al día siguiente un fonógrafo . Y así poco a poco fuimos creando, no una obra de teatro, sino una obra que habla de la imposibilidad de reconstruir a Charlotte. Una de las preguntas que más me interesan a mí en el teatro es ¿como podemos reconstruir la historia?, ¿a quién le toca ser el escritor o narrador de la historia?, ¿cómo cambia la historia dependiendo de quien la cuenta?”.
Kaufman apunta que la pieza tiene dos temas: “El de la vida de Charlotte y el de cómo podemos reconstruir y recontar una vida en el escenario. Charlotte es un personaje. Pero también lo es Douglas, el entrevistador. También lo son los otros 38 otros personajes que hablan sobre Charlotte en el escenario, que se contradicen y discuten. Unos la halagan. Otros la critican. Otros la aborrecen. Y es tarea del público la evaluación final, decidir quién era Charlotte von Mahlsdorf”.

¿CÓMO PUEDE UN HOMBRE deambular por las calles vestido de mujer con la absoluta convicción de que es una mujer? ¿Qué ímpetu íntimo arroja las señales precisas para que alguien decida desafiar la intemperie de los dogmas sociales? Charlotte von Mahlsdorf dejó claro que su voz interior era la de una mujer y que se sentía afín a todos aquellos que se encuentran al margen de la sociedad. Sin embargo, era una extranjera, una marginada, una paria sin respuestas.
Hanna Lilith Migliavacca también es una extranjera, una outsider, pero no en su cuerpo sino en la vastedad de una lucha política. Su feminidad, además de certeza, es la consigna que abre paso a tantos otros transgéneros que pasan a nuestro lado sin que nos percatemos —o queramos percatarnos— de ello.
Para empezar cabe la duda de qué vocablos convocar para referirse a ¿ella?, ¿él? Migliavacca es tajante al respecto: “Soy una mujer con pene”. En adelante el camino se aligera. Basta con mirarla para convencerse de que frente a nosotros gesticula una fémina. Quizá en este caso —y no en broma—, una mujer de pelo en pecho.
Hanna descubrió hace muy poco, por pura casualidad, que quizá no es una transgénero sino que más bien padece de lo que el médico J.M Morris llamó en los años sesenta Síndrome de Feminización Testicular y en fechas más recientes sustituido por el más apropiado y menos estigmatizante término SIA, Síndrome de Insensibilidad a los Andrógenos. Es decir, su cuerpo sería resistente a los andrógenos (hormonas masculinas) que producen sus testículos, por lo que tiene ciertas características físicas femeninas.
Esa asunción científica —que debe corroborarse con costosos estudios genéticos—, si bien le ha brindado una cierta tranquilidad y hasta orgullo, le fue muy cara en la adolescencia. En la Argentina de la infancia de Hanna imperaba un orden casi germánico, por lo que todos los niños iban a la escuela y una vez al año pasaban por la Sanidad Escolar, que expedía certificados de salud imprescindibles para continuar la escolaridad. “A los nueve años observaron que mis pechos y caderas se estaban desarrollando. Me enviaron a Endocrinología y determinaron que se trataba de un desarreglo hormonal, por lo que, en el mejor espíritu del cientificismo positivista, decidieron inyectarme hormonas masculinas los lunes, miércoles y viernes, sagradamente. A pesar de ese incesante goteo, mis pechos seguían creciendo de manera inexorable, para delicia de mis vecinitos mayores, quienes los disfrutaban a mansalva. Eran juegos inocentes, puedo asegurar de que no éramos concientes de lo que hacíamos. O al menos, tal era mi caso. Inventábamos todo lo que se podía a fuerza de puro instinto, como bichitos”.
Hanna tenía relaciones sexuales con muchachos mayores, pero no le gusta hablar de “abuso”, pues para ella se trató siempre de asunto muy divertido e inocente. Su familia, de origen inglés e italiano, se hacía de la vista gorda: “Mi familia lo único que hizo fue aceptar y ratificar clínicamente lo que todos sospechaban que serían rasgos en mi vida. Lo tan temido se hizo factual. Tengo fotografías de mi muy tempranísima infancia en las que se me ve muy amanerada. Mi abuela me regalaba potes vacíos de crema, le pedía que le dejara un poquito. O me obsequiaba labiales terminados, y yo los usaba. Muy pequeñito me hubiera gustado aprender a tejer, pero pusieron el grito al cielo. Las veces que me quedaba unas horas solo en casa, me probaba los sostenes de mi mamá”.
La abuela paterna, una institutriz inglesa que siempre trabajó en casas de diplomáticos coterráneos, era la única que aceptaba su condición. “No sé si ella sería consciente de cada instancia de mis cambios, pero parecía verlo como una cosa natural, como juegos a los que no había que darles tanta importancia”.
Al llegar la legendaria madrugada de la adolescencia, en la que todo se forja, todo se trastoca y transmuta, comenzó de manera incipiente la historia de Juan como “ella”. Admitió sus diferencias con el sexo masculino y sólo mantuvo relaciones homosexuales: todo intento con el otro sexo fue una desilusión.
Sin embargo, alrededor de los 21 años, el instinto de procrear fue más vigoroso que todas las batallas ganadas a la represión: “En aquel entonces tenía una desesperación por los chicos, me encantaban los chiquitos. Pensaba que no me iba a perdonar llegar a mi vejez sin hijos. Entonces inicié toda una campaña consciente, ridícula, muy patética, pero real. Experimenté el esfuerzo de querer ser hombre y me casé sólo para tener hijos”.
Aunque pesadillesco, el matrimonio duró dieciséis años: “Ocurre que tuve una gran prosperidad económica que creó vínculos de interés. Más que un matrimonio, aquello era una empresa. Hasta que, bueno, las cosas tienen un precio en esta vida. Desgraciadamente, en ese momento, había dos criaturas involucradas. Tuvimos, institucionalmente, dos hijos; en realidad, uno era mío y el otro no. Pero mi hijo más querido fue el que no era mío y tristemente murió a los quince años: una bella persona, me dio además muchas más satisfacciones que mi hijo carnal, que salió un desastre y con el que tuve una ruptura total. Mi sexualidad fue un tema del que no se habló pero que nunca fue un misterio. Hay proyectos que salen fallidos. Ese hijo lo fue”.
Mientras duró el matrimonio la fidelidad fue un bastión. No quería interferencias en su apuesta por la virilidad y no le interesaban las relaciones intrascendentes. “Las varias mujeres que ha habido en mi vida no son mujeres muy mujeres. Son en algún sentido, mayor o menor, mujeres masculinas. Mi esposa era infinitamente masculina en cuanto a mujer de empresa: emprendedora, ejecutiva. Recordando el pasado, diría que también era muy masculina en la cama. Pero era una persona, de las tantas que he conocido, que piensa que esas cosas se hacen, pero no se piensan ni se hablan. Sobre todo, no se hablan”.
Con el divorcio ocurrió también la reconquista de la vida. Volvió a la universidad —había abandonado la arquitectura— para estudiar filosofía; debió aprender de nuevo a manejar la ciudad, sobre todo esa subterránea urbe de pesquisas sexuales; montó una librería, y se incorporó a la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), en aquel entonces clandestina debido a la dictadura. “Esa época de mi vida tuvo lo patético y lo necesario, debo reconocerlo. Al poco tiempo cayeron los militares, vino un destape y una sociedad que había estado reprimida por los militares se largó a loquear de cualquier manera. Hubo una confusión de valores. Ese soltarse en mí pasó por la diversidad sexual. No solamente fue el destape por la desaparición de la dictadura, sino también por la otra dictadura que yo había padecido: la mía propia. Me quería poner al día con todo lo que no había vivido. Fue una etapa bastante sórdida, pero afortunadamente sin consecuencias”.

HANNA COMENZÓ A VESTIRSE DE MUJER muy progresivamente. Primero se zambulló en el glamour de la ropa interior femenina. Más tarde salió a la calle con blusas y accesorios. Hoy usa sandalias, se depila y se maquilla muy discretamente. Las faldas no le gustan, pero por su incomodidad.
De todas maneras, no le interesa llegar a una metamorfosis tal que se olvide —ella misma y los demás— que bajo sus ropas palpita algo del cuerpo de un hombre. Por eso no pretende cambiar quirúrgicamente de sexo y mucho menos “pasar”, es decir, subirse al metro y que nadie la mire por creerse que es, simplemente, una mujer. “Eso se considera en el mundo transgénero un logro: no tienes nada más que pedirle a la vida. Si la sociedad, la calle, no te paran, eres una mujer más”.
Lo de Hanna, lejos de neurosis o inconformidad, es una actitud política. Como dirigente de movimientos de diversidad sexual —es secretaria de Unión Afirmativa, que reúne a intelectuales, y participa en Amazonas de Venezuela, grupo de lesbianas—, renuncia al privilegio de “pasar” para hacer una denuncia y defender no sólo su propio derecho a ser diferente, sino el de tantas otras personas a quienes quizá se les dificulta cruzar las fronteras de sí mismos.
“No hay presencia, si soy meramente una mujer más. No estoy reclamando mis derechos. Si tengo que ir a un ministerio a presentar un documento, voy con todo el atuendo femenino, bien clara y con mucho orgullo, porque estoy mirando a los ojos. Los gays tienen precisamente el problema de que se dejan una barba y no van a una tasca sino a un bar gay. Eso es segregarse, excluirse. Salen de un clóset para meterse en otro. El homosexual machito no es menos homosexual. Ahí viene la parte de militancia: decir, yo soy homosexual, aunque no lo parezca, aunque no responda al prototipo”.
Hanna considera una aberración el cambio de nombre en su cédula de identidad, aunque alguna vez merodeó la idea. De todas maneras eso es trabajo de Sísifo, un imposible burocrático, sobre todo en Venezuela, donde las trabas sólo se solventan de manera fraudulenta.
“De cambiarme el nombre me gustaría ponerme Hanna Lilith. Hanna, porque si bien es un nombre hebreo, en árabe es Juan. Y Lilith, lo digo con un poquito de pudor, porque es la reina, la diablesa del folklore judío, la seductora. Tras muchas averiguaciones en los ministerios y en la Defensoría del Pueblo, me di cuenta de que sólo podría cambiar mi cédula yendo a un pueblo de provincia, en cuya jefatura civil haya ocurrido un incendio. Uno se presenta con dos borrachitos de la zona, se les da dos mil bolívares a cada uno para que digan que uno es conocido del lugar y se llamaba fulano de tal. Por supuesto, el jefe civil está arreglado también. No hay que tomar el nombre de una persona que murió, porque no hay un registro, se quemó todo. Digo que me llamo Hanna Lilith Migliavacca, que nací en Cumaná y listo. Pero eso es una porquería. Tendría que olvidarme de todo lo que fui”.
El nombre masculino en un documento de identidad en el que aparece la fotografía de una mujer no ha traído hasta ahora a Hanna inconvenientes civiles, pero si malos ratos. Hay personas que se burlan, otras se asustan, las más, bajan la mirada y se embolsillan la suspicacia. “Sino fuera trágico, sería cómico. Y la tragedia resulta de que quienes me tratan a diario y me consideran una mujer, cuando me piden la cédula de identidad, no entienden nada o entienden y se horrorizan, salpicándome con su caos, hasta cierto punto comprensible, porque esta sociedad subdesarrollada a la que pertenecemos ha sido estimulada a execrar todo lo diverso y, muy en particular, machismo mediante, toda alteridad en el ámbito sexual o genérico”.

CAMBIAR DE NOMBRE sería para Hanna denunciar que está encerrada en un cuerpo equivocado. Y eso es esquizoide. Ella asegura estar muy a gusto tanto con las topografías masculinas como con las femeninas que confluyen en su altísima y angulosa humanidad. “Soy una unidad psicosomática: no somos dos. Estoy en este cuerpo, que lo acomodo para que se parezca a como me siento por dentro. Análogamente, lo que reclamo a nivel político es que me den documentación, porque tengo avales clínicos y psicológicos que dicen que soy de sexo masculino pero de género femenino. Dado que el establishment nunca me va a brindar la documentación que yo pido, mi militancia, ese dar la cara vestida de mujer, es también una forma de protesta”.
Hanna no oculta el orgullo que le brindan sus senos: pequeños, sólidos, como los de una recién florecida quinceañera. Incluso cada 28 días se inflaman y le duelen, como si fuera a menstruar. Tras un sangramiento que sufrió hace unos meses, un estudio médico le sugirió que su cuerpo cumple una suerte de ciclo menstrual e incluso le ha sido recetado un tratamiento de reemplazo hormonal, como a cualquier menopausica de su edad. “Mi vida no tiene secretos: tiene pudores”.
La aceptación de Hanna no es, de todas maneras, totalmente espontánea. Ha pasado la mitad de sus días en un diván psiquiátrico, hurgando en sus meandros. También la poesía, esa escritura redentora de la fragilidad del alma, la ha socorrido. Escribe desde la adolescencia y, aunque no se ha atrevido a publicar, sus textos develan una madurez literaria en la que se evidencia un imaginario netamente femenino: “Meterse entre las sábanas y cerrar los ojos /y convocar el calor de un cuerpo junto a un cuerpo/ y sentir deslizarse una mano, percibir su delicado roce/ hasta que se posa en ti./ Y saber que un torso se vuelve y sobre ti se inclina,/ Pues se alza la sábana y tú te zambulles en la cálida cueva/ donde su pecho es el límite./ Y tu destino”, escribió Hanna. Y acota con su intacto acento porteño: “No creo que un hombre pueda escribir así”.
Hanna trabajaba hasta hace muy poco como fotógrafa, pero la exquisitez de sus trabajos y la rigurosidad de su técnica se han visto limitadas por la crisis económica que atraviesa Venezuela. Hoy subsiste vendiendo ropa íntima femenina y cosméticos de la línea Avon. Sus clientas, lejos de perturbarse, se sienten bien aconsejadas por esa proveedora de belleza que conoce las honduras de todos los sexos.
“Ahora tengo relaciones con lesbianas. Mi espontánea tendencia sería tener relaciones con un hombre heterosexual. Pero quien se siente atraído por una mujer como yo, generalmente está atraído por una peculiaridad homosexual. Entonces te encuentras con cierta conceptualización falocentrista. A la larga, si bien no es buscado ni deseado específicamente, mi relación con hombres se da generalmente con homosexuales porque los encuentro más femeninos, más sutiles, más delicados. Tienen otra sensibilidad”.

LA GÉNESIS DE HANNA LILITH MIGLIAVACCA —a expensas del primer Juan— estuvo enlutada por amenazas escatológicas, sufrimiento y desprecio. Lo que hubiera sido su valor como hombre se desintegró sistemáticamente frente a una percepción de sí misma como una “mujer de segunda clase”.
Hoy la madurez le brinda ciertas certezas redentoras, no exentas de otras dudas: “Hace ya muchos años que aprendí a erguirme de ese marasmo de sentimientos de inadaptación y desvalía. No obstante, soy conciente y debo abiertamente reconocer que el dolor que he experimentado hasta el momento y el que deberé seguir afrontando en el proceso de aceptarme y amarme tal cual soy, llegará a ser el logro mayor de mi vida”.

©Jacqueline Goldberg
Publicado en la revista Exceso en 2003.