sábado, 25 de agosto de 2007

SYLVIA PRESSNER: la escritura como salvación


Titulado originalmente en alemán Über den Bug y traducido al español por Atanasio Alegre, la crónica vital de Sylvia Pressner entre 1942 y 1944 resulta una revelación más allá de la literatura. La autora asume no tener afanes esteticistas, pero sí un gran dominio de la concisión y contención de la lengua germana, en la cual prefiere escribir a pesar de que habla idish, español, ruso y rumano. Su libro recientemente editado, De una a otra ribera del río Bug, es un desolador autorretrato, una mirada desnuda y valiente sobre los campos de concentración nazi y, sobre todo, un tributo a la sobrevivencia como oficio


La memoria sigue respirando con dificultad en el cuerpo de quienes consiguieron escapar de los campos de concentración nazi. Más aun, la sobrevivencia se les hizo un oficio, una condición que apellida cada una de las horas que se han desgranado desde la cruel primavera de 1945.
Los sobrevivientes de la Shoá recuerdan y lloran; hablan y lloran; explican y lloran. El dolor se les atraviesa en la garganta con un cuchillazo inmisericorde que revive a menudo todo el horror sufrido, el miedo, el hambre, la impotencia, el frío. Y arrojar tinta sobre ese pasado ha de ser aun más devastador. La escritura tiene la desgraciada virtud de hurgar en el alma y desollar sin escrúpulos los recuerdos, hacer sangrar de nuevo las heridas.
Quienes han optado por la escritura como testimonio de sus cautiverios en campos de concentración, saben de lo que hablo. Y quienes como desprevenidos lectores nos sumergimos en esos textos, no conseguimos entender con exactitud cómo se hallan fuerzas para huir de la muerte, cómo se jadea entre las garras del odio, cómo la realidad es capaz de superar la ficción.
"Puedo jurar por lo que tengo más santo en mis recuerdos que sobrevivir significaba para mí demostrar al mundo lo que hizo el nazismo", explica Sylvia Pressner. "Cuando escapé del campo de concentración en 1944 sabía que si alguien se salvaba iba a ser un testigo muy importante. Para los que sobrevivieron, la lucha ha sido tremenda toda la vida. Quedamos marcados, es como una sombra de la que no podemos desprendernos. Ser sobreviviente es tener algo que te da una palmadita recordándote, si es que te has olvidado, que estás vivo".

Sylvia Pressner, oriunda de Cernauti –capital de la provincia de Bucovina, parte del Imperio de los Habsburgo y luego de Rumania– escribió De una a otra ribera del río Bug en 1962, dos años después de haber llegado a Venezuela. Sin embargo, debieron transcurrir cuatro décadas para que decidiera dar a conocer los aciagos días que vivió entre 1942 y 1944, con apenas 17 años, junto con su esposo, su suegra y su cuñada en tres campos de concentración de Ucrania (Teplik, Krasnopolika e Ivangorod). "Hoy me pregunto cómo terminé de escribirlo, sufrí tanto, rebajé mucho de peso haciéndolo", recuerda. "Vertí tanto de mi amargura, de mi dolor. Lo escribí en un mes. Me sentaba y escribía y escribía, en cualquier momento del día, entre las faenas de la casa. Escribía como tratando de sacar algo de mí, para que a lo mejor después me sintiera mejor. No sé si me sentí mejor, pero tenía la satisfacción de que estaba escrito, de que ya nadie podía quitarme esa historia. Cuando mis nietos crecieron aumentó mi interés por dejar el libro en español. Yo lo escribí para mí, pero quería que quedara un testimonio".
El libro —pequeña joya de la literatura testimonial de la Diáspora— fue redactado en alemán y traducido al español por el filósofo y escritor Atanasio Alegre. "Nunca antes encontré una persona que hablara un buen alemán y español. Una vez me hicieron una traducción, pero salió muy mala y la dejé. Luego pedí otra traducción a alguien cuyos padres eran de Chernowitz y, como se sentía tan involucrada, nunca pudo concluirla. El año pasado le comenté a mi cuñada, Klara Ostfeld, que me gustaría de nuevo intentar una traducción. Ella a su vez le consultó a Gustavo Arnstein y él recomendó a Atanasio Alegre. Yo lo llamé aun sabiendo que es un hombre que no se ocupa de cualquier cosa. Un día vino a mi casa, se llevó el manuscrito, lo leyó y me dijo que él haría la traducción. Alegre me dio tanto ánimo, insistió en que publicara el libro, dijo que valía la pena porque hay gente que nunca ha leído un relato sobre campos de concentración".
Alegre, por su parte, acota en el Preámbulo del libro: "El manuscrito, escrito con una caligrafía elegante y armónica, apiñado en páginas compactas, no sólo me captó inmediatamente, sino que me conmovió".
A diferencia de muchas víctimas de Holocausto, que repudiaron para siempre la lengua del verdugo, Pressner se siente cómoda entre los adustos vocablos del alemán y ha sido capaz de tejer una filigrana de alto contenido poético, con descripciones minuciosas y párrafos de perturbadora emotividad. "El alemán es la lengua que mejor domino, no lo puedo remediar. Nunca la asocié a los alemanes. Mi padre tenía una gran admiración por la puntualidad, la eficacia, la honestidad del alemán. Claro, jamás se imaginó que pudieran llegar esos tiempos antisemitas. Con la llegada de Hitler mi padre perdió todo. Sin embargo, a él no le gustaban los rumanos. Eran como un padre adoptivo que nunca aceptó. Yo tengo un resentimiento, un odio feroz por lo que nos pasó, pero nunca dejé de hablar y escribir el alemán".

De una a otra ribera del río Bug se adentra en los sótanos de una experiencia trágica e insuperable: "Nos montaron en unos vagones utilizados por el transporte de ganado. Debido al agotamiento, éramos un grupo de gente convertido en seres apáticos, incapaces de elevar una protesta, ni atrevernos siquiera a formular pregunta alguna. Sin oponer la más mínima resistencia cumplimos la orden de abordar los vagones".
La asignación de un número de identificación marcó el inicio de la pesadilla: "Ya no volveríamos a utilizar nuestros nombres. A eso nos redujeron. Nuestros nombres quedaron borrados para el mundo desde el momento en que fuimos entregados a los alemanes para abordar el nuevo transporte. Ignorábamos que, a partir de ese día, habíamos sido condenados a muerte, aunque la ejecución de momento hubiera sido aplazada".
Largas caminatas, extenuativas jornadas de trabajo, hambre, frío y hacinamiento ensombrecieron los dos años de cautiverio que Pressner relata. "Dicen que Dios no le da a uno lo que no puede soportar. A veces pienso cómo pude yo estar acostada sabiendo que a mi lado estaban muertas mi suegra y mi cuñada. Pasamos toda la noche con ellas. Y no me volví loca. Todas las mañanas se abrían las puertas de la barraca para sacar a los muertos".
Escribe la autora: "El hielo nos quemaba en el rostro como si se tratara de finas agujas bien aguzadas, no teníamos fuerza en las manos para sostener la pala, pero el vigor de la voluntad para mantenernos con vida nos dominaba y el recuerdo de las últimas semanas en las instalaciones del campo nos otorgaba la fuerza necesaria para responder a las exigencias inhumanas con las que debíamos cumplir (…) Mientras mayores eran nuestro sufrimiento y las carencias que nos aquejaban, tanto más profundo era el deseo de sobrevivir".
"¿Estábamos, realmente, abandonados, tanto por los hombres como por Dios? ¿Ha cambiado acaso el mundo, son los hombres los mismos? ¿Ha perdido vigencia aquello de ama a tu prójimo? ¿Cómo podríamos ahogar el último grito, cuál sería la visión de la muerte que marcaría nuestros labios? ¿Cómo mantenerse con valentía cuando el miedo atenazara nuestra garganta y sofocara en ella nuestra voz?", se pregunta Pressner en su obra, sin que respuesta alguna acuda aún en su socorro.

Cinco mil personas fueron deportadas el 28 de junio de 1942 de Cernauti y, al concluir la Segunda Guerra Mundial, sólo regresaron veinte, entre ellas Sylvia Pressner y su esposo, que echaron a correr cuando presintieron que los esbirros de la SS los fusilarían. "En nuestros corazones no quedará espacio, fuera del dolor, más que para un odio exacerbado", escribe. "El miedo a la muerte que me había dominado durante tantos meses, había disminuido, ya nada podía aterrarme, mi alma había atravesado por el infierno, aunque mi cuerpo todavía se encontraba sobre la tierra. (…) En los años siguientes, cuando mi pequeña familia volvió a hallar contenido y dicha nuevamente, el tiempo se encargó de ir dejando caer un velo tras otro sobre el pasado pero bajo la costra de los años siempre permaneció la tristeza. No fue posible el olvido. Un trozo de mi ser ha regresado siempre a aquella aldea ucraniana a la búsqueda siempre, alterada por los trágicos acontecimientos de aquellos tiempos".
Pressner confiesa que son ya incontables las noches en las que el dolor y el llanto la han despertado. Sin embargo, a sus 77 años muestra una extraordinaria vitalidad que sazona con gracia, optimismo, humor y belleza física y espiritual. "Soy una eterna enamorada de ser judía. Nunca, ni en el peor momento, he negado que soy judía. En el campo vi a judíos que se convirtieron al catolicismo y, ¿sabe lo que pasó? Esos murieron primero. Sigo creyendo en Dios porque no quiero creer otra cosa. Tuve muchos momentos de duda. De todas maneras, soy una mujer con un espíritu muy fuerte, tengo que admitirlo. He pasado por muchas, muchas cosas en mi vida, pero siempre es sido una luchadora. Aun en los peores momentos he querido sobrevivir".


©Jacqueline Goldberg
Publicado en Verbigracia, El Universal, en 2002.