sábado, 25 de agosto de 2007

KLARA OSTFELD: la inconformidad de existir


Un nuevo libro se suma a la crecedera bibliografía de Klara Ostfeld, Existencia y temporalidad en Samuel Becket, que será presentado este miércoles 5 de mayo a las 7 pm en la Librería Alejandría II del Centro Comercial Paseo Las Mercedes. Lectora puntual y atenta, Ostfeld deletrea en este sensible ensayo las claves de la vasta obra del poeta, dramaturgo, ensayista y narrador Samuel Beckett, cuya concepción del tiempo bien podríamos denominar beckettiano: pleno de sinuosidades poéticas, conciente hasta la saciedad de los más urgentes riscos humanos


Una obsesión recorre sin atajos toda la obra de Klara Ostfeld: el tema del tiempo. Heredera de las rotundas dubitaciones de la cultura occidental, la autora ha hecho suya una metafísica temporalista para explicar el enmarañamiento de la existencia propia y ajena. Ya en su primer libro, Luz y sombra de mi vida (1986), el tiempo pasado actuaba como refugio en la huida de un presente lacerado por la temprana muerte del hijo. Luego publicó el conjunto de relatos La mujer del espejo (2002), en el que el tiempo resurge como trecho que interpreta las muchas mujeres que pueblan el imaginario de la escritora. En su próximo libro, Alejo Carpentier en busca del tiempo real (2003), la materia temporal se afianza en la búsqueda de identidad. Incluso en sus dos célebres obras de culinaria, La cocina de Klara y La repostería de Klara, subyace la idea de hacer trascender los sabores de la memoria.
Ahora sale de imprenta con resuelto vigor Existencia y temporalidad en Samuel Beckett, un ensayo de largo aliento que, recostado de la concepción filosófica de Henry Bergson, circunda el proceso escritural del irlandés Samuel Beckett a través de cinco obras fundamentales: Malone muere, Esperando a Godot, La última cinta de Krapp, Días felices e Imaginación muerte imagina. El tiempo es en este corpus entendido bajo tres premisas intuitivas fundamentales: “la conciencia de la duración interior del individuo, que viene a ser el tiempo subjetivo; el tiempo medible y externo que rodea al individuo, que es el tiempo objetivo; y la indivisibilidad del pasado y futuro que el presente no logra dividir, que viene a ser el instante del devenir en oposición con el être (estar)”.
El tiempo que interesa a Ostfeld —el subjetivo que transcurre siempre a expensas del objetivo— tiene una doble genealogía que emana por igual de su trazado biográfico que de la literatura : “La preocupación de Beckett por el tiempo coincide con mi propia preocupación. Mi afinidad con él se centra en la brevedad del ser, en el absurdo de nacer para morir. Cuando se descubrió que mi hijo padecía un melanoma, yo sabía que en cualquier momento podría acercarse el final. Percibí entonces el tiempo como enemigo del ser humano. Más tarde, cuando escribí mi autobiografía, Luz y sombra de mi vida, me encontraba ya de luto por ese hijo. Traté de sobrevivir escapando del presente. Para ello me adentré en el pasado: empecé a escribir sobre el pasado para olvidar el presente. Era como huir. Y a medida que la narración avanzaba en el tiempo cronológico me vi obligada a llegar al presente. Al final del libro tuve que describir lo mas doloroso. De ahí que entendiera que no puede escapar del presente sino enfrentarse con él. La escritura de ese libro me permitió elaborar el duelo y reflexionar sobre el tiempo”.
En La mujer del espejo coinciden sin ademanes de falsedad pasado y presente, biografía y ficción, por lo que no se dudaría en incluir estos relatos en lo que se ha llamado literatura sin ficción. Ostfeld cuenta que, estando en un avión, fue al baño y lavándose las manos se miró al espejo: “En ese instante tomé conciencia de que esa mujer que estaba viendo no era la que yo conocía, no era la imagen que tenía de mí. Vi a otra, no la que yo esperaba ver. Soy de esa gente que se mira al espejo y no se ve. Entonces tomé la decisión de escribir los cuentos, que comienzan siempre en el presente y van entretejiendo experiencias del pasado”.

Todos los caminos, todo Beckett

Klara Ostfeld leyó por primera vez una obra de Beckett de mano de la cátedra de Literatura Inglesa de la licenciatura en Idiomas que cursó en la Universidad Metropolitana —luego haría una maestría en Literatura de la Universidad Simón Bolívar—. Se trató de Días felices, una obra paradójica que da cuenta de la lucha de Winnie —una mujer de entre cuarenta y cincuenta años— por trascender su limitada existencia. Las pautas dramáticas para el montaje de esta pieza son de una sobrecogedora intensidad. La protagonista aparece enterrada hasta la cintura y a medida que toma conciencia del transcurrir del tiempo y de su carácter efímero —una vez más en Beckett el tiempo es enemigo de la temporalidad del individuo, señala Ostfeld— se va sumergiendo en la tierra, simbolizando el retorno a la esencia, a la semilla: “En el primer acto dispone de sus brazos para hacer el inventario de sus pertenencias terrenales, guardadas todas ellas en su bolso de mano, que contiene un espejo, un lápiz labial, una pasta dentrífica y su cepillo, un frasco de pastillas y sus anteojos. En el segundo acto, Winnie, ya casi tragada totalmente por la tierra, que le llega por encima de los hombros y priva el movimiento de sus brazos, mantiene en acción lo único disponible: su mente. Winnie recuerda el pasado creando, con su habilidad intelectual, una fantasía más llevadera que su realidad”.
Klara Ostfeld confiesa haberse conectado con la esencia de Winnie desde la primera lectura. Hoy lo sigue haciendo: “Me identifiqué con Winnie sin saber lo que me esperaba a los setenta años. Ella tiene una pistola, podría matarse, pero no lo hace. Mientras la tierra la cubre ella recuerda, su mente trabaja y por lo tanto tiene esperanzas. Me conmueve cómo el ser humano, a medida que avanza en el tiempo, se va uniendo a la tierra y lo que prevalece es el recuerdo. Winnie, a pesar de su estado, agradece cada día y el disfrutar otro día feliz. De alguna manera —no sé si es una forma de huir de la realidad— cuando yo perdí a mi hijo, quedé desolada, pero después aprendí a decir gracias por los 29 años que lo tuve cerca”.
Las otras piezas que la autora analiza en Existencia y temporalidad en Samuel Beckett son una muestra de cómo la percepción del tiempo sufrió rotundas transformaciones en el proceso creativo del escritor irlandés.
En la Trilogía de Beckett (Malloy, Malone muere y El innombrable) Ostfeld observa un “tiempo espacio” y un “tiempo duración”: el primero es el tiempo cronológico, un tiempo externo que viene a ser el tiempo objetivo; el segundo corresponde a un tiempo personal e íntimo, subjetivo. La autora pone especial atención en Malone muere, texto en el que el protagonista está confinado a un cuarto grisáceo, “sin otra compañía que su mente creadora, que se nutre mediante la memoria voluntaria e involuntaria de sus lejanos recuerdos. Yo fui testigo del deterioro físico de mi madre, que murió a los 98 años y vivió siempre con nosotros. Y supe, como Beckett, que había que apegarse a la vida con algo que lo comprometa a uno a vivir. Para mí ese compromiso es la escritura”.
En Esperando a Godot el análisis crítico indaga en lo paradójico de la ignorancia del tiempo y de los personajes que discurren en un tiempo infinito. “El autor muestra la actitud antagónica de sus protagonistas ante el tiempo cronológico. En esa obra el vagabundo Vladimir se pregunta ‘Ya que somos felices, ¿qué haremos ahora?’, y él mismo contesta ‘seguir esperando’. Cada persona espera algo que quizá no llegue y que es su Godot. Yo espero que vivamos en un mundo de paz, donde nuestros hijos y nietos puedan desarrollarse, y que jamás se repita lo que vivimos y sobrevivimos en la Shoá”.
Ante La última cinta de Krapp la autora observa cómo Beckett “divide físicamente el pasado del presente, y de esta manera la obra viene a ser una parodia de su libro sobre Proust. La protagonista tiene la esperanza de que el pasado aislado quedará borrado de su memoria, dejando el camino despejado para poder expresar su fuego creador literario”.
Al profundizar en Beckett, Ostfeld ha tomado para sí la premisa de que uno no puede deshacerse del pasado, pues ese pasado influye drásticamente en el presente. “Estuve en el campo de concentración poco menos de tres años, pero ese tiempo me marcó para toda la vida. Ese tiempo es un tiempo subjetivo. Quizá los otros tantos años que he vivido libre no los he sentido tanto como esos tres años de encierro y sufrimiento. El tiempo objetivo no podemos cambiarlo: nacemos en cierta fecha y en cierta fecha vamos a desaparecer. Lo que de nosotros depende es el tiempo subjetivo, en el que podemos vivir más intensamente, en el que podemos hacer las cosas significativas. El tiempo subjetivo es el que cuenta. El pasado no puede ser tachado, existe. El pasado sirve como punto de comparación para aceptar más el presente”.

El tiempo a sus anchas
Las obras de Becket han traído a Ostfeld respuestas puntuales a su vida: “Con Beckett he aprendido a aceptar la realidad, aprendí que el ser humano viene al mundo, vive y muere. Lo que importa es el presente, con su pasado que nos forma y deforma como seres humanos. Quienes pasamos la guerra apreciamos mucho mas el presente, sabemos valorar cada día que vivimos en libertad, en paz”.
Este entramado de vida y obra bien lo anuncia Atanasio Alegre en el prólogo: “Klara Ostfeld ha internalizado la obra de Beckett a partir de un principio fundamental sobre el que se sustenta la hermenéutica contemporánea: existir es interpretar. La vida de Klara Ostfeld, tal como lo ha testificado en dos de sus obras singulares, Luz y sombra de mi vida y La mujer frente al espejo, no fue fácil. A muy corta edad conoció las situaciones límite experimentadas por quienes fueron recluidos en un campo de exterminio. Que intuyera entonces cómo discurre el flujo de la conciencia y hasta qué punto el esfuerzo de haber ganado un día más de sobrevivencia —que venía a ser uno menos en los designios del enemigo que la habían condenado al exterminio— es una experiencia que coloca al ser humanos en una relación excepcional de temporalidad frente a la existencia. Un dato, por cierto, que ya nunca dejará de estar presente en el futuro, por mas que uno crea superada la peripecia que lo produjo. Se trata, por consiguiente, de una vivencia intransferible y en cuanto tal, inolvidable”.

La escritura de la inconformidad
En la página 49 aparece un poema fechado en 1977 y que, por no estar firmado, obliga a intuir de inmediato que se trata de un texto de la propia Ostfeld. Ella lo admite curveando un poco la mirada, pero no sin dejar claro que le pareció pretencioso firmarlo, que ella no hace poesía, sino rimas. Con todo respeto, toca desde estas páginas desmentirla y dejar constancia de que se traba de un certero poema, que dialoga con la plenitud del tiempo abrazado en las páginas del libro y, sobre todo, con el poema Itaca de Cavafis, que constituye el osado y sentencioso epílogo del libro:

“La vida es
un sin-sentido
Comienza en
la nada
Y conduce
a nada
Es un absurdo
Si encuentras
sentido
en un quehacer
disfrutarás
la travesía
Te burlarás
del absurdo”



Por qué escribe es una pregunta ineludible a la que Ostfeld sale al paso con el corazón. Dice que es lo que más le gusta en la vida, que si fuera por ella dejaría todo a un lado para quedarse el día entero frente a la computadora. A veces, cuando se desvela, lo primero que hace es deslizarse hasta a la pantalla. En días de redacción de un libro puede estar hasta catorce horas sin desconcentrarse: en el ínterin atiende asuntos cotidianos y compromisos sociales, pero sale a regañadientes. “Al avanzar en edad uno quiere, conciente o inconcientemente, trascender. Uno busca dejar algo a sus hijos y nietos. Y esas cosas que yo he pensado y escrito algún día mis nietos las van a apreciar. Lo que más me gusta hacer en la vida es investigar, escribir, corregir. En momentos en que siento que debo descansar, hago una torta o un dulce, eso me relaja y vuelvo al trabajo… Las obras de Beckett producen un murmullo del hombre que no se conforma con el mero hecho de existir. Y yo no me conformo con existir, trato de dejar algo para después. Escribo porque me gusta escribir, investigo porque me gusta investigar; pero en el fondo lo que subyace es que no me conformo simplemente con haber vivido: quiero dejar una huella que indique que he pasado por este mundo”.

©Jacqueline Goldberg
Publicada en el Nuevo Mundo Israelita en 2004

1 comentario:

Luis Fer Araujo G. dijo...

`Hace muchos anos leí el libro luz y sombra de mi vida, y me marco profundamente esa historia familiar y la supervivencia ala guerra, pues ese siempre ha sido un tema que me apasiona, deseo volver a leer el libro, pero no se como adquirirlo, Bendigo a la Sra klara por su deseo de dejar huella, de seguro asi será, me gustaria conocerla,,,
Soy Gina Giardinella