sábado, 25 de agosto de 2007

SONIA CHOCRON: a disposición del libro de la vida


"Entendí que vivía mejor con la fe que sin ella", revela Sonia Chocrón en conversación con Jacqueline Goldberg, frente a la reciente publicación de La buena hora que asumiera Monte Avila Editores Latinoamericana. Y como en sus anteriores libros, Toledana y Púrpura, el último poema que incluye este título forcejea con las sombras, los temores y la lleva a esperar merecer "un final como una fiesta". Tal vez, agrega,"la esperanza ha sido más terca que yo"


La gaveta obra milagros y también pesares. La gaveta es ese espacio de consagración o repudio que transmuta las palabras. Siete años estuvo enclaustrado el libro La buena hora de Sonia Chocrón, en estos días publicado por el impredecible Ave Fénix de nuestras editoriales, Monte Avila Editores Latinoamericana.
Y bien podemos decir que esa jamás bien ponderada gaveta supo hacer lo suyo sin ajar en lo más mínimo el aroma de este libro que obtuvo una mención en el Premio Fundarte de 1995 y otra en la Bienal José Rafael Pocaterra de 1996.
Pequeña joya de encandilamientos y soledades, La buena hora es el segundo trabajo poético de Sonia Chocrón, aunque por esas terquedades del latir editorial criollo aparece después de Púrpura (La Liebre Libre, 1998) que lo sucede. Antes, en 1991 y también en Monte Avila, apareció Toledana.
Este nuevo y brevísimo poemario refracta una escritura concisa que surca temas muy aprensibles: la casa, la muerte, la maternidad y las llagas que van dejando los días en una mujer de extrema sensibilidad.
JG: "De todos modos iré sola / cuando llegue la buena hora de aniquilar / la atadura que aprisiona mi cuerpo".
SCh: Mi esperanza es que la muerte llegue de una forma feliz y en una buena hora.
—¿Es una concepción religiosa…?
—Tiene que ver con algunas frases que recuerdo decía mi papá: que había que tener suerte hasta para morir. Y yo, joven, o por lo menos emocionalmente muy joven, tuve por primera vez contacto con la muerte cuando mi padre murió. Lo vi morir en la casa, en tan sólo cinco minutos. A partir de ese momento la idea de la muerte no me abandona.
—El padre es la única presencia masculina absoluta en el libro: "Sólo falta de él / el sentimiento excomulgado a los sentidos / que se aferra a lo intangible del vacío / Mullido blando nos lo hemos repartido / entre nosotras las mujeres que velamos / en las cenas santas su memoria y sus residuos / hace ya un tiempo / que es mucho".
—Mi casa se vio obligada a ser un matriarcado. La figura masculina era la de mi papá y desapareció. También desaparecieron los abuelos, los tíos. Todos los hombres con los que alguna vez vivimos se fueron.
—Es este un libro de mujeres devastadas: "Soy de una casta de mujeres solas / que lloran hombres en los recodos / del claustro / y devanan en su desvelo sueños / fríos de antiguos irreparables dueños".
—Es un libro de mujeres solas no por voluntad propia. En mi familia no hay mujeres abandonadas, sino detenidas por la partida prematura del hombre.
—"Esas mujeres de la casa / comparten lecho con los espejos de hermanos, hijos, maridos yertos".
—En la religión judía cuando muere alguien de la familia, durante los primeros ocho días deben cubrirse los espejos, para evadir verse la tristeza, el duelo encima, para que el muerto no se contemple a sí mismo descubierto de carne humana.
—"Dame forma, Señor / enciende las pupilas que duermen en mi cuerpo / perfúmame los labios plenos con tu aliento / moldea estos contornos con música y ungüentos / Inventa una mujer de arcilla inmaculada / y hazme de tu médula".
—Ese poema se llama "Oración". Mucho tiempo después de escrito el libro me di cuenta de que el mismo está vertebrado por un conjunto de plegarias. En el momento en que muere mi papá tuve mucha rabia con Dios. Sentía que había sido muy injusto. Tuve mucho rencor con toda la fe que había aprendido en la infancia. Pasé un par de años renegando, hasta que un día decidí regresar y lo hice casi por salud. Entendí que vivía mejor con la fe que sin ella. La ausencia de Dios se convirtió en llamado.
—Hay en La buena hora un judaísmo que abandona la exterioridad histórica presente en Toledana. Aquí se sumerge en los ritos y en una visión muy íntima, casi sensual, de lo sagrado: "Danzo desnuda entre las columnas del santuario / a la vista de Dios / y luego me sumerjo en la ablución / mi cuerpo se pliega como un niño en el vientre / de agua de la madre esclarecida / y nazco de nuevo al mundo en la gracia / del Todopoderoso".
—No puedo decir que fui criada estrictamente dentro de la religión judía. En efecto, estudié en un colegio hebreo y aprendí todo acerca de los rituales milenarios de la fe de mi padre. Mi mamá es hija de un judío con una conversa, pero a la vez mi abuela materna es hija de un judío con una cristiana. Eso se remonta al siglo antepasado, cuando llegó a Venezuela, del Marruecos francés, el primer pariente materno. Por parte de mi padre soy primera generación en el país, él vino del Marruecos español en 1940. Mi cultura es, pues, un híbrido judeocristiano. Y sé que mi casa puede ser a veces muy confusa: en ella han convivido las mesusot en la puerta, el ayuno de la expiación y la pascua, con la Virgen, José Gregorio Hernández (el médico de mi bisabuela, por cierto) y San Judas Tadeo, por ejemplo. Pero la religión judía marca lo ritual, la norma que regula todo en la vida, desde algo tan cotidiano como el amor hasta la mística de una oración, de un rezo, del reposo. Y eso es imposible de obviar. Es mi condición asumida.
—La casa es un personaje siempre presente: "Un cuerpo es una casa es una isla desierta / de la tierra que todo lo junta prontamente / con el afán de la hechura del polvo".
—Nunca había pensado en eso. Pero ahora puedo concatenar hechos y pensar que el siguiente paso en mi vida después de este libro fue desear un hijo. Y para llegar a desear un hijo lo primero que tenía que hacer era poner orden y tejer nido. Reconciliarme.
—Pero hay también una casa derruida: "Es una casa deshabitada mi casa / donde siempre hubo gente".
—Presencié muchas muertes sucesivas en mi casa. Hubo un momento en que sentí que mi casa era como los muros de Jericó, que en algún momento no quedaría nadie, solamente escombros.
—"Estás allí, Sonia / con la vacua sensación de disiparte / como una piadosa deambulando por los corredores".
—Dudé mucho sobre dejar ese poema en tan contundente segunda persona… pero fue escrito para mí, como ningún otro. En él hubo una especie de desdoblaje, donde me veía desde afuera y desde allí interpretaba lo que me estaba pasando… y era miedo. Opté por dejarme —o dejar a la otra, no sé, allí.
—Un recurso del cine, que tanto ama y trabaja.
—Sí, para poder escribir sobre ese miedo, para identificarlo y hacerlo tangible, tenía que desprenderme de mí. Normalmente yo pienso en imágenes antes que en palabras. Debe ser una deformación de mi profesión de guionista de cine y televisión. En el cine siempre se parte de un pensamiento hecho imagen, luego vienen las palabras. Con la poesía me ocurre lo mismo. Lo primero que vienen a mí son imágenes.
—En sus otros dos libros hay una musicalidad proveniente de la métrica clásica. Aquí apenas se nota: "Hay que hacer orden en la casa / lavar la loza vestir la cama / hay que hacer orden en la casa / plantar las flores de calabaza".
—Ese poema, que se llama "Orden", lo escribí cuando terminaba La buena hora y empezaba Púrpura, por eso está en los dos libros. Púrpura es el resultado de un año de estudio de las leyes de la métrica. Quería hacer musicalidad con rigor. Cuando me siento a escribir necesito que en mi cabeza resuene un ritmo. No lo puedo evitar, aunque mis rimas no sean siempre académicamente correctas. Tiene que ver con la composición de las oraciones y las propias palabras, necesito que haya una armonía musical, algún tipo de cadencia. Cuando esto no ocurre, los poemas no me gustan, los míos y los ajenos.
—Pese a los vaivenes de la tristeza en este libro, el último poema se llama "Fiesta". ¿Un final feliz, cinematográfico acaso?
—Trato de que haya voluntad en el último poema de mis libros. Creo que tal vez en el último poema de cada libro la esperanza ha sido más terca que yo. En este, queda abierta la posibilidad de que el final de la vida pueda ser como una fiesta, una buena hora: "Para hacerme mujer nueva he aprendido a amar sin lacerarme / la mustia castidad de mis temores / a orar con las nubes en el pecho lleno de calma / encendida en fervores / y a esperar que el libro de la vida me disponga / un final como una fiesta".

©Jacqueline Goldberg
Publicado en Verbigracia, El Universal, 2002.