sábado, 25 de agosto de 2007

Las desprevenidas lecturas del aire


Quien osa leer en los antárticos escampados de los aeropuertos o en el vientre de sísmicos aviones, lo hace con el despropósito de asumir una identidad provisional. Al menos así parece indicarlo una breve encuesta realizada vía Internet entre periodistas, escritores y artistas plásticos.
Los aeropuertos calzan a la perfección con lo que el antropólogo Marc Augé ha denominado los “no lugares”: espacios de soledad y desarraigo, donde la identidad se diluye sin dejar respiro al diálogo. Más aún, en estos espacios se mediatiza la comunicación con uno mismo, perplejizándose todo gesto.
Yolanda Pantin define los aeropuertos como desabridos espejos –iguales en todas partes del mundo–, una cosa pulida y anónima, donde las personas nadan como autistas.
La lectura, en esos “no lugares”, deja de ser un acto íntimo e irresponsable, para asumir las estrategias del discurso social. Quien lee provoca, protagoniza y alimenta retahilas arquetípicas. Pocas veces se lee lo mismo en un aeropuerto que en el mullido silencio de la habitación. En raras ocasiones nos permitimos comprar una revista femenina o un bestseller para ser almacenado entre los cultísimos volúmenes que se enraizan en la biblioteca.

Vértigo sobornado
Aeropuertos y aviones son el “no-lugar” idóneo para la lectura desprevenida, desechable y hasta medicinal. El miedo, en muchos casos, es el semillero de todas los argumentos.
Milagros Socorro traza la genealogía del espanto: “Ya sea que se admita o no, todos tenemos miedo a los aviones. Miedo de estar atrapados en ellos por horas; miedo de que despeguen sin nosotros; miedo de abordar la nave equivocada y terminar en Australia sin visa ni conocidos”.
Israel Centeno se asume como el mandamás en los predios del terror: “Yo, sencillamente, me paralizo en los aeropuertos. Como soy bibliófilo compro libros y llevo dos o tres debajo del brazo, aunque luego ni los recuerdo. Pero debo decir que tener al libro conmigo me da seguridad, es como manejar cierta cábala, es como creer que si uno empieza una novela en un viaje no debe terminarla, para así poder continuar leyendo en el lugar de destino”.

Ícaros escrutadores
No en todos los andarines erupciona el miedo a volar. Por eso a veces los “no lugares” adoptan las formas del desenfado, la lectura amena y bulliciosa.
Yolanda Pantin declara que por no padecer vértigos voladores disfruta al máximo: “La bandejita con la comida, la botellita de vino, la frazada, la película, tratar de dormir en el incomodo asiento, despertarme a medio vuelo y ver la penumbra azulada”.
Miguel Angel Campos, ensayista venezolano acidificado por no pocos itinerarios, comenta: “Cuando viajo, generalmente elijo un libro complicado, que he estado posponiendo. Lo coloco con esmero en mi maletín de mano. Me hago la solemne promesa de dedicarle esas horas vacías en las que no pasa nada aparte del fastidio de esperar por el avión retrasado –o que no llegará. De regreso a casa reparo en que ni siquiera abrí el libro, efectivamente, el tiempo lo dediqué a angustiarme por las novedades de la línea. Lo ideal sería llevarse una buena provisión de literatura de terror, incluir, por supuesto los instrumentos de la degollina, a mano, como el libro elegido, para ejercitarlas con los miserables empleadillos”.
Acostumbrada a andar de viaje en viaje, Melania Suárez se apertrecha con cautela: “Si voy a ver a amigos, llevo la prensa del día, los suplementos del fin de semana y la revista Exceso, que siempre son souvenirs que se agradecen. A veces también me lanzo con cosas como las Selecciones, la Vanity Fair y otras revistas de misceláneas, porque en los aeropuertos y en los aviones la fauna es tal que me impide concentrarme en la lectura. Me parece que el 90% de las veces que una persona decide comprarse un libro es porque se va de viaje, y si yo fuera escritora, escribiría una novela para viajeros”.
Miryam Salazar, periodista ocupada en los vaivenes de un altísimo cargo internacional en una empresa audiovisual es tajante: “Uso los aviones y los aeropuertos para terminar libros pendientes. Pero lo que más leo son reportes, informes y cosas que usualmente no me da chance de leer en la oficina”.
Saul Sosnowski, desde la Universidad de Maryland, señala que hay una literatura de aviones, trenes y omnibuses de larga distancia, que nos inmersa en su lectura y permite dejar el libro para el próximo pasajero sin culpa ni ausencia en la biblioteca.
Mientras Adriana Meneses (directora del Museo Jacobo Borges) lee revistas antes de embarcar y un libro en el avión, Luis Camnitzer lamenta no ser un encuestado de utilidad, asegurando ojear en los viajes lo mismo que en su casa. Por otra parte, el argentino Tomas Eloy Martínez no teme desandarse: “En los aeropuertos y aviones leo basuras envasadas en forma de libros, para distraerme de la ansiedad. La idea es que llevo tantos libros en la maleta y en el bolso de mano, que puedo botar en la basura los de viaje. A veces tropiezo con algunas policiales de calidad, como las de Patricia Highsmith y Jim Thompson, y entonces me las guardo”.
Israel Centeno jura llevar consigo crónicas de viaje: “Pero fundamentalmente leo los anuncios de no fumar y las caras de las aeromozas; en ella uno puede saber si todo va bien. Ah, me gusta leer en los baños de los aviones cuando existe mucha turbulencia, sentarme en la poceta y abrir el libro, ver las letritas que no me dicen nada y esperar el desastre”
Milagros Socorro explica que por lo general carga con lo que esté leyendo en el momento: “Pero como casi siempre leo más de un libro a la vez, elijo como acompañante aquellas lecturas que permiten un consumo fragmentado, como el relato corto o la crónica. Recuerdo muy especialmente mi trasiego aéreo por la Autobiografía de Alejandro Otero: lloré tanto en ciertos pasajes que la aeromoza vino a ofrecerme una servilleta para secarme”.

En brazos del dzestino
Harry Almela relata que una oportunidad, a finales del primer gobierno de Caldera: “venía de Bogotá y en el aeropuerto compré una espantosa biografÌa de Carlos Marx, cuyo autor ya ni recuerdo. Cuando llegué a Maiquetía, tuve serios inconvenientes con el personal, pues me acusaron de comunista”.
Joan Friedman, catedrática del departamento de lenguas modernas y literatura de Swarthmore College y estudiosa de la literatura judía venezolana, recuerda que le regalaron un ejemplar de Cliper, novela de Alicia Freilich: “Lei la obra entre Maiquetia y Philadelphia, con escala en Miami y cuando llegue a mi casa, llamé a la autora y le rogué me permitiera traducir el libro, que fue publicado el año pasado por la Universidad de Nuevo México”.
En la película El Turista Incidental o un Tropiezo llamado Amor, William Hurt afirma categórico: “Siempre lleva un libro contigo para que te refugies en el si te toca un compañero de vuelo fastidioso”. Y a pies juntillas –sólo por si acaso– siguió el consejo Milagros Socorro hace tres años exactamente: “Tomé un vuelo nocturno hacia Maracaibo. Llevaba conmigo una recopilación de crónicas de Monsiváis en la que no lograba avanzar ni una línea porque el aparato se remecía como si flotara en el vientre de una piñata. A mi derecha un desconocido repasaba tranquilamente un libro de Derecho Tributario. Cada tanto, a hurtadillas, deslizaba mi mirada hacia las páginas que aquel hombre leía como si no fueran sus últimos minutos de vida. En realidad fueron sus últimos minutos extrañado de mí, porque desde entonces no hemos vuelto a separarnos”.

La mirada en otra parte

Leer no es tan sólo el ejercicio solitario de deslizar los ojos por una página. También hay una lectura del espacio y la gente, sobre todo en aeropuertos, donde la concentración emprende férreas batallas.
Mara Morillo, periodista venezolana, se explaya en el tema del fisgoneo desde su apartamento en Berlín: “Si hay algo que disfruto especialmente en un aeropuerto es contemplar. La variedad de apariencias, los idiomas, los gestos, los pasaportes. Ah, sí, los pasaportes. La identificación con un origen, la diferenciación cultural más inmediata en medio de ese caos. Me encanta tratar de adivinar qué historia traerá cada quien consigo, qué deja tras de sí, y por qué va a dónde va. Las escenas siguen siendo las mismas en todas partes. Reencuentros, miedos, incertidumbre, despedidas. Sin embargo, no pierden su fuerza ante mis ojos. Cada viaje es un encuentro con la contradicción del mundo”.
Ernesto León, más atento a los contrastes visuales que al discurrir de las letras –aunque es lector voraz– disecciona los “no lugares”: “Las obras plásticas que me gustan en los aeropuertos son las que representan la vegetación, cerámicas de colores suaves y que incluyen agua. No me gustan las obras que representan el metal, el brillo, el poder y la dureza de los imperios, especialmente cuando vengo de estar montado en un avión. Recuerdo un vuelo de Air France en el que los menús eran reproducciones conocidas de pájaros, ilustraciones naturalistas muy hermosas que años después me inspiraron para realizar unas serie de Guacamayas africanas. No me interesa hablar con la gente en los aviones y de vez en cuando miro a las aeromozas con ingenua simpatía”.


©Jacqueline Goldberg
Publicado en Papel Literario, El Nacional, 1999.