sábado, 25 de agosto de 2007

KRINA BER o la conquista de una lengua


Como E.Cioran o Samuel Beckett, Krina Ber batalla con una lengua que no es la suya. Como ellos necesita domar los riscos de una escritura para sobrevivir. Como ellos y tantos otros pretende forjarse una identidad y a la vista está que no reposará hasta que crezcan raíces de sus manos.
Esa tarea, ardua por demás, ha sido emprendida por Ber con suma paciencia, asombro y, sobre todo, mucho goce. Krina Ber disfruta escribiendo, hurgando en el lenguaje, suponiendo que erige mundos alternos, fugaces, protectores. Pretende que nadie la espera más allá del filo de las palabras. Asume que la escritura es un camino que va trenzando a medida que se aleja de quien es, de quien fue, de lo que tal vez hubiese sido.
No gusta regodearse de su hazaña biográfica, pero sólo esta la explica: nació en la devastada Polonia de 1948; la transplantaron a Israel a los nueve años; cuando terminó el servicio militar se fue a estudiar arquitectura a la École Polytechnique Federal de Lausanne; en Suiza se casó con un portugués y en 1975 ancló sus desiertos en Venezuela.
Su primer libro, Cuentos con agujeros, pese al empeño de los vastos exilios del alma y al acento escarpado que rige su voz, es tan o hasta más venezolano que muchos otros, si es que semejante impertinencia tiene alguna importancia a la luz del actual debate sobre la narrativa de la comarca.
El libro fue galardonada con el Premio Monte Avila de Narrativa para Escritores Inéditos en el año 2003 y dos de sus cuentos resultaron a su vez finalistas en el 56 Concurso de Cuentos de El Nacional y en el III Concurso Nacional de Cuentos SACVEN.

La escritura como país
Krina Ber escribía de niña poemas. Sus padres creyeron que aprendería hebreo y que una simple calistenia la haría volver a la literatura. Pero no fue así. El polaco se convirtió en la lengua de sus secretos, hasta ser desechada y sustituida primero por el hebreo, luego por el francés y más tarde por el español. La escritura permaneció por muchos años extraviada en esa vorágine lingüística y fue hace cinco años cuando reapareció, forjando no solo un cuestionamiento estético sino también una identidad: “El castellano en principio fue la lengua que me servía para escribir memorandos de obras. En el año 2000 me di cuenta de que solo estaba leyendo diccionarios y los manuales escolares de mis hijos. Eso me impulsó a seguir hurgando en la lengua y a comenzar a leer mucho. En realidad ha sido una manera de combatir el aislamiento, una forma de sentirme mejor integrada. Uno necesita un idioma cuando escribe, no seis. Y yo no podía pensar en escribir en una lengua que dejé de usar a los nueve años. Era una lucha. Había dejado de escribir porque cambié de intereses, de país, porque me casé, porque estaba haciendo arquitectura. Simplemente me alejé de esa parte de mi. Reencontrarme con la escritura me ha hecho muy feliz. Digo, como Bryce Echenique, que quería escribir antes de ser escritora”.
Ese adentrarse en la lengua y en la escritura pasó por todo un proceso que, finalmente, no es muy distinto al que sucede a cualquier escritor en busca de su voz: “Fui a inscribir a mi hijo menor en Psicología y sentí que la universidad era un lugar donde había estado antes y donde debía quedarme. Y me quedé. Tomé un curso como oyente de Técnicas de investigación en la Escuela de Letras. Los días que iba a ese curso me sentía en paz, feliz. Al año siguiente, hice también en la UCAB el taller de narrativa con Eduardo Liendo, donde descubrí que podía escribir algo más que mi propio diario. Después tomé unos cursos en Icrea, el taller del Celarg con Eloy Yague y más tarde entré en la Maestría en Literatura Comparada de la UCV, que actualmente estoy culminando”.
Tras un poco de paciente lidia con la literatura —gusta leer mucha narrativa española contemporánea— cesó la angustia que produce conquistar otra lengua: “El español no es otra lengua, es ya mi lengua, por más que tenga un acento que sobresalte a la gente. Y escribo con un tono que dicen caraqueño porque toda mi vida adulta ha transcurrido en Caracas. Todo lo que sé del español lo sé de los libros y de mi habla diaria, del habla de mis hijos, de los amigos de mis hijos. La lengua permite entrar en un mundo propio. La lengua nos une a todos, pero es de cada uno. La lengua es una patria, un vínculo que me hacía mucha falta en la vida y no me daba cuenta”.

Agujeros que disienten
Para la autora agujeros es un “término multiuso que abarca toda clase de grietas y huecos en la superficie de la realidad, madrigueras virtuales, guaridas para esconderse y perderse; incluye también algunas rendijas de bordes inciertos, donde se cuelan a veces fugaces atisbos de otras realidades”.
De esa premisa parten cada uno de los relatos que conforman el libro publicado por Monte Avila Editores a fines del año pasado. Esos agujeros a veces son un parque, un automóvil, una habitación, sitios reales: “Al principio no tuve conciencia de que los agujeros serían el hilo conductor del libro. Uno no escribe con tal conciencia. Los agujeros traducen una relación conflictiva que quizá tengo con la realidad, con la manera de enfrentarme a lo real. Los agujeros son sitios donde uno encuentra un respiro, una protección contra la realidad que es demasiado real, demasiado cruda. Son una especie de antídoto. Es como la escritura misma: un exorcismo que nos limpia y protege de la realidad. Un agujero es entonces una distancia, sitio donde esconderse.
Ber señala que cuando comenzó a leer en español uno de los primeros libros con los que se topó fue con la novela La insoportable levedad del ser de Milan Kundera y el título la remitió de inmediato a la lucha del hombre contra la levedad que lo devora: “Uno escribe principalmente para crearse un balasto, un anclaje, porque es preferible hundirse con él que ser llevado como hoja por el viento. Yo pertenezco definitivamente a la raza de los pesados, los que no logran mudarse de un cuarto a otro después de haber cambiado de país tantas veces. Los pesados no soltamos experiencias ni vínculos, le damos importancia a todo lo que nos ocurre, miramos mucho hacia atrás, peleamos con el tiempo, buscamos el sentido, tratamos de recoger en una totalidad nuestros pedazos desparramados por los caminos del pasado. Mis personajes son también pesados, expresan mi afán de pesadez. Eso tiene que ver con mi doble condición de arquitecta y de judía, dos partes de mi cultura que implican un peso. Por más que no soy religiosa ni practicante del judaísmo, por más que no me he casado con un judío ni he buscado lazos profundos con la comunidad hebrea como tal aquí en Caracas, por más que mi historias no tratan de este tema sino muy tangencialmente, estoy convencida de que escribo como escribo porque soy judía”.
Dos de los relatos muestran el tema del Holocausto como una muy profunda preocupación de la escritora: “Pertenezco a una generación que nació inmediatamente después de la guerra. Y esa es una generación que jamás escuchó a sus padres hablar del Holocausto. Olvidar no se podía, sin embargo los sobrevivientes trataban de no transmitir su experiencia. Yo soy una inmigrante perpetua. Vengo de una familia truncada de la que solo quedaron con vida mis padres y un tío materno, quien logró la hazaña imposible de escapar de Treblinka y salvar a mis padres. Para mi la guerra y el Holocausto existen como una nube que me persigue. Sin embargo, mi condición de judía condiciona mi sentido del pasado, del no olvido, la ética de la condición humana, la visión del éxito y del fracaso”.

©Jacqueline Goldberg
Publicado en Nuevo Mundo Israelita en 2005.